España – Alfonso XIII

De: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Biografía de Alfonso XIII de Borbón

Alfonso XIII nació el 17 de mayo de 1886 en el Palacio Real de Madrid. Como hijo póstumo de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo-Lorena, su reinado empezó desde su nacimiento; por ello, su madre ejerció como regente hasta 1902. En 1906 se casó con Victoria Eugenia Julia Ena de Battenberg, con la que tuvo seis hijos: Alfonso, Jaime, Beatriz, Cristina, Juan, al que nombró sucesor de los derechos dinásticos, y Gonzalo.

Desde joven, Alfonso fue educado en la doctrina católica y liberal para ser rey y soldado. En el contexto del alejamiento entre la España oficial y la España real, los intentos de regenerar España tras el desastre de 1898 y la Constitución de 1876, el rey intervenía en asuntos políticos. Además, tuvo que afrontar diversos problemas como las guerras de Marruecos, el movimiento obrero y el nacionalismo vasco y catalán. El inicio del reinado coincidió con un cambio generacional en los los partidos dinásticos: el conservador Cánovas fue sustituido por Antonio Maura y el liberal Sagasta por José Canalejas.

La neutralidad de España durante la I Guerra Mundial abrió mercados y favoreció el crecimiento económico y la agitación social. La crisis de 1917 junto al nacionalismo catalán, el sindicalismo militar y las huelgas revolucionarias aumentó la descomposición del régimen político que influyó en el fracaso en 1918 de un gobierno nacional formado por miembros de los dos principales partidos. El reajuste económico posterior a la Guerra Mundial, los fracasos militares en Marruecos, las revueltas sociales y los problemas regionales aumentaron las dificultades internas y la debilidad de los gobiernos, que fueron incapaces de afrontar la situación.

 

El golpe militar de Miguel Primo de Rivera de 1923 fue la solución de fuerza que intentaba solucionar la crisis, con la aprobación del rey. En un principio, la dictadura fue bien recibida: en 1925 el desembarco de Alhucemas terminó con la guerra de Marruecos; se restableció el orden social y se produjo un desarrollo de las obras públicas. En cambio, tras el fracaso de la experiencia primorriverista, el rey intentó en 1930 restaurar el orden constitucional, pero los partidos republicanos, socialistas y el nacionalismo se unieron contra la Monarquía. La victoria electoral de los socialistas y republicanos en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 hizo que el monarca abandonara el país, en un intento de evitar una lucha civil, momentáneamente evitada con la proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931.

Alfonso XIII vivió en el exilio diez años, hasta su muerte en 1941, en Roma, donde vivió sus últimos años de vida. En 1980 sus restos mortales se trasladaron al Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial (Madrid).

De: http://historiasdelahistoria.com/2015/05/31/alfonso-xiii-un-digno-sucesor-de-la-glotoneria-y-golferia-de-isabel-ii

El rey Alfonso XIII, fue un muy digno sucesor de su abuela Isabel II, tan glotona y golfona que muchos aventuraron que con ella se rompería el molde de la afición obsesiva por los placeres de boca, fueran estos satisfechos en la mesa o en lecho. Se equivocaban de medio a medio, porque el nietecito, superado el interregno de un padre inapetente y una madre de acrisolada virtud bajo ventral, tomo la antorcha con fuerza para seguir dejando muy alto el listón de la tragonería bucal y genital, lo que para un Borbón no ha sido nunca asunto baladí.

Donde se cortó la verdadera tela fue en los placeres de Venus, que Alfonso disfrutó con su esposa lo justo y necesario para asegurar la descendencia borbónica, esta vez trufada de hemofilia heredada en origen de la reina Victoria. En cambio, disfrutó de lechos de nobles, plebeyas, izas, rabizas, colipoterras y artistas de distintas variedades,

Alfonso XIII siempre hizo gala de señoritismo castizo en cliché borbónico, traducido esto en, como ya se ha dicho, afición a la buena mesa, a los automóviles de alta gama, a la hípica y otros deportes de elite, a la caza y a las mujeres. Coleccionó decenas de amantes de toda condición, tal que niñeras palaciegas, cantantes, y cupletistas, entre las que incluyó a la Bella Otero y a la actriz Carmen Ruiz de Moragas, con quien tuvo dos hijos bastardos. A muchas de ellas se las benefició en las mismas dependencias de Palacio, a escasa distancia de la alcoba de su esposa y en la soledad de sus aposentos disfrutó del más explícito cine porno, que entonces se llamaba sicalíptico, rodado a su gusto y medida. Parece que fue Álvaro de Figueroa y Torres, primer conde de Romanones, a la sazón Presidente del Consejo de Ministros, quien personalmente encargó a los Hermanos Baños, propietarios de la productora barcelonesa Royal Films, la producción de al menos tres películas, fechadas entre 1919 y 1923, cuyos originales se conservan actualmente en los archivos de la Filmoteca de la Generalitat Valenciana: “El confesor”, “Consultorio de señoras” y “El ministro”, y en las que el sexo oral ocupa lugar de grande protagonismo.

 

De: http://www.ieslme.org/departamentos/dptogyh/historia_espana

El nacionalismo catalán

El sentimiento nacionalista catalán tiene su primera manifestación en los años treinta del siglo XIX coincidiendo con todo el movimiento nacionalista europeo. Este sentimiento que busca sus señas de identidad en el pasado, comenzará con un movimiento de recuperación cultural conocido como la Renaixensa, que intentará fortalecer la lengua propia de esta zona, el catalán, convirtiéndola en una lengua no sólo hablada en la calle sino literaria. Su labor de difusión será importantísima con libros y periódicos. El movimiento literario propiciará el nacimiento de movimientos políticos después de mediados de siglo que buscarán, dentro del juego parlamentario, el autogobierno para la región catalana. La justificación de este nacionalismo político se busca en:

– La historia propia y diferenciada del resto del estado español: Cataluña fue una entidad política diferenciada hasta el siglo XV y respetada por la monarquía hispánica de los Reyes Católicos y los Austrias. Sólo el primer Borbón, Felipe V, les quitó sus privilegios

– En una lengua diferente, tan antigua como el propio castellano y conservada en público y en privado

– En una realidad económica diferenciada del resto de España: el desarrollo industrial desde los años 40 del s. XIX se hizo en la periferia y Cataluña será una de estas zonas. Este desarrollo económico estuvo unido a una importante burguesía industrial y de negocios con mentalidad empresarial, a una pequeña burguesía comercial urbana, a unas clases populares formadas por trabajadores independientes y a una clase obrera moderna e industrial. Serán estos grupos sociales y especialmente los dos primeros los que defenderán el autogobierno de Cataluña. Es, en este contexto, donde tenemos que situar el nacimiento del nacionalismo político catalán que se va a identificar con los intereses económicos de las clases sociales emergentes. Este se mueve entre el federalismo republicano y el conservadurismo tradicionalista y católico

El primer partido que se formó para reclamar la autonomía para Cataluña dentro del estado español fue La Centre Catalá creada por el federalista Valentí Almirall. Este proyecto político liberal y laico fracasó y a finales de siglo se inició un predominio del catalanismo conservador.

En 1891 se constituyó la Unió Catalaniste, fruto del esfuerzo unitario de las diferentes opciones políticas. Los hombres más importantes de este partido fueron su presidente Lluis Doménech i Montaner y el secretario, Prat de la Riba. Ellos elaboraron el primer programa político del catalanismo, conocido como las Bases de Manresaque defendía el autogobierno para Cataluña; un autogobierno dentro de posturas autonomistas y nunca independentistas, por eso aclara cuales serían las competencias del poder central, diferenciadas de las competencias del poder autónomo. Se pide, en este documento, el reconocimiento de un gobierno y un cuerpo legislativo propios, que sólo tendrá competencias en política interior.

Con las “Bases de Manresa” se intenta dar respuesta a las aspiraciones catalanistas. Este proyecto autonomista continuará en 1901 con la creación de la Lliga Regionalista en la que la Prat de la Riba, el ideólogo de la Unió Catalaniste junto con Francesc Cambó agruparán a todos los sectores conservadores del catalanismo, iniciándose así un proyecto unitario y duradero en la defensa de los intereses catalanes. Los dos objetivos primordiales de la Lliga consistían en demandar la autonomía política de Cataluña dentro de España y defender los intereses económicos de las cuatro provincias, sobre todo reclamando mayor protección para las actividades del empresariado industrial catalán. Los propósitos autonomistas de la Lliga colisionaron con el cerrado centralismo de los gobiernos de la Restauración, cuya única e insuficiente respuesta fue la creación, por el gabinete presidido por el conservador Eduardo Dato, en 1914, de la Mancomunidad de Cataluña, un organismo que agrupaba a las diputaciones provinciales catalanas con fines exclusivamente administrativos.

La Lliga fue el partido nacionalista catalán más importante hasta 1923 (momento en que se inicia la dictadura de Primo de Rivera tras el golpe de estado que él mismo protagonizó) y fue el partido que hizo perder peso a los partidos dinásticos pues contó con el apoyo mayoritario de la burguesía catalana y de las clases medias. Su irrupción en la política provocó en 1901 la crisis de la política caciquil.

El nacionalismo vasco

El nacionalismo del País Vasco tuvo peculiaridades distintas al catalán. Su fundamento ideológico era: una lengua propia, el eusquera y la defensa de sus fueros históricos que fueron derogados durante la Restauración en 1876. Esta pérdida de los fueros junto con la industrialización que conoció el País Vasco (con la formación de una burguesía industrial y financiera vinculada al sistema canovista y al españolismo) y la llegada de inmigrantes de otros territorios (obreros que se vinculan al socialismo) favorecieron el desarrollo del sentimiento nacional porque veían peligrar sus costumbres y tradiciones.

El propulsor del nacionalismo vasco, Sabino Arana, configuró el primer programa político nacionalista y fundó en 1895 el Partido Nacionalista Vasco en el que se recogen los siguientes fundamentos teóricos:

1.- Defensa de la recuperación de la independencia vasca: creación de un estado con fronteras formado por Vizcaya, Álava, Guipúzcoa, Navarra, Laburdi y Zuberoa.

2.- Radicalismo antiespañol.

3.- Exaltación de la etnia vasca, oposición a los matrimonios entre vascos y foráneos.

4.- Integrismo religioso católico y absoluta negación de cualquier otra religión no católica.

5.- Promoción del idioma y recuperación de las tradiciones culturales vascas.

6.- Apología del mundo rural vasco

El P.N.V. se definía como un partido muy conservador, opuesto al liberalismo, la industrialización, el españolismo y el socialismo. En los primeros momentos tuvo escasa presencia, pero a partir de 1898-99 la base social se amplió y tuvieron los primeros éxitos electorales en el ámbito local y provincial.

Desde entonces convivieron dos tendencias: una posibilista que propugnaba la reforma del Estado y la autonomía y otra radical y seguidora de los postulados independentistas de Sabino Arana.

Los objetivos planteados tanto por el nacionalismo catalán como por el vasco no tendrán respuesta durante el periodo de la Restauración, sólo la Lliga consiguió la Mancomunidad. La falta de respuesta por parte de la administración central les llevó a protagonizar la crisis de la Restauración, concretamente la Lliga será el partido político protagonista de la Asamblea de Parlamentarios que fue una de las crisis que en 1917 estuvo a punto de poner fin a la Restauración.

Sólo durante la Segunda República Española, catalanes y vascos conseguirá su estatuto de autonomía.

 

https://es.wikipedia.org/wiki/Elecciones_municipales_de_Espa%C3%B1a_de_1931

Elecciones año 1931

Tras la caída de la Dictadura de Oprimo de Rivera y el fracaso de la “Dictablanda”, el rey Alfonso XIII decidió nombrar en febrero de 1931 al almirante Juan Bautista Aznar para que presidiera un gobierno de concentración monárquica y colaboración regionalista. ​ Este convocó elecciones municipales para el 12 de abril de 1931, según el procedimiento de la ley electoral de 1907, sin tener en cuenta el Estatuto Municipal de 1924, que había otorgado un restringido sufragio femenino​ Debían elegirse unos ochenta mil concejales en todos los ayuntamientos de España, ​ pero lo que estaba en juego era la continuidad de la propia Monarquía. El lunes 23 de marzo quedaron restablecidas las garantías constitucionales; se suprimió la censura y se reconoció la plena libertad de reunión y asociación. El domingo 5 de abril tuvo lugar con normalidad la presentación de candidaturas de los 81 099 concejales en los 8943 distritos.

Las candidaturas republicanas consiguieron la mayoría en cuarenta capitales de provincia, hecho determinante para el advenimiento del nuevo gobierno. La victoria de los partidos monárquicos se produjo en nueve capitales de provincia: Ávila, Burgos, Cádiz, Lugo, Orense, Palma de Mallorca, Pamplona, Soria y Vitoria.

 

Portada del 13 de abril de 1931

 

Resultados globales

 

Coalición o tendencia

Concejales

Alcaldes de capitales de provincia

Monárquicos

40 324

9

Conjunción Republicano-Socialista

36 282

38

Esquerra Republicana

3 219

3

Lliga Regionalista de Catalunya

1 014

0

Nacionalistas vascos

267

0

Partido Comunista

67

0

Independientes

267

0

Las elecciones suponían a la Corona una amplia derrota en los núcleos urbanos, y una victoria en las zonas rurales. La corriente antimonárquica había triunfado en 41 capitales de provincia. En Madrid, los concejales republicanos triplicaban a los monárquicos, y en Barcelona los cuadruplicaban.

Si las elecciones se habían convocado como una prueba para sopesar el apoyo a la monarquía y las posibilidades de modificar la ley electoral antes de la convocatoria de elecciones generales, los partidarios de la república consideraron tales resultados como un plebiscito a favor de su instauración inmediata.

El almirante Aznar presentó su dimisión. Los ministros Gabino Bugallal y La Cierva apostaron por hacer uso del ejército para mantener la legalidad. Al ser preguntado si había motivos para una crisis, Aznar contestó: “¿Crisis? ¿qué crisis? ya verá usted como mañana no hay crisis.” Así lo entendieron el Conde de Romanones y el propio Rey, al constatar su falta de apoyo popular en las ciudades. Aquél inició contactos con Niceto Alcalá-Zamora para obtener seguridades sobre la vida del monarca. Pero el que iba a designarse Jefe del Estado y Presidente del Gobierno provisional sólo unas horas más tarde, había obtenido el apoyo de Sanjurjo, y con él el de la Guardia Civil y el Ejército; se eximió de poder garantizar nada, exigiendo en cambio el inmediato abandono del país del que había entregado el Gobierno a sucesivos dictadores. Tal exigencia fue repetida por el Comité Revolucionario, que se iba a convertir en Gobierno provisional, en un manifiesto publicado en los distintos diarios. El monarca marchó hacia el exilio la noche del mismo 14 de abril de 1931. El día 16 de abril se hizo público el siguiente manifiesto, redactado por el Duque de Maura, hermano del líder republicano Miguel Maura, y que el día 17 solo publicó el diario ABC, en portada:

Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo. Mi conciencia me dice que ese desvío no será definitivo, porque procuré siempre servir a España, puesto el único afán en el interés público hasta en las más críticas coyunturas. Un rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez; pero sé bien que nuestra patria se mostró en todo tiempo generosa ante las culpas sin malicia. 

Soy el rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuenta rigurosa. 

Espero a conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva, y mientras habla la nación, suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real y me aparto de España, reconociéndola así como única señora de sus destinos. 

También ahora creo cumplir el deber que me dicta mi amor a la Patria. Pido a Dios que tan hondo como yo lo sientan y lo cumplan los demás españoles.

Alfonso XIII abandonó el país sin abdicar formalmente y se trasladó a París, fijando posteriormente su residencia en Roma. En enero de 1941 abdicó en favor de su tercer hijo, Juan. Falleció el 28 de febrero del mismo año.

 

Segunda República

Éibar fue, hacia las seis de la mañana, la primera localidad española en la que se hizo ondear la bandera tricolor y en la que se proclamó la Segunda República. ​ Por este motivo fue, junto a la ciudad de Jaca, primer Ayuntamiento en España en proclamar la República cuatro meses antes durante la llamada sublevación de Jaca, honrada con el título de «Muy Ejemplar Ciudad» por parte del gobierno republicano. ​

El escritor eibarrés Toribio Echeverría redacta, en su libro Viaje por el país de los recuerdos la proclamación de la Segunda República en Éibar de esta forma:

…y antes de las seis de la mañana habíase congregado el pueblo en la plaza que se iba a llamar de la República, y los concejales electos del domingo, por su parte, habiéndose presentado en la Casa Consistorial con la intención de hacer valer su investidura desde aquel instante, se constituyeron en sesión solemne, acordando por unanimidad proclamar la República. Acto seguido fue izada la bandera tricolor en el balcón central del ayuntamiento, y Juan de los Toyos dio cuenta desde él al pueblo congregado, que a partir de aquella hora los españoles estábamos viviendo en República.

 

De: César Vidal en Libertad Digital

¿Quién ganó las elecciones de abril de 1931?

Aunque la propaganda republicana presentaría posteriormente las elecciones municipales de abril de 1931 como un plebiscito popular en pro de la República, no existió jamás ningún tipo de razones para interpretarlas de esa manera. En ningún caso su convocatoria tuvo carácter de referéndum ni —mucho menos— se trató de unas elecciones a Cortes constituyentes.

De hecho, la primera fase de las elecciones municipales celebrada el 5 de abril se cerró con los resultados esperados, es decir, salieron elegidos 14.018 concejales monárquicos y tan sólo 1.832 republicanos. Con ese resultado electoral, en el que las candidaturas monárquicas fueron votadas siete veces más que las republicanas, no puede extrañar que tan sólo pasaran a control republicano un pueblo de Granada y otro de Valencia. Como era lógico esperar, en aquel momento, nadie hizo referencia a un plebiscito popular y menos que nadie los republicanos, que habían sido literalmente aplastados por el veredicto de las urnas.

El 12 de abril de 1931 se celebró la segunda fase de las elecciones. De nuevo, los resultados fueron muy desfavorables para las candidaturas republicanas. De hecho, frente a 5.775 concejales republicanos, los monárquicos obtuvieron 22.150, es decir, el voto monárquico prácticamente fue el cuádruplo del republicano. Desde cualquier lógica democrática, los republicanos deberían haber reconocido su clara derrota y prepararse para las futuras elecciones a Cortes en las que, dicho sea de paso, no podía esperarse que obtuvieran grandes resultados. Sin embargo, lo que sucedió fue totalmente distinto. A pesar de los clarísimos datos electorales, los políticos monárquicos, los miembros del gobierno (salvo dos), los consejeros de palacio y los dos mandos militares decisivos —Berenguer y Sanjurjo— consideraron que el resultado era un plebiscito y que además implicaba un apoyo extraordinario para la república y un desastre para la monarquía.

El hecho de que la victoria republicana hubiera sido urbana —como en Madrid donde el concejal del PSOE Saborit hizo votar por su partido a millares de difuntos— pudo contribuir a esa sensación de derrota, pero no influyó menos en el resultado final la creencia de que los republicanos podían dominar la calle y arrastrar al país a una cruenta revolución. Semejante apreciación no se correspondía con la realidad dada la muy limitada fuerza republicana, pero tuvo un peso decisivo sobre el desarrollo de los acontecimientos sobre los que pesaba, de manera muy consciente, la sombra de lo que había sucedido en Rusia tan sólo catorce años antes.

Durante la noche del 12 al 13 de abril, el general Sanjurjo, a la sazón al mando de la Guardia Civil, dejó de manifiesto por telégrafo que no contendría un levantamiento contra la monarquía. Aquella afirmación constituía una gravísima dejación de los deberes encomendados, pero quizá más grave fue el hecho de que los dirigentes republicanos supieran inmediatamente lo que pensaba hacer el general gracias a los empleados de correos adictos a su causa. Batidos incuestionablemente en el terreno electoral, los republicanos eran conscientes de que se enfrentaban con un sistema que se negaba a defender las propias instituciones encargadas legalmente de esa tarea. Ese conocimiento de la debilidad de las instituciones constitucionales explica sobradamente la reacción republicana cuando Romanones y Gabriel Maura —con el expreso consentimiento del rey— ofrecieron al comité revolucionario unas elecciones a cortes constituyentes.

 

 

A esas alturas, sus componentes habían captado el miedo del adversario y no sólo rechazaron la propuesta, sino que exigieron la marcha del rey antes de la puesta del sol del catorce de abril, sabedores de que si la monarquía se reponía de aquel espejismo nunca se proclamaría una república cuyos candidatos habían sido derrotados clamorosamente en las elecciones celebradas unas horas antes. Para caldear el ambiente, los dirigentes republicanos convocaron manifestaciones que presentaron a los políticos monárquicos como espontáneas e incontrolables y cuya finalidad era aterrorizar a cualquiera que pretendiera hacerles frente.

Por añadidura, Alfonso XIII no manifestó voluntad de resistir, sumido como estaba en la depresión más profunda a causa de la muerte de su madre unos meses antes y viendo cómo su esposa se hallaba lógicamente aterrada ante la posibilidad de acabar como la familia imperial rusa —parientes suyos, por otro lado—, fusilada por un pelotón revolucionario. Al fin y a la postre, los políticos constitucionalistas se rindieron ante los republicanos y con ellos el monarca, que no deseaba bajo ningún pretexto el estallido de una guerra civil. De esa manera, el sistema constitucional desaparecía de una manera más que dudosamente legítima y se proclamaba la Segunda República.

Aunque la proclamación de la Segunda República estuvo rodeada de un considerable entusiasmo de una parte de la población, lo cierto es que, observada la situación objetivamente y con la distancia que proporciona el tiempo, no se podía derrochar optimismo. Los vencedores de la revolución se iban a sentir hiper legitimados para tomar decisiones futuras que pasaran por encima del resultado de las urnas y no dudarían en reclamar el apoyo de la calle cuando el sufragio les fuera hostil. Semejante comportamiento tenía una lógica innegable porque, a fin de cuentas, ¿no había sido en contra de la aplastante mayoría de los electores como habían alcanzado el poder? A ese punto de arranque iba a unirse que, globalmente considerados, los vencedores de la revolución estaban constituidos por un pequeño y fragmentado número de republicanos que procedían en su mayoría de las filas monárquicas; dos grandes fuerzas obreristas —socialistas y anarquistas— que contemplaban la república como una fase hacia la utopía que debía ser surcada a la mayor velocidad; los nacionalistas —especialmente catalanes— que ansiaban descuartizar la unidad de la nación y que se apresuraron a proclamar el mismo 14 de abril la República catalana y el Estado catalán y una serie de pequeños grupos radicales de izquierdas que acabarían teniendo un protagonismo notable como era el caso del partido comunista.

En su práctica totalidad, su punto de vista era utópico, bien identificaran esa utopía con la república implantada, con la consumación revolucionaria posterior o con la independencia; en su práctica totalidad, carecían de preparación política y, sobre todo económica, para enfrentarse con los retos que tenía ante sí la nación y, por añadidura, adolecían de un virulento sectarismo político y social que no sólo excluía de la vida pública a considerables sectores de la población española sino que también plantearía irreconciliables diferencias entre ellos. Así, la república iba a nacer de una absoluta falta de legitimidad democrática y, por añadidura, estaría inficionada desde su nacimiento con una serie de males que acabarían determinando su fracaso y, finalmente, el estallido de una cruenta guerra civil.

 

https://laverdadofende.blog/2013/02/10/la-ii-republica-y-el-pucherazo-de-1931-la-estafa-democratica/

Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, advirtió: “No se pueden establecer distinciones entre los concejales del campo y los de las ciudades ni clasificar a los electores entre los de primera, segunda y tercera categoría. (…) Cada hombre es un voto.” Por creer cantada la victoria o por otros motivos entonces silenciados, en vísperas de los comicios Romanones les dio alcance plebiscitario: “Se ventila (…) el porvenir de España y su forma de Gobierno.” Los republicanos y las izquierdas, sobre todo éstas, acogieron calurosamente la idea.

Las elecciones municipales de abril de 1931 no fueron un plebiscito ni existía razón alguna para interpretarlas como tal. Su convocatoria no tuvo carácter de referéndum ni de elecciones a Cortes constituyentes. Tampoco fueron un triunfo electoral republicano.

Cuando el 12 de abril se celebró la segunda fase de las votaciones, volvió a repetirse la aplastante victoria monárquica. Frente a 5.575 concejales republicanos, los monárquicos consiguieron 22.150, cuatro veces más aproximadamente.

Sin embargo, estas cifras sólo equivalen a poco más de la cuarta parte de los concejales elegibles. Lo que sucedió con el resto de las candidaturas, la II República nunca lo comunicó oficialmente. Los datos oficiosos que fueron publicados posteriormente en el Anuario Estadístico de 1932, por iniciativa del Instituto Nacional de Estadística y no, como era su deber, por el Ministerio de la Gobernación, muestran pese al retraso y a la manipulación que los concejales monárquicos lograron la mayoría.

Fue el propio gobierno de entonces, salvo dos miembros, los políticos monárquicos, los consejeros del monarca y dos de los mandos militares decisivos, Dámaso Berenguer, ministro de la Guerra, y José Sanjurjo, director de la Guardia Civil (quien posteriormente se levantaría contra la republica al observar el carácter sectario y revolucionario que en seguida adopto) , quienes otorgaron carácter plebiscitario a la consulta electoral aduciendo que los resultados eran un desastre para la monarquía y un éxito para la ambición republicana.

El predominio del voto republicano en la mayoría de las capitales de provincia —como en Madrid, donde el concejal socialista del PSOE, Andrés Saborit, ‘hizo votar’ por su partido a millares de muertos— contribuyó a esa sensación de derrota, junto a la creencia, infundada, de que los republicanos podían controlar la calle provocando algaradas y desmanes para hacerse con el poder. Durante la noche del 12 al 13, los ministros se reunieron informalmente en el ministerio de la Gobernación con el general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil y simpatizante de la república, según Alejandro Lerroux, quien dejó de manifiesto por telégrafo que no contendría un levantamiento contra la monarquía; extremo que los dirigentes republicanos conocieron en el acto gracias a los empleados de Correos adictos a su causa. Romanones le preguntó si podía contar con la fuerza de Orden Público y Sanjurjo respondió: “Hasta ayer por la noche podía contarse con ella.” Lo que dio pie a Romanones para concienciarse de que todo estaba perdido.

Por su parte, Berenguer, ausente de la reunión ministerial, envió por su cuenta un telegrama a las autoridades militares de provincias, haciéndoles notar la “derrota de las candidaturas monárquicas en las principales circunscripciones” y pidiéndoles “la mayor serenidad” (…) con el corazón puesto en los sagrados intereses de la Patria”, cuyos destinos “han de seguir, sin trastornos que la dañen intensamente, el curso lógico que les impone la suprema voluntad nacional.” El telegrama prontamente difundido por la prensa llenó de alegría a los republicanos y a las izquierdas.

En definitiva, Romanones, Sanjurjo y Berenguer, habían desahuciado por su cuenta y riesgo el régimen que teóricamente defendían.

Al amanecer del día 13 Romanones acudía a palacio. Confiesa: “Yo no acertaba con la fórmula de afirmar que todo estaba perdido, que no quedaba ya ni la más remota esperanza y, sin embargo, hablé con claridad suficiente, interrumpiéndome el rey con la frase: Yo no seré obstáculo en el camino que haya que tomar, pero creo que aún hay varios caminos”. Y observa Miguel Maura (Así cayó Alfonso XIII, pp. 153-154): “Ya en la mañana del 13, antes de que el Gobierno hubiese deliberado reunido y antes de que la calle hubiese mostrado síntomas de efervescencia, el conde (Romanones) estaba decidido a forzar las etapas para que el monarca abandonase la lucha”. Por la tarde de ese día 13, Aznar, presidente del Gobierno, declaraba: “¿les parece a ustedes poco lo que ha ocurrido ayer, que España, que se había acostado monárquica, se levantó republicana?” La frase, que en la práctica era un llamamiento a los contrarios a la monarquía a tomar la calle, se extendió por toda España como un reguero de pólvora entusiasmando a los socialistas y los republicanos.

Ese conocimiento de la debilidad de las instituciones constitucionales explica que cuando Romanones y Gabriel Maura, con el expreso consentimiento del rey, ofrecieron al comité revolucionario unas elecciones a Cortes constituyentes no lo aceptaran, habiendo captado el desfondamiento monárquico; no sólo fue rechazada la propuesta, sino que, además, exigió la marcha del rey antes de la puesta de Sol del 14 de abril.

Así pues, se proclamaba la II República sin respaldo legal o democrático.

(Ricardo de la Cierva, Historia actualizada de la II República y la guerra de España 1931-1939, pp. 37 a 40, Ed. Fénix. Miguel Artola, Partidos y programas políticos 1808-1936, I, p. 597, Ed. Aguilar.  Pío Moa, Los personajes de la República vistos por ellos mismos, pp. 175 a 178, Ed. Encuentro. César Vidal, Paracuellos-Katyn, pp. 95-96, Ed. Libros libres.)

 

https://robertorj.wordpress.com/2009/09/10/un-golpe-de-estado-para-favorecer-la-ii-republica/

Las Elecciones de 1931. Un golpe de Estado para favorecer la II República. Por Roberto Rodrigo

España había sufrido un intento de golpe republicano apenas unos meses antes (recordemos que en el verano de 1930 se concluyó ese Pacto de San Sebastián donde entraban los republicanos históricos de izquierdas y de derechas, que eran muy poquitos, el Partido Socialista y, sobre todo, los nacionalistas catalanes); Recordemos que el intento de golpe de estado en diciembre de 1930 fracasó, porque Fermín Galán y Miguel Ángel García Hernández se adelantaron en Jaca, porque se quedó dormido Santiago Casares Quiroga (conocido como la sublevación de Jaca). Y cuando tres días después, el 15 de diciembre, en Cuatro Vientos intentaron dar el golpe Ramón Franco y Gonzalo Queipo de Llano, pues eso fracasó estrepitosamente.

El Pacto de San Sebastián fue una reunión promovida por Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura que tuvo lugar en la ciudad vasca de San Sebastián el 17 de agosto de 1930. A esta reunión enviaron representantes prácticamente todas las corrientes republicanas. Este comité estaba en contacto permanente con un grupo de militares con el que estudió un pronunciamiento militar para traer la república, que finalmente quedó previsto para el 15 de diciembre de 1930. Presidida por Fernando Sasiaín (presidente del Circulo Republicano de San Sebastián), a ella asistieron:

Por la Alianza Republicana: Alejandro Lerroux, del Partido Republicano Radical, y Manuel Azaña, de Acción Republicana;

Por el Partido Radical-Socialista: Marcelino Domingo, Álvaro de Albornoz y Ángel Galarza;

Por la Derecha Liberal Republicana: Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura;

Por Acción Catalana: Manuel Carrasco Formiguera;

Por Acción Republicana de Cataluña: Matías Mallol Bosch;

Por Estat Català: Jaume Aiguader;

Por la Federación Republicana Gallega: Santiago Casares Quiroga;

A título particular: Indalecio Prieto, Felipe Sánchez Román, Fernando de los Ríos y Eduardo Ortega y Gasset, hermano del filósofo.

Gregorio Marañón no pudo asistir, pero envió una carta de adhesión.

En esta reunión se constituyó un comité revolucionario, presidido por Alcalá-Zamora, que llegaría a ser el gobierno provisional de la Segunda República Española; de manera que acaba con la Monarquía en España.

En teoría, y con el escasísimo apoyo popular que tenían los republicanos, si es que tenían alguno, y después del fracaso de ese golpe, lo suyo es que hubiéramos quedado curados de veleidades republicanas para décadas, pero como el régimen estaba muerto, una de las primeras cosas que hizo José Sánchez Guerra en cuanto Alfonso XIII le dio la orden de constituir gobierno fue plantarse en la cárcel Modelo para ofrecer carteras a los republicanos encarcelados, lo cual da una idea de hasta qué punto la Monarquía estaba muerta; y seguramente llevaba muerta muchos años.

Y hasta qué punto el acomplejamiento estúpido y patológico de la derecha ante la izquierda, gracias a los medios de comunicación que los tenían bajo la pezuña y el “Ay que dirán, que pensarán”, pues pasó la II República. El régimen de la Restauración empezó a morirse en 1898, y creo que todo el reinado de Alfonso XIII fueron intentos de salvar al moribundo. Ahora, es verdad que eso, “a nivel de calle”, como dicen algunos, no se percibía. Por ejemplo, Azaña cuenta en sus memorias que cuando llega Sánchez Guerra y les ofrece las carteras, la República parecía una posibilidad absolutamente remota; es decir, eso no se lo planteaba nadie, y nadie preveía que la Monarquía se iba a desplomar.

 

 

Entonces se produjo un fenómeno verdaderamente curioso. Y es que, en el enésimo intento de reforma del sistema, quienes lo manejaban barajaron si ir a unas Cortes Constituyentes o a unas elecciones municipales. Y decidieron que antes de embarcarse en unas Constituyentes para reformar la Constitución (ya muy añosa, de 1876), mejor convocar unas municipales. En mala hora. Hay que decir, y esto es muy importante, que, primero, esas elecciones municipales no eran un referéndum sobre la forma de Estado: eso no lo pensaron ni siquiera los republicanos en ningún momento; por supuesto, no eran unas elecciones a Cortes Constituyentes. Eran, repito, unas elecciones municipales, y no había nada más que eso. Ahora bien, se produjo una serie de fenómenos notables que acabaron en la proclamación de la República.

¿Qué pasó en las elecciones? Las elecciones se celebraron a dos vueltas. En la primera vuelta, que tuvo lugar el 5 de abril, los resultados fueron los que se esperaban: los monárquicos obtuvieron 14.018 concejales y los republicanos, 1.832, como unos siete concejales y pico Monárquicos por cada uno republicano. A control republicano pasaron sólo un pueblo de Granada y otro de Valencia. Es decir, lo esperado: que las candidaturas monárquicas iban a ganar de calle. Por supuesto, nadie dijo que aquello era un plebiscito popular, o un referéndum, ni que se cuestionaba el futuro de la Monarquía, ni que iba a venir la República. Porque, claro, con unos resultados así eran ganas de hacer el ridículo.

El 12 de abril, es decir una semana después, se celebró la segunda vuelta. Los resultados, que no se publicaron hasta después de proclamada la República –esto es muy importante saberlo, porque aquí la manipulación mediática tuvo unos efectos que cambiaron la historia de España–, fueron tremendos: salieron elegidos 5.775 concejales republicanos, por 22.150 concejales monárquicos; Las elecciones las habían ganado los monárquicos con una mayoría aplastante.

Aquí sucedió algo verdaderamente importante, porque demuestra hasta qué punto la llegada de la Segunda República no sólo no fue fruto de la democracia ni del pueblo lanzado a la calle, sino un golpe de estado que triunfó, entre otras cosas, por lo debilísima y lo absolutamente agónica que estaba la Monarquía.

En algunos lugares, en algunas capitales de provincia, la victoria fue para las candidaturas republicanas. En Madrid, por ejemplo; donde un concejal socialista llamado Andrés Saborit consiguió que votaran para su partido millares de difuntos: fue un pucherazo espectacular que sus autores supieron utilizar muy bien.

Cuando empezaron a llegar noticias de las victorias republicanas, en Palacio cundió el pánico. Tanto, que durante la noche del 12 al 13 José Sanjurjo, que en aquel momento estaba al mando de la Guardia Civil, ya manifestó por telégrafo que él no defendería el régimen; que, si se producía un conato republicano, como el de finales del año anterior, él no sacaría la Guardia Civil a la calle. Pero claro, en vez de meter en la cárcel a este General por insubordinación nadie se hizo cargo. El Cuerpo de Telégrafos estaba muy infiltrado, gracias a la masonería, por republicanos; de tal manera que el Comité Nacional Republicano tuvo enseguida noticia de que la Guardia Civil no iba a salir en absoluto a la calle, y empezó a jugar con un ventajismo verdaderamente notable.

Cómo sería la situación, que, ante la debilidad de las instituciones, hubo quien le dijo al Rey que tenía que retirarse: si no se marchaba de España, no se responsabilizaban de lo que pasara con la Familia Real. Y ya se sabía lo que había pasado catorce años antes en Rusia con los Zares y la que más miedo tenía era Victoria Eugenia pensando en ese supuesto. Y de hecho Victoria Eugenia dijo “a ver si nos va a pasar lo que a nuestros primos”, que de hecho acabaron fusilados.

El Rey sufría una depresión profunda desde la muerte de su madre, era una persona que no quería resistir, y la Reina estaba absolutamente aterrada ante la posibilidad de vivir una situación como la de Rusia. Ciertamente, en un momento determinado se intentó salvar la Monarquía: El Conde de Romanones y Maura fueron a ver a los republicanos para ofrecerles carteras en un Gobierno provisional que controlara unas Cortes Constituyentes. Pero para entonces los republicanos se habían dado cuenta de que aquello se caía, porque realmente salvo Juan de la Cierva, abuelo de Ricardo de la Cierva, nadie quería resistir en el Gabinete. Alcalá-Zamora, que fue monárquico hasta dos días antes, dijo que ellos no podían controlar a las masas, y que, si éstas se lanzaban a la calle, lo que pudiera pasar con el Rey… realmente no lo veían claro si no se iba antes de que pusiera el sol.

En ese momento el Rey dijo que no quería que se derramara sangre –lo cual es encomiable… según se mire– y que se marchaba a Cartagena y luego se iba de España. Bien es verdad que aclarando que no abdicaba, sino que suspendía temporalmente el ejercicio de sus facultades regias. No quería dar la sensación de que abdicaba por si la cosa funcionaba y regresaba.

No hace falta decir que los republicanos aprovecharon para proclamar inmediatamente la República –en primer lugar, en Éibar–; y a partir de ahí entramos en una situación verdaderamente escalofriante.

Bien es verdad y cabe apuntarlo, que aquello fue un golpe de Estado. Es decir, ni las masas se lanzaron a la calle, ni en ningún momento hubo una consulta popular para cambiar la forma de Estado. Hay lo que hubo fue una perversión de la legalidad, lo que hubo fue un golpe de Estado y lo que hubo también fue la confirmación de la tendencia golpista de los republicanos. Es decir, si las urnas no respaldan lo que nosotros queremos, ya haremos nosotros que las urnas nos respalden. Esto es la triste historia de la II República.

La gran mentira con relación a las elecciones de 1931, es el resultado de las elecciones que ganaron los monárquicos de calle.

 

https://es.wikipedia.org/wiki/Proclamaci%C3%B3n_de_la_Segunda_Rep%C3%BAblica_Espa%C3%B1ola

La proclamación de la “República Catalana” en Barcelona

Alrededor de la una y media de la tarde del 14 de abril, Lluis Companys, uno de los líderes de Esquerra Republicana de Cataluña que había obtenido una resonante victoria en las elecciones municipales del 12 de abril (en Barcelona 25 concejales, frente a los 12 de a Lliga Regionalista y a otros 12 de la candidatura republicana-socialista), salió al balcón del Ayuntamiento de Barcelona, en la plaza de San Jaime que en esos momentos no estaba muy concurrida, para proclamar la República e izar la bandera republicana.

​Alrededor de una hora después y desde el mismo balcón, donde ya ondeaba también la senyera catalana, el líder de Esquerra Francesc Maciá se dirigió a la multitud concentrada en la plaza y proclamó, en nombre del pueblo de Cataluña, “L’Estat Català, que amb tota la cordialitat procurarem integrar a la Federació de Repúbliques Ibèriques“. A media tarde Macià de nuevo se dirigía a la multitud pero esta vez desde el balcón de la Diputación de Barcelona, situado enfrente del Ayuntamiento en la misma plaza de San Jaime, para comunicarles que había tomado posesión del gobierno de Cataluña, afirmando a continuación que “d’aquí no ens trauran sino morts” (“de aquí no nos sacarán sino muertos“). A continuación, firmó un manifiesto en el palacio de la Diputación en que proclamaba de nuevo el “Estat Català” bajo la forma de “una República Catalana“, que pedía a los otros “pueblos de España” su colaboración para crear una “Confederació de Pobles Ibèrics“​

 

 

 

Una tercera declaración de Macià, por escrito como la segunda, se produjo a última hora de la tarde, cuando se supo que la República había sido proclamada en Madrid y el rey Alfonso XIII abandonaba el país, en la que, después de hacer referencia al “Pacto de San Sebastián”, se proclamó “La República Catalana com Estat integrant de la Federació Ibèrica“.​ “En realidad, la actuación de Macià no iba encaminada a una ruptura con España, proclamando la independencia, sino a provocar desde una situación de fuerza el cumplimiento de lo acordado en San Sebastián, la concesión inmediata de una amplia autonomía, que quería federal”.​

La proclamación de la “República Catalana”, diferenciada de la República Española, será el problema más urgente que tendrá que resolver el “Gobierno Provisional”. (Tres días después varios ministros del Gobierno Provisional republicano viajaron rápidamente de Madrid a Barcelona para persuadir a Macià de que abandonara su idea y se mostrara favorable a la adopción de un estatuto de autonomía promulgado por las Cortes, a lo que accedió).

 

Madrid: proclamación de la República y caída de la Monarquía

A primeras horas de la mañana del 14 de abril el general Sanjurjo, director de la Guardia Civil se dirige a la casa de Miguel Maura donde se encuentran reunidos los miembros del “comité revolucionario” que no estaban exiliados en Francia, ni escondidos: Niceto Alcalá-Zamora, Francisco Largo Caballero, Fernando de los Ríos, Santiago Casares Quiroga y Álvaro de Albornoz. Nada más entrar en la casa el general Sanjurjo se cuadra ante Maura y le dice: «A las órdenes de usted señor ministro». Inmediatamente avisana Manuel Azaña y a Alejandro Lerroux, que se hallaban escondidos en Madrid desde hacía meses, para que acudan a casa de Maura (los cuatro miembros del “comité” que se hallaban en Francia, Diego Martínerz Barrio, Indalecio Prieto, Marcelino Domingo y Nicolau Oliver, iniciarán enseguida su vuelta). ​

Por su parte el rey Alfonso XIII le pide al conde de Romanones, viejo conocido de Niceto Alcalá-Zamora, que se ponga en contacto con él para que, como presidente del “comité revolucionario”, le garantice su salida pacífica de España y la de su familia. A la una y media del mediodía tiene lugar la entrevista en casa del doctor Gregorio Marañón, que había sido médico del rey y que ahora apoyaba la causa republicana. El conde de Romanones le propone a Alcalá-Zamora crear una especie de gobierno de transición o incluso la abdicación del rey en favor del Príncipe de Asturias. Pero Alcalá-Zamora exige que el rey salga del país “antes de que se ponga el sol”. Y le advierte: “Si antes del anochecer no se ha proclamado la república, la violencia del pueblo puede provocar la catástrofe”. El conde vuelve a Palacio a informar al rey y Alcalá-Zamora a casa de Maura, donde conoce con el resto de miembros del comité revolucionario la proclamación del “Estat Català” que ha hecho Macià en Barcelona. ​

A primeras horas de la tarde unos funcionarios socialistas izan la bandera tricolor republicana en lo alto del edificio de Correos y Telégrafos de la plaza de la Cibeles. Corre la noticia y una multitud se concentra en la plaza, para desde allí dirigirse por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol, donde se encuentra el Ministerio de la Gobernación. Muchos portan banderas republicanas y algunos retratos de los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández, ejecutados por la sublevación de Jaca. Un grupo derriba la estatua de la reina Isabel II, jóvenes con brazaletes rojos, la mayoría de ellos obreros socialistas, formaron un cordón uniendo sus brazos para impedir que la gente se aproximara y allí estuvieron de guardia durante toda la noche. ​

Dámaso Berenguer, al enterarse de la abdicación de Alfonso XIII: Poco después de las tres me comunicó el jefe de servicio en el Ministerio que por la radio acababan de decir que en Barcelona se había proclamado la República. (…) Hacia las cuatro me avisaron que el presidente deseaba hablar conmigo por la línea directa del teléfono de mi despacho. Acudí a la llamada, y me dijo el almirante Aznar que me esperaba con urgencia en el Ministerio de la Gobernación, donde ya se encontraba él, para darme conocimiento de algo extraordinario e importantísimo. (…) Seguidamente salimos para el Ministerio de la Gobernación. En el trayecto (…) la efervescencia era general. Se formaban numerosos y nutridos grupos, y el movimiento de flujo hacia la Puerta del Sol era constante. (…) En el gran salón de retratos del Ministerio se encontraba el Presidente: Estaba solo. Al verme se dirigió a mi encuentro, dando muestras de gran emoción. En desordenadas palabras, que delataban su honda impresión, me dijo que Romanones había tenido aquella mañana una entrevista con el Comité revolucionario, en la que se había pactado la entrega del Poder para aquella tarde, a las seis. Que el conde había dado cuenta de todo al rey y que éste saldría de Madrid esa misma noche. (…) El presidente seguía emocionadísimo, sin dejar de moverse de un lado para otro del salón, retorciéndose las manos. En algunos momentos, con gesto de desesperación, no podía reprimir las lágrimas. Sobre todo al asomarse a los cristales del balcón y ver el bullicio y oír los gritos de la Puerta del Sol, cada vez más rebosante de gente.

 

Dámaso Berenguer, De la Dictadura a la República, (1946) ​

Enterados de lo que está ocurriendo, los miembros del “comité revolucionario” se dirigen a la Puerta del Sol. Cuando llegan Miguel Maura llama al portalón del Ministerio y grita: «Señores, paso al Gobierno de la República». Los guardias civiles de la entrada se cuadran y presentan armas. A continuación el comité revolucionario se constituye en “Gobierno Provisional” de la República y designa a Niceto Alcalá-Zamora como su presidente. Eran las ocho de la tarde del 14 de abril. A esa misma hora el rey se despedía de s nobles y Grandes de España que habían acudido al Palacio de Oriente y abandonaba Madrid en coche en dirección a Cartagena, donde hacia las cuatro de la madrugada embarcaba en el crucero Príncipe de Asturias rumbo a Marsella. Pocas horas después la reina y el resto de la familia real abandonaron Madrid en tren en dirección a la frontera con Francia. ​

 

 

Publicado en el Blog de Campos el 19-09-2018

 

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