La reduflación hotelera

Por suerte para mi desarrollo vivencial, empecé a viajar muy joven, por cuenta de una empresa que me alojaba en hoteles de cuatro estrellas, habitación doble para uso individual, y comía en buenos restaurantes de cada una de las ciudades y pueblos que visitaba.

Recuerdo que, al principio de los años 70, esos hoteles tenían un portero, engalanado como si fuera un general del ejército, muy solícito y amable, con una gorra de plato que se descubría para darte la bienvenida y saludarte.

Nada más traspasar el umbral, había al menos dos Botones, chavales generalmente menores de 16-18 años, que tomaban las maletas y te acompañaban hasta tu habitación, abrían la puerta, te enseñaban dónde estaban todas las luces, descorrían las cortinas para que pudieras observar la calle a la que daba la habitación, por si la considerabas muy ruidosa y poder cambiártela, y acababan siempre preguntando ¿Necesita usted algo más? No muchas gracias, y se le gratificaba con una propina, generosa cuando ibas a pernoctar varios días para que no se redujera la atención y el servicio que el chaval te dedicaba.

Las habitaciones eran amplias, una cama grande de matrimonio, una mesita con dos butacas, una mesa con su correspondiente lámpara para poder trabajar cómodamente cuando así fuera necesario, aire acondicionado frio-calor, había un minibar con toda clase de bebidas frías a disposición del cliente, junto a un albarán en el que se iban apuntando las que se consumían, generalmente agua pues como he dicho antes, se iba a trabajar, a aportar diariamente más valor añadido a la empresa que el gasto que representaba ese desplazamiento.

Las sábanas eran de hilo, las cambiaban a diario, y todas las noches, a una hora prefijada, iba una camarera a abrir el esbozo, estirar y mullir la almohada y darte las buenas noches.

Las toallas tenían, todas, grabadas con hilo, el escudo y el nombre del hotel y, las usases o no, las cambiaban diariamente. Y el cuarto de baño estaba dotado de dos tipos de geles, de ducha y para pelo, jaboncillo dentro de una jabonera sobre la que cada hotel tenía a gala que la suya fuera la más bonita, crema de afeitar, maquinilla de un solo uso, un peine, pasta y cepillo de dientes, y un pequeño botecito de plástico con colonia marca del hotel. Todo este lote se renovaba todos los días, aunque solo hubieras utilizado una mínima parte de ello.

Los fines de semana los hoteles valían la mitad de precio pues como mayoritariamente los utilizaban los ejecutivos de las grandes empresas, retornaban a casa los viernes después de comer. Yo, y otros varios compañeros, conocimos España en profundidad durante esos fines de semana, por precios muy módicos, pudiendo ver acontecimientos como La Rapa das Bestas, la Fiesta de la Almeja de Carril, la catedral de Burgos, León, Toledo, Gerona o Santiago, La Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba, la Pandorga de Ciudad Real, los castellers de Valls en Tarragona, los sanfermines en Pamplona, el Teide de Canarias o los Carnavales de Tenerife cuando no había aglomeraciones de ningún tipo y solo asistían unos pocos nativos y cuatro curiosos culturales como nosotros.

Aquello pasó a la historia y la incorporación de España a la Unión Europea, la belleza de nuestro país y los salarios que se pagaban con relación al resto de países, una vez que desapareció la peseta y sufrimos una inflación no documentada, registrada ni compensada, del 66% de un día para otro, junto al grandísimo endeudamiento que tuvieron que afrontar los hoteles de turismo masivo, financiados en no pocas ocasiones por los grandes tours operadores mundiales, que les imponían unos precios de derribo como condición vinculante para financiarles y llenarles el hotel de turismo de sol, playa, alcohol, sexo y drogas, propiciaron unas cifras espectaculares en el número de turistas que visitan España cada año.

Por una de esas casualidades que de cuando en cuando pasan en la vida, la empresa para la que yo trabajaba se tuvo que quedar con un complejo hotelero en territorio insular, y me nombró administrador de aquel asunto, por lo que tuve que aprender, deprisa y corriendo, muchos de los secretos del oficio, que vislumbraba como cliente pero que estaban muy lejos de la realidad del negocio.

-1- Los datos a junio 2022 son espectaculares. Si siguiera ese ritmo y permaneciera estable la situación bélica y económica mundial, se podría acabar el año 2022 con unas cifras superiores a las del año 2016, lejos todavía de lo que cantan los juglares del Gobierno.

Dejé de viajar profesionalmente hace ya bastantes años y ahora, jubilado, lo hago con mi mujer en plan excursiones culturales, eso sí, comiendo y durmiendo en los mismos sitios que lo hacía de joven.

Durante estos dos últimos meses de mayo y junio, y tras dos años alejados de multitudes como prevención al tema Covid, que se sigue llevando personas al cementerio, aunque ahora no les interese a los gobiernos de todo el mundo asustarnos con ello, hemos estado en siete ciudades, en hoteles de cadenas diferentes y, en todos ellos, sin excepción, se aplica la reduflación sin tapujo alguno.

Si alguien se pregunta qué es eso de la reduflación, trataré de explicárselo de la forma más elemental posible: ¿Se han dado cuenta que las latas y resto de envases contienen menos producto que antes, que a muchos les falta un dedo de su contenido o que hay botellas que de 750 centímetros cúbicos han pasado a tener 700, eso sí, sin subir el precio? Eso es la reduflación.

Olvidados de los porteros, de los botones y de las camareras de los hoteles, ahora se utilizan las siguientes técnicas:

  • Los minibares de las habitaciones están desenchufados para no gastar luz. No es que estén vacíos, es que están desenchufados, debiendo sacarlos el cliente del sitio en el que están empotrados, con sus propios medios y fuerzas, si quiere o tiene necesidad de utilizarlos para enfriar agua o mantener alguna medicina que necesite frio para su conservación.
  • Los enchufes de pared, algunos triples, están desenroscados los hilos en su parte interna, funcionando únicamente uno de ellos, dos en el mejor caso.
  • El precio de la habitación es el mismo el primer día y el de todos los días de alojamiento. Bien, pues únicamente cambian las sábanas y las toallas una vez por semana, ahorrándose el gasto de lavandería que tú sí pagas como cliente, y acortando de forma considerable el tiempo que invierte la señora de la limpieza en arreglar cada habitación.
  • Se han suprimido los detalles de los que hablábamos en el cuarto de baño. Hay un aparato grande dispensador de gel que vale para todo, similar a los existentes en los vestuarios de los campos de fútbol de tierra que todavía quedan por ahí.
  • Habitaciones dotadas de dos sillas que, a falta de otro acomodo habilitado al efecto, se utilizan para poner encima las maletas.
  • El sistema energético se “corta” mediante la propia llave de apertura de la puerta, para que no dejes encendida la calefacción o la refrigeración, poniéndose en funcionamiento únicamente cuando tú estás presente, de tal forma que estás acostado y te da de pleno la refrigeración en todo el cuerpo, por lo que o tienes que apagarla o exponerte a un resfriado inmediato.
  • Si quieren que hablemos de precios, han subido el 40% sobre los existentes el año pasado. Y se ha impuesto una moda muy inglesa: Aquí llegaban los turistas a tomarse unos gintonic o cubalibres servidos “a la española”, bien chorreados y con alegría, a seis euros “el pelotazo”. En estos viajes me he encontrado que el precio ha subido a nueve euros -únicamente un discreto 50%- y, además, ahora dosifican la ginebra o el whisky con un minúsculo vaso medidor, de acero, que mezclado con la tónica o coca-cola correspondiente, no te llega el alcohol a la muela del juicio.
  • A todo ello, hay que añadir la inseguridad ciudadana, secreto de estado que tergiversan ladinamente los datos oficiales.

Pero el tema se complica cada día. Recojo lo que unos clientes han contado en diferentes medios de comunicación, con justificantes que demuestran es verdad, sobre lo que se está empezando a hacer en algunos establecimientos: Cobrar 0,20€ cada vez que el camarero tiene que acercarse a una mesa a servir cualquier cosa; exigir propina al igual que se hace en ciertos países, que no es propina, es el servicio, que se paga aparte de las viandas; y, el no va más, porque “la pela es la pela”, controlar el tiempo por el que un cliente puede ocupar un puesto en la barra o en una mesa en función del pedido que haya hecho, o sea, bares para borrachos compulsivos, no para pasar el rato y estar en buena compañía.

No sé si alguien se ha dado cuenta que el éxito del turismo en España han sido sus precios competitivos, la calidad del servicio, acorde al precio, pero suficiente para llenar los hoteles y bares, la libertad de actuación sin que por ello nadie pusiera en riesgo su integridad física o de las cosas que porta, la acogida que tenían por parte de los nativos, conscientes que las divisas de los turistas eran el pan de su familia y el respeto a todos por parte de todos.

Es probable que, cuando se quiere borrar el pasado como si no hubiera existido, la competencia en este campo sea igual que en el aterrizaje de las empresas en otros países que les facilitan ahora lo mismo que les facilitaba España hace años. Ojalá esté equivocado, pero el sector turístico debería comprender que es probable que esté cavando su propia tumba y que no se puede vivir un año trabajando solamente seis meses.

Antonio CAMPOS

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