Los tontos y el conocimiento

Por Joaquín Ramos López

Antes se decía que si los chicos sabían mucho y, algunos, de todo, eran muy listos; pero los menos listos no eran tontos, estos eran otros.

La palabra conocimiento se aplicaba de otro modo que ahora. Se hablaba de que ese chico tenía poco conocimiento, no porque fuese poco instruido, sino porque hacía cosas fuera de lugar. Por contra, si las hacía como un mayor, o sea maduras y firmes, era que tenía mucho conocimiento y si era muy aplicado en la escuela, llegaría lejos.

Ahora, al saber se le llama Conocimiento. Actualmente nos da por cambiar los nombres a todo y así a un conteo estadístico humano de grupo se le dice “de rebaño”, con desprecio para los corderos de Pascua y los pavos de Navidad.

Las empresas modernas han bautizado a la Formación como el Talento; al Departamento de Personal se le llama de Personas y a su primer ejecutivo CEO. Fabrican productos sostenibles y tratan de quedar bien con el entorno social porque se sienten con responsabilidad reputacional. ¡Qué cosas!

En tiempos, ya había muchas clases de tontos. Los que hacían tontadas y los de las tonterías. Se les conocía como tontos de capirote, del haba, del bote, de baba, y de más lindezas. Aquellos eran unos tontainas y los otros unos listillos que hacían gracietas y ponían poses chorras.

También estaban los tontos de cada pueblo, pues era preciso tener uno por lo menos, y estos realmente eran listos, graciosos y buena gente, que apreciaba todo el vecindario. Y, por fin, están algunos pocos tontos “pa siempre” (José Mota, dixit)

A todos nuestros gobiernos les gusta meterse con la Educación y se ponen un Ministerio y todo, que no se sabe muy bien a qué se dedica en esta España de las Comunidades de geografía política y confusión general. Eso sí, lo usan como nos contó George Orwell en incómodo vaticinio.

No se quieren enterar que la Educación -que quizás debería llamarse Instrucción- corresponde ordenarla a los expertos en docencia, sin afectaciones doctrinales y con miras de permanencia, que sortee indubitadamente los cambios políticos y se explique la historia, la lengua, la geografía, las ciencias, la cultura y las tradiciones como son, sin cortapisas y con integridad realista.

Pero no, en los últimos 40 años salimos casi a una ley nacional por legislatura, nueva o revisada, y su rendimiento acaba cada vez bajo mínimos europeos. Porque siguen primando las ideologías de los mandamases en vez de la cordura educadora.

Gastamos poco en Educación, menos que la mayoría de países. Estamos en el puesto 22 de los 27 de la UE, con un 4% del PIB, por debajo de su media (4,7%) y de la recomendación de la UNESCO. Lo mismo ocurre si el dato se  contempla como porcentaje del Gasto Público, apenas llega al 50% de lo aconsejado.

Y el aprovechamiento es de los peores. Resulta penoso echar un ojo a las estadísticas evaluadoras, sean de abandono escolar, sean de culminación de estudios universitarios y los niveles de calidad registrados son muy desalentadores. Un ejemplo de mala eficacia escolar es que solo el 30% de jóvenes entre 18 y 22 años llegan a terminar la enseñanza secundaria.

Y así tenemos una ministra resultona y de dudosa instrucción, que se ha inventado un concepto imposible que se llama “matria”. A otra compañera de Gabinete, vociferante y aprovechona, le ha dado por usar la e para incordiar a las a y o (será porque la u es asturiana y la i es de Italia) haciendo de lo suyo un sin sentido y de nuestra gramática un estropicio. En esto sí somos originales.

Al próximo Ejecutivo le sugeriría que monte un Ministerio de la Verdad, pero no como el de “1984”, sino democrático y formal. En él se podrían fundir los actuales de Consumo, Ciencia, Educación, Igualdad, Inclusión y otros más, todos no justificables, y nombrar al ministro Portavoz del Gobierno, acabando así con el sonrojo y desprecio que merecen las declaraciones, comunicados, ruedas de prensa, entrevistas y discursos actuales, tan equívocos y mentirosos como son. Además, se ahorrarían gastos.

Los docentes son maestros, instructores y profesores y no educadores, pues la educación corresponde a los ahora definidos como progenitores, que los hay de varias clases, porque lo de padres se nos ha quedado corto. Son estos los que educan la conducta, sentimientos y aprecio de los valores humanos. Aquellos, los que enseñan y forman en ciencias, letras, artes y oficios.

En el saber, o tener instrucción, radica la esencia del buen hacer, del éxito personal y del nivel formativo de los pueblos. Cuanta mayor cantidad de sapiencia tiene una sociedad, una nación, más grandes e importantes serán sus logros.

A mayor práctica del saber, más provecho se conseguirá de las decisiones. Por ejemplo, cuanto más tiempo dedique la gente a la lectura y la reflexión y se preocupen por ser coherentes para elegir con prudencia y razón a sus gobernantes, mejores resultados se obtendrán de sus actos políticos.

Para eso, todo gobierno debe dedicar su máximo empeño y medios económicos para incentivar que sus administrados asuman la importancia de estar y sentirse bien ilustrados y la sociedad global expandir la responsabilidad humana de ser bien educados.

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One response to “Los tontos y el conocimiento”

  1. Laura Ramos Martínez says :

    Forrest Gump: «Mi mamá dice que los tontos son los que dicen tonterías», ¡qué verdad!
    Está claro que en la diversidad está la riqueza y el complemento, y para ello es imprescindible el conocimiento, en el grado o nivel que sea y adecuado a quien sea.
    Hay quien dice que la ignorancia nos hace felices… yo añadiría que solo a ratos…
    Se podrían usar otros refranes: «el saber no ocupa lugar», entre otros. Y yo añadiría que quizá algo igual de importante es saber cómo, cuándo, dónde y para qué usar el conocimiento.

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