España – II República Española – 2ª parte

PSOE 1934. Golpe de Estado contra la II República.  VerdadesOfenden

En 1934, con el sistema democrático implantado en España bajo el régimen republicano votado por la mayoría de los españoles, el PSOE que no formaba parte del Gobierno porque así lo quisieron los ciudadanos con sus votos, no se conformó al verse desplazado de los lugares claves desde los que podían hacerse con las arcas públicas y los fondos del Estado.

Para conseguirlo no dudaron en organizar un golpe de estado contra la República y la democracia con el fin de instaurar una dictadura proletaria como la de los soviets en Rusia y hundir al pueblo español en una negra tiranía similar a la que millones de personas sufrieron en la Unión Soviética.

 

De esta manera, antes de que se iniciara la criminal sublevación socialista que tanta sangre costó, el PSOE emitió unas instrucciones de 73 puntos en las que se planificaban detalladamente las directrices a seguir, no dudando en ordenar el asesinato de quienes intentaran evitarlo e incluso matar a mujeres y niños si llegaba el caso, como se refleja perfectamente en la instrucción nº 49 en la que se dice:

“Las casas cuarteles de la Guardia Civil deben incendiarse si previamente no se entregan. Son depósitos que convienen suprimir”.

Estas instrucciones fueron fielmente seguidas por los asesinos que secundaron en el golpe de estado al PSOE tanto en aquellos trágicos días de octubre del año 1934 como dos años después en el que, tras las fraudulentas elecciones de febrero de 1936, reventadas por las izquierdas del Frente Popular cuyos resultados jamás se publicaron, y una vez alzados los militares contra el revolucionario, criminal y bolchevique Gobierno del Frente Popular, a través de otro golpe de estado, más de cincuenta mil personas fueron torturadas, quemadas vivas o asesinadas en una brutal represión, mientras que los actuales herederos de aquella ideología no han pedido aún disculpas por la sangre que derramaron sus antecesores.

 

 

 

 

De: https://revistadehistoria.es/1934-insurreccion-y-golpe-de-estado/

Los socialistas habían dejado claro su apuesta por la Dictadura del Proletariado Soviética. Las instrucciones enviadas estaban influidas por el texto del fascista italiano Curzio Malaparte Técnica del colpo di Stato, y el programa de la sublevación implicaba “conquistar el poder político para la clase obrera”. Los republicanos de izquierda declararon romper con las instituciones legales. El PSOE planteó la insurrección como una medida necesaria para evitar lo que había sucedido en Italia y en Alemania, en una analogía clara con la CEDA. Francisco Largo Caballero, el llamado ‘El Lenin Español’, hizo honor a su sobrenombre al declarar que la revolución se “hace violentamente, luchando en la calle con el enemigo”. La entrada de la CEDA en un nuevo gobierno supuso la señal.

El 4 de octubre la Ejecutiva del PSOE dio la orden. Militantes socialistas se dirigieron hacia el Ministerio de Gobernación con la intención de tomarlo por asalto. La CNT no les apoyó, la esperada colaboración de simpatizantes del Ejército se quedó en una vana ilusión, y el apoyo social en una quimera. Los planes socialistas en Madrid preveían la detención del presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, y no lo habían conseguido. Tampoco lograron imponerse en las quince provincias en las que había estallado la rebelión. Significaba que el levantamiento que debía tener “los caracteres de una guerra civil” estaba condenado al fracaso.

 

De: http://www.grandesbatallas.es/prologo%20guerra%20civil%20espanola.html

El gran escritor y filósofo Miguel de Unamuno, posiblemente el  español que más contribuyó al restablecimiento de la República, cuando apenas habían transcurrido seis meses de la proclamación, manifestó  a un amigo suyo:  “Me pregunta usted que cómo va la República. La República, o res-pública, si he de ser fiel a mi pensamiento, tengo que decirle que no va: se nos va. Esa es la verdad…”

La II República Español, fue una etapa de nuestra Historia repleta de progreso y libertad, pero rota en 1936 por una sublevación fascista.

Esta interpretación puede tener algunas lagunas ocultas por los historiadores de lo políticamente correcto. Miremos ligeramente las hemerotecas de la época y tomemos algunos datos adicionales enriquecedores de nuestra historia próxima.

Desde la primavera de 1934 la dirección del PSOE se manifiesta a romper con la legalidad republicana y a practicar una política abiertamente revolucionaria. Desde febrero de 1934, el PSOE y la UGT organizaron un golpe de estado articulado como   movimiento revolucionario. Esta decisión socialista, que no estaba oculta porque se hablaba de él en artículos de prensa y en discursos, culminó el 15 de octubre de 1934 con la Revolución de Asturias. La experiencia revolucionaria de la progresía terminó con casi 2.000 muertos y cerca de 30.000 detenidos, entre ellos: Luis Companys (ERC)

La progresía nunca creyó que bastaría con una huelga revolucionaria para tomar el poder.  El PSOE y la UGT divulgaron en sus medios de comunicación la justificación de la violencia y continuamente hacían llamamiento a la juventud para que adoptase posturas violentas. Los planteamientos violentos abundaron en la prensa socialista, principalmente en Renovación.

El objetivo era organizar un ejército revolucionario basado en las milicias socialistas; aunque Largo Caballero, dirigente del PSOE y la UGT, se refería a la necesidad de lograr “el armamento general del pueblo”: “Vamos a conquistar el poder, (…) si no nos dejan de otra forma lo haremos revolucionariamente”, para lo que hacía falta “preparar las huestes para la revolución”, como instrumento específico de realización de una acción violenta

EL 16 y 23 de febrero de 1936 se presentan unidas bajo la marca “Frente Popular” la progresía y los separatistas vascos y catalanes.

Desde 1933 ya el PSOE, CNT y UGT iniciaron la violencia callejera; y en febrero de 1936 se reanudo la violencia izquierdista. Lógicamente, los falangistas como respuesta a esta violencia hicieron su aparición.

Meses después del “triunfo” del Frente Popular, el PSOE (Largo Caballero) decidió tomar todo el poder, cambió su estrategia y puso todo su esfuerzo en el desgaste del gobierno republicano del Frente Popular. Practicando   la violencia, atentados, asesinatos, etc., buscaba la desaparición de la democracia burguesa e implantar su dictadura del proletariado (socialismo real o socialismo imperante en la Unión Soviética). Esta fase prerrevolucionaria lograría el debilitamiento definitivo del poder capitalista y clerical mediante huelgas, violencias e incautaciones de propiedades privadas.

«Cuando la violencia procedió de los falangistas, lo fue, al menos en principio, como respuesta a la violencia continuada de la izquierda.» (pág. 298.) Ciertamente, los falangistas liquidaron a unos cuántos del Frente Popular, es bien cierto, «Aunque la mayor parte de la violencia durante la República siempre había provenido de la izquierda.» (pág. 300.) Stanley G. Payne, El colapso de la República, los orígenes de la Guerra Civil (1933-1936).

 

 

Fue el mismo Francisco Largo Caballero, secretario general del PSOE, conocido como el Lenin Español, cerebro y principal instigador del golpe de estado y causante de la ola de sangrientos crímenes que se cometieron, quien reflejó estas instrucciones en un libro titulado ESCRITOS DE LA REPUBLICA. Notas históricas de la guerra de España. Edición, estudio preliminar y notas de Santos Juliá, Pablo Iglesias, Madrid, 1985.

 

Largo Caballero

 

PARTIDO SOCIALISTA OBRERO ESPAÑOL. INSTRUCCIONES SOCIALISTAS PARA INICIAR LA SUBLEVACIÓN ARMADA CONTRA LA REPÚBLICA. INSTRUCCIONES PRELIMINARES

«1º. Se prohíbe en absoluto sacar copias de estas instrucciones y se hace responsable de la custodia y reserva de las mismas a la persona a quien se le entreguen.

«2º. La Junta de provincia se encargará de constituir juntas locales en cada uno de los pueblos, a cuyo efecto se pondrá en relación con la persona de más confianza que pueda encargarse de formar la Junta local encargada de organizar todos los trabajos de relacionarse con la provincial.

«3º. El número de miembros de estas juntas será de tres, solamente ampliable en caso de absoluta necesidad.

«4º. Las juntas provinciales residirán en la localidad de la provincia que se crea más conveniente para el desempeño de su misión y serán las únicas que mantengan relación con la Junta Central.

«5º. Las juntas provinciales se hallan investidas de autoridad plena sobre toda la provincia, y las juntas locales sobre todos los individuos de la localidad.

«6º. Debe evitarse, en todo lo posible, poner en circulación instrucciones u órdenes escritas, y cuando sea indispensable usar este medio, utilizar claves o lenguaje convencional.

«7º. Los miembros de la Junta están obligados a guardar la más rigurosa reserva. No hablarán de los propósitos, instrucciones, y órdenes, sino lo absolutamente indispensable, y esto, solamente con las personas con quienes tengan que mantener relación para los fines que se persiguen. Ninguna confianza con nadie más.

«8º. Las juntas provinciales no deberán atender otros avisos e instrucciones que las que reciban de la Junta Central, ni acatar otras órdenes que las de ésta, sin excepción alguna. Las juntas locales, las que reciban de las provinciales.

«9º. Ningún rumor, noticia, hecho, ni circunstancia, puede justificar la declaración del movimiento en un pueblo o provincia sin haber recibido la orden precisa de las juntas exclusivamente facultadas para ello. El faltar a esta instrucción puede acarrear graves daños al movimiento general.

«10º. Todas las juntas deben vigilar que la organización se haga con toda escrupulosidad, y que se observe una rígida disciplina, base esencial del éxito.

«11º Donde no existan personas de absoluta confianza, las juntas deberán abstenerse de constituir grupos o dar instrucciones.

«12º. Conviene tener dentro de las organizaciones enemigas personas de confianza que nos faciliten información fiel de sus planes y medios.

«13º. Las juntas de provincia tendrán convenidas con las de los pueblos contraseñas especiales, no sólo para cursar las órdenes relativas al movimiento, sino para garantizarse la visita de los delegados y para evitar que una orden falsa pueda provocar un movimiento a destiempo.

«14º. Conviene estar prevenidos contra las noticias falsas que el Gobierno o los enemigos de todas clases puedan esparcir por medio de la prenso o de la radio, tales como “el movimiento está dominado”, “sus directores detenidos”, etc., etc. Cada pueblo debe hacerse a la idea de que tiene que ser un firme sostén de la insurrección, sin ocuparse de lo que ocurra en otros lugares. La debilidad ajena no justifica la propia. El triunfo del movimiento descansará en la extensión que alcance y en la violencia con que se produzca, más el tesón con que se defienda.

 

«15º. Los grupos de acción han de convertirse en guerrillas dispuestas a desarrollar la máxima potencia. En esta acción nos lo jugamos todo y debemos hallarnos dispuestos a vencer o morir. Una vez empezada la insurrección no es posible retroceder.

 

«16º. Corresponde a las juntas provinciales:

«a) Asumir la organización y dirección de todo el movimiento en la respectiva provincia.

«b) Mantener relación con la Junta Central y las locales.

«c) Constituir una Junta Local en cada pueblo, con arreglo a la instrucción número 2.

«d) Organizar las fuerzas de la capital.

«e) Velar por la observancia y cumplimiento de las instrucciones y órdenes que reciba y transmita.

«f) Relación con entidades.

 

«17º. Informarse de las que se hallan decididamente dispuestas a secundar un movimiento revolucionario, y contando con su concurso, adoptar todas las previsiones para que una vez declarado pueda mantenerse indefinidamente; sobre todo en lo que concierne a los servicios más importantes e indispensables.

 

«18º. Con los individuos más decididos y de mayor confianza dispuestos a ejecutar sin discusión las órdenes que se den, se formarán grupos de diez, dos de los cuales serán designados como jefe y subjefe. Estos grupos deberán estar armados y sus jefes les instruirán en ejercicios de tiro y en táctica militar.

 

«19º. La potencia revolucionaria de las fuerzas habrá de valorarse convenientemente para dividirlas en dos clases. Hombres capaces de batirse y de ejecutar órdenes. Hombres dispuestos a cooperar en otros servicios. Con los primeros se constituirán las milicias en grupo de diez. Con los segundos pueden cubrirse servicios de poco riesgo.

 

«20º. Deben constituirse grupos técnicos de los servicios de Gas, Electricidad, Alcantarillado, Teléfonos, Telégrafos, etc., etc., capaces de formalizar y llevar a cabo planes para, en caso necesario, suprimir estos servicios en la población en forma de que no puedan ser fácilmente reanudados por otros.

 

«21º. El movimiento debe afectar a todos los servicios, pero principalmente a los de vital importancia (alimentación, transportes, agua, gas, etc.), y los grupos de acción cuidarán de anular a los que se presten a evitarlo.

«22º. Cualesquiera que sean las circunstancias de una población y por débil que sea la fuerza organizada, el movimiento debe ser lo más extenso posible. Los grupos técnicos con los acción cuidarán de lograr por todos los medios la paralización de industrias y servicios y dominar en la calle.

 

«23º. Las relaciones con los demás sectores afines serán cordiales sin el menor confucionismo; sin facilitarles datos concretos de nuestra organización y nuestros planes, procurando que ellos hagan su organización propia, y comprometiéndose a respetar la dirección del movimiento que siempre debe ser nuestra.

 

«24º. Todos los grupos que se formen, por medio de sus jefes, estarán bajo el mando de la Junta local y provincial.

 

«25º. Debe ponerse interés en organizar servicios sanitarios para atender rápidamente a los que puedan caer heridos en la lucha. Las mujeres, en el momento oportuno pueden prestar a este servicio un concurso valioso.

 

«26º. Precisa conocer la fuerza pública que exista en cada localidad. Militares, Guardia Civil, Asalto, Seguridad, etc., etc. Armamento de que disponen. Condiciones defensivas de sus cuarteles, medios de apoderarse de ellas, inutilizarlas o, por lo menos, inmovilizarlas.

 

«27º. Con el mayor cuidado debe conocerse la manera de pensar de jefes, oficiales, y clases, procurando establecer relaciones con algunos que merezcan plena confianza, y recomendarles que, independientemente de nosotros, formen ellos su Junta.

 

«28º. Nuestros jóvenes no deben perder el contacto, discretamente, con los amigos que se hallen en filas.

 

«29º. En cada provincia debe conocerse con la mayor exactitud el número de jefes, oficiales y clases de la guarnición con sus nombres, domicilios, y significación para actuar en cada caso como las conveniencias aconsejen.

 

«30º. También deben conocerse los depósitos de armas y polvorines y los medios de apoderarse de ellos o, en otro caso, inutilizarlos.

 

«31º. Los elementos auxiliares de confianza que haya dentro de los cuarteles deben facilitar con exquisita discreción toda la información que les sea posible respecto a órdenes, preparativos, estado y disposición de la fuerza, medios por los cuales puede hacerse la incautación de las armas o su inutilización en caso contrario; modo de impedir la salida de las fuerzas de los cuarteles y cuanto sirva a contrarrestar estos elementos.

 

«32º. Cuanto haya inteligencia entre las fuerzas militares y la Junta local, se formalizará el plan de acción combinada de ambas fuerzas, para lo cual deberán celebrar reuniones que no sean numerosas. Bastará con que se reúna un individuo de cada parte.

 

«33º. Triunfante el movimiento, las fuerzas militares adictas tendrán una representación oficial en la Junta local.

«34º. Los grupos de acción se formarán con arreglo a la instrucción número 18, bajo las órdenes del respectivo organismo directivo local al que obedecerán sin discusión.

 

«35º. Además de instruirse convenientemente para el momento de la acción, se encargarán de facilitar a la Junta local los nombres y domicilios de las personas que más se han significado como enemigos de nuestra causa, o que puedan ser más temibles como elemento contrarrevolucionario. Estas personas deben ser tomadas en rehenes al producirse el movimiento, o suprimidas si se resisten.

 

«36º. En el momento de la acción, cada grupo tendrá señalado de antemano el lugar donde debe actuar y a donde debe trasladarse después de concluida su primera misión. Estas instrucciones se las darán sus jefes oportunamente. Las juntas cuidarán escrupulosamente de no dar órdenes contradictorias a los jefes de grupo para que todos los movimientos se produzcan ordenadamente, sin barullo, y sin confucionismos.

 

 

«37º. Deben determinarse los edificios y calles que conviene ocupar para mejor resistir los ataques de la fuerza, o para evitar que los elementos enemigos escapen.

 

«38º. Fórmese una relación de los automóviles y demás medios de transportes que haya en la población, lugares en donde se encierran y lista de los individuos que pueden conducir en caso necesario.

 

«39º. Conocer los depósitos de gasolina, dinamita y armas, y planear el medio de apoderarse de ellos en el momento preciso. Previamente debe adquirirse y guardar en lugar seguro dinamita. Cada individuo puede tener en su casa sin compromiso para uso doméstico [sic] un bidón de gasolina.

 

 

 

«40º. La gasolina y dinamita empleada inteligentemente pueden servir para desmoralizar al enemigo con incendios y petardos.

 

«41º. Hay que dificultar con gran rapidez los movimientos de adversario cortando líneas de ferrocarril, inutilizando puentes, interceptando carreteras, todo ello respondiendo a un plan bien meditado por los elementos previamente designados y que imposibilite que la fuerza pueda acudir a todas partes.

 

«42º. En principio, se llamará la atención de la fuerza pública, donde así convenga, con incendios, petardos u otros medios, para que se vea obligada a acudir donde se produzcan. Estos momentos se aprovecharán para cortar las líneas de comunicación, o inutilizar aparatos, etc., y asaltar centros oficiales y políticos. En éstos, incautarse de ficheros y archivos.

 

«43º. Rápidamente apoderarse de las autoridades y personas de más importancia, y guardarlas en rehenes.

 

«44º. Preferentemente hay que inutilizar la fuerza pública de los pueblos desarmándola totalmente, aunque prometa permanecer neutrales.

 

«45º. Se tomarán las salidas del pueblo. Se requisarán automóviles y otros medios de locomoción. Se incautarán de los depósitos de gasolina y, grupos armados, recorrerán las casas de los enemigos para apoderarse de las armas que tuvieren y armar con ellas a los amigos que no las tengan.

 

«46º. Apoderarse, lo antes posible, de los establecimientos donde se vendan armas, municiones y explosivos.

 

«47º. Los bancos y archivos se vigilarán estrechamente. Se impedirá, por todos los medios, que en las iglesias se toque a rebato.

 

«48º. Haciendo una buena distribución de fuerzas por toda la población deberá hacerse una guerra de guerrillas. Nunca deben presentarse grandes masas frente a la fuerza pública, procurando así que toda sea distribuida y hostilizándola sin cesar hasta rendirla por agotamiento. Atacar siempre, que sea posible, desde lugares seguros.

 

«49º. Las casas cuarteles de la Guardia Civil deben incendiarse si previamente no se entregan. Son depósitos que convienen suprimir.

 

«50º. Caso de que por cualquier motivo se produzcan bajas en las juntas provinciales o locales, serán cubiertas nombrándolos los jefes de grupo en los pueblos y los organismos provinciales en las capitales.

 

«51º. Si fuerzas superiores del Gobierno intentasen reconquistar un pueblo, y éste no ofreciese condiciones de resistencia, los revolucionarios lo abandonarán llevándose los rehenes y buscarán en el campo o la montaña el lugar más favorable para defenderse e intimidar al enemigo.

 

«52º. Los grupos deben estar numerados en cada localidad; o sea: Grupo número 1, Grupo número 2, etc., y se les distinguirá de este modo a todos los efectos.

«53º. Triunfante el movimiento en un pueblo, se adoptarán las medidas necesarias para asegurar su dominio estableciendo vigilancia armada y asegurando bien los servicios y la defensa y, si sobrase elemento armado, se acudirá en auxilio de los pueblos próximos donde aún no se hubiese triunfado.

 

«54º. Cuando una ciudad caiga en manos de los revolucionarios, nada debe justificar su abandono. Aunque la lucha se prolongue no debe desmayarse. Cada día que pase aumentará el número de rebeldes. En cambio, la moral del enemigo irá decayendo. Nadie espere triunfar en un día en un movimiento que tiene todos los caracteres de una guerra civil. En este movimiento, el tiempo es el mejor auxiliar.

 

«55º. Procurarse armas hasta donde sea posible. La Junta Central, por medio de las provinciales, facilitará las informaciones que posea.

 

«56º. Para dificultar los movimientos de la fuerza, pueden cerrarse bocacalles con alambre de espino y otros medios y, al mismo tiempo regar todo el ancho de la calle con gasolina dándole fuego y desde puntos o casas inmediatas atacar a la fuerza cuando trate de quitar estos obstáculos.

 

«57º. Levantar barricadas entre las cuales se oculten aparatos explosivos conectados con la corriente eléctrica o sustituida ésta por pilas y cuando la fuerza llega a la barricada hacerlos explotar formando un corto circuito desde una casa o lugar próximo, y aprovechar la sorpresa para atacar a la fuerza que queda y coger sus armas.

 

«58º. Acumular carros, coches o camionetas a la salida de los cuarteles o en las calles en que sea obligado el tránsito de la fuerza y atacarla desde lugares seguros y por distintos flancos.

 

«59º. Lanzar botellas de líquidos inflamables a los centros o domicilios de las gentes enemigas.

 

«60º. Cortar las comunicaciones en forma de difícil arreglo por parte de las fuerzas enemigas.

 

«61º. Volar puentes. Cortar carreteras. Líneas de ferrocarril. Imposibilitar el traslado de fuerzas para concentrarlas.

 

«62º. Estropear los neumáticos y de los motores de aquellos vehículos que no puedan ser utilizados por nuestras fuerzas.

 

«63º. Donde haya estación de emisora de radio, si no puede incautarse, incendiarla o volarla. Si no hay adentro personal adicto, inutilizarla.

 

«64º. Imposibilitar que los jefes de las fuerzas que no vivan en los cuarteles puedan incorporarse a sus puestos, deteniéndolos a la salida de sus domicilios, y atacándolos si se resisten.

 

«65º. Donde sea posible, utilizar uniformes del ejército, incluso de oficiales, para dar la impresión de insubordinación militar.

 

«66º. No gastar inútilmente las energías ni los medios de ataque.

 

«67º. Tomar y mantener la ofensiva es siempre infinitamente más eficaz que quedarse a la defensiva. Se domina mejor al enemigo, pero debe evitarse cometer imprudencias que pueda aprovechar el adversario.

 

«68º. Triunfante el movimiento revolucionario, lo primero que debe asegurarse es el dominio absoluto de la población, perfeccionando las milicias armadas, ocupando los sitios estratégicos, desarmando totalmente a las fuerzas contrarias y ocupando los edificios públicos.

 

«69º. Se restablecerán rápidamente las comunicaciones y se dará cuenta a la Junta de la capital y ésta a la Central de la situación.

«70º. Se procederá a la incautación de los víveres, o bien se controlará al comercio para que éste los facilite al vecindario, evitando enérgicamente todo abuso.

 

«71º. Siguiendo las instrucciones y órdenes de la Junta local se nombrará una Junta administrativa y de defensa del pueblo cuyas órdenes se acatarán sin discusión y, si fueren abusivas, se acatarán también, pero denunciándolas inmediatamente a la Junta provincial que deberá proceder rápidamente a enviar a un delegado suyo con plenos poderes cuyas resoluciones se acatarán.

 

«72º. Los bienes de la gente pudiente servirán para garantizar las necesidades del vecindario hasta que se dicten medidas por el Poder Central. Nadie debe quedarse sin comer en tanto haya en el pueblo recursos para proporcionarlo.

 

«73º. Durante el movimiento revolucionario toda la energía y todos los medios serán pocos para asegurar el triunfo. Una vez que éste se haya logrado, debe ponerse la misma energía para evitar crueldades innecesarias ni daños, sobre todo en cosas que puedan ser luego útiles o necesarias para los fines de la revolución».

 

 

 

 

 

Celebraciones por la victoria del Frente Popular en 1936.

 

Las Elecciones de 1936 “no fueron un pucherazo”, sino un “fraude localizado”

Los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa encuentran actas manipuladas que determinaron el número de escaños en los comicios ganados por el Frente Popular. Reconocen que el número de votos fueron pocos, pero determinantes. 14 marzo, 2017. Peio H. Riaño  @peiohr

Aquel 16 de febrero se prolongó durante cuatro días. Los españoles consideraron las Elecciones Generales que determinaron la victoria del Frente Popular como unos comicios a vida o muerte. A los pocos meses, las dos Españas que se habían enfrentado en las urnas, lo hicieron en las trincheras. El Golpe de Estado de Franco acabó con la legitimidad de las urnas, que no es cuestionada por la investigación de los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa, titulada 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Espasa).

El propio Manuel Álvarez Tardío explica a EL ESPAÑOL que no pretenden discutir sobre la legitimidad de lo que pasa después de las Elecciones, , ni del Golpe de Estado posterior. “Sólo queríamos contar lo que no se había contado, no vamos más allá del momento que estudiamos. No podemos viciar el análisis de lo que pasa en las Elecciones: incluso con todo lo que nosotros contamos, no significa que eso fuera a cambiar los acontecimientos. Podíamos haber optado por la militancia basada en la especulación, pero no especulamos”. Dicen que uno de los méritos de su trabajo es la reconstrucción, “minuto a minuto”, de lo que pasó aquellos cuatro días, entre la votación y el recuento. Ambos responden al cuestionario sobre su investigación:

Nosotros trabajamos con la misma dinámica académica de siempre. Pero el pasado como elemento de identidad ideológica tiene más presencia de lo que pensábamos. Aparentemente, hay mucha bibliografía de la Segunda República y la Guerra Civil, pero te sorprende que haya tantos autores que repitan fuentes secundarias con hechos no contrastados.

¿Qué aporta su estudio al de Javier Tusell (a finales de los sesenta)?

Tussell estuvo muy condicionado por su contexto, por las limitaciones de consulta. Nosotros hemos tenido acceso a datos digitalizados. Explotaron las hemerotecas, pero les faltaron fuentes. No tuvieron acceso al archivo del Congreso, ni al archivo de la Fundación Pablo Iglesias, ni al Archivo de Salamanca. Lo hicieron con prensa y el diario de sesiones de las Cortes. El nuestro es más rico.

¿A qué conclusiones llegan?

Reflejamos el clima de radicalización política durante la campaña, los diferentes tipos de discursos de campaña y cómo las candidaturas acaban formándose (incluimos las negociaciones internas). Abordamos las antiguas encuestas de una manera más precisa y, sobre todo, reconstruimos la votación y el escrutinio. El dietario de Alcalá Zamora también es importante, así como el de Portela. Hemos reconstruido de una forma más precisa aquel periodo. Javier Tusell reconoce que sus recuentos son incompletos, pero con el Archivo del Congreso los reconstruimos al completo. Los resultados oficiales a nivel nacional no se conocían hasta ahora.

¿Por qué se decidieron a investigar el desarrollo de las Elecciones?

Cuando se publicó el dietario de Alcalá Zamora hace unos años leímos la parte del fraude. El propio presidente de la República es el que habla de fraude. Sin ese dietario no nos habríamos metido en la investigación. Antes éramos muy escéptico, siempre he dicho que ganaban las izquierdas. Hasta que encontramos las pruebas y documentos cotejados. Veíamos claro el fraude en A Coruña y Cáceres, pero sólo con estos votos la mayoría no cambiaba. Y aparecieron los casos de Tenerife, Las Palmas, Lugo, Pontevedra, Valencia, Jaén, Murcia y hasta Málaga (donde ganan indudablemente las izquierdas, pero el escaño de las minorías debería haber pertenecido a la CEDA y no al PSOE).

¿Prefieren hablar de fraude que de pucherazo?

Sí, el pucherazo generalizado se dejó de hacer en los años treinta. En este caso hablamos de una falsificación postelectoral, sobre la documentación hecha sobre las mesas. Hay una falsificación electoral urdida la noche anterior a la reunión de la Junta Provincial en algunas provincias. Un fraude localizado.

¿Son capaces de determinar el número de votos fraudulentos?

No a nivel nacional. Pero sí a nivel provincial en Valencia, Jaén y Las Palmas. En cuatro provincias, la madrugada del 19, se arrebata el poder a las derechas (A Coruña, Lugo, Tenerife y Cáceres). Y lo importante no es el número de votos, sino el reparto de escaños. No podemos saber cuántos votos fueron fraudulentos a nivel nacional, quizá más de 150.000 votos, sobre más de 8.000.000 de votos. Los que fueran bastaron para determinar el reparto, porque el resultado estaba muy apretado. El fraude en Cáceres fue de 10.000 votos. En Jaén, si ganabas te llevabas 10 y si perdías, 3. Se jugaban la mayoría.

¿Fue un movimiento orquestado o espontáneo?

Está orquestado desde las provincias. Es una dinámica que se repitió en muchos sitios: empezaron celebrando y acabaron asaltando gobernación civil. Son las 36 primeras horas de Azaña antes de la reunión de la Junta del Censo. La iniciativa la llevan las autoridades provinciales. El día 19, cuando Manuel Azaña accede al poder, el Frente Popular y las derechas no tienen mayoría parlamentaria, la cosa está muy abierta. Si el Frente Popular consigue la mayoría final fue gracias a la manipulación.

¿Qué importancia tuvo la dimisión del presidente del Consejo de Ministrios Manuel Portela, líder liberal?

Absoluta. Portela se marcha durante el proceso de recuento por la fuerte movilización en la calle. Portela se va porque está muy tocado moralmente, sus candidatos no parece que estén obteniendo los resultados que esperaban y se marcha sin saber cómo queda. Además, la violencia en la calle le asusta. Manuel Azaña preside el final del recuento y no aplaza los ánimos de la movilización instrumentada por los sectores extremistas, con los que luego tendría que negociar para gobernar. La última fase del recuento es muy importante.

¿Cuestionan el papel de Azaña?

No hay orden de Azaña para alterar el recuento. En Madrid hubo pasividad y connivencia con las movilizaciones. El propio Azaña se refiere a los resultados de A Coruña y en Cáceres como la “resurrección de candidatos”. Demostramos un fraude local. Tachones, raspados, manipulaciones. La campaña no fue sucia, ni siquiera el día de las Elecciones. De hecho, hubo un gran despliegue de fuerzas del orden para evitar problemas. Sin embargo, Portela no pudo declarar el Estado de Guerra durante el recuento, porque Alcalá Zamora no le deja, pero Azaña sí lo hace en algunas partes.

¿Qué ocurre en la segunda vuelta?

La segunda vuelta está muy condicionada por la falta de seguridad jurídica, pero ahí no hemos hecho especulaciones. No fue un fraude total, pero sí introduce elementos de fraude en algunas provincias. Son pequeñas diferencias de votos que afectaban al recuento de escaños. Es un fraude en determinados lugares que han hecho bailar escaños. Cuando Azaña acude a la sede de Gobernación se desespera al ver que los gobernadores han huido y están en manos de los poderes locales, que intimidaron. Hay sitios en los que la intimidación y la coacción fue muy potente. La calle interpreta la salida de Portela como una victoria y van a impedir una victoria por fraude de los conservadores.

¿No hubo intimidación por parte de los conservadores?

No hay rastro de una ocupación del poder ni de los conservadores, ni de los portelistas. La CEDA no hizo llamamiento a la violencia para hacerse con el recuento.

En el libro insisten en que las marchas de aquellos días no eran festivas, sino intimidatorias.

La documentación y las fuentes demuestran que la avalancha hacia los centros de poder, no fueron celebratorias, ni festivas, sino para hacerse con el control.

Pero, ¿hay documentación de las protestas?

Las protestas que hubo en estas provincias fueron tumultuarias. El Frente Popular no estaba dispuesto a dejar perder ni una sola provincia. Tal y como aparece en el archivo de Pablo Iglesias, Prieto dice de las actas de A Coruña que son “indefendibles”. Cuestionó anular Granada [resultado a favor de la derecha, con denuncia de la izquierda], si no se hacía antes con A Coruña y Cáceres.

En Granada se denunció que miembros de la escopeteros y guardas impedían el voto en pueblos. Ganó la derecha, pero se anuló. ¿En Granada, quién hizo más trampas?

En Granada, el Frente Popular protestó un fraude de 8.000 votos, pero no aportaron datos, a pesar de que la diferencia con las derechas era de 50.000. No era un fraude acreditado.

Las elecciones a Cortes celebradas en 1936

Reseña documental de los historiadores, estudiosos del tema y analistas políticos que en diferentes épocas han publicado al respecto de la estimación del resultado electoral en los comicios de febrero de 1936.

Antonio Ramos Oliveira, historiador, indica que tras el recuento de los votos “al constituirse el Parlamento el núcleo más fuerte de la Cámara sería la CEDA.”

Elizabeth Wiskemann, periodista e historiadora, escribe en su libro titulado Europe of the Dictators. 1919-1945, que “la CEDA, dentro del Frente Nacional, continuó siendo el partido más numeroso, seguido de cerca por los socialistas y la Izquierda Republicana, ambas formaciones integradas en el Frente Popular.”

Santiago Galindo Herrero, analista político, titula en uno de los capítulos de su ensayo Los partidos monárquicos bajo la segunda República: “16 de febrero 1936: Triunfo izquierdista”; aunque afirma a continuación en el texto que “los votos daban la victoria a las derechas: 4.187.571 por 3.912.086 de las izquierdas.”

—Sir Anthony Eden, diplomático, escribe en sus Memorias, que los resultados demostraron una completa victoria de la izquierda, para precisar inmediatamente después que “si se añaden a la derecha los votos del centro, el Frente Popular estaba en minoría.”

Francisco Casares, periodista, destaca que en las pasadas elecciones España se dividió en dos mitades. “No hablemos del número de votos, porque está probado que las derechas tuvieron más y que sólo por el mecanismo de la ley electoral se pudo conseguir la mayoría efectiva para los que obtuvieron menos votos. Prescindamos de eso. A la Cámara debieron llegar, con arreglo a lo que imponían las urnas, el mismo número aproximado de diputados de centro-derecha que de izquierdas y partidos obreros. La serie de atrocidades que se cometieron en los escrutinios y las que después llevó a cabo la propia Cámara, desnivelaron el auténtico resultado.”

Julián Gorkin (Julián Gómez García), periodista y activista político, en su trabajo de colaboración en el libro The strategy of deception, señala que la situación exacta del resultado electoral era que la coalición de derechas obtuvo 4.446.000 votos y 164 escaños en la Cámara de diputados; el Frente Popular, 4.840.000 votos y 277 escaños. “El sistema electoral y la distribución de votos favorecieron al Frente Popular en el número de puestos en la Cámara, aunque el número de votos fue casi igual.”

Gabriel Jackson, historiador, resume el balance de las elecciones con estas palabras: “El Frente Popular alcanzó el 80 por ciento de los escaños, aunque sólo obtuvo el 50 por ciento de los votos.” Comenta Jackson que “de ser ciertos los datos facilitados por las juntas del Censo, la Izquierda obtuvo 4.700.000 votos, la Derecha 3.997.000, el Centro 449.000 y los Nacionalistas vascos (concentrados en cuatro distritos electorales) 130.000. Como votó una proporción de electores más elevada que en 1931 y 1933, lo mismo la Izquierda que la Derecha aumentaron la totalidad de sus votos; la Derecha en cerca de 600.000 (quizá la mitad de los que habían votado a los radicales en 1933), y la Izquierda en 700.000 (en gran parte, probablemente, anarquistas que se abstuvieron en 1933). Según inciden muchos analistas, los datos muestran un incremento de la fuerza efectiva de la Derecha, así como un total  de 4.576.000 votos que no pertenecían al Frente Popular.”

Hugh Thomas, historiador, refleja de la siguiente manera los votos emitidos: Frente Popular, 4.176.156; Nacionalistas vascos, 130.000; Centro, 681.047; Frente Nacional, 3.783.601. Los votos de centro, que se suman a los del Frente Nacional, derecha, corresponden a los agrarios, los republicanos conservadores, a los radicales en candidatura aislada y a los afines al partido centrista (Partido Centrista Democrático) del jefe de Gobierno en ese momento Manuel Portela Valladares.

Vladimir d’Ormesson, periodista y diplomático, afirma que la mitad exacta de los votos emitidos, 4.570.000, resultó favorable a los partidos de derecha; debiendo añadirse a ellos, por analogía, los 340.000 de los centristas. Al Frente Popular le asigna un total de 4.356.000, añadiendo los sufragios anarco-sindicalistas.

Salvador de Madariaga, diplomático e historiador, llega a la conclusión de que “en el seno mismo del Frente Popular triunfaron los elementos moderados sobre los extremistas, la burguesía liberal sobre el marxismo.” Reparte el porcentaje de la totalidad de votos emitidos en este sentido: socialistas y comunistas, 1.793.000; izquierda no marxista, 2.512.000; centro, 681.000; derecha, 3.783.601.

Javier Tussell, historiador, da un teórico empate a derechas e izquierdas. Según sus estimaciones, votó el 72% del censo, obteniendo el Frente Popular 4.555.401 votos; el Frente Popular aliado con centristas (en la provincia de Lugo), 98.715; el Partido Nacionalista Vasco, 125.714; el Centro (sin alianzas), 400.901; las Derechas (sin alianzas), 1.866.981; y las Derechas aliadas con centristas, 2.636.524. En números redondos, 4.650.000 votos para las izquierdas, 4.500.000 para las derechas y 500.000 votos para el centro.

Ramón Salas Larrazábal, historiador militar, da como resultado para el Frente Popular 4.430.322 votos y 4.511.031 para las derechas.

Comentario a las elecciones

José María Gil Robles: “Los resultados de las elecciones de 1936 en modo alguno reflejaban la realidad política., independientemente de que, hasta el último instante, fue una verdadera incógnita la composición de la Cámara. De las cuatrocientas cincuenta y seis actas presentadas en el Congreso, después de la segunda vuelta, sólo llegaron ciento ochenta y siete sin protestas.

“Este desencaje entre la realidad política y el resultado efectivo de las elecciones, quizá se debiera a que ‘la victoria de febrero se asienta sobre algunos supuestos falsos, los mismos, exactamente los mismos, sobre los que se asentó la República del 14 de abril’, según comentario del periódico El Socialista, en su número de 4 de junio de 1936.”

Miguel de Unamuno: Indica en un artículo el 11 de marzo de 1936 desde su columna en el periódico La Voz, que la raíz de ese falso sustento parlamentario de la República es una certeza. “En 1931 votaron la República personas que al salir del colegio ya se habían arrepentido. Hoy han votado el Frente Popular núcleos que a las dos horas ya lamentaban su equivocación. País de locos. Y cuando no, de tontos.”

Pío Moa Rodríguez indica que las discrepancias en la asignación de votos provienen de qué se considere “centro” y qué “derecha”. Algunos autores, como por ejemplo los profesores J. Linz y J. De Miguel, atribuyen a las izquierdas el 43 por ciento de los sufragios, mientras que a la derecha le asignan el 30 por ciento y al centro el 21 por ciento. Y es que no resulta fácil incluir al Partido Nacionalista Vasco en la derecha, siendo una formación política de derecha, ya que rehusó apoyar a las derechas nacionales españolas, contrariamente a lo que éstas hicieron, dando su apoyo a los nacionalistas vascos en la segunda vuelta electoral.

Casi todos los analistas, continúa señalando, y todos los políticos de la época, tuvieron al centro por hundido, sin rebasar los cuatrocientos a o quinientos mil votos. Dentro de la imprecisión de las cifras, puede decirse que con respecto a 1933 [las elecciones celebradas ese año], las izquierdas subían en un millón y medio de votos —de 3 a 4,5 millones —y las derechas en un millón —de 3,5 a 4,5—; aumentos provocados fundamentalmente por el naufragio del voto centrista que perdió entre 1,4 y 1,9 millones de sufragios. También deben sumarse los votos anarquistas, unos cientos de miles que engrosaron el cómputo de las izquierdas y, probablemente, fueron decisivos en Cataluña.

Concluye que “cabe suponer que algunos antiguos votantes de izquierda votarían a la derecha por temor a la revolución, y otros de derecha en sentido contrario debido a la frustración de los proyectos económicos de la CEDA propiciada por el presidente de la República Niceto Alcalá Zamora; así como por las medidas de saneamiento de la Hacienda del ministro Chapaprieta,  interrumpidas en el peor momento, cuando acarreaban sacrificios inmediatos a mucha gente sin que pudieran percibirse sus beneficios a medio plazo. Seguramente Manuel Azaña se benefició de esta situación, atrayendo hacia su partido Izquierda Republicana y el conjunto del Frente Popular más votos de lo supuesto en principio.

José Manuel Martínez Bande expone que en los comicios de 1936 hubo una nutrida participación, rondando el 76 por ciento del censo electoral. Las primeras noticias que circulan en las calles de Madrid y en las de las principales ciudades españolas inducen a creer en un triunfo del Frente Popular, aunque no se conoce fidedignamente recuento alguno de los votos. Como obedeciendo a una consigna previa, grupos en actitud levantisca, de matiz revolucionario, invaden las calles de la capital de España presionando con voces y actos a particulares, elementos de la función pública y cargos políticos. Presa del pánico, dando pábulo a la estrategia del miedo y la imposición, dimiten varios gobernadores, que son inmediatamente sustituidos por Comités políticos, los cuales se adueñan de despachos y oficinas y, lo prioritario, de las actas que van llegando de los colegios electorales. Casi sincronizadas con estas acciones de desalojo del poder empiezan la quema de iglesias y conventos.

El orden público ha desaparecido en aquellos lugares concertados para provocar un cambio en el Gobierno. Un gobierno quebrado y medroso, sin cabeza, pues Portela Valladares repite a derecha (Gil Robles, Primo de Rivera, Goicoechea y Martínez de Velasco) e izquierda (Álvarez del Vayo, Prieto y Largo Caballero), también a la cúpula militar (Franco, Fanjul, Goded), lo siguiente: “Yo no puedo hacer más que entregar ahora mismo el poder”. Sin concluir el recuento electoral de la primera vuelta ni garantizar la limpieza del escrutinio para acceder a la segunda vuelta. A todo eso, el presidente de la II República, Niceto Alcalá Zamora, a verlas venir, jugando con dos barajas e impidiendo la declaración del estado de guerra que, tras anunciarse en Zaragoza, Huesca, Teruel, Alicante, Oviedo y Valencia, es por él mismo anulada. Acepta, no obstante, y por aparentar una vigilancia cívica que cerque y aborte el caos reinante, el estado de alarma durante ocho días.

Pero el caos se generaliza en toda España ya el día 18 de febrero, transcurridos dos días de la primera jornada electoral. Literalmente el poder político está en la calle. En la mayoría de las provincias se detiene al adversario político o al significado contra los que pretende conseguir el poder a toda costa; se violenta la voluntad y la propiedad; se incendian lugares de culto; se liberan a presos políticos discrecionalmente y se proclama la victoria del Frente Popular en su versión socialista. A eso, los Gobiernos civiles, las Diputaciones y los Ayuntamientos sufren la invasión de las Comisiones frentepopulistas, que continúan apoderándose de todos los documentos de la reciente elección.

Desbordado Portela Valladares, más interesado n desaparecer de escena que de ejercer como jefe de Gobierno, en su limbo de anacronías el presidente de la República, expectantes las facciones de derecha y al asalto las de izquierda, Manuel Azaña, uno de los líderes del Frente Popular, se hace con el Gobierno a las nueve de la noche del día 19; y al cabo forma su equipo ministerial.

El intento personalista de Alcalá Zamora de crear un grupo artificioso que anulase electoralmente a la CEDA se vino al suelo con sorna y estrépito. Queriendo borrar a Gil Robles, Alcalá Zamora abrió las puertas a la revolución y las de su propio fracaso político; su criatura lo arrojó del poder. No tardaría demasiado esa misma criatura, hidra de varias cabezas, en echar del poder efectivo al factótum del Frente Popular: Azaña; otra pieza de usar y tirar.

Ángel Osorio y Gallardo escribe en sus Memorias sobre lo sucedido esas jornadas: “Lo ocurrido el 16 de febrero fue un terremoto.” “Desde aquel momento, España olvidó toda línea legal y toda norma de derecho.”

Manuel Tagüeña comenta en su libro Testimonio de dos guerras: “La impaciencia de los vencedores y el temor de los vencidos extendió inevitablemente un clima de violencia en todo el país.”

Niceto Alcalá Zamora publica en un artículo titulado Un año de Frente Popular en España, en Journal de Geneve: “A instigación de dirigentes irresponsables, la muchedumbre se apoderó de los documentos lectorales; en muchas localidades los documentos fueron falsificados.” “Se anularon todas las actas de ciertas provincias donde la oposición [entiéndase la oposición al Frente Popular] resultó victoriosa; se proclamaron diputados a candidatos amigos vencidos: Se expulsó de las Cortes a varios diputados de las minorías.”

En la segunda vuelta de las elecciones la violencia fue aterradora. Tras esa jornada vino un examen de las actas por una comisión presidida por el socialista Indalecio Prieto. En ella, y en opinión de Salvador de Madariaga, “se hicieron tales cosas que Indalecio Prieto no quiso compartir la responsabilidad de aquellas polacadas”; escrito en su obra España, p. 540.

En definitiva, las elecciones de febrero-marzo de 1936 concluyeron con el siguiente reparto de escaños en las Cortes: 278 para las izquierdas, 146 para las derechas y 36 para el centro.

Luis Suárez Fernández analiza los factores sociales y el juicio de algunas personalidades que vivieron aquellos momentos electorales conscientes de la repercusión del resultado y las acciones para tomar el poder de quienes sólo contemplaban la victoria en su estrategia política inmediata. Dando por cierta la dificultad de establecer con precisión las cifras del escrutinio, las sombras de fraude sobrevolaron la mayoría de las cabezas en el espectro sociopolítico; algunas para beneficiarse, otras por temerlo.

Las elecciones de febrero de 1936 fueron confusas al igual que lo era la ley electoral; una ley que otorgaba el mayor número de candidatos a una formación adscrita a un ámbito electoral regional o con sólo obtener un voto más, circunscripción a circunscripción, que el resto de formaciones participantes en el ámbito nacional. Si en las elecciones de 1933 el sistema de asignación de escaños favoreció a la derecha, en 1936 trasladó ese favor a la izquierda, quien ayudó con sus movimientos de agitación e interferencia en los recuentos a que la balanza se decantara con claridad de su lado.

Las listas de candidatos eran abiertas, por lo que todavía resulta más complicado atribuir el voto a cada partido. Además, la abstención cobrara mucho relieve ya que los votos emitidos eran los que permitían al candidato mayoritario atribuirse un porcentaje también mayor. Así pues, la diferencia entre el número de escaños conseguidos y el número de votos era enorme.

Por otra parte, las listas del censo eran más que deficientes, y la identificación del votante por medio de su ‘cédula personal’, sin fotografía, se prestaba a errores y abusos. De ahí que pudieran ‘votaran’ los muertos, los ausentes o por dos veces o por ‘delegación’ inexistente. Con la salvedad de que en aquellos distritos en que ningún candidato hubiese obtenido el 40% de los votos emitidos, la votación tenía que repetirse al domingo siguiente (23 de febrero en el caso que nos ocupa). De la segunda vuelta dependía el resultado final de las elecciones y la constitución de los grupos parlamentarios. Se sobreentendía que el Gobierno provisional a cargo del proceso electoral debía hacerlo hasta que éste concluyese del todo; pero en esas elecciones de febrero de 1936 no sucedió de la forma debida.

La propaganda electoral fue agresiva, invitando al odio y denunciando por una parte la represión y por otra la inercia revolucionaria. Las derechas advertían del peligro rojo mientras las izquierdas elogiaban el sistema soviético y alertaban contra el fascismo. Francisco Largo Caballero llegó a evocar el próximo “día de la venganza, en que no dejaremos piedra sobre piedra”. A medida que pasaban los días la violencia verbal iba en aumento, de tal modo que los oradores del Frente Popular convencían a propios y extraños que con su victoria se alcanzaría la revolución que, con sangre y justicia popular, traería la muerte a burgueses y capitalistas.

Un defecto mayúsculo del sistema electoral era que las impugnaciones sólo podían resolverse por las Cortes una vez constituidas. De este modo, si un partido lograba la mayoría o bien anulaba las reclamaciones de la oposición o bien era el mismo quien las formulaba para conseguir todavía mayores beneficios. Es decir: si uno de los bandos enfrentados en los comicios alcanzaba el poder antes de la segunda vuelta sacaría rédito de la superioridad que esto proporcionaba.

Las elecciones de 1936 se plantearon como un plebiscito entre orden o revolución. José María Gil Robles señaló que su formación política, la CEDA, había logrado un mayor número de votos que en las elecciones de 1933, y que ningún otro partido (el Frente Popular no lo era ni tenía programa) estaba en mejores condiciones para gobernar. El radicalismo de Alejandro Lerroux y el ideal centrista de Niceto Alcalá Zamora eran meramente humo. La arbitrariedad, con abuso de la ley, que apareció en la cuestión de las impugnaciones y las amenazas vertidas contra personas y bienes convencieron a  la derecha de que sus días estaban contados.

Dentro del Frente Popular, los liberales de izquierda descubrieron en seguida que eran un aditamento de las pretensiones socialistas, cuyos dirigentes no ocultaban que para ellos las elecciones de febrero eran la oportunidad, y sólo eso, para destruir el sistema liberal parlamentario. Manuel Azaña y José Giral se asustaron pero ya nada tenía remedio, suponiendo que su intención fuera la de poner remedio a lo causado o, en su defecto, patrocinado por acción u omisión. Grupos de extremistas pertenecientes a sectores no parlamentarios trataron de adueñarse de las calles en la tarde del 16 de febrero, todavía sin conocerse el resultado de la primera vuelta, creando, cual su objetivo, una sensación de inseguridad y poder ajena al resultado electoral.

Fuentes

José María Gil Robles, No fue posible la paz, pp.  523 a 526.

Luis Suárez Fernández, Franco, crónica de un tiempo, Vol. I, pp. 273 a 275.

José Manuel Martínez Bande, Los años críticos, pp. 149 a 154.

Pío Moa, 1936: El asalto final a la República, pp. 57 y 58. El derrumbe de la segunda República y la Guerra Civil, pp. 259 y 260.

Miguel Ángel Olmedo y Luz Trujillo

 

 

Publicado en el Blog de Campos el 11-10-2018

 

 

 

 

 

 

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