El amor por la ventana

En España, en donde todo se discute y se pone en duda, había dos cosas irrefutables: Antes, un pueblo no era pueblo si no tenía un ayuntamiento, una iglesia, un cabo de la Guardia Civil y una oficina de Banesto. Aquello se acabó. Tampoco nadie ponía en duda el Boletín Oficial del Estado, los datos del INE y los informes del Servicio de Estudios del Banco de Bilbao. También se acabó.

Ahora, un partido político, que es el que gobierna la Nación, ataca a la oposición desde el “sagrado” Boletín Oficial del Estado, diciendo que “desde la llegada al Gobierno del Partido Popular en diciembre de 2011, se inició un proceso constante y sistemático de desmantelamiento de las libertades y especialmente de aquellas que afectan a la manifestación pública del desacuerdo con las políticas económicas del Gobierno”, para modificar el Código Penal y justificar así un cambio de legislación que deja a libre interpretación la actuación de piquetes y manifestantes en una huelga y de quienes pudieran estar en desacuerdo con ella, sobre todo la reacción de los trabajadores que se sientan presionados por los “piquetes informativos”.

Los sindicatos, tal como hoy existen en nuestro país, son reminiscencias del pasado, de un pasado anacrónico. Nada que ver con Nicolás Redondo y Marcelino Camacho. Cada vez tienen menos afiliados y todos son lo más opacos posibles a informar del número de personas que pagan su cuota sindical; en cualquier empresa, los buenos trabajadores están pagados por encima de convenio y tienen unos incentivos extras que imposibilitan su afiliación sindical; los sindicatos, salvo excepciones, se nutren de los peores trabajadores, aquellos que tienen miedo a que los despidan por su falta de rendimiento o ideas contrarias al empresario, viendo en su elección como representante sindical un seguro de permanencia en el empleo, liberados de trabajar en muchas ocasiones, hasta tal punto que hay dirigentes que hace más de veinticinco años que no pisan su empresa e incluso alguna que ha desaparecido; viven de las subvenciones, de intervenir, que no mediar, en los ERE asegurándose que ellos no entrarán entre los despedidos, aceptando las propuestas del empresario, que ya sabe cómo funciona el asunto y que, de entrada, aprieta un poco para al final concederles algo a lo que estaba predispuesto desde un principio y así los sindicatos puedan “vender” su victoria sobre lo conseguido; y de los cursos de formación profesional, sobre los que están saturados los juzgados de media España, y de cuyos conocimientos alcanzados y porcentaje de reincorporados a la vida laboral nadie facilita ningún tipo de datos ni resultados.

Las huelgas, que es lo que se trata de proteger con esta nueva regulación penal, están destinadas al fracaso, porque un empleado no puede prolongar muchos días esa situación si el sindicato, como en Estados Unidos, no les paga lo que dejan de cobrar en la empresa; ninguna empresa tiene suficientes empleados para provocar un colapso sonado y que aparezca en los telediarios, por lo que se intercambian los piquetes de otros sectores, generalmente los más agresivos, que no tienen nada que ver con el conflicto original. Y lo único verdaderamente interesante para los sindicalistas, son los organismos públicos, en donde se colocan, sin oposición a la escala correspondiente de funcionarios, a allegados y adictos.

El marxismo-comunismo ha copado los dos principales sindicatos, UGT y CCOO y ha convertido la manifestación de la Fiesta del Trabajo del uno de mayo en un acto electoral de la izquierda, haciendo presencia activa ministros del Gobierno a los que, en teoría, son a los que los sindicatos tienen que mostrar sus reivindicaciones: Yolanda Díaz, sabiendo que España lidera las tasas de paro general, femenino y juvenil de toda Europa, supongo que acudió a la manifestación para rechazar su propia gestión e incompetencia; Irene Montero, la que iba a acabar con los aforamientos cuando gobernaba el PP y ahora investigada por un juez por tener una funcionaria del Estado haciendo de niñera, pero no puede ser citaba a declarar porque está aforada; Ione Belarra, la que pretende expropiar 200.000 viviendas vacías sin indemnización ni justiprecio de ningún tipo; Reyes Maroto, que tiene en quiebra sus tres responsabilidades, industria, comercio y turismo; Carmen Calvo, que recuerda una y otra vez el bombardeo de Guernica pero nunca el de su pueblo natal, Cabra, en la provincia de Córdoba; José Luis Ábalos, la banda del fontanero / y sus cuarenta maletas / tiene a Isabel Díaz Ayuso / entre sus obsesiones / y el PSOE las piernas inquietas / por si le corta los bordones; y José Manuel Rodríguez Uribes, filósofo proselitista del laicismo, que no ha dicho ni una mala palabra ni ha hecho ninguna buena acción. Detrás iban jubilados aburridos y los liberados agradecidos; pero pocos, muy pocos, empleados de los que se levantan todos los días a las siete de la mañana para ir a trabajar.

Y alguien gritó aquello con lo que acabó su discurso La Pasionaria en 1936: “España entera se dispone al combate. En Madrid el pueblo está en la calle, apoyando al gobierno y estimulándole con su decisión y espíritu de lucha para que llegue hasta el fin en el aplastamiento de los militares y fascistas sublevados. ¡NO PASARÁN!

¿Son necesarios los sindicatos? Sí, absolutamente afirmativo. Pero actualizados al siglo XXI, defendiendo al obrero, al trabajador, pensando que quien paga a ese obrero, a ese trabajador, es una empresa que tiene que ganar dinero para que pueda seguir pagándole. Todo lo que no sea esa conjunción de objetivos, es comunismo tal como fue concebido en el siglo XIX, por mucho que queramos enmascararlo con sinónimos populistas.

Y que nadie confíe en el “papá Estado” como hasta ahora hemos venido confiando; el mundo ha cambiado, cada vez hay más habitantes, trabajan menos personas, los ingresos disminuyen al haber más paro y menos beneficios, hay Administraciones Públicas, que llegaron a pagar en una media de 28 días fecha factura, que ahora están en más de un año, la pescadilla que se muerde la cola, la empresa privada tiene que financiar al Estado cuando a ella no la financian los bancos, por mucho que se suban los impuestos, antes o después acabará todo en recortes del estado de bienestar, los millones de subvencionados tendrán, de alguna forma, que aportar algo al esfuerzo comunitario, porque el dinero es un bien escaso y cuando entra la pobreza por la puerta, se va el amor por la ventana.

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