Sopa lésbica

Mientras el Gobierno de la Nación y el Gobierno Autonómico madrileño se pelean por ver si son galgos o podencos, he ido a comer a un restaurante progre, ¡qué carajo! que no todos los días es la fiesta de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil y Reina de los creyentes cristianos españoles, cuyo lazo de 36,5 centímetros luzco orgulloso en mi coche como recuerdo a cinco años maravillosos que allí pasé. Nos hemos olvidado de los clásicos, los de toda la vida, esos que tienen cada vez más solera con el paso de los años, y esta vez hemos escogido uno de tipo minimalista, de los de moda, ya se sabe, el valor con mayor frecuencia en una distribución de datos, que espero sea pasajera por su mucha prosopopeya y poco contenido en los platos.

El frontal y la entrada eran más bien pobres de aspecto, pero cuando cruzamos el umbral, se abrió un mundo nuevo, algo parecido a las viviendas árabes, de aspecto humilde por fuera y majestuoso y confortable por dentro.

Fuimos recibidos por una señorita joven, de unos treinta y cinco años, morena, de ojos negros, pelo largo, labios carnosos e inmaculados dientes blancos, manos cuidadas y uñas pintadas, de figura esbelta y elegante, vestida con una especie de smoking negro que completaba una visión de sueño masculino (o femenino) en noche de insomnio.

El local estaba decorado con mucho gusto, paredes combinando el rojo y el morado, con litografías de cuadros figurativos, surrealistas y abstractos, las mesas impolutas, con manteles negros, servilletas blancas, cubertería de plata y cristalería de cristal sonoro.

Nos acompañó a la mesa y nos explicó que solo se servía un menú único, todos los comensales iguales, y que los y las encargadas de llevar los platos a la mesa serían ciudadanos y ciudadanas multiculturales de todos los géneros, aunque yo pienso que quería decir de todos los sexos.

Está muy bien, cuando usted quiera puede empezar a servirnos, dije yo; no sé por qué, pero creo que no se sintió a gusto con lo que le dije, porque hizo una mueca y se retiró inmediatamente.

No tardaron mucho en empezar a traer la comida, servida cada comanda en un plato muy grande de vuelo y fondo pequeño, sobre una bandeja de plata, anunciándonos en voz alta cómo se llamaba cada uno de ellos y en qué consistía. Esto es lo que comimos.

Primer plato: Sopa lésbica. Dos almejas abiertas por la vulva, una de ellas con la parte de arriba dentro de la otra, rociadas por un caldo viscoso con aspecto de burbujitas.

Segundo plato: Cis alemán. Ostra muy caliente con salsa de mantequilla, cebolleta y jengibre.

Tercer plato: Tomate caliente. Medio tomate rojo al horno con flores de amapola e hilos de chocolate negro alrededor de su circunferencia.

Cuarto plato: Tríbada. Alcachofa partida longitudinalmente por la mitad, frotando una parte con la otra, aderezada con yogur griego al natural.

Quinto plato: Virago al natural. Espárrago de Navarra, abierto por el centro hasta la mitad de su longitud, aliñado con mantequilla, sobrasada, pimentón y orégano.

Sexto plato: Tortilla de hongos. Pequeña tortillita ovalada hecha con yogurt de soya y plátano en vez de huevos, de sabor húmedo y denso, perfumada con hongos oscenses.

Séptimo plato: Bacalao ahumado. Tira de bacalao de unos seis u ocho centímetros, ahumado por los laterales, y un pequeño trozo de pimiento morrón en el centro, fuertemente perfumado con esencias egipcias.

Octavo plato: Mirada pecaminosa. Especie de magdalena, esponjosa, a la que le falta la parte de arriba, sustituida por un ojo realizado con vinagre de manzana y edulcorantes, atravesado por un rayo de color bermellón, con olor a almizcle, dando sensación de mirar airado.

Noveno plato: Nido de papas múltiples. Patata negra de Canarias, de forma redondeada y agujeros violáceos, asada, cortada en rodajas, sobre un pequeño chipirón, aliñado todo con especies marroquíes y un chorrito de aceite.

Décimo plato: Armario abierto. Pasta, de procedencia no identificada, cocida y moldeada de forma rectangular, apoyada en uno de los lados menores, custodiada por un pequeño choricito con su gotita de aceite, y una morcillita de sangre, sobre fondo multicolor.

Undécimo plato: Bife de butch. Pequeño trozo de carne roja de nalga de adentro, rectangular con final curvilíneo, crocante por fuera y jugoso en el interior, con una cebollita caramelizada.

Duodécimo plato: Solomillo cipotudo. Minúsculo trozo de carne roja de unos cinco centímetros de diámetro, medio cruda, prieta y jugosa, decorada con arroz crujiente.

Décimo tercer plato: Escalada en vivo. Cinco mini costillas de cerdo ibérico a modo de obeliscos, cocidas y posteriormente braseadas, colocadas a diferentes alturas sobre la base, hasta llegar a algo parecido a las gradas de un circo romano, de color intermedio entre el azul y el rojo.

Décimo cuarto plato: Canutillos de ángel. Minúscula filloa rellena de leche condensada, unida por el centro a un tres invertido de color rosa.

Décimo quinto plato: Canuto final. Rollo de hierbas aromáticas envueltas en un finísimo blíster blanco terminado en una punta por hielo caliente de acetato de sodio.

Convidada de chupitos de licor de bellota, granadina, orujo y cazalla. Total, precio redondo, ciento veinte euros, vino aparte.

La verdad es que no estuvo mal, fue algo nuevo para mí, pero prefiero unas gambas blancas de Huelva y un chuletón de buey de El Capricho, acompañado de un Matarromera reserva. Debe ser cosas de los años y de las experiencias vividas.

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