Oro olímpico

La participación española en los Juegos Olímpicos Tokio 2020 ha sido acorde a nuestro poder de influencia mundial en cualquier otro aspecto de la vida.

Dejando aparte el tesón y empeño puesto por los periodistas deportivos, que viven de ello y tienen que defender el asunto por encima de cualquier crítica, incluso constructiva, porque es con lo que llenan los platos de comida de su familia, hay una verdad que se impone por encima de cualquier otra consideración:

Han fallado los profesionales, los que juegan en los mejores clubs del mundo de fútbol, baloncesto o balonmano, los deportes de equipo que aportan entusiasmo al público en general, los que en otras ocasiones han alcanzado las cotas más altas, debiendo conformarse en esta ocasión con puestos menores en el cajón de los ganadores. Y han faltado nuestros mejores golfista y tenista, por motivos ajenos al deporte. Esto ha sido motivo de alegría para los plurinacionalistas e independentistas, esos que odian oír el himno de España y más si lo es con resonancia mundial.

El resto de nuestros deportistas, aún con fichajes interesados de oriundos o nacimiento extranjero para paliar las carencias nacionales y discusiones de ajedrez interesadas sobre si juegan blancas o negras por parte de los que pescan en río revuelto, no pueden dedicarse como sería necesario a sus especialidades porque las carreras son cortas y los ingresos escasos. El dinero aportado por el Estado a nuestros deportistas cada vez es menos, e incluso TVE preocupada como está de glosar las bondades de nuestro Gobierno, ha pagado el 12,5% del importe dedicado para el ciclo de los Juegos Olímpicos de Pekín. Y lo mismo sucede con la colaboración de las empresas privadas, lastradas por el coronavirus y por la política económica recaudatoria para poder atender votos cautivos de otros caladeros no deportivos.

Con una participación del 3,85% del total mundial de deportistas que han acudido a Tokio, con un total de 338 medallas de oro en juego, España ha conseguido 3, el 0,88%; del total de medallas, 1076, el 1,08% de las mismas. Poco bagaje para la economía y demografía española, pero en consonancia con el aporte económico para la preparación y desarrollo de nuestros deportistas desde la más tierna infancia. Para mí, tienen más mérito que nadie, pero … hasta ahí llegamos. Y hay algún rara avis de deportes minoritarios, lobos solitarios, que nos han dado satisfacciones de verlos competir con los mejores y obtener segundos y terceros puestos olímpicos, reconocimiento que perdurará mientras vivan. Pero, como decía un jefe que yo tuve, ¿quién se acuerda del que quedó segundo?

Quien ha hecho el ridículo ha sido nuestra ministra Irene Montero, a través de los tres intentos nulos realizados por Laurel Hubbard, deportista neozelandesa de 43 años, nacido Gavin Hubbard, hijo del dueño de Hubbard Foods, poderosa empresa alimenticia de Oceanía, sometida a una reasignación de género cuando tenía más de treinta años, 1,90 metros de altura y más de 100 kilos de peso, que ha competido en halterofilia femenina para más de 87 kilos. Mujer de sentimientos y estado mental, dicen que en el control médico olímpico le indicaron que tenía la próstata un poco más grande de lo normal.

Los atletas transgénero, insignificantes cuando competían con los de sus mismos cromosomas, y por lo que se ve ésta también ahora, se están apoderando de los lugares de honor cuando lo hacen con quienes tienen cromosomas femeninos, y la asociación “Save Women’s Sport” advierte de la “errónea equiparación de género y sexo” y de las consecuencias que puede tener para el deporte femenino: Podios vacíos de mujeres, menos atletas, ausencia de becas y ayudas para el deporte, mayor riesgo de lesiones severas o graves intentando competir contra la naturaleza, pudiendo llegar a quedar marginado el “sexo biológico femenino”.

El que sí se ha colgado el oro olímpico en estos juegos ha sido Pedro Sánchez. Gracias, Pedrosán. Gracias por esa medalla de oro que te has autoconcedido con motivo de tu buen hacer en la pandemia del coronavirus porque España es “medalla de oro” en la aplicación de la inmunización contra la covid, a pesar de la “oposición destructiva” del PP y de su apuesta por “la crispación, la confrontación y el bloqueo”.

Gracias por esa magnífica actuación gubernamental en la que, aprovechando la desgracia, se trató de limitar la libertad de expresión, del control parlamentario y de cualquier crítica al Gobierno, de prohibir las autopsias y de ocultar los miles de muertos, no permitiendo fotografías ni reportajes televisivos de las morgues ni de ningún familiar de los fallecidos que, según mis cálculos al 30 de junio del presente año 2021 son 110.126, con un porcentaje del 8,07 de infectados sobre el total de la población.

Por esa ausencia de medidas eficaces desde el primer momento, antes del triste 8-M de Irene Montero, por la falta de material sanitario en la que médicos y enfermeras aparecieron cubiertos con bolsa negras de basura como eficaz medida contra el virus, por la compra fallida de material, por la falta de transparencia, por la ausencia de coherencia en la consulta a especialistas médicos y comerciales en la compra de material, que diversas fuentes consideran se ha adquirido a un precio superior a mercado y a través de pequeñas empresas que no parece que tengan mucho que ver con ninguna especialidad relacionada con el virus que nos asola.

Por habernos confinado mediante un Estado de Alarma declarado anticonstitucional y no haber tenido la decencia de reconocer la equivocación. Por todo ello, enhorabuena por esa medalla de oro que cuelga de tu cuello.

Pero me quedo con las verdaderamente conseguidas, eso sí, en deportes que han dejado de ser olímpicos un segundo después de haber ganado el oro: un precoz chaval extremeño de 18 años que practica una actividad con mucho futuro político, escalador; con una karateca toledana que iba diariamente a entrenar hasta Alcalá de Henares, que tuvo que emigrar a Australia y Dubai para buscarse la vida en su deporte y que ahora todos los medios de comunicación obvian como si eso no hubiera existido; y, sobre todo, con el oro en la prueba de foso olímpico en equipos mixtos, Fátima Gálvez, enfermera, joven andaluza que en vez de quejarse ha puesto coraje a su vida y dijo: “Gracias a esas personas que me han puesto obstáculos he conseguido ser la persona que soy ahora. Han sido zancadillas que han merecido la pena porque gracias a ellos estoy aquí y puedo decir que voy a participar en mis terceros Juegos Olímpicos” y Alberto Fernández Muñoz, otro joven madrileño, músico guitarrista, también con amplia experiencia olímpica, que nos han robado el sentido cuando han escuchado el himno de España con la mano en el corazón, vibrando de emoción y respeto ante la bandera que representa a todos los españoles bien nacidos y agradecidos de ser ciudadanos de un país que ha alcanzado un estado de bienestar que, bajo ningún concepto, podemos permitirnos perder.

Y con las gracias para siempre con las que hay que despedir a los Gasol, Entrerríos, Cravioto, Mireia y otros astros de similar categoría que, durante muchos años, han representado con orgullo lo mejor del deporte nacional.

Las generaciones anteriores decían que “en la mesa y en el juego se descubre al caballero”. Yo me descubro antes estos verdaderos caballeros -epiceno- de los Juegos Olímpicos de Tokio.

Antonio CAMPOS

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