Premio Cervantes – abril 2020

Como cada 23 de abril, conmemoración del enterramiento del mayor escritor en español de todos los tiempos, se entrega el Premio Cervantes en la Universidad de Alcalá de Henares. Un año más, fiel a la cita, dejamos constancia que lo que sigue a continuación solo es una ficción del autor, que nada tiene que ver con la realidad.

 

El poeta catalán Joan Margarit (Sanaüja, Lleida, 1938), arquitecto, se dio a conocer en España en 1963 con el libro «Crónica» y a lo largo de su carrera ha compaginado su labor de poeta con la de catedrático de Cálculo en la Universidad Politécnica de Cataluña. Poeta catalán, Margarit empezó escribiendo en castellano, pero a partir de 1981 comenzó a publicar solo en catalán. Lleva publicados una treintena de libros. La mayor parte de su obra ha sido traducida al castellano por él mismo. También tiene obra traducida al alemán, el euskera, el hebreo, el inglés, el portugués y el ruso.

Según el jurado, destaca que «su obra poética de honda transcendencia y lúcido lenguaje siempre innovador ha enriquecido tanto la lengua española como la lengua catalana, y representa la pluralidad de la cultura peninsular en una dimensión universal de gran maestría».

Margarit es catalanista de ideas separatista y en el propio Instituto Cervantes en Madrid hizo una defensa pública del catalán, «la única lengua o una de las pocas lenguas cultas sin Estado» que existen. «Soy un poeta catalán, pero también castellano, coño», indicó Margarit, tras recordar que la dictadura le impuso el castellano «a patadas, pero no lo pienso devolver ahora», identificado este galardón «con el diálogo entre lenguas, entre Cataluña y España», o sea, Cataluña no es España.

Un vate de obra indiscutible según los expertos. El premio lleva aparejados 125.000 euros, que pagamos con nuestros impuestos. El poeta, al que haciendo el canelo damos lo mejor que tenemos, ha venido expresando una y otra vez su repugnancia hacia España. Margarit suelta sandeces como que «España es franquista desde el siglo XV». Manifiesta que «España me da miedo». Sobre el castellano lamenta que «me lo impuso la dictadura a patadas». Margarit salmodia tópicos indocumentados, como la fábula podemita de que «España es el segundo país con más fosas comunes tras Camboya». Margarit ofreció el pregón de 2010 de las fiestas de la Mercé de Barcelona y largó una arenga separatista, enfatizando que «la necesidad de supervivencia de Cataluña» pasa por independizarse. Todo este último párrafo es de ABC.

 

LA LIBERTAD

Es la razón de nuestra vida,

dijimos, estudiantes soñadores.

La razón de los viejos, matizamos ahora,

su única y escéptica esperanza.

La libertad es un extraño viaje.

Son las plazas de toros con las sillas

sobre la arena en las primeras elecciones.

Es el peligro que, de madrugada,

nos acecha en el metro,

son los periódicos al fin de la jornada.

La libertad es hacer el amor en los parques.

Es el alba de un día de huelga general.

Es morir libre. Son las guerras médicas.

Las palabras República y Civil.

Un rey saliendo en tren hacia el exilio.

La libertad es una librería.

Ir indocumentado.

Las canciones prohibidas.

Una forma de amor, la libertad.

Este año, con eso del coronavirus, había menos personal que de costumbre y los saludos eran más protocolarios, incluso la reina Leticia, ya repuesta de la cuarentena sanitaria, no daba besos a amigos y colegas republicanos.

 

 

Mientras el galardonado hablaba una y otra vez de los diferentes idiomas procedentes del latín, igualando el catalán con el italiano, el francés, el portugués o el español, haciendo referencias constantes a Jacinto Verdaguer, de Pau Piferrer, de Antoni de Bofarull, de Victor Balaguer, de Joan Maragall, de Joan Salvat-Papasseit, Carles Riba, Josep Vicenç Foix, Salvador Espriu, Gabriel Ferrater, y a otros de los que nunca había oído hablar, pensaba lo que tenía encima: el asunto del coronavirus y la ineficacia del Gobierno había dejado miles de muertos oficiales, que ya veremos los que son realmente cuando los Juzgados comuniquen sus cifras; empresas en quiebra y un paro desbocado; subvenciones a todo el mundo, que no sé cómo se van a pagar, para comprar el voto a los dependientes del Estado; Torra, con “la aturada del país”, se había acampanado y aprovechado el Estado de Alarma para ahondar aún más en la secesión, “nosotros estamos por la autodeterminación, no por reforzar a España”, sonrisa de hiena con aquello de los muertos de la Ponsatí , “De Madrid al cielo”, esa mujer con el pelo cortado al estilo hombre; pues desde Barcelona también se puede ir al cielo, imagínate, hipotéticamente, si viviera el antepasado Felipe V “El Animoso”, dejaría caer media docena de bombas de racimo sobre la Plaza de Sant Jaume, morirían menos personas que con el coronavirus y se arreglaría el problema para otros cuarenta años; y si faltaba algo, lo del Emérito, que sería lo que fuese, Casanova se había quedado a la altura de los zapatos, pero todo el mundo le obedecía, a él no le hacía caso nadie, ni los militares de alto grado, muchos masones; y ahora tiene que hablar, serio, tragándose el poema “La libertad”, sobre la convivencia de todos, en general y sin citar que la totalidad de los ganadores de premios literarios del año 2019 habían correspondido a escritores de izquierdas, ácratas, separatistas gallegos, vascos y catalanes, que junto al Mingafuego ese quieren acabar con la monarquía, con el futuro de las niñas; y los de la oposición no dejan de ser unos contemplativos bocachanclas desunidos, teóricos de la nada; bueno, hasta podría ser verdad lo que se comentaba sobre la posibilidad de que Pedro Sánchez y Torra hubieran negociado que, cada tres o cuatro años, el premiado fuera un escritor catalán, recibido con el himno de Els segadors, ese que habla de que “es hora, segadores / ahora es hora de estar alerta / para cuando venga otro junio / afilemos bien las herramientas”.

El acto en si cada vez tiene menos brillo. La gente se agolpa en los alrededores de la Universidad, únicamente, para verme. Pero el resto se había convertido en una “obligación”, no en una fiesta del gran premio de la Literatura mundial del castellano que debería ser. Los asistentes vienen, toman un vino, mean, y se van rápidamente de la ciudad. No aportan nada, solo una referencia en las televisiones, que se centran en el cóctel posterior en Madrid. El alcalde de Alcalá de Henares tiene trabajo por hacer para recuperar el protagonismo que el acto de la entrega del Premio Cervantes tuvo en su día en la ciudad.

Sonó el despertador. ¡Uf!, qué sueño más tonto he tenido. A ver cuál es la agenda de hoy, que no tengo que ir a lo del Premio Cervantes por la dichosa pandemia.

¡Ah! Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Que conste.

 

Antonio Campos

 

 

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