Ministro de Cultura y Deportes

José Manuel Rodríguez Uribes, nacido en Valencia, 51 años, casado, un hijo, licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia, Doctor en Derecho por la Universidad Carlos III de Madrid, tesis dirigida por Gregorio Peces Barba, histórico dirigente socialista de la Transición.

Director General de Apoyo a Víctimas del Terrorismo, Delegado del Gobierno en la Comunidad de Madrid, integrante de la Comisión Ejecutiva Federal del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), encargado del área de Laicidad, tema que ha desarrollado en su último libro Elogio de la laicidad. Hacia el Estado laico: la modernidad pendiente (Tirant lo Blanch, Valencia, 2017). Profesor titular de Filosofía del Derecho y Filosofía Política, primero en la Universidad de Valencia (2001-2004) y, desde 2004 hasta la actualidad, de la Universidad Carlos III de Madrid.

 

 

Es experto en Derecho y Filosofía del Derecho, defensor de las víctimas del terrorismo. No tiene experiencia en temas de gestión cultural ni deportiva. Es un filósofo con buenas intenciones.

Copio uno de sus escritos del año 2014:

“Un mundo con normas, eso es precisamente la democracia constitucional que nos hemos dado, en España desde 1978, y que debemos preservar para no volver a las andadas o para que no la destruyan unos u otros, desde dentro o desde fuera del sistema. Reglas, por tanto, para todos (gobernantes y gobernados) y para todo (organización territorial del Estado, prevención y combate de la corrupción, etcétera) menos para la ética privada, donde la única norma debería ser la conciencia individual. Por eso cuando en el espacio público, político o económico, aquéllas se olvidan o no existen la consecuencia no es otra que el abuso, el exceso, el daño al más débil, la corrupción o el enriquecimiento ilícito o desmesurado. Crisis y más crisis, económica, social, medioambiental, política y moral; desconfianza y más desconfianza, que es lo único que no resiste la democracia constitucional como recordé en esta misma Agenda Pública” ……

“La sociabilidad amistosa, la antítesis de la guerra, requiere el respeto mutuo, la tolerancia positiva y nos sugiere la simpatía y la solidaridad, para ser mejores o para no perder, según los casos. Las desigualdades originales, naturales, económicas o sociales (pobres y ricos, vulnerables y fuertes, sabios o ignorantes) sólo pueden ser corregidas y equilibradas con reglas compartidas y con un reparto democrático del poder. Sin aquéllas o sin éste sólo hay violencia, miseria, oscuridad, destrucción…

El gobierno de las leyes propio del constitucionalismo de nuestro tiempo es así el ideal regulativo que inventa la mejor civilización y la mejor modernidad especialmente a partir de Montesquieu; y la democracia, la única forma de gobierno justa y, en cierto sentido, posible. Uno y otra aspiran a sacarnos del caos previo, de la violencia desenfrenada, o de un poder que siempre tiende a abusar, el del Estado o el de la sociedad y otros poderes económicos, incluso el de uno mismo como con la antigua venganza privada” …..

“El problema no es del sistema, no es de la democracia constitucional, necesariamente parlamentaria y representativa aunque se complete con otras formas de participación. El sistema goza de un diseño teórico y normativo, si no perfecto, sí armónico y sofisticado para buscar siempre el equilibrio, que debe beneficiar especialmente a los que parten del lado bajo de la balanza. El problema es y ha sido de algunos que lo han usado para el aprovechamiento propio, torciendo sus reglas, abusando de la confianza de los ciudadanos, jugando sucio, usurpadores muchos de ellos delincuentes. Pero sin el sistema estaríamos peor, desnudos ante su fuerza y su ambición. Esos mismos hubieran campado a sus anchas, todavía más, sin posibilidad de sanción e incluso legitimando sus “nuevas propiedades” para la historia. Por tanto no se trata de acabar con el sistema del 78, aunque debamos actualizarlo, sino de hacerlo cumplir, de aplicarlo en toda su extensión, de profundizar en sus amplias posibilidades, vigilando especialmente al vigilante y sin caer seducidos por los cantos de sirena de oportunistas salvadores … No otra vez”.

Su antecesor le deja muy adelantado el proyecto de la Ley del Mecenazgo, la reforma del Instituto Nacional de Artes Escénicas y de la Música, la regulación que facilita la grabación de películas y series de televisión a productoras extranjeras, y la Ley de Patrimonio Histórico.

Como se ve, Rodríguez Uribes es un demócrata convencido y buena persona. Laico y proselitista del laicismo. Veremos si esa bancada gubernamental, prensada por el aumento de sus miembros, en su acepción de sujetos, no le hace cambiar de opinión y filosofía.

 

 

 

 

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