Villa píldora

“Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la Reconquista, por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que le defendieron, como los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz.

Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe, y allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por ver si encontraba algunas armas, dando golpes en los muros para observar si estaban huecos y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por todos los rincones con la idea de encontrar la entrada de algunos de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros”.

 

 

Habían llegado a la hora del Ángelus; aún no estaban preparadas las habitaciones y, para hacer tiempo, se dedicaron a visitar todas las instalaciones del mayor complejo hotelero de Navarra. Las habitaciones más antiguas fueron construidas en los tiempos de Gustavo Adolfo Bécquer, remodeladas y adaptadas a las actuales circunstancias, pero siguen manteniendo una puerta de entrada de sesenta centímetros escasos de ancho.

Agua caliente por todas partes, cartujos vestidos de ánima en pena dentro de albornoces blancos. Algunos mejor sería que hubieran ido a Lourdes. Eso reconforta porque a la pregunta de ¿cómo estás?, responden ¿comparándome con quién? Jubilados en edad de triunfo y reposo, viejos reales, físicos y morales, algún matrimonio con hijos los fines de semana por aquello de que como no hay dinero para mañana, hoy nos vamos el fin de semana a un balneario, y parejas jóvenes cuyo único objetivo es ver el techo de la habitación del hotel, cuantas más veces mejor.

Todos los clientes son españoles, de todas las taifas nacionales, salvo de Galicia, Andalucía, Baleares y Canarias. Buen ambiente e intercambio de saludos y presentaciones. Los catalanes hablan catalán entre ellos, pero cambian al castellano enseguida que se dan cuenta que el interlocutor no es catalán; los vascos, lo mismo, pero en euskera, que no todos lo dominan. No sé si son conscientes de la grandeza que tiene el que sean bilingües total.

La comida es a la una y media del mediodía, para no hacer tarde. Comedor para 270/300 comensales, atendido por diez o doce camareras, todas mujeres, aquí no hay paridad, realmente cada una lo hace a seis o siete mesas con cuatro personas, de países y regiones diferentes. Cada día rotan las mesas que atienden, para que no haya privilegios con ningún cliente. Todas son amables, pero destacan por encima de todas ellas Vanesa, riojana de Cintrúenigo, treintañera, guapa, bien peinada y maquillada y con un encanto personal a raudales, y Mina, marroquí, también treintañera, preciosa mujer, perfectamente arreglada, habla español como si fuera nativa, casada con un nativo riojano, un encanto de mujer en el trato y en su forma de comportarse; y lo más importante: les gusta su trabajo, con un servicio de calidad permanente; no les faltará nunca trabajo a ningunas de las dos.

Antes de servir la comida, todo el mundo saca una cajita con sus pastillas; las hay de todos los colores y tamaños, para el asma, los dolores, la próstata, diabetes, los huesos, el corazón, el estómago, y mil y una versión diferente del estado de bienestar alcanzado, que prolonga la vida hasta años insospechados hace unas décadas, y que los presenten no se fían de eso de la eutanasia por aquello de si le da por pensar a un tonto.

Los letreros indicativos están escritos en castellano y en euskera. Las radios suenan en castellano, salvo cuando son cuñas del Gobierno de Navarra, que son en castellano y en euskera; hay muchos canales de televisión, pero están colocadas en lugar preferente la vasca en euskera y la navarra en ambos idiomas. Las empresas pagan cursos de idiomas a sus empleados, y muchos, en vez de aprender inglés, árabe o chino para poder entenderse por el mundo, optan por el euskera. El recuerdo de los años setenta vividos en Euskadi, han reverdecidos.

Pasan los días entre baños, aguas termales que son buenas para el reuma, la rehabilitación funcional, las vías respiratorias, el aparato circulatorio, la ansiedad, el estrés, el descanso y la relajación en general, o sea, para casi todo, eso sí, con fe, con mucha fe, masajes, relax y lectura, mucha lectura, pues se encuentra en medio del campo, a unos cuatro kilómetros del pueblo más cercano, en dónde hay farmacia, un buen bar y un monasterio cisterciense, fundado en 1140, la primera referencia a dicha Orden en la Península Ibérica, y dónde se creó y organizó la orden militar de Calatrava. Cada hora, un autobús interurbano conecta con dicho pueblo, al precio de 1,30% euros el billete, subvención de los españoles a los Fueros Navarros.

 

 

Sala de televisión panorámica con unas cien sillas similares a los sillones que había en los cines de los años sesenta. Mundial de Rusia. Lleno a tope. Todos con la selección española de fútbol y, los que más, los vascos y catalanes; se vitoreaban los goles españoles, se sufría por el juego del equipo y se apenaba, realmente apenado el personal, cuando quedó eliminada España en los penaltis. No había ni un disidente. No sabemos lo que tienen que estar padeciendo aquellas personas que, además de vascas o catalanas, son y se sienten españoles, que no pueden expresar sus sentimientos allí, porque lo más bonito que les dicen es “fascistas”. Unos cuantos vividores de la política tienen presos en la calle a parte de su ciudadanía. Y desde el resto de España, ni los comprendemos ni los defendemos, es más, algunos se han vendido al enemigo por asegurar su plato de lentejas.

El viaje llega a su fin. Cada uno vuelve a su casa pensando en que ya no le duele nada y que volverá el próximo año. Jubilados, resistid, que habéis trabajado mucho y bien, habéis cuidado de vuestros padres, de vuestros hijos y de vuestros nietos. Una señora, valenciana, se despedía con las siguientes palabras: “Yo, vuelvo; a mis hijos les he pagado una carrera universitaria y les he ayudado cuanto he podido; cuando me muera, un euro en la cuenta del banco”. Salud y larga vida.

 

Antonio CAMPOS

http://www.es.ancamfer.wordpress.com

 

Publicado en el Blog de Campos el 14-07-2018

 

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