Consejos vendo y para mí no tengo

Marta Ortega, 37 años, hija de Amancio Ortega, es nombrada presidenta del Grupo Inditex, el de mayor capitalización bursátil en la Bolsa española, en cuyo Consejo los tres únicos dominicales serán sus padres Amancio Ortega y Flora Pérez, y José Arnau como vicepresidente, siendo el resto veteranos profesionales de gran prestigio en el sector, fieles escuderos y de absoluta confianza de su padre, por lo que sube al trapecio con una tupida red protectora.

He escrito en alguna otra ocasión que yo era insultantemente joven, un chaval, cuando el Banco de Bilbao adquirió Banco de La Coruña. Como en aquellos años todo se hacía manualmente, el comprador envió a una serie de personas, entre las que yo me encontraba, a comprobar la bondad de lo adquirido. Con ese motivo visité una nave en la que un matrimonio, junto a seis empleadas, confeccionaba camisas y batas de estar en casa, que se decía entonces. Son muy trabajadores, les está yendo muy bien y es gente de mucho futuro, fueron las palabras del director de la oficina con la que trabajaban. Como eran mucho más baratas que en cualquier comercio, compré, y pagué, tres camisas. Así fue como conocí a D. Amancio Ortega.

Listo, trabajador, humilde, lógico en sus pensamientos y actuaciones, suplió su falta de preparación universitaria rodeándose de los mejores, los más preparados, los mejor dotados y los mejor pagados, que es la manera más eficaz de retener el verdadero talento, habiendo conseguido triunfar implantando un grupo empresarial internacional que da empleo a miles de trabajadores en todo el mundo.

Con 85 años en la actualidad, ha considerado que es la hora de apartarse de la primera línea del negocio, dejando al frente a su hija, preparada cultural y profesionalmente, que comenzó trabajando de empleada de una tienda Zara en Londres (eso ya hubiera sido motivo suficiente para ser nombrada ministra de algo en el Gobierno actual), en dónde lleva cotizados quince años (más que media docena en conjunto de los diputados de Podemos) en training por todos y cada uno de los departamentos, centrándose en el desarrollo de las colecciones, la imagen corporativa de la empresa y las visitas a las tiendas para conocer de primera mano los problemas existentes.

En una España en la que la bandera feminista (yo más bien diría hembrista) se enarbola incluso invirtiendo la carga de la prueba, les ha faltado tiempo a los del pluriamor, esos que se reparten el poder en plan redondo, como los huevos duros o las tortillas, para decir que sus únicos méritos son ser hija de quien es y que “la inmensa mayoría de los millonarios lo son porque han heredado …. La meritocracia son los padres”.

No sé si Marta Ortega lo hará bien o no, porque otras ejecutivas de altos vuelos no lo están haciendo bien del todo después de haber realizado un master quebrando una empresa centenaria. Y si hablamos de políticos, a excepción de Nadia Calviño, José Manuel Albares, José Luis Escrivá y Manuel Castells, ningún otro ministro encontraría un puesto de trabajo de media o alta dirección en ninguna empresa del IBEX, salvo puertas giratorias y empréstitos satisfechos con pago diferido.

Porque lo suyo, por lo que suspiran, por lo que no están dispuestos a aceptar una derrota en las urnas, es el control total de la población.

Siempre hay que volver al Decálogo de Lenin, que en su apartado segundo dice: “Infiltre y después controle todos los medios de comunicación de masas”. En esta ocasión dicen que hay periodistas que hacen preguntas incómodas en el Congreso de Diputados, negándose a responder a aquellos a los que no mantienen con subvenciones u otras canonjías que complementen su acomodo en ese Frente Amplio que pretende perpetuarse en el poder. A los viejos militantes del PSOE socialdemócrata que de forma tan importante contribuyó a la Transición, a la democracia y al reencuentro de todos los españoles, se les tienen que revolver las tripas y los cadáveres de sus compañeros asesinados por ETA, cuando ven la firma de su representante al lado de aquellos que quieren destruir España.

No sé si lo que voy a decir será ya pecado o está a punto de serlo, pero con Franco el frontispicio de lo que se podía o no hacer, era más claro, más diáfano. Ahora, la más blanca, o roja, rosa, te pega un sida.

Antonio CAMPOS

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