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Princesita

Una noche esplendorosa, las estrellas hacían guardia esperando el verano, que llegaba como fin de un primaveral día de temperatura cálida y agradable. Alcalá de Henares había tenido sede arzobispal y universidad, pero la historia la había convertido en un refugio industrial, pan y sustento de muchos españoles de otras regiones. No había hospital público, para hacerse una simple radiografía había que ir a Madrid, el único servicio sanitario digno era un pequeño hospital privado, por lo que la mayoría de alcalaínos nacían en Madrid. No hablo de la Edad Media, ni siquiera de tiempos de la Guerra Civil, hay que fijar los hechos en los primeros años ochenta del siglo pasado, con Franco muerto y “todo atado y bien atado” que decían, pero como el nudo gordiano, fue resuelto por el Alejandro Magno de la democracia, por la generación del “prohibido prohibir”.

Había una leyenda que merodeaba por todas las embarazadas de aquella época, y es que demasiados niños nacían muertos o morían a las pocas horas de nacer, precisamente en el sanatorio al que correspondía ir a las parturientas alcalaínas. Previsor el padre, el primer hijo nació en la ciudad nativa de su progenitor; y para el nuevo nasciturus, del que entonces no se sabía el sexo hasta el nacimiento, el coche enfiló la carretera de Barcelona y parada en el Hospital General de Guadalajara.

No había nadie en urgencias, debe ser que entonces nos cuidábamos menos o éramos más fuertes y sanos, no había pasado una hora cuando salió la comadrona y le dijo al padre, solo en toda la sala de espera del hospital: Enhorabuena, es una niña preciosa; la madre y la hija están muy bien. El padre respiró de satisfacción, dio gracias internas a Dios, y subió a verlas, contemplando con ternura la benevolencia de la naturaleza con su persona.

Desde pequeña dio síntomas de ser rebelde, igualitaria para lo que hacía o dejaba de hacer su hermano, y cuando empezó a ir al colegio pidió que fuera a uno público, y más adelante, en la universidad, que también fuera una universidad pública. Se pintaba el pelo de diferentes colores, estaba en cualquier acto en el que se reivindicara cualquiera cosa para los más desfavorecidos, y, creo, fue educada por sus padres con libertad y lógica, desde la más tierna infancia, porque los sentimientos con mayor carga de profundidad son reflejo de nuestra socialización temprana, no se puede dudar del vínculo entre padres e hijos, del ejemplo que reciben en sus casas, porque la igualdad no consiste en adoptar los comportamientos y actitudes denigrantes del machismo. Se trata de recuperar la voz, la libertad, la igualdad de derechos sociales y laborales, la no discriminación de un feminismo mal entendido que lo que pretende es condenar al hombre por el hecho de serlo. Ella dice que “El feminismo que denigra al hombre no existe; eso es el hembrismo. La otra cara de la moneda del machismo, tan denigrante y rancio como éste. Y es importante que lo entienda todo el mundo: las feministas queremos la igualdad, sin prevalencia de ningún tipo, sin que unos desalmados se crean que por ir sola y ejerciendo mi libertad, pueden hacer conmigo lo que ellos quieran”.

Y continúa: “Soy libre porque he luchado diez veces más que cualquier hombre que conozcas, no porque la sociedad reconozca mi libertad. Soy libre porque me he pasado, tras mucho dolor y muchas lágrimas, por el arco del triunfo lo que las muchas malas lenguas han hablado de mí. Porque mi rebeldía, esa que has respetado y admirado, me ha hecho romper los esquemas que el resto tenía sobre mí y no creerlos. Porque jamás he entendido por qué yo no podía hacer lo mismo que un hombre. Soy libre porque yo lo he luchado”.

“Soy libre por mi fortaleza, una mujer que, con vuestra ayuda, ha peleado por derribar todos los prejuicios que se ha encontrado, que se ha derrumbado mil veces y que ha renacido mil y una. A esa jodida princesa de pelo rojo y tatuajes de colores que pega patadas dialécticas a quien se le ponga por delante, que lucha no sólo por ella sino por una sociedad más justa. A ese pedazo de mujer en el que me he convertido”.

 

 

“Soy y seré una princesita siempre porque yo lo he decidido. Hay días que decido ser una jodida princesa. Otros, una amazona guerrera. Algunos incluso decido ser un poco camionero (como mañana, que me voy al Ikea yo solita a cargar mi coche con cosas para mi casita nueva, sin esperar que haya nadie que me ayude)”.

La niña de la que hablamos es psicóloga y escritora; entre sus libros hay uno que se titula “Jodidas Princesas”, editado en audioserie por Storytel, uno de los diez más leídos en España en 2019 y el primero en México, que la autora introduce con la siguiente frase: ¿Qué pensarías si te dijera que las princesas de los cuentos de siempre ni son felices ni querían comer perdices? Y no por mantener la línea, sino porque ellas nunca han querido vivir un cuento de hadas. ¿O sí?

Y, sobre todo, es y se siente libre. Es mi hija. Y desde que empezó a tener uso de razón, tiene en la puerta de su habitación, cuando va por casa porque ya es independiente, un letrero que dice PRINCESITA. Y cuando celebramos su cumpleaños, se pone una tiara de princesa, y ella se siente la princesa de la casa, y no ha llegado nunca sola a casa porque sus amigos siempre la han acompañado hasta la misma puerta, ni borracha porque no ha visto jamás borrachos ni a su padre ni a su madre, y lucha como una jabata todos los días porque no ha bailado nunca en horizontal para obtener ningún puesto. Y seguirá siendo mi princesita por muchos años que tenga, hasta que yo cierre definitivamente mis ojos, que espero sea de aquí a mucho tiempo.

De momento me voy de vacaciones, al campo, que allí la gente es más humilde y no dice tonterías. Hasta la vuelta.