La democracia ha muerto

Un Estado de Derecho, democrático, tiene tres funciones principales: crear las leyes por las que se va a regir ese Estado, gobernar el país de acuerdo a esas leyes y vigilar que todo el mundo sin excepción cumple esas leyes que se han creado. Cada una de estas funciones se llama Poder.

El Poder Legislativo es el encargado de hacer las leyes. En España el Poder Legislativo es el Congreso de los Diputados.

El Poder Ejecutivo es quien gobierna el país de acuerdo a las leyes vigentes. En España el Poder Ejecutivo es el Gobierno.

Y el Poder Judicial es quien se encarga de que todo el mundo respete las leyes.

Cada Poder debe ser totalmente independientes de los otros dos, y las decisiones de un Poder no pueden ser invalidadas, anuladas o modificadas por otro Poder.

En caso contrario, sería algo normal y habitual las injusticias de todo tipo. Piense que si los mismos que hacen las leyes son los que gobiernan el país según esas leyes y, a la vez, son quienes dicen quién cumple o deja de cumplir la Ley, sería muy fácil para ese grupo de personas hacerse las leyes a su medida, pensando en lo mejor para sus intereses y no para el conjunto de los ciudadanos.

Ayer murió la democracia, que tanto nos costó conseguir, en nuestro país. El Gobierno declaró el Estado de Alarma en la Comunidad Autónoma de Madrid, en contra de la sentencia dictada por el TSJM sobre el confinamiento de los ciudadanos de esta Comunidad por el tema coronavirus, el mismo día que Cataluña ha notificado los peores indicadores de la epidemia desde el fin del estado de alarma y el inicio de esta segunda ola.

Todos los medios de comunicación se han centrado en si es conveniente o no “cerrar” Madrid, pero ninguno ha reparado en que el Gobierno ha corregido al Poder Judicial al no estar de acuerdo con su sentencia. No me gusta tu sentencia, cambio la ley. ¿Cómo se llama el sistema político en el que el Poder Ejecutivo cambia las leyes a su conveniencia? Aquello de la democracia orgánica de Franco ha quedado superado por esta medida dictatorial.

El Gobierno de la Nación tuvo conocimiento, como tengo documentado en mi libro UN CUENTO GUBERNAMENTAL, desde el 31 de enero del presente año, aunque hay posteriores estudios que lo datan en fechas anteriores. Desde entonces, mintiendo descaradamente sobre el número de fallecidos y sus circunstancias, más de 50.000 muertos contemplan su actuación.

Pero Madrid está gobernada por el Partido Popular, y Pedro Sánchez no va a parar hasta hundir la economía madrileña, que es la primera de España, con los impuestos más bajos y que está bajo el punto de mira de los socialistas, como dijo García Page: “Hay que impedir la competencia fiscal desleal entre autonomías”, proponiendo que el Gobierno recupere la gestión de impuestos como sucesiones y donaciones para fijar un mínimo de tributación que sea igual en todas comunidades, dejando al margen las forales que esos no se andan con chiquitas; yo propongo que los policías, guardias civiles, bomberos, médicos y otros funcionarios, cobren lo mismo que en el País Vasco o en Cataluña, que se puedan quemar contenedores y mobiliario urbano, como en Cataluña, que se puedan hacer manifestaciones en toda España como se hacen en el País Vasco a favor de los presos de ETA, y que no haya detenidos ni pase nada, que se supriman los aforamientos para que pueda ser juzgado Pablo Iglesias, y otras muchas cosas que se toleran en otras partes de España y no en Madrid. Por ejemplo, esos que han dicho que Cataluña estaría dispuesta a soportar 50.000 muertos en una guerra de secesión contra España, a los que complacería y remitiría al evangelio, Mateo, 5:42.

No me importa el confinamiento, que también, porque es discriminatorio con el resto de España, coarta mi libertad, destruye puestos de trabajo y resquebraja la economía, provocando miseria y pobreza. Es algo más importante, la DEMOCRACIA prostituida, en manos de dos despreciables personajes en la historia de España, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que están repitiendo actuaciones como las que llevaron a nuestros padres y abuelos a la fratricida contienda del siglo pasado.

Es hora de levantar la voz, de gritar alto y fuerte que los españoles no queremos volver a una dictadura, esta vez de izquierdas, y que todas las fuerzas democráticas, civiles y militares, se unan para evitar una nueva catástrofe.

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