Brotes

Pilar Blasco

Puerta de Madrid, 03-07-2020

 

Un señor procedente de algún país africano previa recogida en un puerto de la zona del Estrecho, a donde había sido enviado por alguien, desembarcado por algunos, fue trasladado por un tercero o cuarto anónimo a 700 km de distancia, en un furgón a Extremadura, destino Navalmoral de la Mata. El tal inmigrante ilegal, portador del covid´19 fue depositado en un centro de alojamiento o acogida del que huyó, desconociéndose hasta el momento su paradero. Si hacemos caso de toda la información recibida por todos los medios durante tres meses de confinamiento, un portador del virus es capaz de contagiar de forma exponencial a gran velocidad y sin necesidad de un contacto estrecho, a una media de 10 personas en su entorno, los cuales a su vez contagiarán a otros tantos, etc., especialmente tratándose de una persona procedente de territorios donde la pandemia está en fase ascendente, o sea que no ha llegado al famoso pico en el que comienza a descender la virulencia en cantidad y calidad. Esto en lo que respecta a ese africano desconocido, pues no suelen traer filiación, y si la traen nadie la conoce porque es secreto de Estado, no se trata de un españolito de los que se trasladan con su familia del garaje de su casa en Madrid al garaje de su vivienda en la sierra para confinarse obedientemente, al que se le aplica una multa recurrible por ilegal.

 

 

El caso del inmigrante de Navalmoral, que ya ha puesto en tensión a la población de la zona, autoridades y fuerzas del orden no es único, como sabemos, las pateras y barcos de ONG´s siguen llegando a nuestras costas y los viajeros siguen siendo recibidos y repartidos por diferentes centros, cuando no esparcidos a su suerte por España, según unos protocolos que la mayoría desconocemos y que ya llevan años funcionando. Luego están los brotes detectados en temporeros de la zona del Cinca en la raya de Huesca Lérida, poblada de explotaciones agrícolas fruteras que requieren mano de obra abundante y barata cada año durante el verano. Al aeropuerto de Madrid Barajas han llegado viajeros que después de unos días han dado síntomas de la enfermedad. Pese a la insistencia de las autoridades autonómicas y municipales, pese a ruegos y advertencias al gobierno central, el del doctor Sánchez, el doctor Iglesias, el epidemiólogo Simón y el filósofo Illa y un equipo de expertos, desconocidos “por seguridad”,  las medidas de control sanitario son de risa. En mi pueblo había un médico rural de los de entonces que con mirarte el ojo, la lengua y ponerte el dorso de la mano en la frente ya sabía lo que te pasaba, con métodos parecidos en 2020 se diagnostica en el aeropuerto a los viajeros de todo el mundo que salen a tierra madrileña con un papel relleno de datos personales incomprobables y la incertidumbre normal sobre su estado de salud, o sea que no saben si tienen el virus, no traen test PCR ni IGm ni IGg, ni de su lugar de procedencia ni de aquí, sino que al estilo del médico de antaño, son objeto de un reconocimiento visual ¡! Tengo entendido que los controladores de viajeros no son médicos propiamente dichos, no son sanitarios, o sí, da igual y que no siempre están presentes, que no dan abasto, o sea que muchos viajeros pasan a la sala de bienvenida sin pena ni gloria.

Luego están los botellones, bodas y bautizos, banquetes y celebraciones, que por su carácter privado y clandestino son poco o nada controlables. Esas son ampliamente publicadas para escarmiento y ejemplaridad del resto de la ciudadanía, que comparte la justa indignación por esas conductas irresponsables. Están las manifestaciones varias, las cuales, si son por causas nobles, es decir progres, tipo Black lives matter, se desarrollan con normalidad y permiso gubernamental aunque traspasen los límites de la concentración autorizada y sin control de mascarillas, ahora rigurosamente obligatorias, no como en febrero y marzo (que no había). Otra cosa es que se realicen en el barrio de Salamanca o en coche privado con bandera española, que esas contaminan o las de la calle de Pablo e Irene en Galapagar donde está prohibido el paso por medio centenar de guardias civiles de vigilancia permanente con garita, no vaya a ser que un descerebrado de los que ponen el himno nacional en el móvil, encaramado en una piedra del terreno montañoso de la zona, resulte ser un peligroso antisistema de la modalidad facha patriota españolista.

Así están las cosas y algunas más. Las únicas y más estrictas prevenciones, prohibiciones y controles han sido ejercidas con los naturales, los indígenas, como se dice ahora a raíz del redivivo tema de la esclavitud. Durante tres meses en los que hemos pasado por todas las fases de la incertidumbre, desde el  puedo salir pero con el perro, puedo salir a tal hora porque soy mayor, porque soy niño, porque hago deporte, aquí sí, aquí no, ahora en esta región pero no en la de al lado, puedo ir a Londres pero no a Guadalajara etc., del aquí no pasa ni pasará nada salvo algún caso esporádico, pese a los rumores del exterior, pese a las certezas y los datos de otros países cercanos y lejanos, a las advertencias y los consejos de expertos oficiales y alternativos, españoles y extranjeros, a los miles de muertos cada día, miles de compatriotas, vecinos , amigos, familiares, conocidos…. El mayor número relativo en muertes y contagios del mundo, hasta ahora. Todo lo hemos asumido, obedecido e interiorizado de forma ciudadanamente ejemplar a pesar del fatalismo, del dolor y de la indignación.

Resulta por lo mismo sorprendente que lo que hemos sufrido y aún sufrimos no haya dejado huella en la actitud de la gente inconsciente y gamberra, lo que era de prever dada la naturaleza del género humano. Lo que no esperábamos, o sí, es que nuestros gobernantes hayan tomado vacaciones veraniegas en el tema mediante abandono del inicial e inútil mando único y delegación de control en las comunidades autónomas, cada una a su criterio, deje de la mano de Dios las áreas de su competencia exclusiva como son fronteras y medios de transporte. Sabemos que Barajas y otros fueron foco de contagio masivo en las fechas decisivas. Cuesta creer que no haya método mejor que el reconocimiento visual y el termómetro para controlar la entrada del terrorífico enemigo, que nos ha diezmado seriamente y al que habría que seguir combatiendo con armas de destrucción masiva. El inefable ZP hizo sarcásticamente célebres los brotes verdes de la economía en crisis galopante.  Las “simpáticas” y siniestras bolitas con pinchos del coronavirus también las pintan verdes.

 

 

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