San Antonio de Padua

“San Antonio de la Florida, la primera verbena que Dios envía”. En aquella época se aprovechaban las verbenas y las fiestas mayores de los pueblos para comer turrón de Castuera, que era de cacahuetes, comprar algo que necesitabas y que estabas esperando a poder hacerlo en los puestos de verbenas y ferias, que se alumbraban con candiles de carburo, las casetas de bebidas, el baile para los mayores y los juegos para los pequeños.

 

 

Los pequeños llevábamos pantalón corto hasta los diez años. Recuerdo que Luisito, que se metía en todos los líos y siempre salía victorioso, le dijo a un muchacho muy grandote, con pelos ya en las piernas y uniforme de la OJE, ten cuidado chaval, que se te va a salir la cola por la pierna de los pantalones.

En la pobreza, y en la ignorancia, éramos felices. Y esas pequeñas fiestas, junto al cine de los domingos, eran el único asueto que disfrutábamos. Así fuimos creciendo, con mucho esfuerzo, trabajo, comiendo garbanzos, lentejas (que había que “limpiar” porque las vendían al por menor y traían pajizas y pequeñas piedras que se separaban), sardinas de cuba (no de la Habana, sino porque se vendían en unas cubas de madera) y, lo más, un pollo de campo el día del cumpleaños del padre o en Navidad.

Aquello quedó atrás, y fue con los lópeces (Gregorio López Bravo y Laureano López Rodó), aprovechando el dinero del turismo, de las remesas en divisas de los emigrantes, de la prosperidad mundial, y su pertenencia y colaboración del OPUS, cuando se empezó a comer bien, tres comidas al día, abundantes y compensadas nutricionalmente.

Aquello pasó hace muchos años, aunque algunos no se acuerden de ello ni del origen que lo produjo: Una guerra civil que empezó antes de la fecha por todos reconocida del 18 de julio, desde que socialistas y comunistas se alzaron contra la República y todas las actuaciones que de ello se derivaron.

En estos momentos, tras las elecciones habidas, se está en periodo de negociación, reparto de poderes y colocación de amigos, conocidos y adictos de todos los Partidos Políticos, aunque sean ineptos.

Las elecciones generales las ha ganado el PSOE por amplia mayoría, pero no la suficiente para decidir por sí mismo. Partiendo de un axioma general de que quien ostenta el poder no lo deja por ningún concepto, Pedro Sánchez ha de ser el próximo Presidente de Gobierno, acompañado, como dijo aquel juez de sentencia dubitada, de una o varias personas de ignorada procedencia.

El socialismo tiene dos opciones, siempre pensando que nunca va a renunciar al poder: Pactar con Podemos (ultraizquierda comunista-leninista), con los independentistas catalanes, con los independentistas vascos, y resto de anticonstitucionalistas. O que la derecha constitucionalista se abstenga.

 

 

Es en estos momentos cuando hay que ser estadistas, cuando hay que sacrificar el bien personal en aras al bien general. La derecha debe abstenerse por el bien de España y, en concreto, Ciudadanos. Además, si Ciudadanos no ayuda a Pedro Sánchez en esta ocasión, se van a enfadar mucho con Albert Rivera su socio Girauta, amigo íntimo de Soros, algún que otro masón, los de Bilderberg, el Banco Santander y el resto del IBEX, además de “quemar” desde ya, a uno de los mayores activos que tiene, que es Inés Arrimadas.

Europa es cada vez más populista de derecha, más intransigente con las nuevas tendencias políticas globales de trabajar para que otros vivan de la caridad, hoy llamada solidaridad, de su esfuerzo, más consciente que está perdiendo su identidad e idiosincrasia. Si no se ayuda a que los socialistas lleguen a la Presidencia del Gobierno, tendrán que “vender” su poltrona mediante concesiones a ese nuevo Frente Popular del siglo XXI, y al final alguien puede pensar que una nueva guerra contra el comunismo y el socialismo podría llegar a reproducirse.

Celebremos San Antonio de Padua, ese franciscano portugués, predicador que conocía de memoria más de 6.000 citas de la Biblia, y de quién se ha escrito:

Reconducía a la paz fraterna a los desavenidos, […] hacía restituir lo sustraído con la usura y la violencia […]. Liberaba a las prostitutas de su torpe mercado, y disuadía a ladrones famosos por sus fechorías de meter las manos en las cosas ajenas […]. No puedo pasar por alto cómo él inducía a confesar los pecados a una multitud tan grande de hombres y mujeres, que no bastaban para oirles ni los religiosos, ni otros sacerdotes, que en no pequeña cantidad lo acompañaban.

Y encomendemos al santo el buen hacer de nuestros políticos.

 

Publicado en el Blog de Campos el 13-06-2019

 

 

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