La responsabilidad es indelegable

Como normal general y salvo casos extremos en los que prima algún favor debido, a todos los trabajadores, con y sin corbata, nos contratan para solucionar problemas y, nunca, para crearlos, quien los crea es un empleado tóxico y como tal, el empresario, público o privado, trata de quitárselo de en medio de la forma más rápida posible.

Existen claros ejemplos en política, personajes que alcanzan tanto poder que ponen en entredicho el liderazgo de su jefe; futbolistas que se creen tan importantes e imprescindibles que acaban saliendo por la puerta de atrás; empleados que piensan que la empresa es suya, hasta que aparece el dueño verdadero y los despide.

A Franco nadie le discutía su liderazgo, a Santiago Bernabéu, tampoco, ni a Alfonso Escámez. Pero desde los años ochenta del siglo pasado, los políticos duermen con un machete muy afilado entre los dientes, algunos futbolistas ordenan y mandan más que los entrenadores o el presidente de su club, y las grandes empresas están dirigidas por directivos, no por sus dueños reales, que callan ante el exponencial retorno que obtienen de su inversión. Aunque también pasa lo contrario y el empresario abusa muchas veces del trabajador.

Unos, los que vamos a llamar empresarios (en general), y otros, los que vamos a llamar trabajadores (en general), tratan de cubrir sus espaldas cada día porque el futuro es incierto en todos los aspectos de la vida, imprevisible y puede cambiar como consecuencia de cualquier acto presente.

Aquí es donde los empresarios (en general) han estudiado El Arte de la Guerra, escrito por el general y estratega militar Sun Tzu hace aproximadamente 2.500 años en la antigua China. Algunas de las enseñanzas fundamentales del libro son que lo ideal es vencer sin luchar y que la guerra se basa en el engaño y la confusión del enemigo; El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, publicada póstumamente en 1531, mantiene que el ejercicio real de la política implica conductas, decisiones y acciones que generalmente no responden a la moral sino a las leyes del poder, dejando al descubierto las verdaderas prácticas del ejercicio del poder, soslayando  la moral o la religión, y enfocándose en cuestiones de estrategia política; y El Arte de la Prudencia, del jesuita aragonés Baltasar Gracián en 1647, sentencias breves, muy personal, denso, concentrado y polisémico, en el que domina el juego de palabras y las asociaciones ingeniosas entre estas y las ideas. El resultado es un lenguaje lacónico, lleno de aforismos y capaz de expresar una gran riqueza de significados en el que el mundo es un espacio hostil y engañoso, donde prevalecen las apariencias frente a la virtud y la verdad. El hombre es un ser débil, interesado y malicioso. Y él se ocupa de dotar al lector de habilidades y recursos que le permitan desenvolverse entre las trampas de la vida. Para ello debe saber hacerse valer, ser prudente y aprovecharse de la sabiduría basada en la experiencia.

Tomo prestados cuatro aforismos de este último, por ser español, con comentarios propios:

No confiar a otro la reputación sin tener la suya en garantía: Confiar, hasta cierto punto. Si confías un secreto a alguien, tener antes el secreto de aquel a quien tú le confías el tuyo, de tal forma que no pueda él atacarte sin que tu no puedas responder. La reputación personal y social de uno, no ponerla en peligro confiando en alguien que, al menos, no tenga que perder lo mismo que tú. Es el juego empresarial y político de todos y cada uno de los días.

El riesgo y el interés deben ser comunes para que el que se llama socio no se convierta en testigo de cargo: El amigo podría convertirse en enemigo si no tiene en juego los mismos intereses. Secretos, actos y hechos compartidos, en los que tenga que perder, al menos, lo mismo que tú, será el mejor guardián de tus actos. Esto es común en la política, que en el momento en el que las cosas empiezan a ir mal, los amigos se convierten en enemigos que disparan contra ti todos los secretos que tú creías bien guardados.

De los amigos ofendidos salen los peores enemigos: Cuando dos amigos riñen, ambos quedan expuestos a la reacción del otro sobre los secretos y secretillos antes compartidos. Esta situación es muy corriente tanto en la empresa privada como en política. Me voy a atrever a poner un ejemplo, con alto riesgo de equivocarme. Podemos quiso entrar en el Gobierno de España, del que hasta entonces había sido su guardián y apoyo rojo. Si Pedro Sánchez no hubiera accedido a ello ni cuenta con Podemos para otros importantes puestos, por el bien del PSOE, veríamos cuánto veneno se hubiera vertido en los medios de comunicación y en el propio Parlamento.

Hacer uno mismo todo lo que agrada a los demás; por terceros lo que disgusta: Dar abrazos, bendiciones, subvenciones a diestro y sinestro, subir los sueldos, conceder canonjías, es bonito, agradable y agradecido por quienes las reciben; hacer lo contrario no es bien recibido por nadie. Y ahí es donde se debe tener a alguien que pare los golpes, que sea responsable directo de las ineptitudes y de los errores, propios e inducidos por terceros. Porque, ¿alguien piensa que ningún jefe máximo de un gobierno, de una empresa, de un club de futbol, no está detrás de cualquier decisión de máxima importancia de las que toman los empresarios (en general), tanto públicos como privados?

En cualquier empresa (en general) existe una escala en la toma de decisiones en la que la delegación de poderes no exime de responsabilidad al delegante, y cuando el asunto es de vital importancia se toman directamente por la máxima cabeza de mando, y esto es así para cualquier político, empezando por el Presidente del Gobierno, para cualquier presidente de un club de fútbol, y para cualquier presidente, CEO o máximo responsable de cualquier empresa que, con una fórmula más o menos parecida, establece por parte de su máximo órgano colectivo de dirección que la toma de decisiones en materia de riesgos es una parte fundamental de la actividad de la empresa, siendo la calidad del riesgo un valor prioritario y no negociable, que debe ser evaluado con objetividad y ejercido en condiciones de libertad, sin concesiones ante presiones a las que por diversas causas (ambientales, sociológicas, dependencia, objetivos, etc.) puedan verse sometidos quienes decidan riesgos. Y riesgos, en todas las empresas (en general) hay de muchos tipos, desde el reputacional al de liquidez, pasando por el organizativo o el legal.

Quien dirige algo, desde el autónomo Talleres El Pitorro hasta el presidente del Gobierno, pasando por el Banco Santander, Inditex o Mercadona, sabe que su sueldo lleva implícito la asunción de responsabilidades ante las que no se puede escudar en nada ni en nadie.

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