El dolor, ¿aísla o une?

Vuelta al hospital. Esperando en la sala bajo una luz que tintinea al son de mis pensamientos, noto los ojos de mi compañero de incertidumbre clavados en mí. Le sonrío y le doy las buenas tardes. Me mira cabizbajo, sin responder siquiera con un gruñido. Vuelvo a mis pensamientos.

Me imagino cómo será éste nuevo médico, qué me dirá, qué pensará. Mi pezón fantasma se pone a protestar. Parece que dijera que no quiere que nadie más escrute su inexistencia, que quiere comenzar a vivir. Mutilado, pero con ganas de conocer mundo.

Aparece en la puerta un señor que, de no llevar bata, hubiera podido jurar que es Sancho Panza. Me recibe con una enorme sonrisa mientras sentencio: “Le traigo el ‘marrón’ del día”.

“Mujer, no será para tanto”.

Y empiezo a contar mis miserias médicas.

“¡Qué injusto que usted pase por esto!”- Me dice mientras coge mi mano-“Justamente usted, que sólo quería ver el cuerpo que en realidad le pertenece”.

Le sonrío con las lágrimas suicidándose por mis mejillas.

“¿Quiere algo para el dolor?” me pregunta con ojos compasivos. “No, gracias. Ya tengo.”

“Si ve que no es suficiente, puedo hablarle de alternativas más naturales, aunque algo… alegales” Y me guiña el ojo.

Río con los ojos, tratando de no soltar una leve carcajada. “Ahora comenzará usted un nuevo ciclo de médicos, pruebas, incertidumbre y dolor. ¿Está preparada?”

No contesto. Tan solo miro por la ventana de la consulta y veo cómo un pájaro cotillea toda la escena. Siento mi pezón fantasma retorciéndose de dolor, mi espalda completamente agarrotada y mi viejo amigo, el clavo en el ojo, jugando a bailar reggeaton en mi lacrimal.

“No se preocupe. Y sea positiva, abrace, abrace mucho, abrace todo lo que pueda, déjese abrazar, deje que los demás se acerquen” dice Ramón, que ya me ha dado permiso para tutearle, con una enorme sonrisa.

Salgo de allí con una sensación extraña. En el ascensor aparece el chaval que siquiera me gruñó. Sus lágrimas también se suicidan. Quiero pedirle un abrazo, pero no me atrevo. Le pongo la mano en el hombro, se gira y me abraza, un abrazo que ha durado cuatro plantas de hospital.

“Gracias”, me susurra.

“Gracias”, le susurro.

Y pienso cuánto aísla el dolor socialmente, pero cuánto une en algunas circunstancias.

Autora: Eva Campos Navarro

Psicóloga – Coach – Escritora

 

 

Publicado en el Blog de Campos el 14-09-2017

 

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