El pulpo gallego

El pulpo nos ha salido caro. Aunque estemos en un periodo de recesión económica, la cesta de la comida, esa que da gusto, regocijo y esplendor al cuerpo, ha subido el precio de forma excesiva. No digamos el pulpo que, aunque mucho del que se vende como a feira es marroquí, dicen que es gallego, no sabes si bajan o suben, si ha estado congelado o se ha apaleado, si es con pimentón picante o sin él, si se sirve con o sin tentáculos, que ahora está muy de moda. En cualquier caso, es muy apetecible y fácil caer entre el esplendor de sus extremidades.

El hombre comilón ha aprendido a comer, saborear si son majares, tal como ha visto en su casa. Si tienes un antepasado, o antepasada, que tragaba sables (como en el circo), se ponía ciega de bellotas y terminaba con toronjas valencianas, con sus pepitas, esas que hacen que la vida brote de una simple semilla blanquecina, desgajada de esa jugosa y gozosa fruta, se acostumbra uno a la buena vida, y más si es servida por terceros y no tienes que preocuparte de pasar por la cocina, ni para cocinar ni para limpiar después de la comida.

Otros se escapan y van a comer a restaurantes, a simples tabernas, a bares caros y a mesones baratos, siempre buscando descubrir un nuevo plato o volver a deglutir uno que se ha probado con anterioridad y le ha dejado muy buen sabor de boca. El humo del tabaco hace toser a mucha gente en esos ambientes, confundiéndolos con quienes tienen gripe, están enfermos del pecho o son asintomáticos del coronavirus.

Hay épocas en la existencia de una persona en los que no puede hacer lo que quisiera, o al menos hacerlo con más cuidado, sigilo y secreto que, normalmente, coinciden con los periodos en los que alguien te vigila estrechamente si perteneces a una familia “de posibles” o estás destinado, por esfuerzo personal, por nacimiento o porque así se empeñan tus progenitores, en ser alguien popular e importante en la vida.

Pero la sangre es la sangre, que decía mi abuela, y cuando hierve a borbotones, los sangradores, aquellos que tenían por oficio sangrar, quizá los profesionales más característicos de la práctica empírica de la medicina en la España de los siglos XV al XVIII, hacían la correspondiente sangría que consistía en hacer una incisión en una vena para evacuar una cierta cantidad de sangre porque “afirma la memoria y la inteligencia, purga la vejiga, deseca el cerebro, calienta la espina dorsal, aclara el oído, contiene las lágrimas, alivia la inapetencia, purifica el estómago, invita a la digestión, induce al sueño, proporciona una larga vida y ahuyenta las enfermedades”, según la Escuela de Medicina de Salerno.

Pero como ahora ya no existen estas prácticas, por algún sitio ha de salir la fuerza contenida, que no sea un combate de boxeo con todo el que uno se encuentre por la calle.

Dicen que en España hay tres personas que han asistido a más de dos mil almuerzos de alto copete, y voltaje, durante su vida, que ya es insaciable glotonería. Cuentan de barcos aparcados en el puerto de Barcelona, lleno de mariscos, de pastas italianas, de palomas confitadas, de bárbaras comilonas, hasta en molinos y cigarrales manchegos, invitaciones a muchas exquisitas mesas de miembros de la nobleza, ensaimadas y galletas mallorquinas, banquetes multiculturales, en los que se servía corvina salvaje, incluso algunos menús recalentados y rectificados de sal y presencia.  Quién nace glotón, muere glotón, aunque estén vivos y coleando.

Cuando se come tanto, hay que tener mucho cuidado con las indigestiones por hartazgo, pues hay pulpos que, traducidos al gallego, salen muy caros.

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