Tengamos paciencia

“El portazgo” era un tributo que se cobraba en las puertas de las ciudades y villas por la entrada de todo tipo de productos, por tener libertad de movimientos para comerciar con ellos en la ciudad.

“El caso Ghali”, su entrada de incógnito en España y posteriores consecuencias en las relaciones diplomáticas con Marruecos, ha llegado a los tribunales de justicia, y ha caído en manos de un juez de Zaragoza, el magistrado Rafael Lasala, imputando a la exministra de Asuntos Exteriores Arancha González-Laya un delito de prevaricación y pretendiendo llegar hasta el final sobre quien fue el que dio la orden de que Ghali ingresara de incógnito en el hospital de Logroño.

La prensa adicta al régimen social-comunista gobernante ha puesto a este juez en la diana de sus críticas destructivas, tildándole de “juez patriótico” e hijo de un juez franquista, como si entre los militantes de izquierda no hubiera habido ninguno con antecedentes de vítores al “innombrable” y llenado sus estómagos con garbanzos obtenidos en el primer reparto de la cosecha.

La cosa se está poniendo mal porque el que fuera jefe del gabinete de la ministra, Camilo Villarino, ha declarado que él cumplía órdenes, por lo que el juez quiere saber cuál fue el ámbito superior del que esas órdenes procedían.

La ex ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, se ha escudado en la ley de secretos oficiales,, que dice fue tomada en un Consejo de Ministros pero nunca publicada en el BOE,  y que la decisión fue “un acto político”, y no un acto administrativo, por lo que no debería intervenir un órgano jurisdiccional, sin aclarar nada sobre quién fue el máximo responsable en dar la orden. Con ese planteamiento, el Poder Ejecutivo podría hacer y deshacer lo que quisiera sin que la justicia pudiera pedirle responsabilidad alguna por las actuaciones presuntamente ilegales.

La abogacía del Estado asume la defensa de la exministra, solicitando el archivo de la causa, a lo que el juez ha dictado un demoledor auto contra los intentos del Gobierno de torpedear la investigación sobre unas infracciones que apuntan “a una vulneración frontal de la legalidad”.

Por aquello de que no se sabe hasta dónde puede llegar el fuego una vez que se enciende, el ministro Bolaños, el nuevo Maquiavelo de la política española, ha empezado a mover los hilos para que las llamas no alcancen a los pinos más altos del monte y se consiga apagar a la mitad del camino.

Parece que a quien más se le teme es a un incendiario que antiguamente se sentaba a la mesa común marisquera y que ahora es más peligroso que un mono con navaja, en forma de micrófono y espacios televisivos, y que no está dispuesto a comerse el marrón.

Y es que en España todo el mundo se apunta a una comilona con marisco y chuletón de buey, pero nadie a fregar los platos.

¿Habrá portazgo? Todo ello, ¿es indicio de esa democracia imperfecta de la que disfrutamos en España en dónde nadie asume responsabilidades? ¿Hasta dónde llegará, o le dejarán llegar, al juez? ¿En qué manos caerá la alzada? ¿Habrán criado pelo las ranas cuando se llegue al final del trayecto judicial?

Los españoles tenemos, para algunas cosas, más paciencia que Job, profeta en las religiones abrahámicas: el judaísmo, el cristianismo y el islam, protagonista del libro que lleva su nombre dentro del Antiguo Testamento de la Biblia. Es considerado el Santo de la paciencia.

Antonio CAMPOS

Job según Léon Bonnat (1880), Museo del Louvre, París.

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