No confundir feminismo con hembrismo

Llevo escribiendo artículos en los medios de comunicación desde muy joven, cuando imperaba el régimen franquista en España. Siempre me ha gustado escribir y no lo hacía mal del todo. Empecé en un periódico de provincia, Lanza, que dirigía un periodista “caballero mutilado” en la guerra civil, que firmaba bajo el seudónimo de KASAMA y que se llamaba Carlos María San Martín. Era una persona a la que, entonces, se le podría considerar mayor, de unos 50 años, casado, con varios hijos, uno de los cuales llegó a ser un prestigioso periodista de la prensa nacional.

KASAMA era una institución provincial, lo que él publicaba “iba a misa”. Tenía la habilidad de escribir de forma muy popular, de tal manera que todo el mundo lo entendía, a la vez que la capacidad para estar al filo de la navaja de la ley, nunca transgrediéndola para no enfadar a quienes le daban de comer, y de transmitir entre líneas metáforas y situaciones que denunciaban muchas de las cosas que pasaban en aquella España. Abrió su periódico a la publicación de personas jóvenes, digámoslo de alguna forma, no contentos con la situación que vivíamos.

Cuando yo empecé a colaborar, él revisaba los textos y si había algo que pudiera comprometer mi persona, me llamaba, me decía: mira, esto no podemos ponerlo así; vamos a decir lo mismo, pero cambia esta palabra, pon aquí esta coma, esta frase de forma subjuntiva …. Pero nunca, jamás, censuró un texto ni cambió su contenido; al revés, nos enseñó, a mí por lo menos, a movernos entre aguas turbulentas, bañándonos en ríos prohibidos, pero sabiendo guardar la ropa.

Cambiaba a menudo la firma de mis artículos, para despistar a quienes estábamos seguros nos controlaban, hasta que llegó un momento en el que tuve que elegir entre seguir escribiendo o, como digo en mi libro MIENTE MÁS QUE PARPADEA, el poeta murió al nacer, agobiado por tantos números como había que hacer para sustentarse, aunque la historia no me echará de menos.

De muchos años de ejercicio profesional, he aprendido a escribir en círculo, dejando una gatera por la que escapar si las cosas se ponen mal, cerrando todas las puertas al contrario, pero a la vez abriéndole una pequeña ventana por si quiere tirarse por ella; vamos, que sé bordear la forma de las materias sin quedar engullido en la masa.

Tuvieron que pasar muchos años, una vez conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, cuando volví a emborronar folios en blanco; desde entonces, han sido unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación. Y nunca, jamás, ninguno de ellos ha cambiado ni una sola coma de lo escrito.

Y cuando creía que vivía en una sociedad verdaderamente plural y democrática, año 2021 d. C., haciéndose eco del fantasmagórico “Ministerio de la Verdad”, de la censura pura y dura, como los previos a las leyes de Fraga Iribarne, alguien, siempre es “alguien”, sin nombre ni apellidos, amparándose en algo que desconozco, sin intervención de autoridad judicial ninguna, solo por disentir de la opinión que en este momento se considera oficial, me sancionan, moralmente, pero me sancionan.

Ha sucedido en Facebook el pasado día trece de marzo. Publican el comentario que sigue a continuación:

Comenta un lector, llamado Francisco Serrano: ¿Este comentario no constituye delito de odio? ¿No interviene de oficio la Fiscalía? ¿No se le cierra la cuenta?  (…) De verdad, siento indignación, pena y vergüenza. A qué grado de perversión moral consentida estamos llegando.

Comento yo: ¿Se puede ser más marimacho y hembrista?

Facebook me comunica una sanción de 30 días sin publicar porque “tu lenguaje incita al odio”. No voy a entrar a comentar nada sobre lo legislado sobre los delitos de odio porque es un tema jurídico y aquí no ha intervenido para nada la justicia, los jueces, que son, incluso cuando vivía Franco, los que, a instancia de la autoridad gubernativa, cerraban las ediciones o prohibían publicar ciertos artículos de opinión.

Se trata del control de los medios de comunicación a fin de establecer el pensamiento único en descerebrados como la “señá Maruja”, claro ejemplo que muchas de las que claman por el feminismo, la igualdad entre hombre y mujer, sobre lo que estamos de acuerdo prácticamente todos los hombres, es mentira; lo que verdaderamente quieren es el hembrismo, la prevalencia de la mujer sobre el hombre, la proclama del “yo sí te creo”, la elevación a leyes con pátina democrática de actuaciones dictatoriales, como son que el acusado sea el que tiene que aportar la prueba de su inocencia, que va contra los principios democráticos en cualquier país del mundo.

Como el proletariado ya no existe, el no tener prole las familias, el mal llamado feminismo ha sustituido a la lucha de clases marxista, convirtiéndose en una lucha desigual entre quienes portan la pancarta de cabecera y las que van a partir de la segunda fila: ahí sí que hay agravio dinerario, cultural y mental, porque las que la portan viven a costa de la ignorancia de quienes las siguen.

He trabajado, y cotizado, durante cuarenta y cinco años y tres meses, de forma ininterrumpida, sin un solo día en paro y, nunca, en las empresas en las que he estado, a misma categoría profesional, he visto discriminación, dineraria ni funcional, con ninguna mujer. Y creo que hoy no existe: Jueces, fiscales, médicos, veterinarios, funcionarios públicos de carrera, periodistas, empleados de banca, de grandes almacenes, policías, guardias civiles, militares, políticos, presidentes de consejos de administración, empleados de limpieza, profesores, catedráticos, auditores, y otros mil y un tipos de trabajo, la única discriminación es la preparación cultural, humana, dedicación, experiencia y esfuerzo en aportar valor añadido cada día a la empresa que te paga, siendo consciente que si no fuera por ella tendrías que vivir de las subvenciones del Estado, en sus diferentes eslabones, con lo que compra tu voto de forma permanente. Eso sí, no puede ganar lo mismo el botones que la presidenta del Banco Santander; el soldado que el coronel; ni Messi lo mismo que Pepito. En todos los casos, porque no aportan lo mismo a sus empresas.

No voy a enumerar las mujeres que en la historia han dado ejemplo triunfando en sus especialidades; pero sí tienen todas ellas un denominador común: Nunca se han quejado, nunca se han sentido discriminadas ni minusvaloradas y han sido tratadas con el mayor respeto y consideración; recuerden a Marie Curie, Rosa Parks, Rosalind Franklin, Hedy Lamarr, Benazir Bhutto, Margaret Thatcher, Frida Kahlo, Margarita Salas, Angela Merkel y otras muchas que han influido de forma significativa en todo el mundo.

Varias son las personas, empresas e ideologías que han plagiado un icono feminista, el cartel de WE CAN DO IT, creado por el artista gráfico H. Howard Miller en 1943, basado en la vida de Rose Will Monroe (1920 –1997). Lo que desconozco es si saben que las mujeres sustituyeron a los hombres que habían ido al frente en la Segunda Guerra Mundial diciendo “nosotras podemos hacerlo”, trabajando de operarios en las fábricas. A ver si plagian también el trabajo que esa generación aportó a su país, porque hoy en día el movimiento LGTB es muy de izquierdas, pero los comunistas acaban con los homosexuales; ser pacifista es muy de izquierdas, pero el comunismo causó cien millones de muertos en el siglo XX; ser feminista es muy de izquierdas, pero no ha habido una sola mujer al frente de ningún gobierno de izquierdas, el último ejemplo es que la derecha machista presenta a Isabel Díaz Ayuso y a Rocío Monasterio para pelear con la izquierda feminista que presenta a Ángel Gabilondo y a Pablo Iglesias por la presidencia de la CCAA de Madrid. Eso sí que debería ser motivo de dolor, hoy, Viernes de Dolores.

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