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Con la sanidad no se juega

Este fin de semana he asistido a la Primera Comunión (sí, aunque no se lo crean, sigue habiendo cristianos en España) de un niño de diez años. El padrino de este niño fue un tío suyo que murió de cáncer hace algo más de dos años.

Como es bien sabido, tanto en estos actos como en las bodas, es costumbre regalar un pequeño detalle a los invitados. El niño se levantó, cogió el micrófono, y dijo: Este es un día muy especial para mí, por eso, en lugar de regalaros un detalle que termine olvidado en un cajón o una papelera, he preferido que el dinero que íbamos a gastarnos fuese para algo realmente útil y hemos hecho una donación a la Asociación Española Contra el Cáncer. El aplauso duró varios minutos y a más de uno se le cayeron las lágrimas.

Rápidamente acudió a mi memoria la campaña de acoso y derribo por parte de ciertos políticos que manifestaron que “una democracia digna no acepta limosnas de multimillonarios”, refiriéndose a la donación de más de 300 millones de euros que realizó Amancio Ortega, dueño de Zara, en material médico de última generación para tratar el cáncer.

He escrito alguna vez que conocí a Amancio Ortega hace muchos años, por temas profesionales, cuando él y su primera esposa estaban a pie de una nave, con ocho o diez empleadas. Nadie le ha regalado nada a este hombre, y España tenía que estarle agradecida por los puestos de trabajo creados, por los impuestos que paga, por las diferentes donaciones y dinero que aporta a obras sociales, y por haber extendido la marca España por todo el mundo.

¿Se puede ser más imbécil e insolidario con los enfermos de cáncer? La generación que hoy peinamos canas, la que hicimos la Transición, hemos sido desplazados por jóvenes, algunos con genes manchados en su sangre, que no pueden dar ejemplo de nada, muchos de ellos llegados a la cuarentena sin saber lo que es levantarse todos los días a las siete de la mañana para ir a trabajar.

Se ataca y vitupera, igualmente, la sanidad pública, haciendo llegar al sordillo mental que si no hubiera sanidad privada, sería mucho mejor la pública; desde muy temprana edad, la empresa en la que trabajaba me pagaba la sanidad privada. La he utilizado muy poco porque cuando se es joven, por lo general, se es fuerte y sano; cuando me he jubilado, sigo pagando la sanidad privada, pero como quiera que esta ciudad en la que vivo, la vigésimo octava de España en número de habitante, no tiene un hospital privado digno de tal población ni de su universidad, pese a que alguna gran firma del sector ha querido instalarse en ella, no habiéndole proporcionado las facilidades necesarias por parte municipal, y como los achaques se vienen encima con la edad, estoy usando, de forma indistinta, la pública y la privada, y doy fe personal que el trato recibido en la pública no tiene nada que envidiar al de la privada, y que las fechas, organización, puntualidad, amabilidad y buen hacer médico hacen que catalogue su servicio como “excelente” en el tema de las vacunas por coronavirus que me han puesto en el Hospital Universitario Público Príncipe de Asturias.

Ahora que se busca “pasar página sobre los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día 15 de diciembre de 1976”, los hechos demuestran lo contrario, el resentimiento contra quien difiere del ideario imperante y, afortunadamente, puede y hace el bien a sus conciudadanos.

Este fin de semana he asistido a la Primera Comunión (sí, aunque no se lo crean, sigue habiendo cristianos en España) de un niño de diez años. El padrino de este niño fue un tío suyo que murió de cáncer hace algo más de dos años.

Como es bien sabido, tanto en estos actos como en las bodas, es costumbre regalar un pequeño detalle a los invitados. El niño se levantó, cogió el micrófono, y dijo: Este es un día muy especial para mí, por eso, en lugar de regalaros un detalle que termine olvidado en un cajón o una papelera, he preferido que el dinero que íbamos a gastarnos fuese para algo realmente útil y hemos hecho una donación a la Asociación Española Contra el Cáncer. El aplauso duró varios minutos y a más de uno se le cayeron las lágrimas.

Rápidamente acudió a mi memoria la campaña de acoso y derribo por parte de ciertos políticos que manifestaron que “una democracia digna no acepta limosnas de multimillonarios”, refiriéndose a la donación de más de 300 millones de euros que realizó Amancio Ortega, dueño de Zara, en material médico de última generación para tratar el cáncer.

He escrito alguna vez que conocí a Amancio Ortega hace muchos años, por temas profesionales, cuando él y su primera esposa estaban a pie de una nave, con ocho o diez empleadas. Nadie le ha regalado nada a este hombre, y España tenía que estarle agradecida por los puestos de trabajo creados, por los impuestos que paga, por las diferentes donaciones y dinero que aporta a obras sociales, y por haber extendido la marca España por todo el mundo.

¿Se puede ser más imbécil e insolidario con los enfermos de cáncer? La generación que hoy peinamos canas, la que hicimos la Transición, hemos sido desplazados por jóvenes, algunos con genes manchados en su sangre, que no pueden dar ejemplo de nada, muchos de ellos llegados a la cuarentena sin saber lo que es levantarse todos los días a las siete de la mañana para ir a trabajar.

Se ataca y vitupera, igualmente, la sanidad pública, haciendo llegar al sordillo mental que si no hubiera sanidad privada, sería mucho mejor la pública; desde muy temprana edad, la empresa en la que trabajaba me pagaba la sanidad privada. La he utilizado muy poco porque cuando se es joven, por lo general, se es fuerte y sano; cuando me he jubilado, sigo pagando la sanidad privada, pero como quiera que esta ciudad en la que vivo, la vigésimo octava de España en número de habitante, no tiene un hospital privado digno de tal población ni de su universidad, pese a que alguna gran firma del sector ha querido instalarse en ella, no habiéndole proporcionado las facilidades necesarias por parte municipal, y como los achaques se vienen encima con la edad, estoy usando, de forma indistinta, la pública y la privada, y doy fe personal que el trato recibido en la pública no tiene nada que envidiar al de la privada, y que las fechas, organización, puntualidad, amabilidad y buen hacer médico hacen que catalogue su servicio como “excelente” en el tema de las vacunas por coronavirus que me han puesto en el Hospital Universitario Público Príncipe de Asturias.

Ahora que se busca “pasar página sobre los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día 15 de diciembre de 1976”, los hechos demuestran lo contrario, el resentimiento contra quien difiere del ideario imperante y, afortunadamente, puede y hace el bien a sus conciudadanos.

La Primera Comunión

Este fin de semana he asistido a la Primera Comunión (sí, aunque no se lo crean, sigue habiendo cristianos en España) de un niño de diez años. El padrino de este niño fue un tío suyo que murió de cáncer hace algo más de dos años.

Como es bien sabido, tanto en estos actos como en las bodas, es costumbre regalar un pequeño detalle a los invitados. El niño se levantó, cogió el micrófono, y dijo: Este es un día muy especial para mí, por eso, en lugar de regalaros un detalle que termine olvidado en un cajón o una papelera, he preferido que el dinero que íbamos a gastarnos fuese para algo realmente útil y hemos hecho una donación a la Asociación Española Contra el Cáncer. El aplauso duró varios minutos y a más de uno se le cayeron las lágrimas.

 

 

Casi a la misma hora, Podemos manifiesta que “una democracia digna no acepta limosnas de multimillonarios”, refiriéndose a la donación de más de 300 millones de euros que ha realizado Amancio Ortega, dueño de Zara, en material médico de última generación para tratar el cáncer.

He escrito alguna vez que conocí a Amancio Ortega hace muchos años, por temas profesionales, cuando él y su primera esposa estaban a pie de una nave, con ocho o diez empleadas. Nadie le ha regalado nada a este hombre, y España tenía que estarle agradecida por los puestos de trabajo creados, por los impuestos que paga, por las diferentes donaciones y dinero que aporta a obras sociales, y por haber extendido la marca España por todo el mundo.

¿Se puede ser más imbécil e insolidario con los enfermos de cáncer? Gabriel Rufián insulta al Rey llamándole miserable. ¿Se puede insultar y no estar penado por la ley? ¿Se puede llamar hijo de zorra a alguien y no estar penado por la ley? Solo son preguntas, pero, en cualquier caso, ADN’s manchados no pueden dar ejemplo de nada.

Podemos se está poniendo nervioso porque quiere “tocar poder” de forma clara YA. La Transición evitó una guerra civil. Ahora estos están provocando con sus propuestas, entre ellas derogar la Ley de Amnistía de 1977, una ley que buscaba perdonar y pasar página sobre “los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día 15 de diciembre de 1976”, sin ser conscientes que muchos políticos socialistas son hijos de franquistas.

Aunque no es la posición más favorable para España, sería de estadistas abstenerse por parte de Ciudadanos y del Partido Popular en la investidura del próximo presidente del gobierno, aislando a Podemos, que debe quedar como lo que es, un partido de ultraizquierda cuyo objetivo final es establecer la república, deshacer España e implantar el comunismo, esa idea trasnochada que algunos se toman como un juego y que mató cien millones de personas en el siglo XX.

 

Publicado en el Blog de Campos el 20-05-2019

 

 

 

Todo a Cien – 206 Emigrantes en inglés

Pues resulta que nuestros jóvenes lumbreras emigrantes, esos que han tenido que marcharse al Reino Unido de la Gran Bretaña por no tener acceso a un puesto de trabajo en España, también son unos listillos. Con la llegada del Brexit ha aflorado un nuevo fraude a las arcas de la Hacienda Pública Española. Resulta que estaban trabajando allí, sin inscribirse en el Consulado Español, a la vez que permanecen apuntados al paro en España, cobrándolo a través de una cuenta bancaria aquí, y utilizando la tarjeta sanitaria española.

Si el pícaro es una constante en la historia de España, la laxitud también es permanente en nuestras leyes y en quien tiene la obligación de prevenir y hacer cumplir el ordenamiento para evitar el fraude, pues han seguido apuntados al paro, y en más de un año no han sido citados por las oficinas de los Servicios de Empleo para presentarse. Esta es la razón fundamental que les ha permitido alargar el fraude a la Seguridad Social.

Es el mismo caso que ocurre con ciertos inmigrantes en España, que “fichan” en el paro y acto seguido se vuelven a su país de origen.

Si todo el que cobra el paro tuviera la obligación de hacer servicios sociales por la mañana y estudios profesionales por la tarde, con el mismo control que se hace en la empresa privada, esto no pasaría. Pero claro, esto no está contemplado en la mente de nuestros políticos.

 

 

No sé si esta noticia ocupará el tiempo y los comentarios de tantos tertulianos como hay, y de algunos Partidos Políticos, esos que dicen que la donación de trescientos millones de euros para material oncológico es una “filantropía barata” por parte de Amancio Ortega, gracias al cual, y a otros muchos, los reseñados emigrantes e inmigrantes pueden defraudarnos a todos.

 

Publicado en el Blog de Campos el 06-04-2017