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Democracia a la española

Cuando alguien que no sabe quién fue Carlos III, Espartero, Bartolomé de las Casas, Galdós o el general Rojo, es un menor de cuarenta años, que vive de las subvenciones y de manifestarse cuando sus jefes políticos se lo ordenan, podría disculparse su actuación por la condescendencia que los padres hemos tenido con ellos, por su ausencia de esfuerzo personal y porque, tras su apariencia, siempre está el clásico pícaro español que su único objetivo es vivir a costa del trabajo de otros.

Pero cuando alguien que fue director de un Instituto por la gracia del PSOE, universitario, preparado, escritor, historiador, que hizo el Bachiller con las leyes de Lora Tamayo y de Villar Palasí, y que formó parte de aquellos que consiguieron un estado democrático en España, escribe lo que sigue a continuación, textualmente, es para preocuparse seriamente.

“El pueblo siempre tiene razón. No, no es verdad, el pueblo también se equivoca, los errores de los individuos traen consigo el desacierto de la colectividad.

La señora Ayuso ha recogido votos de todas las clases sociales, de todos los colectivos, de los jóvenes, de los mayores, de las mujeres, de las feministas y de las que no lo son, de los maestros, de los sanitarios, , de los parados, de los del ERTE, los pensionistas, los pensionados, los que reciben el IMV, los que padecen los contratos temporales o directamente los de basura, los de grandes, medianos y pequeños empresarios de la hostelería, de curas y de monjas y de una elevada dosis de hartazgo … ¡de todo y de todos!”.

Estas palabras representan la negación de la democracia, porque el pueblo siempre tiene razón, pero solo cuando me vota a mí, a lo que yo quiero, a lo que yo represento. Es un claro ejemplo de la deriva marxista del actual socialismo español; y es que es muy fácil pasar de un piso de sesenta metros cuadrados en Vallecas a una mansión de más de dos mil metros cuadrados en Galapagar; de ser abogado con toga sin estrenar a vivir en un chalet en “zona nacional”; de no saber nadar a pilotar un yate propio; en cambio, al revés, es muy malo porque a todos nos gusta el jamón de Jabugo, el vino de reserva y los hoteles de cinco estrellas. Lo malo de ello es que quienes les votan siguen pasando estrecheces. Y si surge una voz discordante, como Alfonso Guerra, que no se calla ni debajo del agua, queda inmediatamente inhabilitado por sus propios conmilitones: corresponde a otra época, está viejo, ideas obsoletas; eso sí, no como las suyas, que se remontan al siglo XIX.

Estoy empezando a pensar que Antonio Machado llevaba razón, que en España no puede ser y además es imposible:

“Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza / entre una España que muere / y otra España que bosteza. / Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”.

Me ha encantado una frase que he hallado en internet: Tengo amigos de izquierda y de derecha; ateos y creyentes; del Real Madrid y del Barça; y el denominador común es respeto.

Lástima que solo sea una frase.