Un cuento chino – Capítulo 04

En primer lugar, sabemos que los avances tecnológicos produjeron en el pasado drásticos cambios en el paisaje productivo y en el mercado laboral. El sector primario en Estados Unidos, por ejemplo, desapareció prácticamente como generador significativo de empleo desde mediados del siglo XIX a mediados del XX. El porcentaje de fuerza laboral en la agricultura se desplomó, del 60% a menos del 10% en unos 100 años. Y eso fue consecuencia directa del uso generalizado de la tecnología en el sector primario. Ahora, desde hace algunos decenios, un proceso similar está afectando al sector secundario estadounidense. Desde los 80, el empleo industrial en Estados Unidos se ha reducido a la mitad, mientras que la productividad ha aumentado a más del doble. Una tendencia que también está directamente derivada del uso de la tecnología en este sector de la economía.

Muchos creen que estamos viviendo un proceso similar de transformación pero, en este caso, en el sector servicios. Hay numerosos informes sobre los efectos de la automatización, o lo que algunos llaman informatización, en el actual panorama laboral. Los datos son alarmantes, con un alto porcentaje de empleos en alto riesgo de automatización en los próximos dos decenios. Todavía no sabemos si aparecerán nuevas categorías laborales ni si habrá suficientes empleos en esas categorías para absorber el exceso de mano de obra en otras áreas. Y tampoco se sabe si seremos capaces de volver a preparar y a formar a la gente que se haya quedado sin trabajo. Los datos parecen indicar que en este frente lo tenemos difícil, con millones de puestos de trabajo que no se cubren porque las empresas no pueden encontrar candidatos con la preparación adecuada.

Curiosamente, sí contamos con datos sobre el tipo de trabajos demandados y las aptitudes necesarias para desempeñarlos. En los últimos tres decenios, por ejemplo, ha crecido la demanda de empleos que requieren grandes habilidades sociales y cuantitativas. Es de esperar que los seres humanos continúen realizando bien trabajos que exigen empatía o que se basan en la gestión de los sentimientos de otras personas. Algunos incluso hablan de la “economía de la empatía”, todo un sector laboral que estaría estrechamente ligado a la gestión de los sentimientos y emociones de otras personas. Otro ámbito en el que se ha visto crecer el empleo es el de los trabajos que exigen grandes aptitudes digitales, definidas como la capacidad de tener una relación productiva con la tecnología. En Estados Unidos, por ejemplo, el porcentaje de empleos que exigen aptitudes digitales escasas o nulas se desplomó de un 60% en 2002 a menos del 30% en 2016. Esto significa que las personas que carezcan de aptitudes digitales tendrán dificultades para avanzar en el mercado laboral. Por otro lado, al hablar de la necesidad de un nuevo enfoque en la educación, hay que subrayar un reto adicional, que es el del aumento en la velocidad a la que los conocimientos se quedan obsoletos. Según numerosos estudios, la vida media de los conocimientos y las habilidades adquiridos durante la educación académica ha pasado de los 20 años de hace algunos decenios a menos de cinco años hoy. Esto significa que, independientemente de la educación formal de una persona, vamos a tener que prolongar la educación a lo largo de nuestras vidas y empezar a entenderla como un esfuerzo de por vida.

El reto del que hemos hablado es importante no solo para Estados Unidos, Europa y Japón, sino también para países como China, en los que la desaparición del sector industrial debido a la automatización y el deterioro de la ventaja competitiva derivada de unos costes laborales bajos irán acompañados de la erosión del sector servicios como alternativa más resistente. Muchos países tendrán que dar un salto y pasar de una economía basada en el sector primario a otra que haya superado ya el sector terciario. Dado lo incierto de cómo serán esos trabajos y la casi seguridad de que exigirán grandes inversiones en capital humano, parece que la senda de desarrollo de economías como la de China va a seguir siendo muy complicada.

Satisfacer estas nuevas demandas supondrá un reto para las instituciones educativas tradicionales. Les será difícil mantenerse actualizadas y conformar sus estructuras de gobierno y profesorado a la necesidad de gestionar estos cambios acelerados. Es inevitable, por tanto, que el panorama educativo cambie en los próximos decenios, que haya una enorme experimentación y que entren en el mercado nuevos proveedores. En segundo lugar, sabemos también que el crecimiento de la productividad está recayendo sobre las empresas que hacen un uso intensivo de la tecnología. Estas compañías, que la OCDE denomina “empresas de vanguardia”, han registrado incrementos de productividad muy rápidos en el último decenio, según algunos autores hasta un 30% en ese periodo, en el que la productividad no aumentó en el resto de la economía. Son compañías como Google, Amazon, Alibaba y otras que se aprovechan enormemente de los efectos de las economías de escala y el establecimiento de redes. Este proceso de concentración del crecimiento de la productividad está destinado a agudizarse, dadas las tendencias oligopolísticas desencadenadas por el aprendizaje automático y su dependencia de la disponibilidad de datos. Las empresas que generen y procesen datos serán las campeonas de la economía del futuro. El resto se quedará atrás. La prosperidad económica de los países dependerá casi únicamente de su capacidad para acoger empresas de vanguardia. Algunos denominan esta tendencia la economía de “el ganador se queda con todo”.

El tercer factor significativo con el que estamos empezando a lidiar es que el conocimiento también se está concentrando en grupos cada vez más cerrados. Es una tendencia que va en contra de la lógica y que tendrá graves consecuencias. Durante mucho tiempo, se supuso que la economía digital extendería el talento alrededor del mundo. La gente sería capaz de conectarse a proyectos y procesos desde cualquier sitio del planeta y añadir valor con un amplio margen de libertad. Sin embargo, los datos del trabajo realizado por académicos de Harvard y el MIT apuntan en la dirección opuesta. Parece haber un tipo de conocimiento que no viaja a través del espacio digital: el conocimiento tácito. Esto es, básicamente, una combinación del conocimiento sobre las prácticas de la industria, la dinámica de equipos y asuntos tan específicos y concretos que solo se comparten de manera recurrente y casi aleatoria. El resultado final de todo esto es que están surgiendo núcleos de conocimiento en lugares como Silicon Valley, Boston o Hong-Kong. Estos núcleos, a su vez, facilitan y profundizan la concentración de innovación en determinadas zonas geográficas. El resto del mundo, o lo que queda en medio, se ve privado de talento, sin empresas de vanguardia y con un serio problema para elaborar una política de desarrollo económico sostenible.

Lo que parece claro, a partir de todo esto, es que nos dirigimos hacia un mercado laboral muy segregado, con unos cuantos en la parte superior del espectro que cosecharán los beneficios de tener con las capacidades y aptitudes adecuadas, y el resto que tendrá dificultades para hacer la transición a la nueva economía. También parece que vamos hacia un número reducido de empresas que concentrarán la mayor parte del aumento de la productividad y, por tanto, de la competitividad. Por último, parece que surgirán núcleos de conocimiento y de trasferencia de innovación en zonas muy determinadas del mundo. Estos serán los motores de crecimiento de las economías avanzadas.

Dado todo esto, es por tanto natural e inteligente que China centre su política económica en desarrollar industrias avanzadas y albergar innovación tecnológica. Sería también prudente acompañar esta estrategia con un plan para promover la concentración y el desarrollo de talento en China. Sin embargo, parece también evidente que nos dirigimos hacia un mundo en el que el éxito económico será cada vez más de suma cero. Los que desarrollen los núcleos y los sectores adecuados se harán con los mercados y absorberán la mayoría del crecimiento económico. A medida que la economía se mueve hacia mercados del tipo “el ganador se queda con todo”, la geopolítica del crecimiento económico se hace cada vez más perversa. Por consiguiente, la reacción de Estados Unidos al deseo de China de entrar en el campo de la alta tecnología es natural, si se tiene en cuenta lo que está en juego. Lo que aún no está claro es cómo se desarrollará todo esto a nivel global. Casi con seguridad veremos el debilitamiento del mercado global, con el uso de medidas fiscales y regulatorias para fomentar y proteger a los nombres punteros locales. La propia Estrategia 2025 de China está plagada de referencias al desarrollo de capacidades tecnológicas nativas, una muestra de que se dará prioridad al desarrollo de núcleos locales de innovación. Estas dinámicas debilitarán también la voluntad de los Estados de actuar contra oligopolios y comportamientos que dificulten la competencia, dado que, en ciertos sectores, reforzar la competencia nacional podría debilitar el rendimiento de las empresas nacionales a nivel mundial. Lo que parece claro, sin embargo, es que la transformación tecnológica hace que sea mucho más probable una dinámica del tipo de la trampa de Tucídides en los ámbitos económicos y comerciales.

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