El queso amarillo

Tratando de datar unos años y unas circunstancias en las que, de verdad, había hambre en este país, diré que era la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos.

Había terminado la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos creó el “Plan Marshall” para la reactivación de la economía europea, que pasaba por una situación económica desastrosa. La carestía de alimentos hizo necesario un racionamiento estricto, al tiempo que impulsaba el incremento de los precios. En un contexto marcado por la crisis y el desempleo, no era de extrañar la proliferación del mercado negro ni la pequeña delincuencia.

El régimen de Franco estaba aislado internacionalmente, por lo que España no se benefició del Plan Marshall. Sin embargo, Estados Unidos vio en Franco un aliado útil en su cruzada anticomunista, así que negoció la obtención de diversas bases militares en la península. A cambio, España recibió una ayuda económica de 800 millones de dólares, de los que 500 eran donativos, en metálico y en especies.

Parte de esas especies fueron el queso amarillo y la leche en polvo. En la mayoría de las casas, no alcanzaba el dinero para una nutrición adecuada de los niños (ni de los mayores), por lo que en las escuelas de toda España, en el recreo, se repartía a cada niño un trozo de queso amarillo y una ración de leche en polvo disuelta en agua, para lo que había que llevar un vaso que, en muchos casos, era la transformación de un bote pequeño de tomate envasado al que se le había añadido un asa mediante una soldadura.

Yo iba a la escuela Carlos Eraña, que anteriormente se llamada Pablo Iglesias y que, en mi inocencia, no comprendía por qué se le había cambiado el nombre. Al entrar, en el patio de recreo, se cantaba el Cara al Sol, todos formados, cada clase con su maestro al frente, y se izaba la bandera de España.

Era el mismo patio en el que, en fila y riguroso orden, nos daban el queso y la leche. Los más agraciados lo complementaban con el bocadillo de sardinillas en aceite, de mejillones en escabeche o de anchoas, que entonces era lo más barato que había en el mercado.

En cada clase éramos unos cuarenta alumnos, no había aire acondicionado ni calefacción, solo una estufa de carbón, que encendía el conserje antes de iniciarse las clases por la mañana, al lado del estrado del maestro, que se paseaba arriba y abajo del aula a una palmeta asido, que descargaba en las manos de los niños cada vez que cometíamos un error, de convivencia o sobre la materia que daba.

Íbamos a comer a casa, solos y andando, pues nadie se metía con nadie y cualquier ciudadano salía al quite de la más mínima incidencia que pudiera producirse, con nuestras botas Katiuskas y un impermeable Dugam en invierno, y los zapatos El Gorila y una gorra de la Coca-Cola en verano. Volvíamos por la tarde y cuando terminaban las clases, repetíamos la formación, más Cara al Sol y arriar la bandera.

Merendábamos, el que podía, una onza de chocolate, que parecía tierra compacta, con un trozo grande de pan, o pan, aceite y pimentón, o pan con aceite solo; y salíamos corriendo a jugar a la calle, en donde estábamos hasta que caía la noche, sin que a ninguno nos tuvieran que llamar ni estar preocupados por si nos hubiera podido pasar algo malo, lo más, una pedrada perdida a cuyo chichón se ponía remedio con una peseta encima, o un duro si tenías “posibles”, cogido con una venda o un pañuelo para que no se hinchara.

Jugábamos al trompo, a las canicas, a las tabas, a las chapas, a la rayuela, al pañuelo, al escondite, al burro, al moscardón y, sobre todo, al futbol, improvisando una portería con dos piedras o dos carteras del colegio a modo de poste ficticio, y una pelota hecha con tiras de goma que pesaba tanto como nosotros o, si había suerte y llegaba el hijo de algún rico, con un balón de cuero, cosido por un cordón que cerraba las costuras por fuera y que te dejaba indeleble señal si le dabas con la cabeza.

Las enfermedades de la época eran la tuberculosis y la poliomelitis, mortal la primera y de consecuencias físicas de parálisis infantil la segunda; todos los años iban a la escuela unos señores con unas batas blancas y pinchaban en el brazo a los niños de aulas diferentes cada vez, con unas jeringuillas de cristal y unas agujas que hervían en una cajita esterilizadora de metal que ponían encima de la estufa del maestro.

No había niños gordos por el poco comer y el mucho desgaste físico que teníamos, se utilizaba la cocina económica de carbón, se encendía el brasero con piconcillo y se metía bajo la mesa camilla para poder medio calentarse toda la familia, se hacían largas colas para comprar petróleo para los infiernillos, y se llevaba pantalón corto hasta los nueve/diez años, dejándolos al hermano que seguía en edad cuando uno empezaba a ir al Instituto.

La basura se recogía en carros tirados por mulas; la leche, la miel, los churros, el mostillo, se vendía con un burro con alforjas como animal de carga; los afiladores, los lañadores, los paragüeros, las barras de hielo para enfriar las bebidas, la ropa de segunda mano, se voceaba en la calle para su venta; los neonatos lo hacían en la casa materna; y la radio, el medio de comunicación de masas que reunía toda la familia cada noche en torno a ella.

Había una cosa muy importante, que ha desaparecido hoy en día, el aprendiz. Cuando alguien no quería estudiar, o no podía, entraba como aprendiz en una carpintería, una ebanistería, una sastrería, una fontanería y así en cualquier ramo de los que se llamaban “oficios” que, pasado el tiempo, ganaban más que muchos de los que habían estudiado, y eran más felices.

Esos si fueron años duros, pero aún mucho más duros fueron los de nuestros padres y abuelos, los de Alfonso XIII, la II República, la Guerra Civil, y los veinte primeros años de Franco, hasta que los Planes de Desarrollo liderados por los “Lópeces” cambiaron España y los españoles empezamos a comer regularmente bien tres comidas al día, con tasas de crecimiento del PIB en términos reales que se situaron en una media del 7% anual en la década de los sesenta, un crecimiento económico que no se había registrado hasta entonces durante el siglo XX, y que no se volvería a repetir en el futuro.

Si te acuerdas de todo esto, de las aventuras de “Roberto Alcázar y Pedrín” o “El Capitán Trueno”, y de aquel anuncio que decía: “Yo soy aquel negrito, del África Tropical …..”, eres de la generación que hizo la Transición y pese a que alguien se lo proponga y quiera prender fuego a todas las bibliotecas del mundo, no podrá alterar la historia por mucho que lo intente, aunque cambie la ley cuando una sentencia del TSJM de Madrid no le sea favorable o demuestre que es capaz de convertir una democracia en una dictadura: Pedro Sánchez miente más que parpadea.

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