Churriega

Miguelturra es un pueblo de la provincia de Ciudad Real, a unos siete kilómetros de la capital, que actualmente tiene unos quince mil habitantes, con el mismo alcalde, del PSOE, desde las primeras elecciones democráticas hasta el año 2015, que sigue estando gobernado por el PSOE. Son muy famosos sus Carnavales, que se siguieron celebrando aún en tiempos de Franco, aunque sin el boato y esplendor actual, y su iglesia parroquial, la “del huevo”, así llamada por su bóveda descubierta al cielo, de estilo barroco, en el mismo centro del pueblo.

Cuando yo era un chaval, tenía mil o mil quinientos habitantes, muchos dedicados al cultivo de la vid y a las bodegas de vino peleón; el resto, iba a trabajar a Ciudad Real todos los días, en “la viajera”, destartalados autobuses que paraban cerca del Hospicio, a cien metros del barrio de lenocinio de la calle La Palma. Todos los churriegos, así se les llama a los de Miguelturra, nacieron en la capital, porque en el pueblo no había ninguna clínica ni hospital. Y ha crecido tanto en habitantes porque quienes no pueden comprarse un pìso en Ciudad Real, sobre todo gente joven, se van a Miguelturra, donde son más baratos y en quince minutos tienen todos los servicios de la capital de provincia.

Farruco – Pintura de Paco Martín Casado (1940 – 2012)

En mi infancia, la persona más famosa de Miguelturra era Farruco. Todos los días del año hacía andando el camino Miguelturra-Ciudad Real-Miguelturra. Más que vagabundo, era el típico pícaro del Siglo de Oro español, trasladado a la segunda mitad del siglo XX. Tenía una ruta preestablecida para ir pidiendo dinero, comida, pan y ropas, por calles plazas y corralas de las muchas que existían en aquellos años. Todo el mundo lo conocía. Le tenía fobia al trabajo, y cuando alguien le insinuaba lo mínimo sobre “arrimar el hombro”, siempre decía: “¿Sabes lo que hace el tren? Pues chucuchú, chucuchú, chucuchú, a la vez que giraba el brazo derecho en redondo y daba un paso para adelante y tres para atrás, se volvía de espaldas a su interlocutor y se iba lo más rápido y lejos posible de cualquier cosa que estuviese relacionada con el trabajo. Murió una fría noche de invierno, de una borrachera de anís, en plena calle, sentado en el suelo y con la botella entre sus brazos.

Bien, pues de este pueblo es Dña María Teresa Arévalo, cuya biografía y currículum quedan explicados en la figura que sigue a continuación:

Profesión: Activista. Experiencia laboral: Ninguna. Esta señora es, según “El Español” y de acuerdo a lo manifestado por la exresponsable de Cumplimiento Normativo de Podemos, la abogada Mónica Carmona, “la persona que Irene Montero y Pablo Iglesias utilizan de forma irregular como cuidadora de su hija pequeña es una asesora del Ministerio de Igualdad que cobraría más de 50.000 euros al año en su puesto público. En concreto, según el informe que ha emitido al juez que se encarga del caso Neurona y al que ha accedido EFE, la exdiputada de la formación morada por Ciudad Real, María Teresa Arévalo, se encarga de la pequeña desde que nació en agosto de 2019”.

Ha faltado tiempo para que Podemos manifieste que “la acusación es absolutamente falsa”, faltaría más. Lo primero que te dice cualquier catedrático de Derecho Penal es que niegues cualquier hecho que se te impute, que te declares inocente y no digas nada más, porque es la fiscalía quien tiene que realizar la carga de la prueba. “¿Y de quién depende la fiscalía?”, dijo alguien. No es de extrañar que Pablo Iglesias haya pedido al Congreso que no intervenga en el tema “por ser asunto privado”.

Yo creo que sustanciar este asunto es fácil: Ver desde dónde le ha llegado la nómina a la churriega; comprobar su asistencia o inasistencia a su puesto oficial; y que los guardias civiles que protegen la vivienda de los Iglesias-Montero la identifiquen visualmente o, mejor, mediante el registro de visitas que estoy seguro deben llevar de quienes se acercan a ese inmueble, más protegido que la Casa Blanca cuando cuatro desarrapados la asaltaron hace pocas fechas.

Con el paso de los años, más convencido estoy que los españoles no aprendemos nunca de los errores pasados, que nos dejamos engañar porque no queremos salir del estado de confort en el que estamos, el “que inventen otros” ha pasado a ser “que lo arreglen otros” porque, a pesar de todos los engaños que los políticos nos hacen, la gente sigue confiando en ellos. Alguien, algún día, debería estudiar en profundidad quienes, desde el primer momento de la Transición, entraron pobres en política y salieron ricos, y quiénes, sin ser políticos, se han hecho ricos por estar cerca de los políticos, directa o indirectamente. Hemos pasado “del rey abajo, ninguno” de Rojas Zorrilla, a “del rey abajo, casi todos”.

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