Carta pública a Dña Yolanda Díaz

Señora vicepresidenta:

Pertenezco a la generación anterior a la suya, esa que nos ha tocado cuidar de nuestros padres, de nuestros hijos y de nuestros nietos; esa que nació después de la segunda guerra mundial, que se crio calentándose con un brasero y duchándose con un bote vacío de cinco kilos de tomate, agujereado y al que se suministraba agua con una manguera de obra, la que comió el queso amarillo de los americanos y la leche en polvo que nos daban en la escuela, la que fue pidiendo por las calles con las huchas para “la conversión de China” -menudo ojo tuvieron los curas de entonces – la que tenía unas únicas botas katiuskas para ir solos a la escuela por la mañana y por la tarde, la que tenía que esforzarse para sacar una nota media de notable en la primera convocatoria si quería estudiar con una beca.

La que empezó a trabajar casi con pantalón corto, la que iba a la universidad después de salir de trabajar, la que estudiaba de noche quitándole horas al sueño, la que hizo el servicio militar en el que nos inculcaron orden, respeto y diligencia en el cumplimiento de los objetivos, la que leyó a escondidas a Bakunin, a Marx, el Libro Rojo de Mao Tse-Tung, a Miguel Hernández, a Sartre y tantos y tantos otros que había que ir al sur de Francia a comprar el Ruedo Ibérico.

Éramos felices contra Franco. Si no te metías en política, había mucha más seguridad ciudadana y muchos menos delitos que ahora, la gente era más libre, con muchos menos controles, menos cámaras públicas -que solo valen para multar si aparcas mal porque nunca llegan a tiempo cuando se trata de la agresión a un pacífico ciudadano- los sueldos subían anualmente doscientos o trescientos puntos básicos por encima del IPC y no había más oposición política que cuatro – contados- comunistas que tiraban panfletos en la oscuridad de la noche en coche cuya matrícula tapaban con un cartón.

Yo fui de aquellos que decidieron bañarse solos en alta mar, con un único bañador, sin bolsillos, nadando hasta encontrar tierra firme, mañana, tarde y noche, con la premisa de añadir todos los días un contacto nuevo a la agenda y aprender una nueva palabra del diccionario de la lengua española. De los que pensaron que la democracia era la libertad de todos y para todos, la justicia universal y la igualdad entre todos los españoles. De los que ha estado durante cuarenta y cinco años y tres meses de cotización ininterrumpida a la Seguridad Social, de los que hizo la declaración de la renta siendo presidente Carrero Blanco, de los que se levantaban a las siete menos cuarto de la mañana y mientras se afeitaba estaba pensando en la agenda del día, de los que volvía a su casa a las nueve y media de la noche, jornada ininterrumpida incluidas comidas laborales, y después de cenar repasaba los temas pendientes de la jornada siguiente.

Usted, que no ha conocido el régimen de Franco, que sí, que fue un fratricida que mató a muchos enemigos comunistas y socialistas marxistas, igual que estos mataron antes y durante la guerra civil a los del otro bando contendiente, muchos de ellos con las manos manchadas de sangre por presunta justicia tomada a título personal, usted que solo conoce la teoría comunista de igualdad entre desiguales pero no ha vivido ni estudiado por qué siempre han sido los ciudadanos de los países comunistas los que han huido hacia otra parte, se ha convertido en el paradigma del comunismo con un cuidado estético que iguala al que llevaba Imelda Marcos, y considera que acostarse un día tarde y levantar temprano al siguiente, es demasiado esfuerzo para alguien que gana 80.000 euros al año, además del “botín” que lleva implícito su puesto: Guardaespaldas, coche gratis, aparcamientos gratis, vivienda, agua, luz, etc….

Señora ministra: Esa forma de vivir es la que llevan millones de españoles que, por suerte y preparación, trabajan. Y no cobran lo que usted. Levántese un día temprano y vaya a la estación de cercanías de Atocha, a ver cómo y a qué hora llegan los que se han levantado a los cinco o a las seis de la mañana en Pinto, Leganés, Coslada y tantos y tantos otros pueblos, que llegan a Madrid todos los días a trabajar, comen con el contenido de una tartera y vuelven a la caída del sol a sus casas. Esos sí que son ejemplos para seguir, a hacer España y a colaboración por el bien común con su esfuerzo diario. Pero no creo que lo haga porque ustedes, los políticos, son de esos que dicen “subir y trabajad que luego bajaremos y comeremos”.

Nos han engañado, nos han mentido – el presidente miente más que parpadea – y encima se arrojan flores, siempre rojas, denostando el gualdo, que a poco que uno sepa pensar por sí mismo enseguida se da cuenta que están marchitas y ajadas, en su concepción y en su presentación.

Aunque usted no le de el mismo sentido que yo, probablemente es el momento de “Arriba, parias de la Tierra. En pie, famélica legión. Atruena la razón en marcha, es el fin de la opresión (marxista-comunista).

Antonio CAMPOS

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