España – II República Española – 4ª parte

La nefasta II República. Por Javier Giral Palasí. 14-04-2017

Cada 14 de abril la propaganda de la mentira histórica, la que utiliza la manipulación sobre el pasado para amordazar al rival ideológico en el presente, nos bombardea con la consigna simple, pero eficaz entre los gentiles, de que “la II República fue la panacea de la libertad, el progreso y la democracia, hasta que un general faccioso decidió levantarse en armas contra el gobierno legítimo salido democráticamente de las urnas, y patatín y patatán…”.   Sin embargo, para disgusto de los profesionales de la mentira histórica la realidad fue muy distinta.

Discutir con los que viven de la subvención, o con los que consideran que “la mentira es un arma revolucionaria”, como decía Lenin, o con los que llevan 30 años predicando en el chiringuito político y cobrando siempre del contribuyente, resulta un esfuerzo inútil que no merece gasto de energía ni interés; lo interesante es desenmascarar a estos embaucadores ante los demás, ya sea por su ignorancia contagiosa, por repetir la propaganda que viene de tiempos de la Komintern o por su mala fe.

Empecemos por indicar que la II República vino sobrevenida tras unas elecciones municipales en abril de 1931, no hubo referéndum ni plebiscito ni proceso constituyente ni cosa parecida; tras unas elecciones que además perdieron los partidos republicanos con una proporción de 4 a 1 frente a los monárquicos; digamos que fue el resultado de lo que domina la izquierda, la agitación y la propaganda, o el AGITPROP, es decir, movilizar a una minoría con mucho ruido, algaradas y conatos de violencia para amedrentar a los demás. Y el resultado fue que Alfonso XIII, un rey deprimido, antes de conocerse los resultados definitivos de aquellas elecciones, y ante el panorama que le presentaban en las primeras horas, renunció y salió del país.

La recién estrenada II República, adoptó la bandera tricolor de los casinos republicanos, a diferencia de la I República que mantuvo la roja y gualda de 1785, una bandera que nació de la confusión de añadir una franja morada, tras ver un morado en un estandarte donde había un rojo apagado por los años de sol, en supuesto honor de los comuneros de Castilla, cuando en realidad el pendón de Castilla ostentaba el rojo carmesí.

La recién estrenada II República, adoptó la bandera tricolor de los casinos republicanos, a diferencia de la I República que mantuvo la roja y gualda de 1785, una bandera que nació de la confusión de añadir una franja morada, tras ver un morado en un estandarte donde había un rojo apagado por los años de sol, en supuesto honor de los comuneros de Castilla, cuando en realidad el pendón de Castilla ostentaba el rojo carmesí. Y para mayor mofa la bandera republicana utilizaba un escudo aparentemente similar al de los anteriores Borbones, cuya mayor diferencia fue sustituir la corona real por una muralla de castillo, un detalle casi inapreciable a primera vista para el público republicano.

La II República nació con un gobierno provisional, que sin pensar en la mayoría de la población que era monárquica, católica y tradicional, quiso establecer una república a semejanza de la república mejicana en manos del PRI, es decir, una república dominada por la izquierda masónica, y por tanto, con un fuerte componente anticlerical, hasta el punto que al mes de ser proclamada permitió la quema de conventos, iglesias, centros de enseñanza para pobres o la destrucción de numeroso patrimonio artístico y cultural, como fue la segunda biblioteca más importante de España que fue quemada en Madrid con sus 80.000 volúmenes. La II República hizo una constante persecución a la libertad de los católicos que iba desde la enseñanza en las escuelas hasta prohibirles tocar las campanas de las Iglesias o salir en procesión.

Y mientras la izquierda republicana, daba forma a su república sectaria, por su parte la izquierda más resueltamente marxista como el PSOE, entonces denominaba a esta II República como una “república burguesa” a la que había que superar violentamente hasta instaurar la dictadura del proletariado en España al igual que en la URSS, es decir, hasta instaurar la dictadura del PSOE. Algo que ahora tratan de ocultar. De este modo, Largo Caballero, el líder del PSOE durante la II República, quién se hacía llamar como el “Lenin español”, disertaba en sus arengas con palabras como las siguientes:

“El jefe de Acción Popular decía en un discurso a los católicos que los socialistas admitimos la democracia cuando nos conviene, pero cuando no nos conviene tomamos por el camino más corto. Pues bien; yo tengo que decir con franqueza que es verdad. Si la legalidad no nos sirve, si impide nuestro avance, daremos de lado a la democracia burguesa e iremos a la conquista revolucionaria del Poder”.

“La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la revolución”. 

“No es así como lo entendemos. La dictadura del proletariado no es el poder de un individuo, sino del partido político expresión de la masa obrera, que quiere tener en sus manos todos los resortes del Estado, absolutamente todos, para poder realizar una obra de Gobierno socialista”. 

Pero la acción de Largo Caballero, no se quedó sólo en palabras porque el PSOE organizó el golpe de estado revolucionario de 1934 en toda España porque no asumían el haber perdido en las elecciones de 1933, como no lo asumió ninguna fuerza del posterior Frente Popular, una revolución que finalmente dónde mayor repercusión y violencia tuvo fue en Asturias y en la nacionalista Cataluña. Dicho de otra manera, antes del levantamiento de algunos generales en julio de 1936, contra la II República ya se habían sublevado o conspirado, tanto socialistas como comunistas, anarquistas, nacionalistas o los propios republicanos, por tanto Franco fue el último en sublevarse.

La falta de libertad en la II República se comprobaba en que no existía libertad de información, gracias a la “Ley de Defensa de la República” de 1931, a la que se añadió la censura previa en 1933 y también en el permanente estado de excepción declarado hasta el final de sus días. Pero la prueba de fuego para aquella supuesta democracia vino en las elecciones de 1933, cuando tras ganarlas la derecha de la CEDA, sin embargo, la izquierda republicana no le permitió formar gobierno, bajo amenazas de todo tipo y la materialización en golpe revolucionario del PSOE antes mencionado. Este era el “talante democrático” de la izquierda de la II República.

Y mientras proseguían las huelgas revolucionarias, las ocupaciones de fincas, los asesinatos en las calles y los conatos de violencia, el fraude de la II República a la libertad y a la democracia llegó a las fraudulentas elecciones de febrero de 1936 rellenando otra siniestra página, en las que la izquierda se apropió de un gobierno que no había ganado limpiamente en las elecciones. ¿Y quiénes dijeron que fueron unas elecciones fraudulentas? pues los propios presidentes de la II República por escrito, como Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Azaña, o el líder socialista Juan Negrín. Pero el estudio y confirmación del fraude electoral ha sido publicado recientemente en el libro “1936 FRAUDE y VIOLENCIA en las elecciones del Frente Popular” que tras 5 años de revisión de actas por parte de dos profesores de la Universidad Rey Juan Carlos, se ha confirmado lo que ya sabíamos, el pucherazo en las elecciones de 1936 en las que las izquierdas le robaron al menos 50 diputados a la derecha y que fue la derecha la que ganó realmente las elecciones al obtener unos 700.000 votos más que la izquierda.

La situación de inestabilidad y caos del país, entre las elecciones de febrero hasta el alzamiento de julio de 1936 quedaba resumido perfectamente por el republicano de izquierdas, el presidente Azaña al escribir:

“Hoy nos han quemado Yecla: 7 iglesias, 6 casas, todos los centros políticos de derecha, y el Registro de la Propiedad. A media tarde, incendios en Albacete, en Almansa. Ayer, motín y asesinatos en Jumilla. El sábado, Logroño, el viernes Madrid: tres iglesias. El jueves y el miércoles, Vallecas… Han apaleado, en la calle del Caballero de Gracia, a un comandante, vestido de uniforme, que no hacía nada. En Ferrol, a dos oficiales de artillería; en Logroño, acorralaron y encerraron a un general y cuatro oficiales… Lo más oportuno. Creo que van más de doscientos muertos y heridos desde que se formó el Gobierno, y he perdido la cuenta de las poblaciones en que han quemado iglesias y conventos: ¡hasta en Alcalá!”.

 

Y para rematar aquella nefasta II República, liberticida y sectaria, en la que además no surgió ningún intelectual de talla, fue el asesinato el 13 de julio de 1936 del líder de la oposición José Calvo Sotelo de Renovación Española, al que ahora le retiran calles por ser franquista a pesar de que lo asesinaron antes de tener tiempo para hacerse franquista. José Calvo Sotelo fue sacado de madrugada de su casa por socialistas de las fuerzas de seguridad del Estado, y recibió un tiro en la nuca de Luis Cuenca, que era guardaespaldas del diputado socialista Indalecio Prieto, como también lo era Fernando Condés, jefe de aquel grupo criminal. Aquella noche también fueron en busca de Gil Robles de la católica CEDA pero no pudieron localizarle al estar ausente de su casa.

 

 

El asesinato del líder de la derecha española será la puntilla para el levantamiento militar que organizaban el general Sanjurjo y Mola, y al que Franco fue el último general en dar su visto bueno ante la situación y los violentos acontecimientos. Entonces la España que en palabras de Gil Robles “no estaba dispuesta a morir” comprendió que era más peligroso no rebelarse contra la revolución en marcha que hacerlo, y por su parte Azaña diría que “Franco no se sublevó contra la república sino contra la chusma que se había apoderado de ella”, es decir, contra el comunismo revolucionario, que de haber triunfado entonces ahora nos hubiera dejado el nivel de miseria de un país excomunista de la Europa del este o el haber asistido al genocidio de millones de personas declaradas “enemigos del proletariado” al igual que en cualquier país por dónde pasó el socialismo revolucionario como nos muestra la historia.

Aquella II República que nació viciada hacia el sectarismo terminó finalmente llevando al país hacia el caos y la guerra civil. Prueba de ello es que los padres intelectuales de la II República, tales como Ortega y Gasset, Marañón y Pérez de Ayala, pasaron de ver en la república una esperanza frente a los años de la monarquía para acabar exiliándose y mandar a sus hijos a luchar en el ejército nacional de Franco. Sobre el Frente Popular, por ejemplo, el intelectual Pérez de Ayala embajador republicano en Londres antes de dimitir, escribió:

“Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a los pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco… Lo que nunca pude concebir es que hubiesen sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza.”

Hoy es 14 de abril y si quiere seguir escuchando esa mezcla de manipulación, fantasía y cuentos para niños, sobre las bondades de la II República mejor encienda la televisión…

El autor es historiador y poeta, Javier Giral Palasí, nació en Madrid en 1978.

 

El frentepopulismo que emponzoñó a la II República. Por Ignacio Fernández Candela. 24-07-2018

Los primeros desbordados por la intoxicación ideológica y la práctica de la violencia indiscriminada, fueron los dignos pensadores que se alinearon con la República. José Ortega y Gasset exclamó: “no es esto, no es esto”; comprobó horrorizado lo que se escondía tras la apariencia constructiva de una Segunda República usada por asesinos despiadados para conseguir otros beneficios que nada tenían que ver con el orden democrático. El mismo Manuel Azaña criticó los intereses tabernarios de sus socios cuando descubrió el error de unificarse con ellos; bien se arrepintió de haber impulsado tan irresponsablemente las hordas salvajes que embrutecieron el país.

En detrimento de la superioridad moral que esgrimen seres ínfimos de estos reductos de la democracia en que se han convertido los tiempos actuales-a imagen y semejanza de los prolegómenos guerra civilistas del siglo pasado- históricamente está demostrado que la actitud criminal del frente populismo originó y provocó tumultos, asedios, persecuciones, revoluciones sangrientas, asesinatos, exterminios sistemáticos con intransigencias violentas y avasallamientos de intención aniquiladora. La intransigencia estaba en ellos  y se quejaron como víctimas cuando no hubo otra opción que la defensa por la vida. Depredadores sin honra pero camuflados tras la representación política y social. Intereses tabernarios del submundo social, alimentados con la avaricia y el recelo por subordinación a complejos propios de una malformación moral. Un totum revolutum de intereses radicales que pretendieron llegar al poder rompiendo toda regla democrática y atropellando sin escrúpulos humanitarios al adversario político y social. Solo la falta de sentido común y una moral desviada explican cómo un grupo de beligerantes y resentidos, pretende ahora reventar la coexistencia, imponiendo sus dogmas totalitarios, haciéndose pasar además por los inocentes y las víctimas de toda injusticia. 

Desde 1934 no había escapatoria ante la actitud totalitarista y la imposición cruel. No obstante España era presa de la incondicional degeneración del bolchevismo instaurado en la Rusia zarista por la fuerza de las armas y la represión, como modo de imponer una dictadura del proletariado que el socialista Largo Caballero se encargó de preconizar en España.  Arrastró al PSOE junto a otras fuerzas que pretendían coaccionar la convivencia socio política, con el fin de convertir el país en una prolongación ideológica de la maquinaria soviética.

La Historia demostró, a través de sus testigos, que mienten aquellos que muestran sus afilados caninos, como los de entonces, entonando con victimismo la excusa de la defensa democrática ante el golpe del 18 de Julio contra una república frente populista ¿legitimada por las urnas? No.  Fraude electoral y pucherazo. Ahora hay demostración documental de que todo ello era el bulo victimista de los que provocaron el enfrentamiento.

Hoy prevalece un romanticismo transgresor que aboga por la imposición de la ideología y hasta de la violencia para conseguirla, remontando los años hasta el treinta y seis, con el objetivo de excusar cualquier acción conducente a la radicalización. El pretexto de esa coacción permanente se basa en el levantamiento del 18 de julio por parte de la otra España que supuestamente arremetió contra una II República elegida mediante sufragio universal.  Una gran mentira que los propios republicanos de aquel ayer se encargan, en pleno siglo XXI, de evidenciarla.

El Frente Popular fue la violencia instaurada mediante un plan de radicalización que Largo Caballero y otros exaltados se encargaron de sembrar, aduciendo que de no ganar en las urnas se iría a la contienda civil. Los tramposos, rastreros sin regla moral, fueron los que se victimizaron siendo los auténticos depredadores cruentos contra los que la otra España se defendió después de sufrir una escalada de violencia que posicionó previamente lo que serían los dos bandos enfrentados después.

No todas las hipocresías son criminales, pero sí toda criminalidad es hipócrita. Y en esa falsedad sin escrúpulos, los culpables de los desequilibrios sociales gritan a los cuatro vientos las injusticias ajenas, mientras justifican como jueces implacables los designios delictivos contra los inocentes. De ahí la intolerancia contra todo lo que no piensa como ellos y la enfermiza como malvada pretensión de atropellar a cuantos no son de sus intolerantes agrados. Como entonces, hoy. Que haya o no una república les importa una higa, pero no que deje de haber una monarquía: con la primera están más cerca de salirse con la suya. Que luego España plante cara es otra reincidente historia.

De aquella contienda fratricida habían aprendido los españoles con la sangre y la tragedia para no repetir los mismos errores de unos y otros, hasta que parásitos de esa Historia decidieron aprovecharse y sembraron la cizaña de antaño, sacándose de la manga una memoria para desvirtuar los acontecimientos del ayer sanguinolento en un país que, hasta la llegada de Zapatero, había convivido sin resarcirse de sus rencores olvidados.

No debemos dejarnos engañar: no han regresado las ideas-hay dignos pensadores y simpatizantes de izquierdas que no comulgan con la barbarie-, sino la intención dañina de jugadores de ventaja que pretenden conseguir su botín mediante el asalto al orden social. Delincuentes que buscan legitimar sus codicias adueñándose de la voluntad de un pueblo engañado. No hay más tras el simplismo beligerante de los alborotadores y malhechores de siempre, lo disfracen de comunismo estalinista, nacionalismo o de tendencia bolivariana en el siglo XXI.

“Política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta” Así definía Manuel Azaña a quienes se habían aliado engañosamente con la Segunda República izquierdista para buscar sus propios intereses delictivos. Intereses de botín los de entonces como los de ahora, tan perjudiciales para cualquier sociedad civilizada.

 

De: https://gaceta.es/noticias/influyo-masoneria-segunda-republica-espanola-16032017-0938/

Así influyó la masonería en la Segunda República española. 16-03-2017

Si algún régimen en la historia de España puede ser considerado masónico con toda justicia, ese es el de la Segunda República. Cierto que la primera apenas lo fue menos, aunque los males que trajo pudieron conjurarse –si bien por poco- con menor daño para el país. Pero la segunda fue un régimen de logias y mandiles, un vez que la masonería había caído en las manos de esos pequeños burgueses que agudizaron su radicalismo.

A nadie se le escapa que, en los años 20, la Orden estaba ducha en las artes de la conspiración, acumulando una larga experiencia al respecto; incluso durante la pacífica dictadura de Primo de Rivera, no dudó en trajinar aquella astracanada veraniega conocida como “la sanjuanada”, llamada así por haber tenido lugar aquel día de 1926.

Pero, en lo esencial, la masonería se mantuvo neutral y hasta llegó a negociar su supervivencia por medio de quien había sido su Gran Maestre, Augusto Barcia. Todo lo que el régimen primorriverista opuso a su labor fue una muy discreta política de “consejos” a determinados mandos militares para que abandonasen la Institución y algún que otro registro.

Las tímidas iniciativas de la dictadura ratificaron a la masonería en su percepción de la esencial debilidad de aquella. Los años veinte fueron una época de esplendor para las logias: sabiamente alejados de la política (por una vez), echaron sus redes en un caladero prometedor, que habría de reportarle enormes beneficios: en el de los intelectuales.

Si, ciertamente, la masonería había tenido un innegable ascendente entre los intelectuales del siglo XIX, ahora tuvo un enorme éxito en su recluta: firmas como la de Pérez de Ayala, Gregorio Marañón, Américo Castro y Antonio Machado se unieron a las de otros perfiles más políticos como los de Araquistáin, Álvarez del Vayo, Jiménez de Asúa o Manuel Azaña.

Enroscada en torno a la Alianza Republicana que se constituyó por entonces, preparó el giro del PSOE hacia el republicanismo, impulsando al socialismo al abandono de la colaboración con el régimen del general; para ser justos, digamos que por las mismas razones por las que Alfonso XIII se desentendió del dictador.

Para entonces, muchos militares de relieve habían ingresado en la Orden. En parte hastiados por la indecisa y traicionera política monárquica, y en parte herederos de las corrientes liberales que tan larga tradición tenían en las armas españolas, entraron en la Institución militares como López Ochoa, Cabanellas, Riquelme, Ponce de León, Sebastián Pozas, Ramón Franco, Hernández Saravia, Aranda, Fermín Galán…

Los militares masónicos y republicanos no solo participaron en la intentona golpista de 1926; secundaron igualmente la de 1929, organizada por Sánchez Guerra y que tuvo como resultado unas cuantas detenciones en las logias de Sevilla, Almería, Huelva, Madrid, Murcia, Valencia y Alicante, pero poco más. Se arrestó a un puñado de responsables, a los que se puso en libertad con inmediatez con excepción de Daniel Anguiano, implicado en la fundación del Partido Comunista de España.

Como consecuencia de los diversos fracasos, la Orden distribuyó a sus principales hombres entre los partidos más propicios. Así, Álvaro de Albornoz y Marcelino Domingo fueron al Partido Radical Socialista, Giral a Acción Republicana y Jiménez de Asúa al PSOE –que ya contaba con el destacadísimo masón Fernando de los Ríos-.

Cuando cayó Primo de Rivera, en enero de 1930, la masonería alentaría la convergencia de republicanos, socialistas y catalanistas que cuajaría en el Pacto de San Sebastián, firmado en agosto de 1930. Dicha iniciativa culminaría con la constitución de la Agrupación al Servicio de la República dirigida por Pérez de Ayala, Marañón y Ortega.

Y también con la sublevación militar del capitán Fermín Galán, que precipitó un golpe que implicaba a otros muchos compañeros de milicia: el 12 diciembre de 1930, la guarnición de Jaca se subleva –tras haberse proclamado la república en el ayuntamiento de la población oscense- y marcha sobre Huesca. La rebelión debería haber tenido lugar tres días más tarde según lo acordado por el Comité Revolucionario, un comité republicano en el que figuraban destacados masones. Pero Fermín Galán se precipitó, condenando la intentona.

La tentativa fue fácilmente dominada, y sus dos principales protagonistas (Galán y García Hernández) fusilados. Pero cuando se proclamase la república, cuatro meses más tarde, el nuevo régimen reivindicaría las figuras de estos golpistas como la de unos “mártires” de la causa. Los mártires darían sus nombres a calles, plazas, colegios y diversos centros públicos. No era un buen augurio.

Las logias forzaron la caída del gobierno Berenguer –que había sustituido a Primo de Rivera- y contribuyeron así a la futura proclamación de la república que vendría. Aunque nadie podía imaginar, en ese momento, que la monarquía cedería como lo hizo.

Alfonso XIII, empeñado en hacer borrón y cuenta nueva de la dictadura, nombró presidente al almirante Aznar; la idea era convocar elecciones municipales primero, a las diputaciones, después, y más tarde, generales. Pero la izquierda no permitiría olvidar a la monarquía su complicidad con Primo de Rivera, aunque los catalanistas y los socialistas ocultarían oportunamente la suya, que no fue poca. Y aún menos cuando se supo que, dividido el gobierno sobre el fusilamiento de Fermín Galán, el monarca se empeñó en su ejecución.

Sin duda, la adscripción masónica de buena parte de los mandos del ejército –que no pudieron evitar el fusilamiento de Galán, significado masón que, por otro lado, aceptó su destino con admirable entereza- tuvo una influencia determinante en que al rey se le retirasen muchos apoyos militares, lo que pesó decisivamente en su ánimo.

Cuando se produjesen las elecciones del 12 de abril, la posición del monarca sería tan débil que unos simples comicios en los que se ventilaba la formación de ayuntamientos a través de la elección de alcaldes y concejales, bastarían para liquidar la restaurada monarquía traída por Cánovas más de medio siglo atrás.

El 14 de abril se proclamó la república, y las logias mostraron su júbilo abiertamente considerando al nuevo régimen como suyo. En “La República es nuestro patrimonio”, Augusto Barcia aseguraba en junio de 1931 que “España será una república democrática o será una anarquía desatada”. Así sería.

Los documentos muestran que, aunque la Orden pidió a los suyos una actitud moderada, algunos agitaron de un modo algo más que irresponsable y extremista. Antes de que se cumpliera un mes de la proclamación del nuevo régimen, los conventos y templos de las principales ciudades de España habían ardido. Sobre la responsabilidad de los incendiarios hay pocas dudas (en no pocas localidades los incendiarios eran las nuevas autoridades que, ebrias de un poder recién estrenado, no trataban de ocultarse).

Tampoco hay dudas acerca de la dirección del movimiento y las responsabilidades políticas. No se entiende de otro modo la seguridad que mostró Azaña acerca de la filiación de los incendiarios al afirmar que “todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano” (lo que, implícitamente, revela la seguridad que el presidente tenía acerca de la filiación de los pirómanos); por si no fuera suficiente, en su propio diario se traiciona de nuevo, apenas unos meses más tarde, cuando recibe en su despacho “al hombre que organizó la quema de conventos del año pasado”.

La república no fue en absoluto un proyecto democrático concebido para la convivencia del conjunto de los españoles, sino un régimen nacido de la convicción de que su legitimidad precedía a la expresión de la voluntad popular. De este modo nadie, sino los propios republicanos, podían gobernarla. Un historiador izquierdista como Santos Juliá ha escrito con respecto a los socialistas y republicanos que “consideraban a la república como criatura propia y creían gozar de un derecho, anterior a las elecciones y al voto popular, para gobernarla.”

Sin duda, este sentido patrimonial del régimen no era exclusivo de los republicanos. La historia del constitucionalismo español liberal muestra cómo las constituciones del siglo XIX habían sido pensadas –y, sobre todo, eran empleadas- como arma arrojadiza contra el adversario: carlista, primero; moderado o progresista, después. No se trataba de crear un cauce de convivencia, sino de imponer un orden político, sobre todo al adversario. Nunca fue esto más visible que durante la II República.

 

La II República, régimen masónico

La dirección del nuevo régimen le fue encomendada, sobre todo, a miembros de la Institución. Los masones inundaban, literalmente, el parlamento, y no cabe duda de que tanto la política del primer bienio como los principales políticos formaban parte de su disciplina. El coronel Fermín de Zayas admitió que “el 14 de abril llevó a los más altos cargos de la nación a eminentes hermanos, a los que más sufrieron, a los más inteligentes…”

Ciertamente, muchos masones habían desempeñados cargos de enorme relevancia; hasta el punto de que, tras los gobiernos progresistas de las regencias, los finales del XIX y comienzos del XX habían sido los más abundantes en miembros de la Orden: Sagasta –presidente de gobierno varias veces- había sido Gran Maestre; Ruiz Zorrilla –presidente de las Cortes- había alcanzado el mismo grado.

Pero el nuevo régimen de 1931 era masónico casi en exclusividad. El Gran Oriente español contaba entre sus filas con muchos de entre los cargos principales del gobierno: Diego Martínez Barrio, el de Comunicaciones; Alejandro Lerroux, el Ministerio de Estado; Santiago Casares Quiroga, el de Marina; Marcelino Domingo, Instrucción Pública; Álvaro de Albornoz, Fomento; Fernando de los Ríos, Justicia; Nicolau D´Olwer, Economía; Azaña –que sería, poco después, presidente de gobierno- el de Guerra. A ellos habría que sumarle cinco subsecretarios, quince directores generales, cinco embajadores y veintiún generales.

Sobre la importancia de la masonería es buen reflejo el que Azaña consignase en sus diarios el fastidio que le causaba la iniciación en la Orden; revelación indudable de que los poderosos del nuevo régimen debían pasar por las horcas caudinas de la masonería, pues Azaña no lo hizo hasta casi trascurrido un año de su presidencia. La iniciación de Azaña provocó tal expectación que llegó hasta publicarse en El Liberal del 6 de marzo de 1932.

Azaña no volvería a pisar una logia tras su iniciación, pero este acto mismo revelaba, con toda claridad, cuáles eran sus inclinaciones. Y se trataba de quien sería presidente de gobierno, primero, y de la república, más tarde.

La obra del primer bienio republicano, el que más fielmente refleja las intenciones y los objetivos masónicos, dejará poco margen a la duda. Obsesionados con el régimen de la Tercera República francesa, los masones españoles trataron de emular su evolución política, seguramente sin percibir las esenciales diferencias que existían entre un país y el otro.

Las propuestas de las logias no fueron acogidas con universal benevolencia. A comienzos de los años treinta, algunas de las cosas que sostenían parecían descabelladas para una mayoría de españoles. En mayo de 1931, la Asamblea General de la Logia emitió una declaración de principios en la que reclamaba una serie de conquistas que habría de conseguir el nuevo régimen: la abolición de la pena de muerte y de la cadena perpetua, el matrimonio civil, la libertad de cultos, el divorcio y el estado federal, la separación de la Iglesia y el Estado y la escuela neutra, única y obligatoria.

La cantidad de miembros masones del parlamento varió mucho según las legislaturas; en la primera alcanzó una cifra enorme, muy cerca de los 180 diputados. Esa cantidad disminuyó por debajo de la mitad tras las elecciones de 1933 y la consiguiente derrota de la izquierda; pero lo verdaderamente significativo es que, tras las elecciones del Frente Popular en febrero de 1936, la cantidad de diputados masones –pese a que la izquierda disponía de una clara mayoría de asientos en el Parlamento- era apenas la mitad de lo que había sido en 1931. Un síntoma, una evidencia, de la transformación que habían sufrido las fuerzas de izquierda y la propia república en España; en 1936, los escaños del parlamento estaban ocupados por algo mucho más radical que aquellos viejos sectarios de ateneo.

El modo en que reaccionaron las urnas cuando se celebraron elecciones en noviembre de 1933 lo deja claro: apenas un tercio de los diputados masones –significados en los partidos denominados republicanos- fue reelegido.

La de la derecha fue una victoria muy peculiar. La izquierda impidió que la CEDA, que había ganado las elecciones, pudiera formar gobierno, insinuando que no aceptarían el nombramiento de alguien tan adverso al republicanismo como el triunfador Gil-Robles. En consecuencia, se nombró presidente a Alejandro Lerroux.

Lerroux, hombre de agitada trayectoria, que había comenzado en la izquierda extrema y terminado en el centro-derecha, hacía decenios que había sido iniciado en la masonería. La verdad es que su tarea al frente del ejecutivo se compaginó mal con los objetivos de esta (entre otras cosas llevó a cabo una concesión de haberes al clero), pero duró poco en el cargo y dejó paso a Ricardo Samper, también miembro de la Orden y que había sido ministro de Trabajo y de Industria y Comercio. Es bastante posible que la militancia masónica de Samper fuese también irrelevante en su biografía, pues no se conservan documentos que acrediten algo más que superación de las pruebas de ingreso en la Orden, y su obra política no le acredita como ejecutor de una política característica de la Institución.

De hecho, en julio de 1934 el gobierno Samper daría un paso destinado a cortarle las alas a la masonería, por cuanto la prohibición de que los militares estuviesen afiliados a partidos políticos se hizo extensiva a la de formar parte de ella. Sin embargo, la medida no fue disuasiva en lo más mínimo. No consta que ningún militar se diese de baja, e incluso menudearon las inscripciones.

Poco después se produjo la revolución de Asturias, en el mes de octubre de 1934, que quiso coincidir con la rebelión de la Generalidad. Las organizaciones revolucionarias de la izquierda se deslizaron por la pendiente del radicalismo, aunque no faltaron significados miembros de la masonería entere ellos, sobre todo entre los socialistas. Sin embargo, formaron con los comunistas y los anarcosindicalistas, cuyos propósitos estaban muy lejos de compaginarse con los de la Orden.

Las medidas que tomó el gobierno en los meses sucesivos no pudieron ser más desafortunadas. No condenó a los culpables de la rebelión -ni en Barcelona, ni en Asturias- más que a penas muy leves (por cierto, que entre los culpables, se encontraba Manuel Azaña, que salió bien librado pese a no estar exento de responsabilidad). Las organizaciones que se sublevaron contra la república no dejaron de ser legales, cuando se habían rebelado en bloque contra la legalidad; algo poco explicable y achacable, únicamente, a lo que sus enemigos determinaron era debilidad.

 

 

Para rematar los desatinos, el gobierno legisló con enorme ceguera en el caso de la reforma agraria, una de las más poderosas razones de la propaganda revolucionaria. Si las medidas aprobadas por el primer bienio de la República resultaban absolutamente insuficientes para poner fin a la flagrante injusticia social que azotaba el campo español, ahora el gobierno de derecha empeoraba la situación sencillamente ignorando el problema y dando marcha atrás en lo poco que se había hecho.

En términos muy generales, podemos decir que el gobierno de derechas cayó víctima de sus propios errores, de las acusaciones de corrupción y de su impericia política. Cuando se convocaron las elecciones, para el 16 de febrero de 1936, las espadas estaban en todo lo alto; la metáfora de las espadas es bastante apropiada.

El ambiente de violencia arreció en las semanas que precedieron a las elecciones. Las fuerzas de la izquierda revolucionaria desataron un terror que asombró a sus socios republicanos, al fin y al cabo, burgueses, que detestaban la revolución del siglo XX; la suya era la del siglo anterior.

Lo que sucedió en la jornada del 16 de febrero es suficientemente conocido; la izquierda violó las más elementales normas democráticas e ignoró la voluntad popular expresada en las urnas, tal y como desde hace décadas se sabe y como ha sido recientemente demostrado de forma pormenorizada e inapelable. El gobierno que salió de la cita electoral era ilegítimo, por tanto, pero el conocimiento de la naturaleza del poder que habían alcanzado no disuadió a los republicanos de ejercerlo.

Dada la distribución de escaños resultante de la falsificación electoral de febrero, los republicanos necesitaban a socialistas y comunistas para mantener la mayoría en el parlamento. Eso se convirtió en un seguro para los revolucionarios, que actuaron a sus anchas en la calle, sin ser molestados desde el gobierno; por el contrario, se puso fuera de la ley a Falange, única organización que se oponía con alguna eficacia a su violencia.

La deriva de la primavera de 1936 es conocida. El deterioro de la situación de la mano de aquel gobierno ilegítimo se produjo a ojos vista; los crímenes y atentados se sucedieron con una violencia cada vez mayor, agudizándose de acuerdo al trascurrir de los días. La presión de las formaciones de la izquierda radical, o radicalizada, aumentó hasta hacer insoportable la situación, que se desbordó también para las logias.

Entre tanto, Azaña actuó de forma dudosamente legal contra Alcalá Zamora, al que destituyó de la presidencia de la república en beneficio propio, contraviniendo los procedimientos previstos, como reconocieron numerosos diputados del Frente

El Azaña de después del Frente Popular es un hombre que se ve rebasado por esos “gruesos batallones populares” que un día creyó dominar, sin darse cuenta de que aquellas ya no eran las ingenuas masas del 14 de abril, sino las multitudes torvas y violentas, intoxicadas por la propaganda bolchevique y prontas a las más sangrientas ferocidades que habrían de arrastrarle también a él. A manos de la izquierda, la última sombra de legalidad saltaría por los aires, y con ella los postreros restos de legitimidad de la república.

Cuando rayaba el verano de 1936, las logias habían perdido buena parte del control. La situación estaba tan deteriorada que muchos de aquellos militares afiliados a la masonería formarían parte del golpe destinado a la rectificación de la república. Golpe que desencadenaría una guerra civil, aunque ese no fuera, en absoluto, su propósito inicial.

En manos del Frente Popular, la república se había convertido en un régimen tan insufrible que incluso destacados republicanos terminaron conspirando contra él, no pocos de entre ellos, masones.

Como escribió Stanley G. Payne, llegó un momento en que no sublevarse era más peligroso que hacerlo. Muchos de entre los “hermanos” de la Orden así lo entendieron, y se sumaron a la rebelión en que cristalizó la exasperación del verano de 1936. Una exasperación que, como el aprendiz de brujo, ellos tanto habían contribuido a traer.

 

https://www.esdiario.com/elsemanaldigital/489321074/Los-ocho-golpes-de-Estado-contra-la-II-Republica.html

Los ocho golpes de Estado contra la II República. El vicepresidente de la Fundación Negrín y exFiscal General del Estado diserta sobre la manipulación de la herencia republicana y su encaje en la actitud de Sánchez, Mas y otros líderes.

El 14 de abril de 1931, desde el balcón del entonces Ministerio de la Gobernación, en la Puerta del Sol, ante la multitud enfervorizada que proclamaba la II República Española, Indalecio Prieto pronunció estas proféticas palabras: “Si vuelven sus enemigos, esta alegría de hoy se convertirá en lágrimas”. Sus enemigos volvieron desde la derecha y desde la izquierda. Ante la soledad de la República, más tarde, dijo Prieto: “Todos decían amar a la República y todos se concitaron para destruirla”, como así sucedió, con los Golpes de Estado siguientes:

PRIMER GOLPE DE ESTADO.- Promovido en la madrugada del 10 de agosto de 1932, desde Sevilla por el general Sanjurjo, apoyado por una pequeña parte del Ejército español, que fracasó desde prácticamente el comienzo. Sanjurjo fue condenado a muerte por un consejo de guerra, aunque la pena fue conmutada por la de cadena perpetua por un decreto del presidente de la República. Finalmente se exilió en la localidad portuguesa de Estoril.

SEGUNDO GOLPE DE ESTADO.- Promovido por la revolución de Asturias desencadenada en la noche del 4 al 5 de octubre de 1934 por la izquierda comunista y por el PSOE, dominado por  Largo Caballero, secretario general de la U.G.T., que desempeñaba en el momento de la Revolución el cargo de presidente del PSOE.

Salvador de Madariaga, intelectual republicano, antifranquista por supuesto, exiliado en Suiza, ha escrito que la Revolución de Octubre fue imperdonable, y que el argumento de que Gil Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era a la vez hipócrita y falso, como pude comprobar en una larga conversación, que tengo grabada, mantenida con el líder de la CEDA en Madrid en el año 1973. La revolución de Asturias fue un error del PSOE, como reconoció Indalecio Prieto en las palabras que le honran, pronunciadas en el Círculo Cultural Pablo Iglesias, de México, el 1º de mayo de 1942: “Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario”.

TERCER GOLPE DE ESTADO.- Promovido por  la rebelión militar de la Generalitat contra la República el 7 de octubre de 1934,  abortada por la declaración del  estado  de guerra por el gobierno Lerroux. El presidente y el gobierno de la Generalitat, liderados por ERC, fueron juzgados por el Tribunal de Garantías Constitucionales, condenados por “rebelión militar” a treinta años de prisión, y la autonomía catalana fue suspendida indefinidamente.

CUARTO GOLPE DE ESTADO.- Gestado en  el Frente Popular, que no sólo indultó a la Generalitat por la rebelión del 7 de octubre de 1934, y restauró la vigencia del Estatuto, sino que incorporó a 6 ministros de ERC y a varios anarquistas a los gobiernos del Frente durante la guerra civil, introduciendo el caballo de Troya contra la República, a la  cual traicionaron durante la guerra civil.

QUINTO GOLPE DE ESTADO.- Ocasionado por la  división  interna del PSOE en mayo de 1936.  Gil Robles llamó a Indalecio Prieto para decirle que si formaba gobierno, como le había ofrecido el presidente Azaña, le apoyaría en el Parlamento con los votos de la CEDA, lo que pudo evitar la guerra civil. En una reunión del grupo parlamentario socialista Prieto pidió el apoyo para formar gobierno, pero se lo denegó Largo Caballero, siempre partidario de la revolución y no de la colaboración con los republicanos,  y su mayoritaria fracción revolucionaria dentro del partido, lo que precipitó la guerra civil, entre otras conocidas causas nacionales e internacionales principales, hasta el punto de que Salvador de Madariaga ha escrito que “la circunstancia que hizo inevitable la guerra civil en España fue la guerra civil dentro del partido socialista” (España, pag.380).

 

Sentados, Niceto Alcalá Zamora y Manuel Azaña. De pie, de izquierda a derecha: Marcelino Domingo Sanjuán, Francisco Largo Caballero, Santiago Casares Quiroga, Luis de Zulueta Escolano, Álvaro de Albornoz, Luis Nicolau d’Olwer, Indalecio Prieto Tuero, Fernando de los Ríos Urruti y José Giral Pereira.

 

SEXTO GOLPE DE ESTADO.-Promovido por la insurrección militar de parte del Ejército, y de la ultraderecha civil el 18 de julio de 1936, protagonizada por los generales africanistas que quebrantaron  su juramento de lealtad al régimen republicano y a sus superiores jerárquicos. Se mantuvieron fieles a la Republica siete de los ocho capitanes generales de las regiones militares, los seis generales de la Guardia Civil, depurada drásticamente por Franco por su apoyo a la República,  y 17 de los 21 generales de división, así como 49 de los 52 generales de brigada, de los cuales fueron fusilados 16 por el mando militar sedicioso, además de cinco de los siete capitanes generales leales a la República , al igual que, terminada la guerra, los vencedoras fusilaron a los generales Batet, Aranguren y Escobar, fervientes católicos, por no haber apoyado el golpe faccioso, como al comienzo de la guerra Queipo de Llano había fusilado al general Campins, gobernador militar de Granada.

 

SÉPTIMO GOLPE DE ESTADO.- Ocasionado por la traición del nacionalismo independentista catalán a la República durante la guerra civil. El gobierno de la República tuvo que luchar contra la insurrección militar franquista, contra el fascismo italiano y alemán, y contra la indiferencia francesa y la hostilidad británica, promotora del vergonzante Comité de No Intervención. Pero en la retaguardia tuvo que luchar contra los nacionalistas independentistas catalanes, que aprovecharon la guerra civil, como siempre han aprovechado los momentos de crisis y debilidad de los gobiernos de España, para proclamar la independencia de Cataluña. No nos engañemos, ha dicho el catedrático de izquierdas catalán Vicenç Navarro, ahora militante de Podemos, en el diario Público del 24 de junio de 2010: “Las clases dominantes de las diferentes naciones de España se aliaron para derrotar a la República, siendo los nacionalistas conservadores y liberales catalanes de los años treinta los mayores promotores en Catalunya del golpe militar, como antes del de Primo de Rivera, que persiguió con mayor brutalidad la identidad catalana”.

En los artículos de Azaña,  escritos desde el exilio en Francia, que quizá fueran los más amargos y acaso también los más lúcidos, especialmente los de “Cataluña en la Guerra” y la “Insurrección libertaria y el Eje Barcelona-Bilbao”,  y antes, en su excelente  “Velada de Benicarló”, en el que acusa expresamente de traición a la Generalitat, revela, entre otros muchos actos de deslealtad a la República, que la Generalitat y la CNT asaltaron la frontera, los cuarteles, la Telefónica, la Campsa, el puerto y las minas de potasa, sentenciando que “la Generalitat ha vivido en franca rebelión e insubordinación y si no ha tomado las armas para hacer la guerra al Estado será o por qué no las tiene o por falta de decisión o por ambas cosas pero no por falta de ganas”.

Sigue con sus acusaciones: “Creación del ejército catalán, al considerar que el ejército de la República era un ejército de ocupación. Todos los establecimientos militares de Barcelona quedaron en poder de las «milicias antifascistas», controladas por los sindicatos y el gobierno catalán publicó unos decretos organizando las fuerzas militares de Cataluña”.

La Generalitat, contra la República

En los tiempos de mayor desbarajuste, subyugado el gobierno catalán por la CNT, pactó con los sindicatos un decreto de militarización, concediendo en cambio que ciertas industrias serían oficialmente colectivizadas. La colectivización y ruina de las industrias y fábricas de material de guerra en Cataluña, desarmaron al gobierno de la República. En cierta ocasión, el gobierno catalán suspendió o prohibió la fabricación de un pedido contratado directamente por el gobierno de la República. Hasta septiembre de 1938 no se decidió el Gobierno Negrin a militarizar, sometiendo al ministerio de la Guerra, las fábricas de material. En su artículo “La Insurrección libertaria y el Eje Barcelona-Bilbao” Azaña, decepcionado, que había sido el autor y brillante principal defensor del Estatut en 1932, escribió¨: “Los hechos, parecen demostrar que, con monarquía o con república, en paz o en guerra, bajo un régimen unitario y asimilista o bajo un régimen autonómico la cuestión catalana perdura como un manantial de perturbaciones, de discordias apasionadas, de injusticias. Es la manifestación aguda, muy dolorosa, de una enfermedad crónica del cuerpo español”.

En la primavera de 1938, en un rapport del Estado Mayor, se afirmaba que, perderse Madrid, Valencia y toda la zona centro-sur de la península, no significaría haber perdido la guerra, porque desde Cataluña podía emprenderse la reconquista de toda España. En realidad el mismo Azaña ya daba por perdida la guerra en esa fecha, pero el desarme y la traición del catalanismo de izquierdas precipitaron la derrota de la República el 1º de abril de 1939, que podría haber resistido sin muchas dificultades cuatro meses más hasta el comienzo de la segunda guerra mundial con la invasión de Alemania los Sudetes de Yugoeslavia en septiembre de 1939, lo que hubiese salvado a la República al quedar al lado de las democracias occidentales, que era el objetivo primordial de la política de resistencia del presidente Negrín quien,  en noviembre de 1938, con ocasión del Consejo de Ministros celebrado en Pedralbes, afirmó, según refiere Julián Zugazagoitia: “Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco. En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los desafueros de los de adentro”.

 

OCTAVO GOLPE DE ESTADO.- Promovido el 5 de marzo de 1939 por el coronel Segismundo Casado, con un grupo de anarquistas y socialistas, que se rebeló en Madrid contra el gobierno Negrín. Querían negociar la inminente derrota republicana. No les sirvió de nada, Franco no tuvo piedad con los vencidos.

En la celebración del 86 aniversario de la proclamación de la II República el 14 de abril, no hay que olvidar que jamás ésta reconoció el derecho a la autodeterminación, solapado con el eufemismo del “derecho a decidir”, ni a España como “Nación de Naciones”,  cada una con derecho a decidir, como ahora propugnan,  vulnerando la Constitución “con un golpe de estado parlamentario permanente” (Alfonso Guerra, Tiempo nº1786) , los nacionalistas independentistas catalanes, aliados con Podemos, con la izquierda desunida, y con los socialistas Pedro Sánchez e Iceta, que han traicionado el legado histórico, cultural y político de la Segunda República.

Y como la historia suele repetirse en España, no sería aventurado advertir que traicionarían y darían un golpe de Estado también contra una Tercera República, que hipócritamente reclaman, si llegase a proclamarse por el pueblo español.

 

 

Publicado en el Blog de Campos el 25-10-2018

 

 

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