Un cuento chino – Capítulo 06

No tendría más de dos años; vestido con una camisetilla y unos pañales, corría media calle metiéndose en todos los bares y comercios; sus padres eran chinos, no llegaban a los treinta años y tenían una tienda de alimentación; se les veía llegar con grandes compras en los supermercados de la zona, que vendían a un precio mayor por proximidad vecinal y porque estaban abiertos al público las veinticuatro horas del día. Por el día estaba el padre en la caja, la madre reponiendo mercancía, y los padres de ella, vigilando el negocio, sentados al fondo de los dos lineales en las que se encontraban los productos. Por la noche, cerraban la puerta de entrada y atendían a través de una ventana con rejas que habían habilitado en la fachada.

Así que el chaval iba libre de un sitio para otro, todo el mundo lo conocía, lo saludaba, le daba alguna chuchería o le gastaba una gracia infantil. Como no hablaba y sus padres, ya hemos dicho, eran chinos, la gente del barrio empezó a llamarle Chin-Pong. Empezó a atender por ese nombre, y con ese nombre se quedó, Chin-Pong.

Pasaron los años, Chin-Pong habla perfectamente chino mandarín, español e inglés; se licenció en ADE y en Ingeniería Informática, se sentía más español que nadie, aunque respetaba las costumbres de sus mayores y celebraba el Año Nuevo Chino, además de las fiestas españolas. Han pasado casi treinta años desde entonces, está casado con una española, vive en el mismo barrio, saluda y conversa con la gente de siempre y es amigo y comparte una cerveza con cualquiera de los que le conocimos con pañales.

Sus padres siguen teniendo la misma tienda, modernizada, actualizada e informatizada por Chin-Pong; la vigilancia es electrónica y sus abuelos, que viven todavía, están en casa, descansando y respetados sus consejos por los jóvenes; ahora no compran en ningún supermercado; los chinos en España se han organizado y tienen su propia central de compras, que es desde dónde les sirven lo que necesitan.

Chin-Pong tiene una red de oficinas inmobiliarias de compra-venta y alquiler de viviendas y locales a chinos, atendidas por personal bilingüe español-mandarín; y una consultora import-export de relaciones comerciales para mercados españoles por parte de empresas chinas, y de empresas españolas para el mercado chino.

Fue él quien el pasado cuatro de marzo, miércoles, me dijo: ¿Te acuerdas cuando fui la primera vez a ver una corrida de toros y me dijiste que el torero tenía que “taparse” porque si no le iba a coger el toro? Pues tápate, que China es un imperio mercantil, pero también una dictadura comunista que, como todas, miente constantemente.

Al día siguiente, cinco de marzo, toda mi familia quedamos confinados en nuestra casa, sin mascarillas y sin alcohol, pues ya empezaban a escasear. Tengo la suerte que mi hija trabaja como psicóloga a través de consultas por internet, y en su casa como escritora; mi hijo también hace su trabajo por internet y reuniones presenciales que ahora están suspendidas; y mi mujer y yo, en Can Marita, resort de primera categoría, a mí me lo parece, o sea, mi casa, jubilados desde no hace mucho tiempo. Desde entonces no hemos salido de casa, mi mujer ha confeccionado unas mascarillas artesanales para la familia, hacemos la compra telemáticamente y nos la sirven a domicilio, nos levantamos tarde, nos aseamos convenientemente, leemos mucho, vemos películas en televisión, y yo escribo. Hemos conseguido mentalizarnos y lo estamos llevando bastante bien, aunque nos falta la caricia del sol en el cuerpo.

Desde entonces, estoy en contacto con el resto de la familia y amigos a través de Wasap, Instagram, Facebook y Skipe; por las tardes, después del brindis al sol que es aplaudir a todos aquellos que se están dejando el mayor de los esfuerzos en salvar vidas y que el caos no se apodere del país, luchando contra la falta de medios, la tardanza en tenerlos y la calidad de los mismos, contacto con mi amigo Chin-Pong. Él, que sabe de economía, de ingeniería informática, y que conoce perfectamente España y China, a donde se desplaza, mejor dicho, se desplazaba, cinco o seis días cada dos meses, me cuenta cosas, aunque, me recalca, no puedes creerte ninguna noticia que venga de China y, lo que es peor, tampoco las autoridades españolas están diciendo la verdad.

Todo empezó en Wuhan, capital de la provincia Hubei, en China central; tiene once millones de habitantes y toda la ciudad es un centro comercial de gran importancia, dividido por los ríos Yangtsé y Hàn Jiāng.

Aunque China informó a la OMS el 31 de diciembre pasado del virus originario de esa ciudad, la verdad es que el sistema sanitario de Wuhan estaba colapsado desde noviembre; los satélites norteamericanos detectaron un desproporcionado aumento de la actividad clínica. El mismo 31 de diciembre, un informe de The Associated Press advertía: “Expertos chinos están investigando un brote de enfermedad respiratoria en la ciudad central de Wuhan que algunos ven relacionado con la epidemia del SARS de 2002-2003”.

El 23 de enero, el régimen comunista chino ordenó el aislamiento absoluto de Wuhan y su entrada en cuarentena. Ya era tarde, el virus había comenzado a expandirse al resto del planeta.

China construyó grandes hospitales en tiempo récord, sobre terrenos y con materiales que parecían estar preparados con antelación, sabiendo que las cifras que daba a conocer al mundo eran mentira, pues ha concluido oficialmente con menos de 3.500 muertos, más del 90% de ellos en la provincia de Hubei. A mediados del mes de abril reconocieron hasta 5.000 muertos.

Estadísticos de todo el mundo cifran los muertos chinos en un millón de personas, y las grandes compañías chinas de teléfonos dicen que han desaparecidos veinte millones de móviles. ¿A quién creer? Nadie lo sabe. Lo que sí es verdad es la incineración de los muertos chinos y su depósito en cajas de plástico, a título de urna mortuoria, como se aprecia en la foto que sigue a continuación:

 

Foto: Caixin – Tomada de Infobae Argentina

 

… /…

 

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