Afganistán y el género de los ángeles

MARÍA ELVIRA ROCA BAREA

27 agosto 2021

Quizás algún lector sepa de dónde procede la expresión “discutir sobre el sexo de los ángeles”, pero en este momento, precisamente en este, tras la caída de Kabul, conviene recordarlo. Era el gran asunto sobre el que debatía la intelligentsia de Bizancio en el momento en que los turcos pusieron cerco a Constantinopla. Llevaban en ello mucho tiempo. Dice la leyenda que, cuando tomaron la ciudad, se encontraron a estos cerebros privilegiados tan enfrascados en las sutilezas de la entrepierna angelical que no se percataron de que había caído. Esta parte última personalmente me la creo. Lo más probable es que se hicieran los locos… y que vaya otro a batirse el cobre, que los turcos son muy feos y dan miedito. Conociendo la invencible inclinación de los intelectuales, sean o no teológicos, a arrimarse al sol que más calienta, puede darse por seguro que, en cuanto vieron aparecer una cimitarra pegada a un turbante (¡qué imagen tan poco guay, tan políticamente incorrecta y tan estéticamente insoportable!), cambiaran radicalmente el tema de discusión, y en cuestión de 5 minutos encontraron 5.000 argumentos teológicos para exclamar, mientras caían de hinojos: ¡Dios es Alá!

De hecho, hubo pocos mártires entre los teólogos. La mayoría se convirtió sin descomponer el pliegue de la túnica. Atinó a morir con honor defendiendo una almena el emperador Constantino XI Paleólogo. Acababan así mil quinientos años de historia continuada de Imperio romano desde Augusto. El hegemón simbólico había viajado desde el Lacio hasta el Asia Menor cuando Constantino fundó la ciudad a la que dio su nombre. El emperador de Bizancio siempre se consideró emperador de los romanos y por eso los cristianos se llaman romi o rumí en árabe. Los historiadores, que desde Homero han envidiado a los poetas, consideraron que había una bella metáfora en el hecho de que el emperador que la fundó y el que la perdió frente a los turcos tuvieran el mismo nombre, Constantino, como había sucedido con la Roma del Lacio, que fue fundada por un Rómulo y perdida frente a los hérulos de Odoacro por otro Rómulo en 476.

Jugando a las casitas de género andan nuestros teólogos y teólogas buscándole la pilila al teorema de Pitágoras. A fin de cuentas, son dos catetos y una hipotenusa y no respeta la paridad. La cosa es ardua y exigirá muchas reuniones de la nueva clerecía y mucho presupuesto. Sobre todo, mucho presupuesto. No digamos nada si hay que averiguar los misterios genitales de la conjetura de Goldbach o de la siempre esquiva demostración del teorema de Fermat, no apta para teólogos. Mientras tanto se andan firmando manifiestos para salvar a las mujeres. La mayor parte de los que van a morir son hombres, porque hombres son la inmensa mayoría de los que trabajaban para los occidentales. Antes, cuando mandaban los hombres, se decía aquello de “las mujeres y los niños primeros”. Ahora, de los niños no se acuerda nadie y los hombres, pues si mueren, bien muertos están.

Es posible que en medio de la bruma erótico-teológica haya anidado la idea de que a las cimitarras o al AK-47, se los puede combatir con firmas. No se sabe si esto es frivolidad o un renacer glorioso del pensamiento mágico, pero hiela la sangre. En cualquier caso, lleva indefectiblemente a aquella frase que Dante escribió a las puertas del infierno: Lasciate ogni speranza. Los que hoy procuran huir de Kabul por todos los medios a su alcance saben que están en las puertas del infierno y en las puertas del infierno no se lucha con firmas de género. Se lucha con el AK-47 en la mano. La puñeta es que el AK-47 necesita alguien que lo empuñe. Y de eso no tenemos.

A cambio se le ofrecen al personal (y se auto ofrecen) emplastos ideológicos lenitivos a modo de soma para que vaya encajando su destino terminal sin mucho sufrir. Y sobre todo sin la mala conciencia que da ser responsable, sin remedio posible y hasta el final, de las consecuencias de nuestros actos y de nuestras ideas. Ah, ha sido tan divertido jugar a ser anti imperialista (yankee go home), ir a las manis y todo eso.

La comparecencia del presidente-emperador Biden diciendo que no había ningún peligro y que la retirada de Kabul en modo alguno (not at all) se parecía a la salida de Saigón es para que las campanas toquen a arrebato en el mundo de las realidades paralelas, ese en el que las palabras ya no tienen nada que ver con lo que de verdad pasa o ha pasado, y ese mundo es el nuestro. El presidente-emperador Biden no está haciendo más que continuar la política de su predecesor, el presidente-emperador Trump: America first. Como Trump no hizo otra cosa que continuar con el muro de Obama, que todo el mundo llama el de Trump, porque es feo y facha. Pero el muro en la frontera mexicana lo empezó ese Barak que a todas las enamoró. Sin embargo, sucede que abandonando territorios y levantando murallas no se sostiene un imperio. Estados Unidos se ha desentendido del proyecto universal que todo imperio representa y, por lo tanto, tiene los días contados. Los huecos que dejará en su decadencia los irá ocupando China. Ha empezado el repliegue oficialmente. Es que es muy duro, muy duro, estar ahí, recibiendo el viento de cara y peleando cada día por ser el campeón de Occidente. Ahora Occidente ya no tiene campeón. España ocupó esa posición en otro tiempo y no lo hizo mal. Los turcos se quedaron en Constantinopla.

Pasado este mal trago que tantas imágenes antiestéticas ha dejado, olvidaremos pronto, porque el occidental sobre todo lo que no soporta es que le pongan delante realidades que le estropeen el fin de semana. Y si esto es irremediable, rápidamente se fabrica un manifiesto que firmar para “pedir” a Otro (infantilismo y Reyes Magos a partes iguales) que vaya a resolver la papeleta, sin afrontar la cuestión fundamental, a saber: ¿quién va a empuñar en las puertas del infierno el AK-47 que se enfrente al AK-47 con turbante? Pues eso.

Los occidentales se baten en retirada en el limes. No ahora sino desde hace tiempo. El abandono de Armenia fue un aviso de que lo que hoy está pasando, iba a pasar. Simplemente nuestro buque insignia, nuestro imperio protector, se viene abajo a una velocidad vertiginosa. Es posiblemente el último imperio cristiano-occidental. Cuando su poder colapse por completo, pasaremos a ser protectorado o reino tributario de China en el mejor de los casos. A bote pronto, el imperio de Confucio parece más soportable que el de los servidores de la Sharía. Porque está claro que antes o después China y el Islam chocarán. De hecho, mientras cantan el pio-pio del entendimiento universal, los chinos están concentrando tropas en los 70 kilómetros de frontera que tienen con Afganistán, precisamente en el territorio de los uigures musulmanes que tantos problemas dan a China y de los que el gobierno chino no se fía en absoluto. Sus proyectos de futuro son incompatibles a medio plazo. Los occidentales estamos fuera del tablero porque ya solo somos incompatibles con la realidad.

Desafiados por la presencia real de la barbarie, los occidentales hemos huido. Algunos procuramos mirar de frente la bochornosa verdad y no ahorrarnos la vergüenza. Otros/as/es se refugian en las rogativas del género de los ángeles esgrimiendo manifiestos “solo para mujeres” como cirios encendidos. La resistencia frente al horror se reduce a buscarle un confort a la conciencia, convenientemente ideologizada. No ha habido, como Spengler quería creer, un grupo de soldados que salvara la civilización.

María Elvira Roca Barea es profesora, ensayista y autora de:

Edición crítica y estudio del arte predicatoria “Ad noticiam artis predicandi”. Universidad de Málaga. 1997.

El caballero de la piel de tigre, de Shota Rustaveli (Elvira Roca, trad.). Universidad de Málaga. 2003.

Tratado militar de Frontino. Humanismo y caballería en el cuatrocientos castellano. Traducción del siglo XV, de Sexto Julio Frontino. CSIC. 2010. p. 488.

Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español. Ediciones Siruela. 2016. p. 363.

6 relatos ejemplares 6. Ediciones Siruela. 2018.

Fracasología. España y sus elites: de los afrancesados a nuestros días. Madrid: Espasa. 2019.

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