Cincuenta años no es nada

Buenas noches, Pepe. ¿Cómo estás? Bien, muy bien; ¿y tú? Magnífico, y más estando de Ferias; ¿han llegado? Sí, en la mesa de todos los años. Muchas gracias, amigo, hasta luego.

Pepe era amigo desde que teníamos pantalón corto. No había acabado el Bachiller porque lo suyo no eran los estudios, no le gustaban. Empezó a trabajar de pinche en un bar. Más listo que el hambre, tardó poco tiempo en ser el encargado y luego el dueño, pues el anterior le vendió el negocio, a pagar a plazos, cuando le llegó la edad de jubilación.

Había aprendido a manejar la plancha y a cocinar platos rápidos, que hasta ese momento allí se servían. Transformó el local, reduciendo la barra y ampliando el espacio reservado a mesas, porque había observado que consumían mucho más los clientes cómodamente sentados.

Fue añadiendo platos a la carta e incorporando mariscos en tierra castellana, en años en los que la inmensa mayoría de españoles no sabían qué eran las gambas, las cigalas o los percebes.

Su éxito fue tal que tuvo que alquilar un local enorme, de más de doscientos metros cuadrados, que inauguró como restaurante, con un pequeño bar a la entrada. Pepe fue engordando, mucho, física y monetariamente, sus platos regionales, autóctonos, vascos y gallegos, se hicieron famosos y llenaba sus salones a diario, incluso con gente que venía de fuera a probar su cocina.

Allí se reunían los tres amigos a cenar el dieciséis de agosto de cada año. El día anterior era la fiesta mayor de la ciudad, ese día que es fiesta en muchísimos sitios de España y en el que queda defenestrado el torero que no se viste de luces.

Eran amigos desde el Instituto, al que se llegaba con diez años de edad. Entraron a trabajar en la misma empresa, una multinacional, con más de doscientas cincuenta oficinas en toda España, incluso en el extranjero. Los pusieron a trabajar en la misma mesa, revueltos, a colocar, a facturar y a devolver recibos, miles, no se perdía ni se traspapelaba ninguno, todos los días la misma función, cumplida satisfactoriamente a la hora de salir.

Luego, unos días a clase, otros a dar un paseo, otros … a lo que fuera, pero siempre andaban juntos. Habían pensado que el mejor negocio en la ciudad sería poner una casa de lenocinio de gran lujo en el edificio de la Diputación Provincial, magníficos salones, tapices, cuadros de primeras firmas, colecciones de relojes antiguos de mesa, carillones, estatuas, alfombras kilométricas, mullidas, vajilla y cristalería de postín; y ellos, dirigiendo el cotarro desde el despacho de Presidencia.

Formaban parte de un Grupo de Teatro, aficionados avanzados que alguno llegó a actor profesional. Alternaban obras divertidas y pasajeras con otras de vanguardia y contenido social. Hoy es difícil de creer, pero cuando iban por los pueblos de la provincia, para cuyos paisanos ir a la capital era una odisea, los recibían al grito de “ya están aquí los cómicos”.

Servicio militar, chicas, dispersión de estudios universitarios, de carreras profesionales, de residencia. Pero siempre, fieles al compromiso de la cena agosteña en la patria chica y en el restaurante del amigo Pepe, que cada año tenía reservada la misma mesa, sin que nada tuvieran que decirle. Hacían buena la frase de Elbert Hubbard: “Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere”.

Pasaron así algunos años. La vida nos da y nos quita muchas cosas. Pepe murió de un “padentro” de comida seguido de un “vinocardio”. Se hizo cargo del restaurante uno de sus hijos, que compró un local en el centro de la ciudad, siguió dando la misma comida que su padre, calidad por encima de todo, añadió técnicas de marketing y relaciones con revistas especializadas y cronistas catadores profesionales, gratis, con actores, presentadores de radio y televisión a nivel nacional, y ahora hay que reservar con mucha antelación para que puedan atenderte.

Uno de esos años, como si se hubieran puesto de acuerdo, pero sin que nadie dijera nada, ninguno de los tres amigos se presentó a la cita. Culipardos en el exilio a propia voluntad, se habían casado, tenían hijos, vivían en ciudades diferentes, otros compromisos, otras prioridades. La vida, y la inmediatez de la acción.

El tiempo y la distancia convirtió una gran amistad en una cortés felicitación postal navideña, un correo electrónico después y un wasap más tarde.

Pasaron los años; cada uno sabía de los otros por amigos y compañeros comunes. Está bien, sin novedad, decían a quién preguntaba. La verdad es que los tres vivían bien, si por bien se entiende que no te falte el trabajo y que el salario te permita vivir dignamente, a ti y a tu familia. Uno estaba fuera de España, en un país árabe; otro, en el País Vasco; y el otro, en Londres.

Cincuenta años, medio siglo, un suspiro en la eternidad de los muertos. Jubilados jóvenes, dos de ellos se establecieron en Madrid, que acoge con cariño y grandeza a todo aquel que, honestamente, llega al perímetro de la capital de España; el tercero, se asentó en una ciudad andaluza, de dónde era nativa su mujer. La vida sigue.

Un día cualquiera de un año cualquiera, el tambor de la selva retumbó en internet, de algo valen los círculos creados: Que Fulanito está muy mal, que lo llevan a Madrid para tratarle, que se está muriendo. La amistad es más difícil y más rara que el amor; por eso, hay que salvarla como sea (Alberto Moravia).

Tocaron a rebato. Hasta aquí hemos llegado. Nos vemos en el hospital. No, no hace falta, si llevo diez meses tratándome. Lo peor ya ha pasado. Es de pulmón, pero está muy bien controlado, hasta me ha vuelto a salir el pelo, la medicina en España es magnífica. Es igual, nos vemos.

El abrazo fue prolongado, afloraron las lágrimas y los brazos no querían soltar al amigo pródigo, como pidiendo perdón por los años pasados, desperdiciando la amistad sin razón alguna.

No sabían qué decirse. Se miraban a los ojos sin atreverse a hablar, sabiendo el uno lo que pensaban los otros. ¿Qué podría haber pasado para dejar morir su profunda amistad durante tantos años? No había explicación alguna, no existía motivo alguno, no parecía lógico ningún razonamiento. Los tres se sentían culpables.

El vocablo amistad procede del latín amicitia, que a su vez procede de amicus, o sea, amigo, que a su vez procede de amare, que significa amar. La amistad es amor. Amor roto en este caso por las circunstancias de la vida, la inmediatez y superficialidad de las relaciones que van apareciendo en la madurez.

Como buenos españoles, celebraron el encuentro yéndose a comer. Hablaron y hablaron de tantos años perdidos, de dónde estaban, qué hacían, los hijos que tenían y todas esas pequeñas cosas que uno siempre sabe de la familia y de los amigos verdaderos, del silencio que los había alejado. Y de lo que habían cambiado, de los surcos de arado en la cabeza, de la escarcha en el pelo, de las flácidas bolsas bajo los ojos, de las manchas oscuras en las manos, de los centímetros menos de altura que cuando tenían veinte años, de los rastros que la vida había dejado en sus personas.

Y de cuanto había llenado la vida de cada uno. De lo aprendido, soñado y disfrutado. Si volviera a ser joven, con lo que ahora sé …, dijo uno. Serías un monstruo, contestó otro. Con lo fáciles que ahora son las cosas, prosiguió. Siempre han sido difíciles para todo el mundo, pero somos cada uno de nosotros los que las convertimos en fáciles. Quién no ligaba hace cincuenta años, tampoco ligaría hoy si volviera a ser joven …

Buenas noches, Pepín ¿Cómo estás? Bien, muy bien; ¿y ustedes? Magnífico, y más estando de Ferias. ¿Desean una mesa los señores? Sí, la mesa número quince, y por favor, resérvanos siempre la misma para tal día como hoy durante los próximos años.

 

Publicado en el Blog de Campos el 16-08-2017

 

 

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