Nochebuena

Hoy estoy contento, muy contento. He ido con mi mujer a comprar viandas a dos grandes supermercados y los he encontrado llenos de gente, de todas clases, colores y nacionalidades, salvo musulmanes, que guardan sus propias reglas. Vivo en una ciudad universitaria, en la que convivimos más de setenta nacionalidades, sin problemas dignos de mención más allá de los habituales.

Cuando los comunistas, escondidos bajo el Flautista de Hamelín, empiezan a saludar con “Salud y República”, y los socialistas pedrosanchistas, desentierran la hoz preguerracivilista, obviando a la mayoría católica de los ciudadanos, incluidos los agnósticos que nos hemos criado en dicha religión, felicitando la Navidad con un aséptico, pero indicativo de las ideas flotantes en su mente, “Felices Fiestas”, la inmensa mayoría de los ciudadanos celebra la Navidad, esos ciudadanos que solo quieren trabajo para mantener a su familia, vivienda en dónde cobijarla y salud hasta poder ver la tercera o cuarta generación, como antes se decía en las bodas religiosas.

Juan Español es feliz con poco; dejadlo con su alegría de reunir alrededor de la cena de Nochebuena a toda su familia, a la antigua usanza, de esos que “vuelven a casa por Navidad”. Él no quiere empuñar un fusil para luchar contra nadie, él no quiere hundir al patrono que le da de comer, él quiere pagar su hipoteca puntualmente, él quiere ir a trabajar todos los días y, al volver a casa, cansado, tener un remanso de paz a la vez que educa a sus hijos y envejece viéndoles crecer. Nada más, y nada menos. Que los que viven a cuenta de su trabajo, los que llegan a casa por la noche sin haberse cansado de trabajar, los maquiavelos, los mentirosos y los manipuladores, les dejen tranquilo, que solo se preocupen de que no falte el trabajo y la vivienda, del resto, ya se ocupa él, que es mayorcito y no tiene que recibir instrucciones de nadie. Y que nadie le golpee la cabeza con no sé cuántos millones de pobres, pues no hay fin de semana en el que se pueda comer en un restaurante si no se ha reservado con mucha antelación, ni Nochebuena en el que el más pobre no haga un esfuerzo con el que llenar su hogar de felicidad. De comernos el cerebro ya sabemos mucho los españoles que tenemos más de sesenta años.

Hoy he recibido la llamada de un amigo que me felicitó la Navidad por e.mail hace unos días, y me pregunta: ¿Te pasa algo? ¿Estás malo? No, ¿por qué? Pues porque te felicité hace unos días y me extraña que no me hayas contestado. La verdad es que, entre miles de mensajes, se me había pasado. Pero es reconfortante que todavía se acuerden de uno los amigos, y más si no les debes nada. También ha completado mi día de felicidad.

 

 

Yo no tengo miedo al vocabulario. Soy y seré español. Y felicito las Navidades a todas aquellas personas de buena voluntad, que se esfuerzan día a día en ser mejores, y les deseo salud, felicidad y amor compartido, para hoy y para siempre.

 

 

 

 

 

 

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