Ucrania y la guerra nueva: vencer no es posible, hay que aniquilar

Por Eulogio López 02/04/22 en Hispanidad

La lección más terrible de la invasión rusa: en la sociedad urbana sólo se pueden ganar las guerras de dos formas; o mediante el terrorismo o mediante un ataque nuclear.

En tiempos más civilizados, por ejemplo, durante la estupenda Edad Media, las guerras eran cuestión de militares: dos ejércitos salían de sus castillos, se daban de mandobles en un descampado y el que ganaba se quedaba con todas las propiedades del otro.

Era cuando la Iglesia prohibía las ballestas, no el arco, porque resultaba un arma demasiado letal y disparada a distancia: algo propio de cobardes.

Con la modernidad llegó el urbanismo y los bombardeos… de ciudades. Se mataba a larguísima distancia, sin distinguir entre militares y civiles. Es decir, habíamos entrado en la radiante modernidad. Los civiles convertidos en objetivo militar.

En el siglo XXI, aproximadamente postmoderno, no es que estemos urbanizados, es, sencillamente, que el mundo rural ha dejado de existir.

En las ciudades se apiñan objetivos militares y civiles y por eso, aun cuando Putin no fuera una bestia, que lo es, en la invasión de Ucrania no podría hacer sino lo que ha hecho: matar civiles aun cuando no lo pretenda… y de esto último no estoy seguro.

En el caso del terrorismo, la ocultación detrás de los civiles no es un elemento: es la esencia. El terrorista puede no ganar nunca la guerra pero hace mucho daño y es el tipo de guerra más cobarde de todos

Además, estoy seguro que el Kremlin tiene su parte de razón cuando acusa a las unidades ucranianas de esconderse detrás de civiles o en centros civiles, hospitales y escuelas incluidos. Lo hace todo el mundo. Los judíos, por ejemplo, dicen de los árabes que para ellos la guerra es una cuestión de familia. Pero es que la guerra del siglo XXI siempre es una cuestión de familia.

Ojo, esto no justifica a los rusos, pero la verdad nunca sobra.

Para entendernos, la lección más terrible de la invasión de Ucrania es que en una sociedad hiperurbanizada las guerras sólo se ganan de dos formas: o mediante el terrorismo o mediante el ataque nuclear.

En el caso del terrorismo, la ocultación detrás de los civiles no es un elemento: es la esencia. El terrorista puede no ganar nunca la guerra, pero hace mucho daño y es el tipo de guerra más cobarde de todos.

Y luego está la guerra nuclear. Miren ustedes, con un ejército todopoderoso, Putin no ha conseguido tomar Ucrania y ahora ya habla de paz, o así. Un mundo de ciudades es más fácil de arrasar que de conquistar. Además, no es posible matar moscas a cañonazos, bombardeando casa a casa y agujero a agujero. Ahí surge la tentación de la aniquilación total, por ejemplo, nuclear. La misma tentación en la que cayó un tal Harry Truman -menudo elemento- en 1945, harto de alargar la guerra contra Japón.

Así que mejor evitar la guerra, cualquier guerra. En este mundo hiperurbanizado no existe enemigo pequeño.

Los ejércitos más poderosos del mundo están fracasando en sus conquistas (Vietnam, Afganistán, Siria, Ucrania) porque no se enfrentan a un ejército inferior sino a toda una población civil

Cuando cayó el comunismo, insisto, debimos cerrar la OTAN e integrar a Rusia en Europa. En todo caso, enfrentarnos a quienes realmente teníamos enfrente: al Oriente, hoy liderado por Pekín y mañana, probablemente, por Delhi.

En cualquier caso, los ejércitos más poderosos del mundo están fracasando en sus conquistas (Vietnam, Afganistán, Siria, Ucrania) porque no se enfrentan a un ejército inferior sino a toda una población civil, confundida con la militar en el seno de las grandes urbes que constituyen nuestro modo de vida. Naturalmente que no justifico las matanzas de civiles -¿resulta necesario aclararlo?- pero sólo digo que la guerra clásica era mucho más civilizada que la actual: se trataba de vencer, no de aniquilar. En esta tesitura, resulta que la opción nuclear se perfila como una tentación más irresistible.

Es la primera lección que extraigo de la guerra de Ucrania… y naturalmente lo que más me gustaría sería equivocarme.

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