Sevilla – Última semana de noviembre

Por mucho que uno haya viajado, hecho guardia en muchas garitas o, lo que es más importante, kilómetros de andén de estaciones antiguas, esas en las que no sabías ni a la hora que llegaba el tren ni cuando salía, todos los días se aprende algo.

Acompaño a mi hijo a un viaje profesional a Sevilla la semana pasada. Mientras él se ocupa de su trabajo, yo deambulo por calles y plazas, callejuelas y plazuelas, olvidándome casi por completo del centro de la ciudad y de sus monumentos, ya visitados en diversas ocasiones con anterioridad.

 

 

La primera asignatura a aprender es cuando entramos en internet a buscar alojamiento. Junto a hoteles de todas categorías, aparece la página de airbnb.es que son viviendas, apartamentos y habitaciones, más baratas y como alternativa a la red hotelera. La página te ofrece muchísimos sitios dónde alojarse y, por su gestión, cobra diez euros diarios más IVA correspondiente, facturados de acuerdo a la legalidad española vigente.

El propietario o el explotador turístico cobra de acuerdo a sus propias tarifas, en las que se incluyen el aparcamiento del coche en una ciudad imposible para aparcar, más doce euros diarios por limpieza. Hasta ahí, todo bien. Pero el problema llega cuando tras contactar al menos con ocho o diez alojamientos, ninguno facilita factura de ningún tipo por esos servicios: El importe de la limpieza se lo dan en mano a quien se encarga de esos menesteres, y el de alquiler del apartamento, directamente al bolsillo de un encargado/chico para todo, que es quien te facilita las llaves y su número de teléfono por si hubiera algún problema. Aquí no paga impuestos nadie, ni quien limpia, ni el encargado ni el propietario.

Eso sí, el apartamento era una monada, en el barrio de la Macarena, cuatro alturas con cuatro apartamentos por planta, patio central a cielo abierto, dos habitaciones de matrimonio, un salón, cocina y servicios, perfectamente decorado y dotado de cuanto se pudiera necesitar, hasta librería llena de libros de diversas época e idiomas para disfrute de los clientes. Nuevo, limpísimo, hecho a propósito y por profesionales para el fin al que estaba destinado.

Llenamos el depósito del coche poco antes de entrar en Sevilla. En la Autonomía con el Impuesto de Sucesiones más alto, también el diésel: 0,12 euros más caro el litro que en Madrid.

En toda Andalucía y en Sevilla en concreto, son muy amables, expansivos, comunicativos y es difícil no hacer amigos de tasca en cuanto vas dos días seguidos a tomar una cerveza. Cerca del apartamento hay una casa okupa y muchos de ellos, al caer la tarde, sentados en dos bancos de piedra, con vasos en las manos. El camarero, sin decir yo palabra: Mire usted, ahí los tiene, sin hacer nada en todo el día y por las noches se hartan de cubalibres, no sé de dónde sacarán el dinero; y yo aquí, diez horas diarias por novecientos euros y las propinas.

Nadie desayuna en su casa; a eso de las diez o diez y media, es difícil tomar asiento en una mesa de cualquier bar en el que pongan un mollete antequerano con tomate, aceite y jamón del bueno, junto con un café con leche servido en vaso grande y a una temperatura que te arde el paladar, lo que da pie a entablar conversación hasta que se vaya enfriando. Yo había logrado una mesa, estaba solo, se acerca un hombre de unos sesenta años y me pregunta si puede sentarse conmigo, que no hay ningún sitio libre en todo el bar. Sin problema, siéntese por favor. Usted no es de aquí. No. Se le nota, los de aquí hablamos mucho. ¿No habrás venido usted por lo de las elecciones? No, estoy pasando aquí unos días acompañando a mi hijo. Bueno, pues mire: Yo fui árbitro de fútbol en Preferente y Tercera, en aquellos campos de tierra que había, en los que la directiva del equipo local nos llevaba un botella de coñac y un paquete de Chesterfield en el descanso, para que no pasáramos frío. Luego trabajé en un “mercao”, cuando se pesaba con pesas, yo les hacía un hueco en el culo y les rebañaba más de cien gramos en cada kilo; luego me metí de guardia urbano, a poner multas, muchas multas; y ahora soy de los que controla la Zona Azul. Así que imagínese las veces que se han acordado (en realidad dijo otro verbo) en mi padre y en mi madre.

Y aunque se vuelvan a acordar de ellos, tengo que decir lo que siento: Ya está bien, no voy a votar a los socialistas porque le están haciendo el juego a los independentistas; esos dos que se han puesto de huelga de hambre, a ver si tienen coraje (aquí también dijo otra palabra) y llegan hasta el final, y se mueren, y dos idiotas se convierten en héroes de los separatistas, y sacan las armas que tienen escondías, y va allí entonces la Legión y los Paracas y los machacan en tres o cuatro días, y aquí paz y en el cielo gloria …

Barrio de Triana, cerca de la Iglesia del Cachorro. Acodado en la barra de un bar. Unos cuarenta años. Tenemos que ir a votar el domingo. Yo cobro el PER de las quince peonas al año; luego, mi mujer; luego mis dos hijos; y con algunas chapucillas que vamos haciendo, ¡qué se puede pedir más para tomar un vinito!

Carretera Carmona. Avenida de Llanes. Casa de comidas caseras. Sirve un peruano, que parece el dueño. Tengan cuidado cuando salgan, aquí en la plaza de la derecha, está llena de negros que no se sabe de dónde han llegado ni qué hacen. Al menor descuido les roban y si ustedes se dan cuenta y les plantan cara, los otros salen a defenderlos.

 

 

Hay una tasca, en una callejuela del centro, que siempre está de bote en bote; tiene dos puertas y, dentro, una barra corrida, de mármol blanco a juego con la decoración y la mugre que tiene, que bien podría remontarse a cien años. Por la puerta de la derecha entran los “guiris”, que se ponen moraos a medias y a tintorro. Por la de la izquierda, los sevillanos, que toman fino y tapas, todos con traje, corbata y pañuelo en el bolsillo alto de la americana, que es como se llama aquí a la chaqueta. El repertorio de tapa, media o ración, que es con lo que se acompaña a la bebida, sigue teniendo los mismos precios que yo conocí hace años, pero las cazuelas han disminuido su circunferencia, algo así como pasa en los supermercados en muchos productos, que han pasado de pesar un kilo a ochocientos gramos, o de medio kilo a cuatrocientos cincuenta gramos. La inflación no está en el precio sino en la cantidad servida.

Y en ese ambiente de pingoneo y holgazanería por mi parte, llegamos al domingo dos de diciembre, en el que se celebraron elecciones autonómicas al Gobierno de Andalucía. Sobre eso de las nueve de la tarde, un amigo periodista de Sevilla, me llama y me pregunta: ¿Quién crees que va a ganar? Le contesto: Los de siempre, sustentados por Podemos, igual que en el Gobierno de España. Me responde: Hummm, no sé, no me gustan algunas caras que estoy viendo …

 

Antonio CAMPOS

http://www.es.ancamfer.wordpress.com

 

Publicado en el Blog de Campos el 04-12-2018

 

 

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