Judíos y masones en la historia de España – I de III

¿QUÉ ES LA MASONERÍA?

 

 

 

Desde un sentimiento patriótico la Historia, conducida e inspirada por la masonería en España, no ha podido resultar más triste y desgraciada, estigma de división entre los españoles, fomento de destrucción e inductora de los grandes y horrendos crímenes que han salpicado los dos últimos siglos vividos en conjura permanente contra el auténtico ser de España.

Francisco Franco, Jefe del Estado Español desde 1936 hasta 1975, bajo el pseudónimo de J. Boor, publicaba en el diario “Arriba” de Madrid, el día 16 de febrero de 1949, un interesante artículo, que llevaba por título “Los que no perdonan”, en el que se formulaba la siguiente pregunta:¿Qué es, en síntesis, la masonería sino una secta secreta que asocia a grupos minoritarios de los países para lograr por el complot, la astucia y la protección extranjera, bajo una disciplina sin límites, apoderarse de la dirección y del mando de las naciones? ¿Por qué se ocultan sus decisiones y hasta su filiación al conocimiento del pueblo?

El artículo concluía, con una alerta y una advertencia, con las siguientes palabras: Hemos de convencernos de que, mientras la masonería aliente, no es posible dormirse en los laureles. Es necesario grabar en el ánimo de todos el que la masonería acecha y no duerme ni descansa, que, firme en su propósito, aprovecha todas las coyunturas. No por fuertes hemos de despreciar el peligro, que los tiempos son difíciles y no tenemos enfrente a un enemigo noble, sino malicioso, hipócrita y solapado, que explora la disidencia y el disgusto dondequiera que lo encuentre, sembrando su cizaña. Una cosa es la caridad cristiana con los que erraron y otra que se les permita trepar de nuevo hasta los puestos claves”.

Por todo ello, el Papa León XIII no duda en denominar a esta secta perniciosa de ser La sinagoga de Satanás.

La masonería se nos presenta, según sus conveniencias y oportunidades, como un sistema filosófico, como un nuevo orden moral, como un postulado político, e incluso, como una asociación de carácter benéfico, cuando, en realidad, no deja de ser más que un sincretismo degenerado que desata odios, iras y pasiones internas y externas, y patrocina revoluciones políticas al servicio de sus intereses antirreligiosos y es la sementera de la involución del orden nacional y cristiano. La masonería necesita revestirse con el ropaje exterior de lo lícito para ocultar sus verdaderas actividades. Sacar a la luz la obra siniestra de la masonería en España, en el correr de los tiempos, es hoy más que nunca una necesidad apremiante e ineludible.

POR SUS OBRAS LES CONOCERÉIS

La masonería defiende, en todos los países donde se instala y logra influencias, los siguientes postulados. Su modo de operar y sus aspiraciones delatan a sus opacos autores, cómplices o inductores encubiertos.

  1. a) La promulgación de Leyes de divorcio y la ruptura del vínculo sacramental del matrimonio. Debilitar los lazos matrimoniales. Destruir la vida de familia. Facilitar la alteración de los nombres familiares.
  2. b) La consagración de la teoría del libre cambio, en provecho exclusivo de las naciones ricas y poderosas, desde el punto de vista económico-financiero.
  3. c) La igualdad social como principio de orientación política, nivelando por medio de papeletas del voto al instruido con el analfabeto, al honrado con el delincuente, al sabio con el necio, al apto con el inepto. Liberalismo político fatídico.
  4. d) La simulación del sometimiento del poder ejecutivo al poder judicial, pero con la reserva, en todo caso, del derecho de gracia, el indulto y las amnistías para los poderes gubernativos y la designación de los miembros de los Tribunales Supremos y Constitucionales, así como de los magistrados del poder judicial.
  5. e) La educación laica en la escuela y libertad de enseñanza. Ideas enciclopedistas estimulando el desvío y alejamiento de lo religioso.
  6. f) Negación de la extradición, aún en caso de grandes crímenes y delitos, cuando se invoque que estos se realizaron por móviles religiosos o políticos.
  7. g) La persecución a las órdenes e instituciones religiosas católicas. Anticlericalismo. Sustraer a la sociedad pública del gobierno de la Ley de Dios. Desacreditar la fe cristiana por la filosofía, el misticismo oriental o la ciencia empírica.
  8. h) La institución del jurado sobre la judicatura, reduciendo la impartición de justicia a meros tribunales populares carentes de formación y principios jurídicos.
  9. i) Consagrar el derecho de reunión sin cortapisas, para legalizar las tenidas y logias, de donde han salido a veces conclusiones de crímenes y atentados, y para permitir a la sociedad masónica conspirar contra la sociedad cuando no se ajusta a su criterio.
  10. j) Llevar a cabo, con férrea disciplina y obediencia inexcusable, los planes y cometidos que les encomienden las logias, encarnadas en una dictadura secreta e irresponsable.
  11. k) Internacionalismo y globalismo. Mundialismo.
  12. l) Libertad de cultos y neutralidad de conciencia. Abstracción de todas las religiones.
  13. m) Secularización de la Ley.
  14. n) Culto a lo feo y extravagante en todas las manifestaciones del arte, literatura, música, teatro. Degeneración del arte. Vulgaridad.

ñ) Fomento de la plutocracia y consideración de la riqueza, la única fuente de distinción social.

  1. o) La corrupción como sistema.
  2. p) Lucha contra el patriotismo.

Los principios formulados por la masonería en su Asamblea celebrada en Nápoles en 1870, donde setecientos “hermanos” allí congregados los proclamaron como síntesis de los principios masónicos, son la libertad de la razón contra la libertad religiosa, la independencia del hombre contra el despotismo de la Iglesia y del estado y la escuela libre contra la enseñanza del clero. Por lo que podemos deducir de sus propias manifestaciones que la masonería es la rebelión de la razón humana contra la Iglesia y el Estado, apoyada en la falsa libertad, que viene a condensarse en la ruptura de relaciones con Dios, estableciendo tres categorías: la humanidad sin Dios, la humanidad hecha Dios y la Humanidad contra Dios, terminando por deificar a la humanidad.

Para conseguir sus objetivos la masonería actúa desde las simas, en la penumbra, entre bastidores, con argucias y disfraces, utilizando la mentira y la hipocresía como arma del disimulo y la ficción, llevando sus planes en estricto sigilo, tomando represalia contra los desafectos, con venganzas a quienes se liberan de su yugo; por ello, en cada nuevo grado les obligan a renovar sus juramentos terribles recordándoles los castigos a su infidelidad. Los masones alcanzan la fuerza en su unión y auxilios mutuos, en ser cómplices y encubridores los unos de los otros.

La conspiración masónica del silencio calla y aísla tanto los acontecimientos que promueve como los que le son adversos. El estudio de los planteamientos ideológicos de la masonería, son de indudable valor. Revelar su opinión y sus técnicas, así como el ejercicio de su poder, que no por muchas veces desconocido es menos sugerente, contribuye a esclarecer la desestabilización recalcitrante de los designios masónicos.

Si no se puede bajar la guardia en relación a la masonería, es porque se conoce que el odio hacia el catolicismo es proverbial. Si la masonería ha desatado en general una ofensiva contra la cristiandad, la ofensiva contra España ha sido feroz. La masonería guarda el celoso secreto que nosotros hoy revelamos, de cómo a través de sus logias se fraguó la decadencia de la católica España. El énfasis masónico contra España radica en que tradicionalmente ha sido un baluarte del catolicismo.

 

CLARIDAD FRENTE A OSCURANTISMO

 

 

Es un deber y una obligación desentrañar el conocimiento de la masonería al orbe católico y los peligros y maleficios que, para la sociedad en general y las naciones en concreto, la masonería encierra y, en especial, en estos momentos del fin de un nuevo milenio en el que el materialismo grosero y judaico ha invadido la sociedad actual creando un caldo propicio para la proliferación de la “secta madre” y sus metástasis satélites y secuaces que, en gran medida, copan los órganos de dirección y control de la política, la educación y la difusión informativa de las naciones y organismos internacionales.

El bien no teme a la luz y sólo lo ilícito, lo reprobable y lo pérfido buscan las tinieblas y la oscuridad, las sombras y las logias, para cometer fechorías. La ocultación masónica es la evidencia de sus malas conciencias, que guardan a base de juramentos infames y amenazas correlativas en medio de una parafernalia repleta de jerga judaica, de ritos y palabras (como es el caso de la “palabra sagrada” Vazao, que utiliza la masonería femenina en sus ceremonias, y que en hebreo significa “Infimo”, nombre del eunuco que introdujo a Judith en la tienda de Holofernes). El Dr. Isaac Wise ya escribía a este respecto, el día 3 de agosto de 1866 en la Revista El Israelita, que la masonería es una institución cuya historia y cuyos deberes, contraseñas y explicaciones son judíos, y una parodia religiosa con liturgias, manuales, templos, candelabros, altares, vestimentas y toda clase de atributos decorativos.

¿Ha rectificado en sus planteamientos la masonería? Todo lo contrario. Con la solidez que le proporciona su aplomación y enquistamiento en los núcleos y centros del poder real y efectivo, se ha afirmado y ratificado en sus ideas racionalistas y naturalistas, en su espíritu ateo y en sus métodos secretos, que son, si fuera preciso, hasta expeditivos en lo criminal. El sistema masónico se funda en dominar a través de unas irrisorias minorías, bien colocadas por su influencia y protección, al resto de los conciudadanos, anteponiendo el interés de grupo o secta al bien común y general, en secreta y perversa confabulación.

La masonería en España ha reclutado la masa de sus adeptos entre aristócratas, capitalistas y burgueses.

En España la masonería ha sido, durante estos dos últimos siglos, el vehículo y la palanca de las revoluciones políticas liberales e izquierdistas dentro de una sociedad burguesa, así como el arma más terrible para la persecución de la fe católica y sus instituciones.

El escritor español D. Mauricio Carlavilla, buen conocedor del problema de la secta, dejó dicho que la masonería inspira, dirige y controla. Por ello, la masonería no puede ni debe ser ignorada en la Historia de cualquier nación cristiana, pero, sobre todas ellas, en la de España, porque podrá el historiador subestimar su poder, acción e importancia, discutir o negar su intervención en un acontecimiento dado, pero negar su acción histórica es anticientífico, contrario a justicia y verdad, si no es algo peor: complicidad y traición.

Justificaba su aserto Don Mauricio Carlavilla al constatar que siempre había hallado masones dominando al Estado Español, desde la implantación de la masonería en la península ibérica, en cada desastre de la decadencia de España.

La frivolidad de la gente de hoy, como entes pasivos de una sociedad virtual, y su pereza mental, hace que pasen inadvertidos importantes sucesos que han traído consecuencias en acontecimientos de difícil comprensión si no se conocen los orígenes, el desarrollo y las derivaciones de hechos y circunstancias previamente anunciadas y debatidas por las logias. No se puede nunca olvidar que la masonería es una conspiración permanente, en acto o en potencia, pero siempre activa y en marcha para adueñarse del gobierno de los pueblos y sociedades humanas.

  1. Antonio Goicoechea (1876-1953), que fue Letrado del Consejo de Estado, político monárquico, Senador, Diputado y Ministro en el reinado de Alfonso XIII, durante la II República líder del partido político “Renovación Española” y en el Régimen de Franco Gobernador del Banco de España, dejó escrito en un famoso prólogo: “Quiero, ante todo, hacer una afirmación: soy de los que conceden importancia a la masonería. Una organización que actúa en la clandestinidad y tiene relaciones secretas internacionales constituye siempre un peligro para el Estado. Y con doble motivo si se trata de la masonería, cuya actuación, no por subterránea es desconocida, porque sus procedimientos esotéricos se manifiestan en una constante labor de subversión de los pilares más firmes de la sociedad y de la civilización cristiana”.

Como católico, soy contrario a la masonería. Pero ésta no es la única razón. Hay que combatir a esa secta, no sólo porque lucha constantemente para lograr la negación del más caro y genuino sentimiento nacional, sino por su labor cautelosa contra la conciencia religiosa del pueblo español…La masonería es un peligro para la integridad de la Patria”.

Las logias constituyen un super-Estado internacional, con vida propia y clandestina, intentando siempre reservarse los mejores puestos en sus manos o en las de sus amigos, dentro del mismo Estado español, y el dilema se pone en los siguientes términos: o España erradica la masonería de su territorio o la masonería termina con España como tal. Es como un cáncer que es difícil de extirpar.

En el fondo de los acontecimientos históricos subyace la presencia masónica urdida con recio sabor judaico, donde radica la verdadera explicación de cosas y hechos que hasta ahora no se habían podido interpretar adecuadamente.

Un sucinto recorrido por la reciente Historia de España, desde una interpretación masónica de los acontecimientos pasados, nos despejará la niebla para vislumbrar mejor el futuro.

 

LOS INICIOS DE LA MASONERIA EN ESPAÑA

Fue un invertido, Felipe Wharton, primero y último duque inglés de Wharton, quien fundó la primera logia en Madrid, establecida en la Fonda Tres Flores de Lis,-bajo el nombre de La Matritense-, en la calle Ancha de San Bernardo el 15 de febrero de 1728, bajo la obediencia de la Gran Logia de Londres, por carta constitutiva del Gran Maestre, lord Colerane, con arreglo al libro de las constituciones de Anderson, el 29 de marzo del año siguiente, reconociéndose inmediatamente el taller por la masonería inglesa, dándole el número 50 de entre los sometidos a la Gran Logia de Londres. Wharton, exiliado de su país, se puso en España al servicio de los Borbones.

Su azarosa vida está descrita en las obras The Life and Writing of Phillip late Duke of Wharton (Londres 1732) y Phillip Duke of Wharton (Londres 1913). Era hombre libertino, ambicioso, cínico y aficionado a la bebida. Había sido apadrinado por Guillermo III y la que llegaría a ser, más tarde, la reina Ana. Se casó a los 17 años y por su inclinación de mujeriego contumaz se divorció seguidamente. El Rey Jorge IV de Inglaterra le otorgó el ducado de Wharton a los 19 años de edad. Su concupiscencia le llevó a presidir el club “Llamas del infierno”, donde se ejercía toda clase de aberraciones viciosas y blasfemas. El ateísmo le llevó a Wharton a la masonería. Sus intrigas dentro de la secta en su país, para hacerse con el poder de la misma, fueron la causa de su expulsión y, para vengarse, fundó en Londres otra sociedad secreta denominada “Gormogons”, que entroncó ficticia y fantásticamente su origen nada menos que con los primeros emperadores chinos. El Estuardo Jacobo III, que entonces residía en Parma, le reconoció el título de duque de Northumberland y le concedió la Orden de la Jarretera.

En España contrajo matrimonio, en segundas nupcias, con María Teresa O’Byrne, dama de honor de la reina española e hija del Coronel del regimiento irlandés Hivernia, que estaba al servicio de España. Murió, a la edad de 32 años, en el Monasterio de Poblet (Tarragona) el 31 de mayo de 1731.

Hasta el año 1739 fue La Matritense la única logia establecida en España y de esta casa matriz salieron los primeros masones para instalar nuevos templos en diferentes provincias. En 1850 había ya 97 logias en la Península Ibérica, y siete de ellas se contabilizaban entre las Islas Baleares y Canarias.

El primer acento hay que ponerlo en el carácter de dependencia y obediencia a intereses extranjeros y no nacionales en el nacimiento de la masonería en España, debate que se mantiene hasta nuestros días, lo nacional contra lo apátrida y mundialista.

 

TENUE REACCION A LA INFILTRACION MASONICA

La doctrina masónica había sido condenada por el Papa Benedicto XIV, en su Constitución Apostólica Providas, en el año 1751, y este texto papal fue el fundamento de la Pragmática de fecha 2 de julio de aquel mismo año, que fue promulgada por el Rey Fernando VI de España (1478-1759), cuyo texto quedaba redactado en los siguientes términos.

“Real Decreto.- Hallándome informado de que la invención de los que se llaman francmasones es sospechosa a la Religión y al Estado, y que como tal está prohibida por la Santa Sede debajo excomunión y también por las leyes de estos Reinos, que impiden las congregaciones de muchedumbres no constando sus fines e instituto a su soberanía: he resuelto atajar tan grave inconveniente con toda mi autoridad, y en su consecuencia, prohibo en todos mis reinos las congregaciones de los francmasones debajo de la pena de mi real indignación y de las demás que tuviere por conveniente imponer a los que incurrieren en esta culpa; y mando al Consejo que haga publicar esta prohibición por Edicto en estos mis reinos, encargando en su observancia al celo de los intendentes, corregidores y justicias aseguren a los contraventores, dándose cuenta de los que fueren por remedio del mismo Consejo para que sufran las penas que merezcan: en inteligencia de que he prevenido a los capitanes generales, a los gobernadores de plaza, jefes militares, intendentes del Ejército y Armada naval hagan notoria y celen la citada prohibición, imponiendo a cualquier oficial o individuo de su jurisdicción mezclado o que se mezclase en esta congregación la pena de privarle y arrojarle de su empleo con ignominia. Tendráse entendido mi Consejo y dispondrá su cumplimiento en la parte que le toca. En Aranjuez a 2 de julio de 1751″.

Al año siguiente de la promulgación del anterior Real Decreto, Don Agustín de Gordejuela y Sierra, publicaba su discurso sobre el origen, secreto y juramento, cifras, acciones y señales masónicas, en el opúsculo titulado Centinela contra Francmasones.

La masonería se vengó más adelante contra el Marqués de la Ensenada, que sufrió destierro y confiscación de bienes, y contra el Padre Rábago, que fue alejado del Consejo de Estado, con lo que se hizo desaparecer la directriz de la política nacional y católica iniciada, lo que no convenía a los intereses de la masonería británica.

 

LA MASONERIA TOMA EL PODER EN ESPAÑA Y EXPULSA A LOS JESUITAS DE SUS TIERRAS

El advenimiento al trono español del Rey borbónico Carlos III (1759-1788), procedente de Nápoles, hizo que la masonería en la Corte de Madrid tomara mayor incremento. El Borbón se rodeó de masones. La influencia de sus miembros en la Corte fue decisiva, hasta el extremo de que, incluso el ayo de su propio hijo Fernando, fuera el príncipe de San Micandro, reconocido y conspicuo masón.

El reinado de Carlos III, cuya estatua ecuestre hoy engalana la Puerta del Sol, de Madrid, en el orden espiritual no pudo ser más dañino. Expulsó a los jesuitas de España por Decreto fechado el 27 de febrero de 1767, a instancia de la masonería, ejecutándose el destierro de los sacerdotes con la firma real. Los Padres Jesuitas fueron arrojados al unísono de España en la noche del 31 de marzo al 1º de abril. La perfidia masónica hizo coincidir esta expulsión con la fecha del Edicto de los Reyes Católicos, de 31 de marzo de 1492, en el que se decretaba la expulsión de los judíos del territorio nacional.

El Papa Clemente XIII sostiene en su carta “Tu quoque fili mi…”, que dirigió a Carlos III, que su Ministro de Gracia y Justicia, Roda, era masón y perseguidor enconado de la fe católica, quien en una carta dirigida al Ministro de Luis XV, Choiseul, fechada el 17 de diciembre de 1767, le manifestaba: “Hemos matado al hijo; ya no nos queda más que hacer otro tanto con la Madre, nuestra Santa Iglesia Romana”.

Fueron expulsados siete mil jesuitas y embarcados por el Puerto de Cartagena con dirección a los Estados Pontificios. Formaban parte en España de la Compañía de Jesús, entre otras personalidades de relieve que tuvieron que abandonar por la fuerza su misión evangelizadora, los Padres José y Nicolás Pignatelli, de la familia del Papa Inocencio XII.

Las farisaicas razones oficiales, esgrimidas por los masones españoles para justificar la expulsión de la Compañía de Jesús, fueron las siguientes:

” Que las casas de los jesuitas habían sido en Europa el centro de donde salían las rebeliones, los tumultos y los regicidios para conmover los pueblos, derribar y poner ministerios, quitar y entronizar reyes; hallándose estos delitos calificados por tantos tribunales, que de resultas todos miraban mal a la Compañía.

…Que en Paraguay y otros países de América habían usurpado la soberanía, levantando ejércitos y tratando de enemigos a los mismos españoles, privándolos de todo comercio con los indígenas, a quienes enseñaban especies horribles contra el gobierno de la metrópoli”.

La expulsión de los Jesuitas, llevada a efecto por el conde de Aranda, es obra de la que se ha vanagloriado la masonería. Existía el pacto masónico de arrojar a la Sociedad Ignaciana de sus sedes. La maniobra era formidable desde el punto de vista sectario: la mayor parte de los territorios coloniales continuaban unidos a la metrópoli por el lazo religioso-educador de los misioneros.

Los responsables de la expulsión de los Jesuitas fueron los masones:

– Conde de Aranda, Presidente del Consejo de Castilla y Gran Maestre de la Masonería Española

– El duque de Alba, Consejero de Estado.

– D. Manuel de Roda, Ministro de Gracia y Justicia.

– D. Jose Nicolás de Aza, Embajador en Roma.

– D. Pablo Antonio de Olavide, Síndico de Madrid.

– D. Melchor de Macanaz, Ministro de Carlos II, Felipe V y Fernando VI.

– Miguel Maria de Nava.

– Conde de Campomanes.

– Luis del Valle Salazar.

– Pedro Rico Egea.

– José Moñino, marqués de Floridablanca, etc.

Carlos III reinó siempre rodeado de masones. El todopoderoso masón, conde de Aranda (cuyo nombre era Pedro Pablo Abarca de Bolea, Capitán General del Ejército), iniciado en la masonería en Francia, es denominado por Voltaire como “Coctus selectus”, y al masón Olavide le llama “regenerador de España”.

 

 

El Conde de Aranda

 

SUMISION DE LA MASONERIA ESPAÑOLA A LA OBEDIENCIA FRANCESA

Aranda, Capitán General de Castilla la Nueva y Presidente del Consejo de Castilla, fundó el Gran Oriente Español. Era amigo de Voltaire. Fue embajador en París, donde se inició en la masonería. Aranda llevó a la masonería Española al Gran Oriente de Francia, de donde provienen las doctrinas subversivas y revolucionarias. Aranda fue el artífice de la expulsión de los Jesuitas, pilares de la unidad católica del Estado Español, con ciento treinta centros docentes, entre los que se encontraba el famoso Colegio Mayor de San Bartolomé, de Salamanca. Los Jesuitas fueron expulsados y confiscados sus bienes por motivos reservados al real ánimo, en un solo día y sin aviso previo.

Aranda fue quien interrumpió la dependencia que tenía de Inglaterra la Masonería Española para hacerla tributaria de la francesa.

Carlos III entregó su reino a los desmanes de la masonería.

Se llegó a trazar un plan, muy elaborado, por el Ministro masón Campomanes, de intentar crear para debilitar al catolicismo, una iglesia española cismática, a la imagen y semejanza de la presbiteriana, en la que la nueva iglesia fuera, del gobierno masón, una oficina para asuntos eclesiásticos y que tuviera bajo la autoridad de los malletes.

El motín de Esquilache fue también atizado por la secta, en donde el Ministro Wall y el duque de Alba dirigieron, de acuerdo con las indicaciones del embajador inglés y las directrices de la Francmasonería, las infames maniobras y el motín, en el que tomaron parte el conde de Aranda, Roda, Campomanes, Floridablanca, Azava y demás francmasones.

Para neutralizar la posible reacción de la Inquisición contra las medidas antirreligiosas del reinado, y por ser el Tribunal del Santo Oficio blanco predilecto de las iras de los hermanos tres puntos, se nombró Inquisidor General al jansenista Cardenal Wall.

Se estableció, durante el reinado de Carlos III, un estado centralista y absolutista, lo cual puede parecer una paradoja, dado que los masones adoptan, por lo general, una postura crítica y contraria contra los absolutismos, excepción hecha, naturalmente, como en este caso, cuando no lo ejercen ellos en su beneficio.

A los treinta y nueve años de la aparición de las logias en España, la Masonería da un golpe de timón abandonando la “obediencia inglesa” para incorporarse sumisamente a la obediencia del Gran Oriente de Francia, con la inauguración por parte del masón Aranda de la Logia Española, de la que es su primer Gran Maestre. Durante el reinado de Carlos III se abrieron y construyeron 200 logias.

LA MASONERIA ENTREGA EL TRONO ESPAÑOL A FRANCIA

El sucesor de Aranda en los negocios del Estado, durante el reinado de Carlos IV (1788-1808), fue el masón Godoy, que estaba amancebado con la reina María Luisa, la esposa del monarca. El relevo de Aranda en la Gran Maestría de la Orden lo tomó durante ese periodo el conde de Montijo.

Aumentan las logias. Una de ellas llega a instalarse en la propia Universidad de Salamanca. Incluso en los cuadros lógicos de los talleres figuran clérigos “descargados de prejuicios”.

El masón Godoy es partidario de entregar el trono de España a Napoleón. Las Cortes reunidas en Bayona, presididas por el Gran Maestre de la masonería española, José de Azanza, juran fidelidad a José Bonaparte, hermano de Napoleón y Gran Maestre de la masonería francesa. Entre los masones que asistieron a la sesión de las Cortes de Bayona, que más parecía una tenida que una asamblea parlamentaria, figuraron, el duque del Infantado, el del Parque -grado 33-, el abate Marchena, Aran, Gómez de Hermosilla…

Sucesor del conde de Montijo como Gran Maestre fue el infante don Francisco de Paula, hijo legal de Carlos IV, pero, en realidad, hijo de su esposa María Luisa y del favorito Godoy. Dirigidos por dicho personaje real los masones consiguieron que su hermanastro, don Carlos María Isidro, fuera desposeído en 1833 de sus legítimos derechos al trono en beneficio de la reina niña, Isabel II. Este fue el origen de la I Guerra Carlista.

Reinando en España Carlos IV, el rito “escocés Antiguo y aceptado” se instituyó en 1801 en Charleston (Carolina del Sur) por un banquero judío llamado Esteban Morín, que nombró rápidamente delegados y representantes para que lo extendieran por todo el mundo. Uno de esos dignatarios fue el conde Grasse-Tilly, que lo introdujo en España para cooperar al afrancesamiento de las logias, al propio tiempo que daba vigor a las de “patriotas”, con el fin de que, si el golpe napoleónico fracasaba, la masonería tuviera posiciones fuertes desde las que realizar la obra desintegradora. Con Esteban Morín formaban otros cinco judíos la cúpula del rito escocés: Juan Mitchel, Federico Dalco, Emilio de la Motta, Abraham Alexander e Isaac Auld.

 

 

Godoy

 

LA INVASION FRANCESA (1808-1814)

La Invasión Francesa fue obra de las logias, llevada a cabo por los masones “afrancesados”. El desgobierno de España dio lugar a la Junta Nacional de Bayona, presidida por el Gran Maestre de la masonería, Miguel José de Azanza (Duque de Santa Fe), donde se glorificó e intentó justificar la acción napoleónica. El masón Murat invadió la península ibérica. En octubre de 1909 estableció el Gran Oriente Español. Azanza sería nombrado Primer Ministro, quien configuró, durante el reinado de José Bonaparte (1808-1814), un gabinete de masones formado por Manuel Luis de Urquijo, Gonzalo O’Farril, Conde de Cabarrus, Sebastián Piñuelas y Gaspar Melchor de Jovellanos.

En España mandaba, realmente, el Supremo Consejo de Charleston y el judío Esteban Morín.

El año 1808, inicio de la renuncia del trono español a la soberanía francesa, fue una época de triunfo absoluto de la masonería en España bajo dos obediencias y en campos antagónicos: la de los “afrancesados”, unida a José Bonaparte I (el Estatuto de Bayona se promulgó el día 6 de julio de 1808 y se publicó en la Gaceta el día 24), y la del Supremo Consejo, sus oponentes, los mal llamados “patriotas”, que se trasladó a las logias de Cádiz y redactaron la Constitución de marzo de 1812, inspirada en principios masónicos, en la que se abolió el Voto de Santiago y el Tribunal del Santo Oficio. La carcoma masónica era traición en ambos lados de la pinza.

El monarca francés José Bonaparte, llamado “Pepe Botella” por el pueblo por su afición a la bebida, promulgó leyes contra la Religión Católica y reconoció la Gran Logia Madrileña, fundando personalmente la logia “Santa Julia”, de la que se erigió en Gran Maestre, que simultaneaba con su condición también de Gran Maestre del Grande Oriente francés.

 

LA PRIMERA CONSTITUCION ESPAÑOLA DE 1812, UN TEXTO MASONICO

Mientras los masones denominados “afrancesados”, acaudillados por Urquijo, Ceballos y otros, redactaron en Bayona una Constitución para la España doblegada a Francia, simultáneamente el Congreso masónico, reunido en Cádiz, bajo la égida y el patrocinio del Gran Oriente Inglés, dictaba a la otra España una análoga Constitución masónica, la de 1812.

Cumpliendo los designios de la secta, la entrada en Madrid de Napoleón Bonaparte fue seguida de disposiciones reales en que se suprimía la Inquisición y se adoptaban disposiciones contra el clero secular y regular. Disposiciones paralelas dictaba también el Congreso de Cádiz. Ambos textos legales estaban redactados por “hermanos” masones, aunque de obediencias distintas.

El Supremo Consejo del Grado 33 fue fundado en España en 1809 por José Bonaparte -Gran Maestre de la Masonería en Francia- e instituido legalmente en 1811 por el conde de Grasse-Tilly, delegado del Supremo Consejo de Charleston, y entre sus primeros miembros son conocidos Rafael de Riego, Evaristo San Miguel y Agustín Argüelles; con algunas intermitencias este Consejo funcionó hasta 1836, en que lo formaban el infante don Francisco de Paula de Borbón, don Joaquín María López, Pérez Mozo y Jerónimo Couder. Estos últimos recibieron el grado 33 de manos de Evaristo San Miguel.

 

En Cádiz se redactó y discutió la Constitución de 1812. Los Talleres “Tolerancia y Fraternidad” de la ciudad gaditana estuvieron muy activos desde 1810. El clérigo masón Muñoz Torrero fue quien dispuso el traslado de las Cortes a Cádiz. Entre los masones se encontraban el conde de Toreno, Agustín Argüelles, García Herreros, Calatrava, etc.

Como ejemplo vivo de la infiltración masónica en el clero citaremos el caso del masón Juan Antonio Llorente, que consiguió penetrar y agazaparse en el Tribunal del Santo Oficio.

La mayor parte de los ministros nombrados por el Rey Fernando VII (1814-1833), llamado “el narizotas”, eran masones: duque de San Carlos, Macanaz, Góngora, Salazar, Eguía, San Miguel, Argüelles -Gran Comendador soberano-, Martínez de la Rosa. El mismo rey Borbón, Fernando VII, fue masón, iniciado en Valency, según testimonio de don Francisco de Asís Aguilar, Obispo de Segorbe, que así lo dice y afirma en su “Historia Eclesiástica”. No es de extrañar cuando se comprueba que el Ministerio absolutista, que formó de las seis carteras ministeriales, cinco estaban ocupadas por masones (Duque de San Carlos, Pedro Macanaz, Góngora, Salazar, Duque del Infantado).

También eran declarados y abiertos masones muchos miembros de la familia reinante, como el hermano del rey, el infante don Francisco (nombre simbólico, hermano Dracon), que fue el 4º Gran Maestre de la Masonería española, tras Azanza, Argüelles y Riego, y su esposa Carlota, que fue quien le arrancó al moribundo rey Fernando VII, en 1832, en Aranjuez, la firma del Decreto aboliendo la Ley Sálica, con el que se abría un siglo de luchas fratricidas en España y se daba carta blanca a la masonería para que llevase adelante sus tenebrosos planes. Masón era su hijo, el duque de Sevilla, los yernos del infante, el conde de Gorowski. Doña Isabel Gorowski y Borbon y la condesa de Chinchón, nieta de Godoy, son las mujeres españolas de algún relieve iniciadas en la masonería femenina.

Masones eran los altos mandos militares, los generales Espoz y Mina, Porlier, Lacy, Miláns, Alava, O’Donoju, Torrijos, O’Donnell, Santander…, que eran más obedientes al mandato de las logias que a la disciplina castrense.

A la muerte de Fernando VII (1833), se reorganizó el Grande Oriente Español bajo la dirección de Antonio Pérez de Tudela. Poco más tarde surgieron tres “potencias”: 1) Gran Oriente de España, presidida por el Infante Don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII; 2) Gran Oriente Hespérico, acaudillado por Salustiano Olózaga, y 3) Gran Oriente Militar.

El asesinato a martillazos del “Cura de Tamajón” en la Cárcel de Vinuesa, fue el inicio de las represalias masónicas de los que se alzaban por un ideal, y así surgió con toda monstruosidad el asesinato del Obispo de Vich, fray Ramón Strauch, el día 16 de abril de 1823.

León XII publicaba su Constitución Apostólica “Quo Graviora” contra la Masonería, que fue recogida y promulgada en España en la Real Cédula del Consejo, fechada el 14 de febrero de 1827.

 

LA PERDIDA DEL IMPERIO ESPAÑOL, OBRA MAESTRA DE LA MASONERIA.

La masonería fue la activa y destructora fuerza interior y exterior que aniquiló el imperio español. Fue una derrota organizada desde las altas cumbres del Estado, que no fue vencido por las armas de los secesionistas e insurrectos de ultramar, sino por los traidores a la Patria escondidos en los talleres y logias.

Infiltrada en el estamento militar se dedicó a socavar la disciplina para favorecer los intereses políticos revolucionarios y secesionistas.

La expulsión de los Jesuitas, sancionada por su eufemística “Majestad Católica” Carlos III, fue el atentado más grave que sufrió el prestigio de la fe católica en España y en sus colonias, de donde se vio salir como malhechores a los que hasta entonces habían constituido la más firme vanguardia de la fe.

En la Revista masónica “Latomia”, volumen I, pág. 265, se escribe: “A los masones españoles debe América los primeros – y los últimos- impulsos independizantes, lo cual, si para ciertas gentes implica falta de patriotismo, para nosotros no puede menos de constituir un timbre de orgullo”.

El Grande Oriente Español fue el encargado de preparar los movimientos revolucionarios del siglo XIX en España para arrebatarle su imperio colonial.

Quien dio impulso a los primeros libertadores y atizó la hoguera del separatismo y el odio indígena contra España fue la masonería, que desgajó el vasto imperio español. Sus consignas eran claras: 1) Apoyo moral y material a los separatistas; 2) En la metrópoli consumir las energías del Estado en las luchas intestinas; 3) Que no embarque un solo soldado de la Península Ibérica para acudir a sofocar las secesiones; 4) Hundir a España en la anarquía; 5) Oro inglés a través de las logias españolas para los traidores.

Los conspicuos masones españoles Picornell, Cortés y otros, librados de la pena de horca por imposición del embajador francés, urdieron en Venezuela la primera intentona separatista -año 1789, antes que Miranda y Bolivar, dando cumplimiento a la antiespañola consigna masónica, se levantasen en armas contra la metrópoli.

Donde la actuación masónica alcanzó verdadera actividad, en tiempos del reinado de Fernando VII, fue en el Imperio Español. Para la independencia de América intervenía de modo personal, con su dinero, el banquero judío de Santo Domingo, Esteban Morín, grado 33 y Presidente o Gran Comendador del Supremo Consejo de Charleston.

Otro personaje que acataba escrupulosamente las órdenes de la masonería era el General Tilly, en cuyo entusiasmo sectario llegó a ofrecer cinco mil hombres para la expedición destinada a ayudar a los insurrectos americanos.

El Imperio Colonial Español estaba dividido, a principios del siglo XIX, en cuatro Virreinatos: 1) Nueva España o Méjico (hoy México); 2) Nueva Granada o Santa Fe (hoy integrado por las Repúblicas de Venezuela, Colombia y Ecuador); 3) Perú (formado por las hoy naciones de Perú y Chile), y 4) Buenos Aires o Río de la Plata (hoy República Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia). El más firme puntal de las colonias españolas lo constituía la Compañía de Jesús con sus misiones.

Los trabajos para la Independencia de Méjico se remontan a 1791, en tiempos de Carlos IV, iniciados por Pedro Portila, siendo Virrey el masón Azanza.

Iturrigaray fue uno de los gobernadores que cooperó con sus escandalosos negocios y su filiación masónica a que los aires insurgentes se convirtieran en huracanes.

Para sofocar el levantamiento se entregó el mando de los ejércitos al General masón mejicano, Agustín de Iturbide, quien, en lugar de dar la batalla al insurgente Guerrero, firmó con él el “Tratado de Iguala”, de donde se derivó la independencia de Méjico. Se mandaba apagar el fuego con gasolina.

Colaboró, con su actuación sectaria, el General masón Espoz y Mina. El último Virrey de Méjico fue el General del Ejército Juan O’Donojú, también hombre de logia y mandil. La capitulación de España, por la Independencia de Méjico, se firmó en la ciudad mejicana de Córdoba, sin resistencia, ya que el Jefe de la Armada española, el masón Pedro Celestino Negrete, se pasó al bando de Iturbide, que sería nombrado Emperador de Méjico, en 1922, y fue fusilado por un pelotón de soldados en 1824.

En Argentina era Virrey el General Liniers, decidido defensor de la causa española, que por decisión de la Junta Central Suprema, el 15 de febrero de 1809, fue sustituido por Baltasar Hidalgo de Cisneros, masón y Teniente General de la Marina. La revolución la inició Cornelio Saavedra, afiliado a la masonería. Posteriormente se organizó un ejército mandado por un masón, el General San Martín, que derrotó a Vigodet, el jefe de las tropas leales a España. Uruguay se independizó el 21 de febrero de 1813 tras la batalla de Salta. Tres años después, en 1816, Buenos Aires, por el Congreso de Tucumán, proclamó la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, estableciendo un Gobierno federal que las emancipó de España, por obra y gracia de las logias.

El General masón José de San Martín había sido Oficial del Ejército Español y en 1811 ostentaba el grado de Teniente Coronel. Ingresó en la logia “Lautaro”, de Cádiz. Desertó de la milicia, recibiendo medios económicos del agente diplomático inglés Charles Stuart. Se desplazó a París, donde conectó con la logia de Miranda, para después trasladarse a Buenos Aires, donde, junto con otros dos desertores del Ejército Español, un subteniente de Carabineros y un Alférez de Navío, fundaron la logia “Lautaro”, filial de la de Cádiz.

 

José San Martín

 

En Santa Fe o Nueva Granada residía el mayor foco revolucionario; se hallaba ubicado en Venezuela, cuya capital, Caracas, tiene dos notas importantes: ser el lugar de nacimiento del masón Simón Bolívar (1783), el fundador de la República de Bolivia, a la que da nombre, y tener el templo masónico más antiguo de los instalados en la América hispana.

El venezolano Francisco Miranda unificó el movimiento de rebelión, dándole carácter netamente republicano y separatista, formando una conspiración masónica contra España al servicio del extranjero.

Francisco Miranda, ex amante de Catalina II de Rusia, ex-general jacobino francés y agente de Inglaterra, fundó en Londres, en 1797, la “Gran Logia Americana”, erigiéndose en su Gran Maestre y estableciendo ramificaciones en París, Madrid y Cádiz. Por estos talleres pasaron los dirigentes más famosos del movimiento separatista, entre otros, Bolívar y San Martín.

El también masón, General Pablo Morillo, se enfrentó con Bolívar, y el 21 de junio de 1821 se declaró la independencia de Venezuela. La confrontación de los dos masones dio el resultado apetecido por las logias.

En Colombia la dirección del movimiento revolucionario la ostentaba el Gran Maestre Francisco de Paula Santander, siendo premiados sus esfuerzos con la Presidencia de la República.

En la pérdida de Perú intervinieron activamente las logias inglesas. El General masón San Martín dio la batalla en Pisco, sin prácticamente resistencia. La batalla decisiva fue la de Ayacucho, en la que las tropas de Simón Bolívar, mandadas por su General ayudante, el masón Antonio José de Sucre, derrotaron a su “hermano” Baldomero Espartero en el año 1824.

Simón Bolívar, nacido en Caracas en 1783, formó parte del Ejército Español. Afiliado a la logia gaditana “Lautaro”, frecuentó también en París las logias de la capital francesa. Se consideraba discípulo de Rousseau y tuvo por preceptor en la secta a Simón Rodríguez.

Chile se emancipó por la batalla de Maipú, con el ejército formado en la ciudad de Mendoza por el General San Martín.

San Martín fundó la primera logia de Lima, después de arrancar a Chile del dominio de España, cuando fue en busca de las minas de Perú. Agentes masónicos ingleses y franceses andaban minando el terreno. El criollo Simón Bolívar, masón educado en España, dispararía los últimos cartuchos contra la Madre Patria. Todo eran traiciones y villanías. En la Península y en Ultramar.

Mientras tanto, en la metrópoli, el General O’Donnell, Quiroga y Riego, seguían las consignas masónicas. El Capitán General de Granada, el Gran Maestre conde de Montijo, presidía todas las conjuras. En Cádiz se organizó una especie de logia central, cuyo taller estaba en íntimo contacto con los banqueros de Gibraltar y coordinaba todo lo referente a la insurrección hispanoamericana, siguiendo las órdenes cursadas por la masonería para que no embarcara ni un solo soldado.

La masonería utilizó al “hermano” Riego para evitar el embarque de las tropas españolas hacia América para sofocar la secesión. Riego, protegido por el Capitán General de Andalucía O’Donojú, al frente de una expedición, se sublevó en Cabezas de San Juan y proclamó la Constitución conocida como “La Pepa”. No embarcó ni un solo soldado con destino a las colonias. Riego, como el General O’Donnell, como el General San Martín, como Simón Bolívar, todos ellos protagonistas principales de la desmembración del Imperio Español, eran masones.

En Filipinas, la masonería fue fundada en 1854 por Mariano Martí, que, junto con Rufino Pascual Torrejón, instalaron la Gran Logia Departamental o “Madre Logia”.

Los masones filipinos, en sus actividades separatistas, no descuidaron jamás la propaganda antirreligiosa, haciendo culpables a los frailes de las persecuciones oficiales que sufrían. Aparecían siempre, en primer plano, los miembros de la masonería filipina, quienes, cumpliendo orden de la internacional, trabajaron, hasta conseguirlo, por la independencia del archipiélago. Al frente se encontraba José Rizal Mercado y Alonso, que se destacó en las logias por su ateísmo recalcitrante y por el ímpetu revolucionario independentista.

Masón era Morayta y los que con él, desde España, alentaron la insurrección cubana, y masones los que en las Cortes y a espaldas del Ejército, los traicionaban para la renuncia y la rendición. La separación de Filipinas fue una consecuencia de los trabajos de los indígenas masones en combinación con el Gran Maestre del Gran Oriente Español, Miguel Morayta y Sagrario, de origen judío; el “hermanito” Pizarro; el Gran Maestre del Grande Oriente Nacional de España, José María Pantoja, y su “alter ego”, Eduardo Caballero de Puga, que se valieron en el archipiélago del famoso Katipunan, sociedad masónica de la Asociación Hispano-Filipina constituida por los conspiradores residentes en la Península, y del periódico “La Solidaridad”, editado por estos en Barcelona.

El último Gobernador de Cuba fue el General Blanco, marqués de Peñaplata (H.: Barcelona), y los Generales González Parrado (h.: Jesucristo) y Fernández Bernal (h.: Kleber), hubieron de entregar la Gran Antilla al ejército yanqui de ocupación, en el que figuraban los masones Kent, Batos, Chafe, Summer, Ludlow, Ames y Wood, cumpliéndose así los acuerdos de la Masonería Universal, que había decretado la pérdida de Cuba para España.

La ligazón existente entre la masonería de España y la de Cuba prueba que ambas obedecieron las mismas consignas internacionales. La inmensa mayoría de los insurrectos eran masones, y lo mismo aconteció con sus dirigentes, pues Antonio Gavin y Torres, fundador del partido autonomista, era, a la vez, Gran Maestre de la Gran Logia Unida de Colón y Cuba. Masones fueron Maceo, Máximo Gómez y demás cabecillas insurgentes.

El Supremo Consejo eligió, el 20 de julio de 1870, Gran Comendador a Manuel Ruiz Zorrilla, quien ocupó dicho cargo hasta enero de 1874, que tuvo que exiliarse, y le sucedió Juan de Somera, hombre de edad avanzada, que sólo estuvo un año a su frente, siendo relevado por Práxedes Mateo Sagasta, que ejerció hasta 1880, a quien sucedió Antonio Romero, etc…

Sagasta, que presidía el Gobierno Español, era masón, y las Cortes en las que se decidió la independencia de Cuba, en 1898, contaban con ciento noventa y tres diputados inscritos en diferentes logias.

Mientras en España se imponían y sucedían gobiernos masónicos, comuneros y carbonarios, se organizaban matanzas de frailes y se encendía la más espantosa guerra civil del siglo XIX. El judío inglés Benoltas, banquero de la colonia inglesa de Gibraltar, proveía de fondos y financiaba las operaciones del Gran Oriente Español.

 

LA DESAMORTIZACION DE LOS BIENES ECLESIASTICOS Y LA RAPIÑA JUDEO MASONICA.

Al fallecimiento del Rey Fernando VII (1833), le sucedió la regencia de su viuda, María Luisa de Borbón, y se constituyó un nuevo Gobierno formado por ministros masones: Martínez de la Rosa, como presidente; Garelly, Burgos, Zarco del Valle y Vázquez Figueroa, gobierno que autorizó la monstruosa matanza de frailes de 1834.

En la masonería encontró el conde de Toreno, sucesor de Martínez de la Rosa, a sus ministros Alvarez Guerra y Alvarez Mendizábal, este último judío y recalcitrante masón, que se hizo famoso por el latrocinio que llevó a cabo en forma de desamortización de los bienes de la Iglesia. Al judío Mendizábal le sucedió, a su vez, el masón Isturiz.

 

Mendizábal

 

Durante este periodo, otra gran vergüenza la constituyó el motín de La Granja, organizado por la Masonería, que dio el poder al masón Ramón María Calatrava, quien formó un Gobierno integrado por masones rancios.

El masón General Espartero fue el tutor de la reina niña, Isabel II (cuyo reinado abarca desde el año 1833 al año 1868), quedando así, Isabel II desde su más tierna infancia, bajo el influjo masónico. Todos sus profesores fueron escogidos entre hombres de la secta, que la envolvió y amarró entre sus redes. La secta designó preceptores de la reina a Quintana y a Ventura de la Vega; Argüelles fue su preceptor y Martín de los Heros su intendente.

Matanzas de frailes tuvieron lugar durante los años 1834 y 1835 ordenadas por el poder masónico imperante. La masonería levantó, contra los frailes indefensos, una gran calumnia, diciendo que habían envenenado las aguas para propagar el cólera morbo que estaba haciendo estragos en Madrid. Comenzaron los asesinatos en masa de religiosos. Fueron pasados a cuchillo o murieron estrangulados sobre los altares. Eliminaron a jesuitas y a los frailes del Convento de Santo Tomás, de la calle de Atocha. No se respetaba ni a los enfermos ni a los ancianos. Se acribillaba a toda la comunidad. También corrieron igual suerte los religiosos de San Francisco el Grande. Allí cayeron cuarenta y nueve nuevos inmolados por la masonería. El Convento de la Merced fue profanado. Hasta ochenta víctimas contó la matanza de los frailes. En las provincias continuaron los desmanes. Para coronar su acción asesina y perpetuar el recuerdo de la matanza de frailes, en la plaza que ocupaba el Convento de la Merced, los masones levantarían posteriormente un monumento al judío Mendizábal, que fue abastecedor del ejército, bolsista y usurero hasta que llegó a ocupar la cartera Ministerial.

El Decreto del 8 de marzo de 1836 daba las garantías para extinguir las órdenes religiosas, que tuvo como finalidad suprimir todos los monasterios, colegios, congregaciones, casas de comunidades, las cuatro Órdenes Militares y la de San Juan de Jerusalén.

El judeo-masón Juan Alvarez Mendizábal, ocupó la jefatura del Gobierno desde el 15 de septiembre de 1835 hasta el 15 de mayo de 1836. En este corto espacio de tiempo suprimió, por decreto del 11 de octubre de 1835, las comunidades religiosas y llevó a cabo la desamortización, vendiendo a bajo precio a los masones adinerados los bienes eclesiásticos. El judeo-masón Mendizábal puso a la firma de la Reina Gobernadora el Decreto Ley de disolución de las Órdenes religiosas y el latrocinio de sus bienes.

La promesa se convirtió en Ley el 29 de Julio de 1837, confeccionada por el judío y masón Mendizábal, al refrendarlas las Cortes constituyentes, añadiendo la prohibición de ostentar en público el hábito. Continuó la persecución masónica contra la Iglesia prohibiendo su fuero.

El Arzobispo -Obispo de Port-Louis-, Monseñor León Meurin, en su obra “Filosofía de la Masonería”, dice: El judío Mendizábal había prometido, como Ministro, restaurar las precarias finanzas de España, pero, en corto espacio de tiempo, el resultado de sus manipulaciones fue el terrible aumento de la deuda nacional, y una gran disminución de la renta, en tanto que él y sus amigos amasaban inmensas fortunas. La venta de más de 900 instituciones cristianas, religiosas y de caridad, que las Cortes habían declarado propiedad nacional a instigación de los judíos, les proporcionó magnífica ocasión para el fabuloso aumento de sus fortunas personales. Del mismo modo fueron tratados los bienes eclesiásticos. La burla imprudente de los sentimientos religiosos y nacionales llegó hasta el punto de que la querida de Mendizábal se atrevió a lucir en público un magnífico collar que hasta poco tiempo antes había servido de adorno a una imagen de la Santa Virgen María en una iglesia de Madrid”.

La Reina Isabel II fue obligada a casarse, interviniendo en ello la Gran Logia de Inglaterra, con el declarado homosexual Francisco de Asís, hijo del Gran Maestre español Francisco de Paula. La reina, promiscua y libertina sexual, tomó por amante al General Serrano, progresista y masón, a quien se le atribuye la paternidad de su hijo, el futuro rey Alfonso XII.

En 1852 el Gran Oriente decidió acabar con la vida de la reina Isabel II, para lo que encargó esta misión a un fraile secularizado, llamado Martín Merino, que estaba afiliado a las logias, pero éste fracasó en el golpe de puñal, quien abandonado más tarde por sus “hermanos” por el yerro, murió ajusticiado a garrote vil. Isabel II promulgó, entonces, un Decreto clausurando las Logias, que en venganza preparó en secreto que fuera destronada por un golpe militar el día 29 de septiembre de 1868, que realizaron los generales masones, entre otros, su antiguo amante Serrano, lo que obligó a la Reina Isabel a buscar asilo y refugio en Francia.

 

Publicado en el Blog de Campos el 25-06-2019

 

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