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España – La Transición – 2ª parte

De: https://es.wikipedia.org/AdolfoSuarez

Adolfo Suárez González (Cebreros, 25 de septiembre de 1932- Madrid, 23 de marzo de 2014), duque de Suárez y Grande de España, fue un político y abogado español, presidente del Gobierno de España entre 1976 y 1981.

Suárez, cuya infancia transcurrió en Ávila se licenció en derecho por la Universidad de Salamanca e hizo sus estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Desempeñó varios cargos públicos durante la dictadura franquista: fue Gobernador Civil de Segovia, procurador en Cortes y Director General de RTVE. Fue nombrado presidente del Gobierno por el rey Juan Carlos I en 1976.

 

Como presidente del Gobierno, Suárez fue una de las figuras clave de la Transición española, el proceso a través del cual se dejó atrás el régimen dictatorial de Francisco Franco y España se constituyó un Estado social y democrático de derecho. Durante su presidencia se llevaron a cabo diversas medidas que reformaron el sistema previo, como la «autoliquidación» de las Cortes franquistas o la legalización de los partidos políticos; fue especialmente notoria la legalización del Partido Comunista. Fue elegido presidente bajo la coalición Unión de Centro Democrático (UCD) en las elecciones generales de 1977, convirtiéndose en el primer presidente del gobierno del nuevo período democrático español, cargo que ocuparía durante las legislaturas constituyente y en la primera.. En 1981 presentó su dimisión como presidente del Gobierno.

Tras su dimisión, creó junto a otros dirigentes de UCD el partido Centro Democrático y Social  (CDS) y fue elegido diputado en Cortes en varias elecciones generales, hasta que abandonó la política en 1991. Se retiró de la vida pública desde 2003 por haber sido diagnosticado con enfermedad de Alzheimer. Falleció en 2014 a causa de una enfermedad pulmonar obstructiva.​ Tras su fallecimiento, le fue concedido el collar de la Orden de Carlos III.

 

De: https://es.wikipedia.org/wiki/Transicionespañola

La Transición española​ es el período de la historia contemporánea de España en el que se llevó a cabo el proceso por el que el país dejó atrás el régimen dictatorial del general Francisco Franco  y pasó a regirse por una Constitución que restauraba la España democrática. Dicha fase constituye la primera etapa del reinado de Juan Carlos I.

Existe cierto consenso en situar el inicio de la transición en la muerte del general Franco, el 20 de noviembre de 1975, tras la cual el denominado Consejo de Regencia asumió, de forma transitoria, las funciones de la jefatura del Estado hasta el 22 de noviembre, fecha en la que fue proclamado rey ante las Cortes y el Consejo del Reino Juan Carlos I de Borbón, que había sido designado seis años antes por Franco como su sucesor “a título de rey”.

El rey confirmó en su puesto al presidente del Gobierno del régimen franquista, Carlos Arias Navarro. No obstante, pronto se manifestaría la dificultad de llevar a cabo reformas políticas bajo su gobierno, lo que produciría un distanciamiento cada vez mayor entre Arias Navarro y Juan Carlos I. Finalmente el rey le exigió la dimisión el 1 de julio de 1976 y Arias Navarro se la presentó. Le sustituyó ADOLFO SUÁREZ, quien se encargaría de entablar las conversaciones con los principales líderes de los diferentes partidos políticos de la oposición democrática y fuerzas sociales, más o menos legales o toleradas, de cara a instaurar un régimen democrático en España.

 

 

Adolfo Suárez formó un gobierno de jóvenes «reformistas» franquistas, en el que no incluyó a ninguna figura prominente —Fraga y Areilza, se negaron a participar—, pero que no carecía de experiencia política —se dijo que era un «gobierno de PNNs», en referencia a los profesores universitarios no numerarios—​. El peso mayor lo tenían los «reformistas» democristianos del grupo Tácito o asimilados (Alfonso Osorio, Marcelino Oreja, Landelino Lavilla, Leopoldo Calvo Sotelo …) seguidos de los «reformistas azules», como el propio Suárez y Rodolfo Martín Villa o Fernando Abril Martorell. Sólo uno de los miembros del gabinete, el almirante Pita da Veiga, había sido ministro con Franco.

El camino utilizado fue la elaboración de una nueva Ley Fundamental, la octava, la Ley para la Reforma Política que, no sin tensiones, fue finalmente aprobada por las Cortes franquistas y sometida a referéndum el día 15 de diciembre de 1976. Como consecuencia de su aprobación por el pueblo español, esta ley se promulgó el 4 de enero de 1977. Esta norma contenía la derogación tácita del sistema político franquista en solo cinco artículos y una convocatoria de elecciones democráticas.

 

 

Se creaban unas nuevas Cortes, formadas por dos cámaras, el Congreso de Diputados y el Senado, compuestas de 350 y 207 miembros, respectivamente, elegidas por sufragio universal, excepto los senadores designados por el rey «en número no superior a la quinta parte» de los miembros del Senado.​ Así pues, según Javier Tusell, «lo fundamental de Ley de Reforma Política era la convocatoria de elecciones y la configuración de un marco institucional mínimo para realizarlas». Pero al mismo tiempo quedaban abolidas implícitamente todas las instituciones establecidas en las «leyes fundamentales» que no fueran esas Cortes, es decir, todas las instituciones franquistas sin excepción —el Consejo Nacional del Movimiento y el Movimiento mismo, las Cortes establecidas en la ley de 1942, el Consejo del Reino y el Consejo de Regencia de la ley de 1967, etc.—, por lo que la ley de reforma lo que hacía en realidad era liquidar lo que pretendía reformar.​ En el preámbulo de la ley al basar la legitimidad en el sufragio universal se introducía una especie «autorruptura» —expresión acuñada por Javier Tusell— con las instituciones franquistas.

Para ello hubo que conseguir que las Cortes franquistas «se suicidaran» y votaran a favor de una Ley que suponía su desaparición y la del propio régimen para dar paso a la democracia. Además, debería salvar otros muchos obstáculos: convencer a la cúpula militar de la necesidad de la reforma; desalojar de las posiciones de poder a los franquistas inmovilistas; convencer a la oposición democrática de la bondad de la misma y conseguir que participara en el proceso para legitimarlo, tanto interna como internacionalmente.

En seguida se produjeron los primeros contactos con los partidos de la oposición democrática —durante los meses de julio y agosto Suárez habló con los democristianos José María Gil Robles y Joaquín Ruiz Giménez; los socialistas Felipe González y Joan Reventós  y con el catalanista Jordi Pujol, entre otros—​ e incluso, de forma discreta y a través de personas interpuestas, con Santiago Carrillo, el secretario general del PCE. Fruto de los mismos, y de la promesa hecha en su primera declaración, fue la concesión de una amnistía el 31 de julio, de la que se excluyeron los «delitos de sangre» por lo que aún permanecieron en las cárceles muchos «presos vascos» presuntos miembros de ETA. También hubo contactos con los sindicatos ilegales Comisiones Obreras, Unión Sindical Obrera (USO) y UGT.

Será el gobierno de Suárez el que asumirá la tarea que la oposición había asignado a ese gobierno: convocar elecciones generales.​ Asumiendo que la iniciativa política había pasado al gobierno de Suárez, Felipe González, líder del PSOE, declaró que la oposición democrática tenía que superar «la dialéctica del todo o nada» y participar en el proceso diseñado por aquél.

El 18 de marzo de 1977 el gobierno promulgó el decreto-ley que regulaba las elecciones que se iban a celebrar en junio. Para el Congreso de los Diputados establecía un sistema electoral de representación proporcional corregido —por la aplicación del sistema D’Hont y la fijación de un mínimo de dos diputados por provincia, lo que favorecía a las zonas rurales en detrimento de las zonas urbanas e industriales más pobladas—​ y listas cerradas y bloqueadas; para el Senado un sistema electoral mayoritario y de listas abiertas, en el que 41 escaños, de los 207, no eran elegibles sino que serían designados directamente por el rey. ​ Dos meses después habían solicitado su inscripción en el registro 111 partidos, de los que fueron legalizados 78. La prensa empezó a hablar de sopa de siglas.

Por la izquierda, el panorama estaba dominado por los dos partidos históricos, el PSOE y el PCE. El primero mucho menos implantado, había podido realizar su XXVII Congreso dentro de España en diciembre de 1976 después de cuarenta años, gracias a la tolerancia del gobierno pues aún no había sido legalizado. El PSOE se reafirmó en ese Congreso como un partido socialista marxista y republicano, aunque el programa inmediato que propugnaba era moderado —poner en marcha una serie de reformas sociales y económicas que permitieran alcanzar los niveles de bienestar y de protección social que gozaban los europeos del norte de Europa, después de bastantes años de gobiernos socialdemócratas—.​ En el Congreso, celebrado bajo el lema Socialismo es libertad y al que asistieron importantes líderes socialistas europeos como Willy Brandt y Olof Palme, se ratificó el liderazgo del grupo sevillano encabezado por Felipe González y Alfonso Guerra. ​

Pero disputándoles el «espacio socialista» al PSOE se encontraba el Partido Socialista Popular del profesor Enrique Tierno Galván además de otros partidos socialistas de ámbito «regional» —entre los que destacaba el Moviment Socialista de Catalunya— que formaban la Federación de Partidos Socialistas (FPS), que al final optarían por presentar candidaturas conjuntas de Unidad Socialista PSP-FPS, en lugar de integrarse en el PSOE, que se negó a formar coalición con ellos.

 

Por su parte el PCE, el partido antifranquista hegemónico, había abandonado el marxismo-leninismo y su dependencia del Partido Comunista de la Unión Soviética, y ahora defendía el llamado eurocomunismo, una vía democrática para alcanzar el socialismo −idea que compartía con los partidos comunistas italiano y francés−, aunque sin abandonar del todo el modelo leninista de la Revolución de octubre de 1917. Junto al PCE y disputándole el «espacio comunista» existía un numeroso grupo de pequeñas organizaciones y partidos de extrema izquierda que no fueron legalizados y que por tanto no pudieron presentarse a las elecciones bajo sus propias siglas — Movimiento Comunista, PCE (marxista-leninista), Partido del Trabajo de España, Liga Comunista Revolucionaria, Organización Revolucionaria de Trabajadores, Organización Comunista de España (Bandera Roja), etc ….—. ​

Por otro lado, los partidos republicanos, con una escasa implantación, tampoco fueron legalizados y también tuvieron que presentarse a las elecciones camuflados —como fue el caso de la histórica Esquerra Republicana de Cataluña—.​

 

Logo de Unión de Centro Democrático, la coalición liderada por Adolfo Suárez que ganó las elecciones de junio de 1977:

 

En la derecha la situación era más confusa que en la izquierda. En la extrema derecha el búnker franquista aparecía muy fragmentado entre diversos grupos falangistas y Fuerza Nueva, que se presentó a las elecciones bajo la candidatura Alianza Nacional 18 de julio. Entre los reformistas franquistas, Manuel Fraga Iribarne acabó liderando al sector que pensaba que la reforma de Suárez había ido demasiado lejos con la legalización del PCE y con la consideración de las nuevas Cortes como constituyentes. Así nació, en octubre de 1976, una coalición llamada Alianza Popular integrada por siete exministros franquistas, apodados por un sector de la prensa como los siete magníficos: Manuel Fraga, Laureano López Rodó, Federico Silva Muñoz, Cruz Martínez Esteruelas, Gonzalo Fernández de la Mora, Licinio de la Fuente y Enrique Thomas de Carranza. La pretensión de Fraga fue, según Javier Tusell, «vertebrar el franquismo sociológico”.​ Un punto de vista que comparte Julio Gil Pecharromán. ​

Por su parte, los reformistas franquistas que apoyaban la reforma de Suárez fundaron en noviembre de 1976 un partido que llamaron Partido Popular —tomando el nombre de los partidos democristianos europeos—. El partido encabezado por Pío Cabanillas y José María de Areilza defendía la opción centrista «con el propósito de evitar la politización de la vida española en dos bloques antagónicos», según se decía en su manifiesto fundacional.​ De este partido surgió la idea de formar una gran coalición que acogiera también a los partidos de la oposición moderada —liberales de Ignacio Camuñas y Joaquín Garrigues Walker; democristianos de Fernando Álvarez de Miranda;  socialdemócratas de Francisco Fernández Ordoñez —. Así fue como nació la coalición que finalmente se llamó Unión de Centro Democrático (UCD), a cuyo frente se pusieron el propio Suárez y los principales ministros de su gobierno —los hombres del presidente—, desplazando a los fundadores del Partido Popular —José María de Areilza fue obligado a abandonarlo—​. Los únicos partidos de la oposición democrática moderada que no se integraron en la operación de UCD fueron los democristianos de Izquierda Democrática de Joaquín Ruiz Giménez y de Federación Popular Democrática de José María Gil Robles, aliados con dos partidos democristianos «regionales» (Unión Democrástica de Catalunya y Unió Democrática del País Valencià), que formaron el Equipo Demócrata Cristiano del Estado Español.  Tampoco se integraron en UCD los nacionalistas vascos del PNV ni los nacionalistas catalanes de Convergencia Democrática de Catalunya, liderada por Jordi Pujol.

 

 

Las elecciones se celebraron el 15 de junio de 1977 sin que se produjera ningún incidente y con una participación muy alta, cercana al 80% del censo. La victoria fue para UCD, aunque no consiguió alcanzar la mayoría absoluta en el Congreso de Diputados —obtuvo el 34 % de los votos y 165 escaños: le faltaban 11 para la mayoría absoluta—.

El segundo triunfador fue el PSOE que se convirtió en el partido hegemónico de la izquierda —al conseguir el 29,3% de los votos y 118 diputados— desbancando por amplio margen al PCE —que obtuvo el 9,4% de los votos y se quedó en 20 diputados— a pesar de que era el partido que había soportado el mayor peso en la lucha antifranquista —también quedó desbancado el PSP de Tierno Galván que sólo obtuvo seis diputados y el 4% de los votos—. El otro gran derrotado de las elecciones, junto con el PCE, fue la Alianza Popular de Fraga que sólo obtuvo el 8,3% de los votos y 16 diputados —13 de los cuales habían sido ministros con Franco—​, aunque el descalabro mayor lo padeció la democracia cristiana de Ruiz Giménez y Gil Robles que no obtuvo ningún diputado. Por otro lado, ni la extrema derecha —que sólo obtuvo en conjunto 192.000 votos—ni la extrema izquierda consiguieron representación parlamentaria.

 

 

Las elecciones eran las primeras desde la Guerra Civil. A partir de ese momento comenzó el proceso de construcción de la democracia en España y de la redacción de una nueva Constitución.

 

Publicado en el Blog de Campos el 24-01-2019

España – La Transición – 1ª parte

De: Historia de la Transición, fascículos coleccionables de Diario16, editor Justino Sinova, años 1983/1984.

El 20 de diciembre de 1973 el general Francisco Franco perdía a su hombre de confianza, su único hombre de confianza, y quedaba literalmente desarmado para culminar sus planes en la última etapa de su vida. Los terroristas de ETA trataron de atentar contra él, pero, convencidos de lo imposible de esa misión, apuntaron hacia su segundo, el almirante Carrero Blanco, presidente del Gobierno. Siempre será un enigma si previeron tan concienzudamente como el atentado sus consecuencias políticas. Pero el asesinato de Carrero fue un disparo al corazón de Franco, un golpe de muerte al franquismo, que entró desde entonces en una carrera sin retorno hasta su final.

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Una vez privado Franco de su hombre de confianza, el almirante Carrero, se libró en el palacio de El Pardo una batalla por su sustitución. Franco tenía su candidato a presidente, su gran amigo el almirante Nieto Antúnez, y el presidente en funciones, Fernández-Miranda, hacía por su cuenta todo lo posible para encaramarse en el poder. Perro los vínculos familiares del general pudieron más. Carlos Arias Navarro, precisamente el responsable de la seguridad de Carrero como ministro de la Gobernación, era el candidato de Carmen Polo de Franco y el que, naturalmente, alcanzó el sillón de la Presidencia.

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En marzo de 1974 Franco entró en un grave conflicto con la Iglesia. El Gobierno de Carlos Arias se empeñó en expulsar de España a Antonio Añoveros, obispo de Bilbao, por una homilía, y la jerarquía eclesiástica amenazó con la excomunión a todos los políticos responsable. Arias quiso romper relaciones incluso con el Vaticano. Fue un problema absurdo en los momentos de plenitud de la anunciada apertura del régimen franquista (el discurso del 12 de febrero de 1974 de Arias Navarro). Perro no el único. La policía de Franco perseguía a los curas más progresistas, mientras en algunas parroquias se cobijaba a la más activa oposición a Franco (el padre Llanos permitía las reuniones de las ilegales CCOO en su parroquia de Vallecas). Había ya una ruptura con la Iglesia. El régimen franquista se agotaba a espaldas de quienes en sus orígenes le habían protegido.

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Enl 31 de agosto de 1974, tres comandantes y nueve capitanes fundaron la Unión Militar Democrática. Un año después, once integrantes de la organización eran detenidos y sometidos a un consejo de guerra …/… La historia de la UMD es un episodio fundamental en la Transición.

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La oposición democrática se aglutinó en torno al PCE (Partido Comunista Español) y al PSOE. Se preveía el fin del régimen franquista y se trataba de estar preparados. Mientras tanto, en el interior, los hombres del sistema, con la colaboración de algunas fuerzas democráticas moderadas, trataban de dar salida a un sucedáneo de los partidos, las asociaciones.

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El 27 de septiembre de 1975, el franquismo escribió una de las páginas más negras de su historia. A primera hora de la mañana, tres militantes del FRAP (terroristas) y dos de ETA (terroristas) fueron fusilados, después de que el dictador Franco desoyera las peticiones de clemencia que llegaban desde todas las esquinas del mundo y de su entorno más próximo …/… La reacción contra España fue unánime, mientras el franquismo agonizaba.

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Con Franco agonizando, el rey Hassan de Marruecos planteó por la fuerza de los hechos la reclamación del Sahara. España no pudo reaccionar en aquel momento y, aunque el Gobierno Arias intentó frenart la invasión de la “marcha verde”, tuvo que rendirse a la evidencia. Todas las promesas hechas por el régimen de Franco a los saharauis quedaron en nada …/… Desde Madrid llegó la orden: retirada.

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El general Franco murió el día 20 de noviembre de 1975, después de una agonía interminable. España, y el mundo entero, asistieron sorprendidos al curso de una enfermedad que parecía no tener fin a pesar de la gravedad que revelaban los partes médicos.

 

 

Testamento de Franco a los españoles

Españoles: Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio pido a Dios que me acoja benigno a su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro, y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir. Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España, a la que amo hasta el último momento y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida, que ya sé próximo.

Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación, en la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre. Por el amor que siento por nuestra patria os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido.

No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros y para ello deponed frente a los supremos intereses de la patria y del pueblo español toda mira personal. No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo. Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la patria.

Quisiera, en mi último momento, unir los nombres de Dios y de España y abrazaros a todos para gritar juntos, por última vez, en los umbrales de mi muerte, “¡Arriba España! ¡Viva España!”.

 

 

Ramón Tamames, economista, catedrático, comunista en aquella época, escribía en el libro de referencia (en 1983) del que se han obtenido los comentarios: “Los jóvenes que hoy cuentan con menos de veinte años empiezan a olvidarse del franquismo tangible que ya apenas conocieron. Dejemos en paz a Franco, políticamente hablando. Situémosle en la historia, en el pasado; y pongamos nuestra atención en un futuro que ha de ser de todos los que quieren trabajar para hacerlo más luminoso, superando las muchas dificultades que nos acosan”. Ese fue el espíritu de la Transición y eso es lo que han desenterrado Zapatero, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en la segunda década del siglo XXI.

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Cuando una losa de 1.500 kilos de granito selló la tumba en que había sido depositado en cadáver del dictador Franco en el Valle de los Caídos, el futuro de la libertad se habría para España … / … Mientras se despedía a Franco, ya se barajaban los nombres de los posibles candidatos a sustituir a Carlos Arias Navarro para llevar adelante el progreso político que España necesitaba. Una etapa de importancia suma empezaba para nuestro país, que se aprestaba a reconquistar la libertad.

 

El Rey Juan Carlos I se pronunció, desde el primer momento, por una monarquía democrática, para lo que se rodeó de dos personas fundamentales para llevar a cabo la Transición: Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez González.

 

De: www.biografiasyvida.com

Torcuato Fernández-Miranda y Hevia; Gijón, Asturias, 1915 – Londres, 1980. Político español. Catedrático de Derecho Político realizó su carrera político-administrativa bajo el régimen franquista, adquiriendo protagonismo político como secretario general del Movimiento (1969-74). El dictador le encargó igualmente una responsabilidad importante como preceptor de su sucesor en la jefatura del Estado, el entonces príncipe Juan Carlos.

 

Torcuato Fernández-Miranda

Nombrado vicepresidente del gobierno de Carrero Blanco, asumió interinamente la presidencia a raíz del asesinato de éste (1973). La lucha por el poder que se desató entonces entre las «familias» del régimen, agravada por la perspectiva sucesoria que auguraba la avanzada edad de Franco, se saldó en contra de Fernández-Miranda, que resultó apartado en beneficio de Carlos Arias Navarro (1974).

Tras la muerte del dictador y la coronación del Rey Juan Carlos I (1975), Fernández-Miranda colaboró estrechamente con el rey en la tarea de impulsar una transición pacífica a la democracia desde la legalidad del régimen anterior. Para ello fue nombrado presidente de las Cortes orgánicas (sería su último presidente, de 1975 a 1977). Desde aquel cargo, que llevaba aparejada la presidencia del Consejo del Reino, ayudó al rey a desembarazarse del ultraconservador Arias y poner al frente del gobierno al joven y renovador Adolfo Suárez, quien habría de llevar a término la reforma política. En reconocimiento a los servicios prestados, fue nombrado duque de Fernández-Miranda y senador de designación real en las primeras Cortes democráticas (1977-79).

 

Lo que el Rey me ha pedido. ABC 03-07-2016

Primero de julio de 1976. Amenaza tormenta sobre Madrid. En el Palacio Real, Don Juan Carlos va a tomar una de las decisiones más difíciles de sus siete meses de mandato: pedir a Carlos Arias Navarro su dimisión como presidente del Gobierno. El Rey lleva varios días muy preocupado y durmiendo mal, pero sabe que necesita tener a dos personas de su máxima confianza en los dos puestos clave: la Presidencia del Gobierno y la de las Cortes. Sobre ese triángulo pivotará la Transición.

La primera de esas dos personas es Torcuato Fernández-Miranda, cuyo nombramiento como presidente de las Cortes fue la primera decisión política de Don Juan Carlos, apenas diez días después de su proclamación: el 3 de diciembre de 1975. Previamente, le había preguntado a su antiguo profesor si quería presidir el Gobierno, pero este lo rechazó: «Señor, le seré más útil en la Presidencia de las Cortes».

No obstante, su designación para ese puesto no fue en absoluto fácil. Para lograrlo, el Rey tuvo que pedir ayuda al mismo Arias Navarro, que no dudó en colaborar, probablemente porque sabía que situar a Fernández-Miranda en las Cortes le dejaba el camino expedito para continuar al mando del Gobierno. Pero transcurridos siete meses del primer Gobierno de la Monarquía, en ese primero de julio, no hay manera de que Arias Navarro entienda que su permanencia es un obstáculo para cualquier plan aperturista. Ni le presentó la dimisión por cortesía cuando murió Franco ni escuchaba los diferentes mensajes enviados por el Rey. El más sonado, un reportaje publicado por la revista norteamericana «Newsweek» el 26 de abril, en el que Don Juan Carlos dijo que Arias era un «desastre sin paliativos». Pero el presidente del Gobierno actuaba como quien oye llover, ganando la partida a un Rey angustiado ante el bloqueo de la situación. Sin embargo, esa angustia tenía fecha y hora de caducidad. El Monarca y su presidente de las Cortes lo habían diseñado puntualmente siete meses atrás.

El nombramiento de Fernández-Miranda en las Cortes conllevaba una segunda responsabilidad, trascendental para sustituir a Arias: la presidencia del Consejo del Reino. Esa institución era el auténtico «atado y bien atado» de Franco. Si el sucesor a título de Rey quería nombrar un nuevo presidente y hacerlo respetando la legalidad vigente, debería elegirlo sobre una terna presentada por el Consejo del Reino. ¿Cómo conseguir que sus quince miembros, todos ellos designados personalmente por Franco, incluyeran en la terna a un candidato abiertamente aperturista?

Durante los últimos años del franquismo el Consejo del Reino se reunía solo para ocasiones muy especiales. Por ejemplo, para entregar una terna de candidatos al jefe del Estado tras el atentado de Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973. Con Franco vivo, todo era un teatro, pero con Don Juan Carlos no tenía por qué ser lo mismo. Sortear la voluntad del Consejo del Reino no iba a ser fácil.

La excepcionalidad de estas reuniones era tal que a cada cita acudía masivamente la prensa. Ese era el primer obstáculo que quiso esquivar el nuevo presidente. En la primera reunión con los consejeros, que fue presidida por el Rey, impusieron un plan de reuniones quincenales: serían los jueves alternos, a las cinco de la tarde. Esos encuentros forzados abordaban temas tan poco atractivos que los periodistas fueron desapareciendo.

Así, según el plan para nombrar al nuevo presidente del Gobierno, el Rey debería pedir la dimisión a Arias un jueves, poco antes de las cinco de la tarde. El día de iniciar el proceso para relevar a Arias es, pues, el primero de julio, dado que a las cinco de esa tarde estaba convocado de oficio el Consejo del Reino. A eso de la una, el Rey recibe a Arias en el Palacio Real: Cuando empieza a plantear a Arias la nueva situación, es gratamente sorprendido:

—No quiero ser un obstáculo —dice el presidente asumiendo su relevo con naturalidad y para alivio del Rey.

El proceso para nombrar a Adolfo Suárez tiene al fin vía libre. En tres horas está convocado el Consejo del Reino, aunque ni la prensa ni los consejeros tienen la menor idea de la trascendencia de esta reunión. Con esta estrategia de despistar a la prensa y no avisar a nadie, el Rey logra un valor muy importante en política: la iniciativa. Durante los últimos siete meses, el Rey y su viejo profesor han trabajado muy discretamente con dos objetivos: diseñar, primero, un retrato robot del presidente del Gobierno, y decidir, después, quién es el candidato idóneo. Una persona se adecuaba casi a la perfección: Adolfo Suárez. Unas semanas antes los matrimonios Fernández-Miranda y Suárez cenan juntos:

—Arias es insostenible —argumenta Suárez—. Hay que pensar en el sustituto y el único posible eres tú.

—Yo no puedo ser presidente del Gobierno—, responde Fernández-Miranda.

Cinco de la tarde del primero de julio. Palacio de las Cortes. Fernández-Miranda da comienzo a la reunión del Consejo del Reino informando a los consejeros de la dimisión de Arias. Su objetivo es lograr que el nombre de Adolfo Suárez sea uno de los tres finalistas, y hacerlo sin desvelar que ese es el deseo del Rey. Las deliberaciones se desarrollarán en dos sesiones, el 2 y 3 de Julio de 1976. Solo dos personas saben quién es el elegido.

Como catedrático de Derecho Político, Fernández-Miranda sabe que el resultado de una votación depende del sistema que se utilice. Así, para llevar a Suárez a la terna decide comenzar dando la posibilidad a los consejeros de nombrar sus candidatos. Esa es la forma de introducir a su candidato sin levantar sospechas, pues la primera lista es de 32 nombres.

El siguiente paso es nombrar uno a uno en alto, de modo que si algún candidato no es defendido por nadie queda descartado. Así son eliminados los dos favoritos de la prensa: Manuel Fraga y José María de Areilza. Es la prueba de que el Consejo del Reino no está dispuesto a ser permisivo con los aperturistas. Pero Fernández-Miranda ha movido sus hilos y Suárez es defendido por uno de los consejeros: además de ser un hombre del Régimen —ni más ni menos que ministro del Movimiento—, es joven y carismático. Todavía resuena su discurso un mes atrás en las Cortes, cuando sin citar a Machado parafraseó «no está el mañana en el ayer escrito».

Las votaciones se siguen sucediendo hasta un momento en el que Fernández-Miranda intuye que Suárez va a caer. Solo quedan seis nombres. Es el momento de hacer un receso y replantear la estrategia. A la vuelta, y con la excusa de que todos los sectores del régimen estén representados, Torcuato propone agruparlos en tres grupos: falangistas, tecnócratas y democristianos. Los consejeros aceptan y se ven abocados a incluir a Suárez. Lo hacen sin sospechar nada y convencidos de que el Rey no se decantará por él. Federico Silva y Gregorio López Bravo han tenido muchos más votos.

Al abandonar las Cortes, los periodistas preguntan por el futuro presidente. Fernández-Miranda se detiene y dice una de sus frases enigmáticas:

—Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido.

Unas horas después, el Rey recibe a Adolfo Suárez en el Palacio de la Zarzuela. Cuando el futuro presidente entra en la sala, Fernández-Miranda la abandona sin decirle nada.

—Adolfo, quiero que me hagas un favor…—, comienza el Rey.

—Señor…

—Quiero que seas presidente.

Es 3 de julio de 1976.

 

 

 

Publicado en el Blog de Campos el 17-01-2019