Premio Cervantes – abril 2021

Como cada 23 de abril, conmemoración del enterramiento del mayor escritor en español de todos los tiempos, se debería entregar el Premio Cervantes en la Universidad de Alcalá de Henares. Un año más, fiel a la cita, dejamos constancia de la biografía del premiado y por segundo año consecutivo, de la suspensión del acto en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares por motivo de la pandemia por coronavirus, con lo que nos evitamos los laudatio, agradecimientos, abrazos forzados, sonrisas de hiena, pamelas horteras y resto de prosopopeya habitual, y yo escribir mi “ficción de autor” que desde hace muchos años vengo publicando tal día como hoy.

De forma alternativa, los Reyes presidirán un acto de celebración del Día Internacional del Libro en Alcalá de Henares, organizado por el Ministerio de Cultura y Deporte y que no tiene relación alguna con la entrega anual del Premio Cervantes.

Alcalá de Henares siempre tiene problemas de cordialidad política con Madrid: Si gobiernan los mismos en la ciudad que en la capital, por no molestar a los amigos, no vaya a ser que nos tachen de la lista de agraciados con canonjía remunerada; y si son de diferentes idearios, para no dar ni agua al adversario. Y con la entrega del Premio Cervantes se están creando peligrosos precedentes.

Primero, el director del Instituto Cervantes, con sede en Alcalá, vivía en Madrid; luego, la sede se trasladó a Madrid, con lo que los sufridos funcionarios y altos cargos no tenían que soportar los atascos de la N-II para llegar a su puesto de trabajo; su director Luis García Montero medra políticamente en la capital de España; la conmemoración del trigésimo aniversario de su creación se ha celebrado días pasados en Madrid, con la presencia de la Princesa Leonor y la ausencia de nuestra máxima autoridad el alcalde de Alcalá de Henares.

No es descartable que lo próximo sea que la entrega de los premios se haga en Madrid, pasando al olvido la Universidad de Alcalá como lo fue en su momento con la Universidad Complutense de Alcalá: En el desarrollo de la Constitución de 1812 promulgada por las Cortes de Cádiz, la Comisión de Instrucción Pública elaboró un informe en el que se contemplaba la existencia de universidades solo en algunas capitales de provincia: Barcelona, Burgos, Canarias, Granada, Salamanca, Santiago, Madrid (que no tenía ninguna), Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza. Y fue la Complutense de Alcalá de Henares la que se trasladó a Madrid, creando la Universidad Central en Madrid para que actuara como universidad de referencia en todo el país. El regreso al absolutismo de Fernando VII aplazó los planes, que se retomaron durante el Trienio Liberal de 1820-1823.

La UCM ha publicado hace exactamente diez días: “Hoy se cumplen 522 años de la creación de lo que es la actual Universidad Complutense de Madrid. El 13 de abril de 1499 el Cardenal Cisneros obtuvo la Bula del Papa Alejandro VI y en esa fecha podemos datar no solo el nacimiento de la Complutense sino también del Renacimiento Español. Llevamos más de cinco siglos formando a cientos de generaciones, ……..”

Es el “momento Fuenteovejuna” ante lo que se vislumbra pudiera acontecer; hay cartas que se “archivan” en la papelera, por mucho que el remitente sea un alcalde o un rector universitario; hay que poner los medios antes, luchar continuando el empeño y trabajo que llevaron adelante muchos alcalaínos, con perseverancia y tesón, para recuperar la universidad, no hace tantos años, aunque los que ahora estudian allí no sean conscientes de ello y, probablemente, no conozcan su historia.

El Premio Cervantes que se entrega este año es Francisco Brines Bañó, valenciano, 89 años, licenciado en Derecho, Filosofía y Letras Románicas e Historia, premio Adonáis 1959, Premio Nacional de la Crítica en 1966, Premio de las Letras Valencianas en 1967, Premio Nacional de Literatura en 1987, Premio Fastenrath 1998, Premio Nacional de las Letras Españolas en 1999, académico de la Real Academia Española desde 2001, Premio Reina Sofía de Poesía 2010, Premio Miguel de Cervantes de 2020.

Fue profesor de literatura española en la Universidad de Cambridge y más tarde de lengua española en la Universidad de Oxford; pertenece a la Generación de los 50 en la que, como él, figuran varios escritores homosexuales que tratan el tema con total naturalidad y buscando la pureza del amor, sin distinción de sexo, que no de género.

Poeta intimista, obsesionado con los recuerdos y el paso del tiempo. Lorena G. Maldonado lo describe como “Todos los poemas de Francisco Brines son, de alguna manera, el mismo poema. Un poema largo que dura toda una vida. Un poema exhausto, nostálgico, agónico: el poema del niño incomprendido que, al crecer, se siente desterrado del paraíso. El poema esponjoso del adulto incapaz de sentirse cómodo ya en algún sitio. Los deslumbramientos que sublimaron a Brines se dieron, sin excepción, en la infancia: ahí los destellos importantes, ahí los atardeceres más rojos, ahí el primer amor, ancho, húmedo e imbatible, como el día que uno ve por primera vez el mar”.

Sombrío ardor

No como las estrellas, que dan luz,

más también incontables cual los átomos

que habitan negros en las ondas cuevas,

los encuentros del cuerpo, sin amor,

sólo son actos de tinieblas. Nada

perdura en mí de aquellos miembros, dicha,

fuego, sonrisa. El sombrío ardor

desvaneció su huella en la memoria,

dejó solo un cansancio. Y ahora vuelvo

al encuentro del cuerpo en las tinieblas,

y en el sombrío ardor toco la vida,

espectro lujurioso. Rueda el tiempo

por las sordas paredes de este cuarto,

y siento que la vida se deshace.

Escucho el corazón, y su latido

oscuro nada dice, fuego implora,

mendiga eternidad para la carne.

Merecida la luz nos la destruyen,

¿en dónde está?; mirad con cuánta prisa

hemos llegado al hueco sofocante.

Con quién haré el amor

En este vaso de ginebra bebo

los tapiados minutos de la noche,

la aridez de la música, y el ácido

deseo de la carne. Sólo existe,

donde el hielo se ausenta, cristalino

licor y miedo de la soledad.

Esta noche no habrá la mercenaria

compañía, ni gestos de aparente

calor en un tibio deseo. Lejos

está mi casa hoy, llegaré a ella

en la desierta luz de madrugada,

desnudaré mi cuerpo, y en las sombras

he de yacer con el estéril tiempo.

Vuelve la hora feliz. Y es que no hay nada

sino la luz que cae en la ciudad

antes de irse la tarde,

el silencio en la casa y, sin pasado

ni tampoco futuro, yo.

Mi carne, que ha vivido en el tiempo

y lo sabe en cenizas, no ha ardido aún

hasta la consunción de la propia ceniza,

y estoy en paz con todo lo que olvido

y agradezco olvidar.

En paz también con todo lo que amé

y que quiero olvidado.

Volvió la hora feliz.

Que arribe al menos

al puerto iluminado de la noche.

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