Todo a Cien – 308 Invasión silente

Versión 1. Tras la larga travesía, enfermos, desnutridos, diezmados, sin lavarse, sin afeitarse, pensando que se ahogarían en medio del mar, divisaron tierra y desembarcaron portando la enseña de su país y la de su fe divina. Eran aventureros que prefirieron este penoso, largo y dramático viaje a penar en la cárcel sus actos contrarios a la ley, pillaje, robos, abusos sexuales y otros tipos de transgresiones que les iban permitiendo mal vivir en un país en el que la guerra era el devenir diario de la clase dominante.

Fueron recibidos con la ignorancia de los autóctonos, buenas personas de almas cándidas, que pronto vieron que su visita no era pacífica, que forzaban a sus mujeres y les transmitían enfermedades que ellos no conocían, como la sífilis o la tuberculosis, que diezmaban la población porque sus cuerpos no tenían defensas para hacer frente a ellas, que les obligaban a trabajar para que los forasteros pudieran vivir contemplando el paisaje, que esquilmaban sus reservas morales tratando de implantar un dios sin el que ellos habían vivido felices hasta entonces, y económicas, debilitando su economía y extrayendo los materiales que ellos consideraban preciosos y que hasta entonces habían tenido un uso corriente para ellos, sin más importancia que el devenir diario.

 

 

Versión 2. Tras la larga travesía, contentos, bien alimentados, lavados y afeitados, teléfonos móviles de última generación, con presencia física envidiable, hombres y mujeres en la plenitud de su vida, pensando que la mafia a las que les habían pagado cuatro mil euros por persona, de dónde y cómo habían conseguido tener este importe era un secreto para los no iniciados en la materia, ya habrían avisado a cualquier ONG de las que viven de eso, esperaban en medio del mar que cualquier nación colindante fuera a rescatarlos, se encontraron con la negativa de uno de los países que estaban hartos de esa invasión silente y constante, fue un alma de cántaro, eco de apertura de telediario, el que dio instrucciones para que fuesen traídos a tierra y desembarcaran sin portar la enseña de ningún país, pero sí la de su fe divina. Eran aventureros que prefirieron este penoso, largo y dramático viaje a penar en la cárcel sus actos contrarios a la ley, pillaje, robos, abusos sexuales y otros tipos de transgresiones que les iban permitiendo mal vivir en un país en el que la guerra era el devenir diario de la clase dominante. Hasta hay quien dice que se trata de un transporte militar de tropas con apariencia humanitaria de soldados nigerianos de Boko Haram, dispuestos a luchar contra España cuando llegue su momento.

Fueron recibidos con la ignorancia de los autóctonos, buenas personas de almas cándidas, que pronto vieron que su visita no era pacífica, que forzaban a sus mujeres y les transmitían enfermedades ya desaparecidas, como la sífilis o la tuberculosis, que diezmaban la población, “Refugiados radicalizados han asesinado o herido a más de 1.000 personas en Europa desde 2014” (Casoaislado del 16-06-2018), que les obligaban a trabajar para que los forasteros pudieran pasar los días contemplando el paisaje, porque no estaban dispuestos a vivir en cualquiera de los muchos pueblos deshabitados que había en el país de acogida, trabajando las tierras y ganándose su sustento, esquilmaban sus reservas morales tratando de implantar un dios sin el que los nativos habían vivido felices hasta entonces, y económicas, debilitando su economía y extrayendo las subvenciones, las medicinas y la sanidad gratis, materiales que los llegados consideraban preciosos y que hasta entonces habían tenido un uso corriente para los nativos, sin más importancia que el devenir diario.

La primera versión corresponde a la conquista de América por parte de los españoles. La segunda, a la conquista de Europa por parte de los musulmanes en el presente siglo XXI.

Cada uno podrá aplicar el calificativo que considere, pero por encima de una mal entendida solidaridad, de respeto a la vida, de ayuda humanitaria y de cualquier otro concepto que nos inventemos para justificar la llegada de migrantes musulmanes ilegales a Europa, fomentando el “efecto llamada” cada vez con más asiduidad, reclamando unos teóricos derechos que en sus países de origen ni se atreverían a pensar, dándoles gratis lo que a los europeos nos ha costado muchos años conseguir a base de trabajo, dinero y esfuerzo, pero no aportando nada al conjunto de la sociedad, ni trabajan ni piensan trabajar nunca, se aíslan en barrios en los que ya está empezando a no poder entrar la policía, no pagan ni piensan pagar impuestos en toda su vida, se amotinan y no se resuelve la situación con la contundencia necesaria y, lo que es peor, no se respeta ni se hace cumplir la Ley de Extranjería. Esta es la verdad de la situación, por mucho que algunos intenten ocultarla.

 

Publicado en el Blog de Campos el 17-06-2018

 

 

 

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