Desde el otero de mi amigo García

Tengo un amigo que se llama José María García Gómez, que me deleita de cuando en cuando con sus escritos, opiniones personales sin más pretensión de expresar lo que siente que está bien o mal.

En su última misiva me dice que “La edad, el ir cumpliendo años, tiene inconvenientes, pero también ventajas. Se acumulan recuerdos y vivencias y me permite ver con perspectiva lo que éramos y lo que somos.

Recuerdo con cariño aquella Feria del Campo en la Casa de Campo de Madrid en la que había pabellones en donde se exponían los distintos productos que se lograban en las diferentes regiones y provincias. La exposición era un reflejo de como España era autónoma en cuando a producción agrícola y ganadera. Debo confesar que iba allí para lograr unos trozos de caña de azúcar en el pabellón de Murcia, que chupaba durante toda la tarde.

Esto era en los años 60 y 70, cuando se inauguraban pantanos e industrias y había casi pleno empleo, pudiendo el trabajador incluso ahorrar e irse de vacaciones, comprarse un piso y hasta un coche Seat 600 y si era espabilado hasta un modelo 850 de la misma marca, fabricados en Barcelona.

Más tarde vi como la industria era desmantelada para que nos dejarán entrar en la UE, ¿recuerdan Sagunto?, por ejemplo. Vi cómo, gracias a los tratados internacionales en los que nos metieron de hoz y coz, nuestros productos debían competir en desigualdad de condiciones con los de la UE y los de fuera de la Unión.

Veía como se paralizaban inversiones para nuestra ganadería y agricultura, para nuestra industria energética, fundamentalmente la nuclear, para tener que comprar la misma energía a Francia.

Es decir, desmantelamos lo que tanto nos costó construir para que Europa nos considerará dignos de pertenecer a ella.

Pues bien, ahora nos encontramos con que, siendo excedentarios, por ejemplo, en cereales como trigo, cebada, avena, leguminosas como garbanzos y lentejas, productos hortofrutícolas, en aguacate, mango, kiwi, etc., cuando vamos al mercado me encuentro con garbanzos y lentejas de Canadá, naranjas de Argelia o Marruecos, patatas de Francia, aguacates, mangos y kiwi de Sudamérica, mientras nuestros productos nacionales no se recogen por falta de rentabilidad y ya ni siquiera se siembran.

Esto de la GLOBALIZACION tiene estas cosas, nos han hecho dependientes en cuanto a energía y alimentación, en cuanto a industria y servicios.

Somos receptores de miles de inmigrantes ilegales, sin habernos preguntado a los que pagamos la fiesta; los dirigentes políticos se reúnen y deciden, ya vemos los resultados, que todo el mundo es bueno y que hay que tragar y el que proteste es un fascista y un insolidario.

Pues bien, señores: Aquí, modestamente, hay una persona que no está en absoluto de acuerdo con sus políticas y que seguirá llamando a las cosas por su nombre, en este caso la situación actual es un desastre y una estafa al ciudadano español y, extrapolando, también a los europeos”.

Hasta aquí tu carta, querido amigo, que paso a comentar seguidamente esperando te encuentres bien de salud pues ya sabes que, si a partir de los cincuenta años no te duele nada, es que estás muerto, y tú coleas diariamente haciendo reflexionar al resto de los vivos, que no son todos los que viven pues muchos de ellos son reencarnaciones zombis unipensantes.

En los años cincuenta del siglo pasado, Estados Unidos contribuyó a paliar el hambre en España a través de las ayudas financieras que nos trajo la leche en bote y el queso amarillo que nos daban a los entonces niños en la escuela. Franco vio una salida a su aislamiento internacional y los americanos lo aprovecharon para instalar bases militares y dar vida económica a muchos lugares hasta entonces olvidados de la mano de Dios.

Los Planes de Desarrollo de los conocidos como “Los Lópeces”, junto a la instalación en nuestro territorio de fábricas y empresas a las que se les concedía ayudas municipales y estatales de todo tipo, y beneficios fiscales, propiciado todo ello por una mano de obra barata y unos terrenos prácticamente regalados o cedidos por cincuenta o cien años al inversor, propiciaron esa clase media de la que tu hablas en tu escrito, paz social, alegría en la población y un nivel de vida no conocido hasta entonces en toda la historia de España, y me remonto a los visigodos.

La Transición democrática fue un ejemplo mundial de cómo pueden reencontrarse los hermanos con un sincero y fuerte abrazo después de muchos años de enfrentamiento, mirando siempre el futuro y dejando atrás para siempre los desencuentros habidos, aunque ahora nos cambien la historia y los asesinos de tiro en la nuca a traición y enemigos de la libertad y la democracia aparezcan como colegas y colaboradores necesarios para mantener al Gobierno en el poder.

Como eso de “la democracia” sonaba a chino en un elevadísimo porcentaje de la población española, hubo de improvisarse cientos, repito, cientos, de partidos políticos, pues todo el mundo quería una parte del pastel que se presumía iba a repartirse.

Ni que decir tiene que el tiempo puso a cada uno en su sitio y que los principales partidos internacionalmente reconocidos fueron los que se llevaron el triunfo, eso sí, sin tener un duro ninguno de ellos -yo entonces era Inspector de un importante grupo financiero y ahí estarán los datos CIRBE de entonces del Banco de España con los créditos contabilizados en fallidos, menos los del Partido Comunista de Santiago Carrillo, que era el único que pagaba, lo que no se sabe es con qué- financiados y regados de divisas de sus homónimos europeos y, en algunos casos, de otras partes del mundo.

Como el maná dinerario era tal, más de un listo contaba como el ciego del Lazarillo de Tormes -uno para mí, otro para ti y uno para mí- y personas que no tenían dónde caerse muertas cuando entraron en política, se hicieron ricos, evidentemente por signos externos, no por titularidad, como nunca hubieran pensado. Eso, por desgracia, es intemporal.

Entramos en la Unión Europea, con diversos condicionantes. A cambio de una moneda única -que dicho sea de paso produjo una inflación superior al 66% de golpe y sin tener en cuenta para futuros cálculos y ajustes- y evitar una nueva guerra civil, hubo que admitir diferentes imposiciones como optante al puesto, tal que ocurre en cualquier organización a la que llama cualquiera particular o empresa.

Pero el problema que tú esbozas en tu escrito y que pudiera datarse en aquellas fechas, no es ese. Felipe González nos puso en Europa y José María Aznar en el mundo. Llegaron miles de millones de euros, que se gastaron en frugalidades, no se invirtieron en modernizar empresas ni crear organizaciones de nuevas tecnologías, seguimos haciendo botijos, escobas y subiendo los ladrillos a las obras a través de la roldana, pero, eso sí, con sueldos tendentes a igualar a los europeos que llevaban ya muchos años en tecnologías del futuro y no del pasado como en España.

Y sucedió lo que tenía que suceder. Se repitió en otros países con menos poder adquisitivo la historia de los años 60 y 70 de España: Naciones controladas por una dictadura blanda como fue la de Franco a partir de los años sesenta, terrenos baratos, sueldos bajos, ayudas de todo tipo …. Y adiós a España. Todo ello agravado por una constante en la democracia española: Se han quedado muchos miles de millones de euros por el camino, perdidos -presuntamente- por diferentes personas de diferentes partidos políticos, e incluso hay quien habla de un gobierno financiero paralelo movido desde Miami.

Aún hay más. Se subvencionan a personas paradas que trabajan en dinero negro -aunque cada vez hay menos porque con cambiar el nombre de parados por fijos discontinuos hemos solucionado el problema … lingüístico, porque dinerario hay que seguir pagando todos los meses- con un importe cercano al Salario Mínimo por lo que, por mucho que les cambiemos el nombre, el dinero del contribuyente va a seguir desaprovechándose en personas que no piensan pagar impuestos nunca.

La Deuda Pública española sigue desbocada, se niega la asistencia más actualizada a los enfermos de cáncer renal, faltan profesionales de la educación, de la sanidad y tenemos un Ejército muy alejado de la capacidad bélica de nuestros aliados europeos. Y seguimos gastando, no invirtiendo, de forma improductiva, los impuestos de quienes sí trabajan y las ayudas de todo tipo que estamos recibiendo de la Unión Europea y, digámoslo claro, aunque no guste a algunos, de Estados Unidos.

Pues bien, José María. Yo tampoco estoy de acuerdo con esta política y seguiré llamando las cosas por su nombre, la situación actual es un desastre y una estafa al ciudadano español.

Antonio CAMPOS

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