Miradas impúdicas

No sé por qué todas las religiones persiguen el sexo. Podría ser que el placer físico distrajera a las personas del placer espiritual y pusiera en discusión de conciencia con cuál de ellos quedarse. Hasta tal punto llega el tema que en la Exposición Mundial de Emiratos Árabes Unidos que se celebra en Dubai, se muestra una réplica del “David” de Miguel Ángel al que se ocultan los genitales en aras a esa benevolencia musulmana con las cosas de la dicha (con D) y del regocijo humano. Pobre Rey Emérito, qué vejez tan cruel para quien tiene más muescas en su pistola que Billy the Kid o Julio Iglesias.

En estos momentos, la izquierda radical se ha convertido en una religión más y ha hecho del hembrismo,  disfrazado de feminismo, el sustituto de la lucha de clases porque hasta los que decían ser “clases” se han convertido en “casta”, pretendiendo la prevalencia de la mujer, la homosexualidad y sexos ambiguos, ante el hombre, invirtiendo la carga de la prueba, tema a todas luces inconstitucional y antidemocrático, que la oposición política acepta y calla para que no se le acuse de poco democrático, antiguo y estancado en planteamientos franquistas, que alguien se preocupa de recordar constantemente, que llevan enterrados muchos años, tan distantes para la mayor parte de los ciudadanos españoles como Felipe II, Estanislao Figueras, Nicolás Salmerón, Casares Quiroga o Quevedo, por quién pregunté no hace mucho a unos chavales de 16/18 años que comían su bocadillo a la puerta de un Instituto en su tiempo de recreo y desconocían quién era, no quién había sido, sino en presente, como si se tratara de uno de esos muchos parlamentarios nuestros, mudos durante todo la legislatura.

Doña Irene Montero, a la sazón ministra de Igualdad, casta, adjetivo, hasta más no poder, que le levantó la pareja sentimental a una amiga, quiere que las empresas persigan «miradas impúdicas» y «comentarios sobre la apariencia sexual».

Se pretende que las empresas sean no solo chivatos de la moral, sino juez y parte del sistema gubernamental que quiere sustituir a la judicatura como único poder de la democracia en declarar o no culpable a una persona.

¿Quién está capacitado para definir, identificar y asegurar qué es y qué no es una mirada impúdica? Si una señora de sesenta años mira mi “paquete sexual” yendo por la calle, ¿es mirada impúdica? Si estoy miccionando en los servicios al efecto habilitados en un restaurante y el señor que está a mi lado mira lo que a mí me cuelga, ¿es mirada impúdica? Si un homosexual está en una discoteca y mira a otro homosexual, ¿es mirada impúdica? Si una mujer, porque nada habla de los hombres, dice que alguien le ha mirado impúdicamente, ¿volvemos al yo sí te creo? Así podría seguir hasta mil y un ejemplos más, incluidos momentos y situaciones en el trabajo diario en el que, y es una lástima que no tenga estadísticas de ello, existe un alto porcentaje de amoríos clandestinos y, perdón, en la mayor parte, provocado por mujeres; y esto lo afirma quién ha trabajado durante muchos años y con muchas personas diferentes, en una generación en la que la mujer era un ejemplo en su trabajo y presentaba mucho menos absentismo laboral que los hombres.

¿A qué mujer no le gusta que le digan que está muy guapa o que le envíen un ramo de flores? Respondo yo, a fuer de ser descalificado por las que trato de definir: A las “cara cartón””, a las feas y a las frígidas. Y el caso es que la Sra. Montero no ha dado muestras de estar en ninguno de estos apartados, pero es más fácil y menos comprometido decir estas soplachocheces que combatir la situación de las mujeres musulmanas en los países musulmanes, que preparar y facilitarles trabajos dignos a las mujeres de todo tipo, clase y color que hay en España, que construir una verdadera igualdad en la que hombres y mujeres sean verdaderamente libres, sin que nadie trate de adoctrinarlas desde la más tierna infancia, confundiendo sexo con género y enfrentando a unos y a otros.

Acabo recordándole el viejo y conocido chiste del mejicano que dice: En Méjico somos todos muy machos; y le contesta el español, el antiguo, el de hace años: Pues en España somos la mitad machos y la mitad hembras, y nos lo pasamos muy bien.

Salud para educar a sus hijos y Monarquía para cuidarnos de las dos Repúblicas habidas que acabaron en sendas guerras civiles, Doña Irene.

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