Un cuento chino – Capítulo 05

Aparte de transformar la economía, la tecnología tiene la capacidad de alterar la manera de relacionarse de los seres humanos y cómo se gobiernan las sociedades. Se ha escrito mucho sobre cómo la invención de la imprenta cambió la política europea o cómo la radio facilitó el desarrollo de movimientos políticos en los comienzos del siglo XX. Todavía no está claro el impacto que tendrán tecnologías como las redes sociales o la inteligencia artificial en las estructuras políticas que gobiernan las sociedades en todo el mundo. Ahora bien, existe una profunda preocupación en Occidente sobre la posibilidad de que, de hecho, fomenten la tiranía.

El debate del impacto de las redes sociales en los procesos políticos se ha centrado en sus efectos en la comunicación y en la construcción del debate público. Muchos han señalado que las redes sociales hacen que los debates nacionales sean incoherentes y casi imposibles de organizar, al producir una balcanización de la opinión pública o al romper las fuentes tradicionales de opinión y permitir que cada persona se convierta en una fuente informativa. Además, las redes sociales abren la puerta a los que buscan minar la confianza social a través de la difusión de noticias falsas y, por tanto, al deterioro del prestigio de instituciones de intermediación como los partidos políticos o los medios de comunicación. A la hora de la verdad, el nacimiento de una herramienta que pretendía democratizar el acceso a la información podría hacer que disminuya el número de personas que acceden a informaciones fiables y al cuestionamiento generalizado del sistema de transmisión de noticias e información. Y esa posibilidad refuerza todavía más la posición de los que tratan de controlar los medios y han criticado a Occidente por defender la libertad de prensa y un paisaje informativo abierto.

Por importante que parezca el problema anterior, no es nada si se compara con la profundidad y las connotaciones para el futuro de la democracia de la expansión de la inteligencia artificial (IA). Algunos alegan que la inteligencia artificial resolverá uno de los retos fundamentales que tienen los regímenes autocráticos y centralizados, el de recopilar informaciones descentralizadas y reaccionar en consecuencia. Uno de los argumentos más importantes en favor de la democracia ha sido siempre que funciona como un sistema nervioso muy refinado, capaz de detectar puntos dolorosos en el cuerpo político y transmitir rápidamente ese dolor al núcleo del proceso. La manera de hacerlo, según esa teoría, son las elecciones y los demás procesos abiertos que las democracias poseen y protegen. Los regímenes autocráticos tuvieron que inventar diferentes canales para que esos impulsos sociales pudieran llegar a los centros de decisión de forma que estos pudieran reaccionar y elaborar políticas basadas en las necesidades reales de la gente. Esta diferencia fundamental entre el funcionamiento de las comunidades autoritarias y las democráticas es lo que llevó a Amartya Sen a postular que era muy improbable que hubiera hambrunas en una democracia; la clase política reaccionaría antes de un sufrimiento económico y social de ese calibre llegase a ciertos sectores de la población.

Sin embargo, con el big data y la inteligencia artificial, un régimen autocrático podría no solo estar al tanto de las preocupaciones de sus ciudadanos en tiempo real, sino incluso sería capaz de anticiparse a ellas. O, dicho de otra manera, la IA podría tener una función anticipatoria, si extrapolase posibles comportamientos a partir de datos y experiencias pasadas. Una IA eficaz, con acceso a una abundancia de datos recogidos, en parte, mediante técnicas invasivas que los países democráticos no aprobarían, podría permitir a los regímenes autoritarios tener más información que sus equivalentes democráticos sobre los ciudadanos y sus preocupaciones. La enorme inversión de China en IA y las tecnologías de recolección de datos parece apuntar en esta dirección y muestra al resto del mundo su convicción de que el control de la IA será un factor clave para el éxito del país en el futuro. El hecho de que China tenga una población tan numerosa y ya cuente con varios actores destacados en el ámbito de la inteligencia artificial hace pensar que el gobierno contará con las palancas adecuadas para avanzar en una estrategia de gobernanza basada en el conocimiento de datos masivos.

Lo que parece claro, una vez más, es que la transformación tecnológica estimulará la competencia entre China y Occidente en el campo de la gobernanza. El enfrentamiento entre distintas concepciones sobre el uso que deben hacer los gobiernos de la tecnología crecerá en intensidad en las próximas décadas. Por desgracia, dados los fuertes vínculos entre el progreso tecnológico y el desarrollo económico, estas tendencias agravarán también la competencia en otros frentes. Las tensiones se producirán a nivel mundial, entre muchos países que tratarán de decidir cuáles son los mecanismos de gobernanza más apropiados para ellos

Mirando al futuro. El 40 aniversario de la apertura de la economía de China coincide precisamente con un momento de inflexión en el desarrollo de la arquitectura de la gobernanza mundial. El sistema que contempló el ascenso de China está ahora más discutido que nunca. Uno de los motores de este proceso ha sido el propio ascenso de China, pero también, más en general, el impacto de la rápida transformación tecnológica y social en dinámicas de mercado y geopolíticas fundamentales. El impacto de la tecnología tanto en la economía como en el sistema de gobierno de países de todo el mundo ha desencadenado unas tendencias políticas no previstas, nacionales e internacionales. Más allá de la incertidumbre que este proceso ha generado, sabemos que está provocando una gran transformación de los mercados laborales y de la forma de construir y concentrar el talento. Además, está provocando cambios decisivos en la manera de actuar y competir de las empresas de todo el mundo y causando la concentración del aumento de la productividad y la prosperidad en sectores muy específicos de la economía y zonas geográficas determinadas dentro de cada país.

La tecnología, por consiguiente, está dando pie a un panorama económico que se parece cada vez más a una suma cero y, en consecuencia, está maduro para un enfrentamiento geopolítico. En segundo lugar, la transformación tecnológica y, en particular, el ascenso del big data y la IA avanzada, están generando un debate encarnizado y profundo sobre el futuro de la gobernanza interna de los países. Al proporcionar informaciones sobre dinámicas sociales complejas y hasta ahora difíciles de detectar, la IA reforzará a los responsables políticos en todo el mundo. Está por ver si este refuerzo desembocará en sistemas democráticos más sólidos o en modelos de gobierno autoritario más eficaces y más legitimados. El propio hecho de que sea precisamente un debate abierto llevará inevitablemente a una controversia internacional sobre la respuesta. Aquí, una vez más, China y Occidente se encontrarán en los lados opuestos del tablero.

Los próximos 40 años de la historia de China tendrán que sortear los debates y retos que hemos descrito. La manera en la que China decida llevar a cabo este proceso determinará la forma y el contenido de la política internacional en el próximo medio siglo.

Este texto ha sido publicado originalmente en inglés como documento de trabajo para el Foro Internacional Imperial Springs 2018, “Advancing Reform and Opening Up, Promoting Win-Win Cooperation”, co-organizado por World Leadership Alliance-Club de Madrid (WLA-CdM). Las perspectivas expresadas en este documento no reflejan necesariamente la opinión de la organización. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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