Un poquito de Navidad, por favor

La reflexión que sigue a continuación está escrita por un buen amigo mío, que pasea por una ciudad en concreto, pero que podría aplicarse a una gran mayoría de ciudades españolas. Él, como yo, está en su madurez vivencial y vital, y ha visto como, en pocos años, hemos arrinconado no ya el espíritu religioso, sino nuestros usos y costumbres, ayer fuente del Derecho desde los romanos y hoy postergados al olvido.

Por Joaquín Ramos López – 19 diciembre 2021

Acostumbro a caminar con frecuencia por mi ciudad. Suelo alternar mis recorridos por diferentes calles y sus barrios. Lo hago a distintas horas del día y en cualquier fecha. Observo movimientos, actitudes personales y circunstancias de la convivencia urbana.

De tal observación y desde la perspectiva del tiempo que tengo vivido, puedo tener una determinada comprensión de cómo cambian las costumbres y derivan las conductas en el modo de entender y practicar ocupaciones y eventos presentes en nuestra existencia.

Pues, mediado ya este ingrato, por frío y encarecido, diciembre, vengo regresando a diario a mi casa sintiendo desafección del paisaje urbano recorrido.

No ya de la impresión que produce el desaguisado urbanístico operado en los últimos meses, o la suciedad acumulada que, por demás, cubre todavía la hojarasca otoñal fruto del peleón viento habido, que también.

Llego con pena de no haber apreciado en el ambiente general muestras suficientes de encontrarnos en fechas muy próximas ya al más señalado momento anual, la efeméride del misterio de la Navidad. Ese importante acontecimiento, origen y razón de nuestra cultura y civilización.

Cierto es la existencia de colgaduras municipales luminosas que solo pueden asociarse al tradicional evento por las fechas de su tendido urbano, pues han sido orilladas las imágenes típicas recordatorias.

También lo es que las grandes superficies muestras adornos de argentes y dorados tonos que, sobre todo, publicitan la aspirada venta del regalo preferido para la ocasión. Y los populares bazares de barrio inundados de parafernalia invernal y festiva ad hoc.

He visto, por supuesto, algún pequeño comercio que ha incluido en su escaparate bolas, estrellas, algodón blanco y algún tímido pesebre. Y un par de accesos de vecindario con abetos y portales decorados.

Pero no he notado donde queda la manifestación popular de la Navidad. Aquellas ventanas con mensajes de paz y fraternidad; los luminosos animales del invierno en las terrazas y jardines; el muñeco de Noel escalando el balcón, o el disfrazado que  hace sonar su campana por la calle; las imágenes propias del momento en los accesos eclesiales. Todo parece olvidado en el desván o en el trastero.

Sí asoman muestras navideñas, claro está, en mercadillos apropiados, donde los paseantes se empujan viendo cabañas y tenderetes, pero que tras su paso siguen atiborrados de objetos sin vender todavía.

Lejos quedan ya aquellas manadas callejeras de pavos, los aguinaldos, las colaciones, la excursión a procurarse el musgo para el belén y el  abeto navideño y las largas mesas de comidas familiares. Y cerca están las vacaciones en la nieve y los viajes exóticos, acordes con el calendario estacional.

El panorama social tampoco parece mejor. Muchas son las noticias ingratas y las perspectivas oscuras. Hueca me parece la apuesta de esa anunciada malsonante “nueva normalidad” con la que vapulean nuestras neuronas al modo con que los aceituneros varean los olivos.

¿Adónde hemos llegado? ¿Qué se ha hecho de nuestras tradiciones tanto tiempo sostenidas? ¿Por qué asumimos tantos cambios, muchas veces sin sustancia ni proximidad? ¿Verdaderamente estamos cansados de lo de siempre y apostamos por lo nuevo “a ver qué pasa”?

Yo, estos días, enviaré algunos christmas postales; disfrutaré del muérdago regalado que rociaré para que siga fresco; cuidaré mi planta de Navidad para que me dure muchos meses; comeré guirlache; encenderé mi belén, cantaré unos villancicos y rogaré al Niño Dios nos renueve su protección.

Esperaré con ilusión el presente que me tenga reservado Papá Noel y pediré a mis exclusivos Reyes Magos, desde donde sé que están, sigan regalándome su cariño. Y al Rey Gaspar -mi elegido infantil- que inunde nuestros hogares con el incienso de la concordia.

Quizás Ud., estimado lector, desde sus prioridades y convicciones, todas confluentes hacia el bienestar más estimado, lo quiera encontrar y favorecerlo con “un poquito de Navidad, por favor”.

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One response to “Un poquito de Navidad, por favor”

  1. Laura Ramos Martínez says :

    Quizá sea necesario detenerse un instante y mirar hacia dentro. Pararse en la calle y escuchar en el interior el villancico que suena en la mente… tal vez acabe resonando en los altavoces públicos que aún existen en algunos barrios. Quizá quieras ver las luces de tu barrio y ver en ellas el brillo de tus ojos, o de los ojos de los niños cuando se acercan estas fiestas; probablemente acaben luciendo más. Quizá, sólo quizá, la Navidad vaya por dentro y el hecho de sacarla un poco hacia fuera, consiga contagiar al entorno, a los demás, al momento, de su magia. Si fuera no hay o hay poco, y dentro hay o hay mucho, ¡busquemos la manera de compensarlo! Dónde no llegan ‘las cosas’, llegan las personas. Un adiós en una tienda acompañado de un: ¡Felices Fiestas! no deja de sorprender… gratamente… y genera una sonrisa en quien recibe el mensaje de buenos deseos. Un ¡Feliz Navidad! al repartidor que te trae un paquete le da ánimos para seguir repartiendo con un poquito más de ilusión, la que le hace al destinatario recibirlo. Un ¡Próspero Año Nuevo y mucha salud! a quien te escribe un email, te llama por teléfono o te manda un wassap, también hace que sea Navidad.
    Si el interior contagiara al exterior… ¡cuánta Navidad habría en las calles!

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