Mejor Alcalá-Meco que La Almudena

El texto que sigue a continuación en una ficción anónima que circula por internet que, para desgracia de todos los ciudadanos de bien, podría convertirse en realidad en cualquier momento.

La Ley de Seguridad Ciudadana en preparación, que modifica y corrige la vigente Ley Mordaza, pretende dar vía libre a la violencia callejera, en la que la palabra del delincuente, presunto, sea prevalente ante la del funcionario de servicio de las Fuerzas de Orden Público, desapareciendo la presunción de veracidad de los agentes actuantes en un contexto jurídico en el que el acusado tiene derecho al silencio e incluso a mentir a su favor.

Cesare Lombroso, considerado el padre de la Criminología, elaboró una teoría sobre los tipos de delincuentes que, transcurrido siglo y medio, sirvió como herramienta para enunciar seis perfiles criminales, pero que habría que actualizar hoy en día.

Criminal nato: Cráneo pequeño, frente hundida, carácter impulsivo, cruel, con falta de sentido moral e insensible.

Delincuente loco moral: Cráneo con una capacidad igual o superior a la normal, mandíbula voluminosa. Los rasgos distintivos se encuentran sobre todo a nivel psíquico: personas antipáticas, egoístas, vanidosas e inteligentes, así como crueles e indisciplinadas.

Delincuente epiléptico: Más peligrosos que los locos morales. Vagos, destructivos, muy violentos y con tendencia al suicidio.

Delincuente pasional: Jóvenes entre 20 y 30 años. Más de un tercio de los delincuentes pasionales son mujeres.

Delincuente loco: Enfermos mentales que no son responsables de sus actos al carecer de capacidad de razonamiento. Hay tres tipos de delincuentes locos: el histérico, el alcohólico y el impulsivo.

Delincuente ocasional: Tres subtipos.

Pseudo-criminales: son aquellos que cometen delitos involuntarios y menores como pueden ser hurtos, incendios o actos en defensa del honor.

Criminaloides: este tipo de personas tienen empatía y cometen delitos que no cometerían en una situación normal presionado por las circunstancias.

Habituales o profesionales: son las personas que delinquen desde la infancia. Las circunstancias personales les impulsan a cometer más delitos hasta convertirse en profesionales.

Es este último perfil, el delincuente ocasional, el que produce la sensación, o realidad, de inseguridad ciudadana que se detecta en estos momentos en España y la laxitud de las leyes para con estos delitos que no llevan aparejados muerte del asaltado o agredido, y que, al haber desaparecido la agravante de reincidencia en nuestra legislación, los detenidos son puestos en libertad por el juez de turno antes que el policía acabe con los trámites burocráticos de la detención.

Así escribe alguien que se declara policía y advierte, no sin razón, de lo que pudiera pasar:

RELATO DE UN POLICÍA QUE EVIDENCIA LA INSEGURIDAD QUE TENDREMOS CON LA RESPONSABILIDAD DE QUIENES GOBIERNAN:

Yo, policía, en mi hora libre, estaba de compras cuando lo vi suceder. Un delincuente se aproximó sobre su víctima. Era una madre que llevaba a su niño de la mano. Le apuntaba con un arma en el rostro, anunció el robo amenazándola.

Al ver esto, mi impulso policial surgió de inmediato. Pero, así como surgió, se detuvo. Y pensé:

«No tengo apoyo de nadie, ni del lugar donde trabajo, no tendré carrera, el Ministerio del Interior no me defenderá, el Ministerio Público me acusará y el Poder Judicial buscará sentenciarme, la legislación está siendo acomodada para el transgresor, la sociedad me condena. Mi familia … ellos me esperan en casa».

La pobre mujer asustada ni siquiera reaccionó. El delincuente “víctima de la sociedad opresora”, sin motivos y luego de obtener lo que quería, disparó su arma. La mujer cayó al suelo con su rostro envuelto en sangre. El niño llora, llora sin saber qué hacer.

En ese momento, el delincuente no sólo robó los valores de la mujer, sino que también destruyó una familia, se llevó sus sueños, sus planes y su vida.

No reaccioné. Hice la llamada al 112 y avisé. Al fin y al cabo, ese es el procedimiento.

Llegué a casa y estaban mi esposa y mis hijos.

No tuve que ver al Ministro del Interior expresando que fui irracional al impedir que el victimario matase a una mujer por un bolso “porque él es una pobre víctima de la sociedad y tiene derechos y necesidades”.

No tuve que escuchar al presidente del Poder Judicial o al representante del Ministerio Público, diciendo: “Ese policía sólo sabe meter palo y disparar”.

No leí en las redes sociales el desprecio de la sociedad encendidas en contra de la Policía.

No vi fotos ni vídeos mostrando la agresión policial en contra de “una persona que sólo quería llevarse un bolso”.

No vi las manifestaciones de los organismos de derechos humanos reclamando justicia e indemnización para la familia del pobre muchacho, muerto vilmente a manos de la Policía represora, poco preparada y que actúa precipitadamente, a la vez que pide encarcelar al policía por abuso de poder.

Tampoco vi la falange de la prensa haciendo sus cadenas de noticias desacreditando la labor policial.

Mi arma no me fue retirada y no estuve seis meses suspendido sin poder trabajar, mientras deciden si voy a prisión o no.

Tampoco tuve que pagar con mi dinero a un abogado para que me defienda por tan sólo cumplir con mi trabajo.

Sí. Yo estuve allí. Pero fue como si no hubiese estado. El problema será cuando toda la Policía actúe así.

La inseguridad será mayor aún, el caos lo gobernará todo. El miedo a ir a trabajar, a llevar a nuestros hijos a la escuela, a ir al mercado, el temor nos acompañará y se sentará a la mesa con nosotros.

Al fin pareciera ser que estamos buscando vivir en este caos. Hemos perdido el norte, hemos transgredido valores, principios y funciones. Llamamos bueno a lo malo y malo a lo bueno.

Permitimos que cualquiera investigue, el fiscal no es investigador de profesión, su verdadera profesión es abogado, por eso sueltan a los delincuentes, el verdadero investigador en todo el mundo es EL POLICÍA, nadie más; por eso la delincuencia crece cada vez más.

No importa quien escribe esto, importa quien lo lee. Así estamos.

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