Stella maris

Hace siglos, unos ermitaños se retiraron a rezar y hacer penitencia en el Monte Carmelo, en Haifa, Israel, por lo que se les empezó a conocer como Los Carmelitas. En el siglo XI, huyendo de los mahometanos, se establecieron en Italia. Desde allí, la Virgen del Carmen traspasó fronteras y el primer convento carmelita en España es de finales del siglo XIII.

Durante el siglo XVI, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz introdujeron profundas reformas en el seno de la Orden dando origen a los “Carmelitas Descalzos”, una nueva congregación más austera que se separa de la orden matriz, la cual pasó a llamarse “Carmelitas Calzados”.

España es uno de los países en el que más arraigada está esta advocación, protectora de los pescadores y patrona de la Marina Española. Por esta razón, la Virgen del Carmen es conocida como “la estrella de los mares” (Stella Maris).

Prácticamente todos las ciudades y pueblos de la costa española rinden culto religioso a la Virgen del Carmen el día dieciséis de julio, organizando procesiones y romerías marítimas.

 

 

Habían llegado unos días antes. Vacaciones de verano. Tiempo claro, calor sofocante, muy húmedo, refresca por las noches, calima de mar para quien no está acostumbrado a ello, con el consiguiente sudor pegajoso.

La playa a tope. De todas las nacionalidades y edades, tranquilidad absoluta, kilómetros de arena, caras y cuerpos de todo tipo y condiciones, nadie se fija en nadie, salvo en esas veinteañeras de cuerpos esculturales que llegan solas sobre la una del mediodía, con un mínimo topless en piel morena cuidada con aceites especiales, trabajadoras de la noche que se han acostado a dormir muy tarde y por eso también acuden tarde a su cita diaria con el sol. Mucha mirada, pero nadie se atreve a acercarse a ellas.

A la hora de la comida, paella con arena y vino peleón, o media pensión en el hotel, lechuga, pepinillos, aceitunas, arroz algo pasado, pescado congelado y chuletas de cerdo tiesas; y así un día y otro, reutilizando lo del anterior con otro toque, enmascarando los dolores de cabeza que tiene el jefe de cocina, al que le dan un muy corto dinero para elaborar la pensión completa de cada día, y allá te las apañes.

La siesta española es una de esas cosas que, como el jamón, el queso y el aceite, gusta a todo el mundo que llega a nuestro país. A esa hora solo están en la playa las portadoras de neveras portátiles y los chavales que juegan al voleibol. En los hoteles se respeta el silencio hasta las cinco de la tarde.

Hoy es un día grande en la ciudad. Todos los pueblos y ciudades de la costa española organizan procesiones y romerías marítimas a la Virgen del Carmen. Lo mismo da que estés en Marbella que en Santurce, en Almería que en Santander, en Estepona que en Camariñas, en el Puerto de la Cruz que en Torrevieja, en Zahara de los Atunes que en Marín, en Corcubión que en Los Realejos, en La Orotava que en Barcelona, en …

La Virgen es llevada por las principales calles de cada pueblo o ciudad, y acaba en el puerto, dónde navega a bordo de un barco, seguido por cientos de embarcaciones, que llenan de pétalos de flores las aguas, ante la mirada implorante de la gente de la mar, y la vacacional de multitud de turistas.

  • Cuando nos jubilemos, nos compraremos una casita en la costa, viajaremos, recogeremos el fruto de nuestro esfuerzo de toda una vida trabajando, descansaremos, leeremos, pasearemos, disfrutaremos …

Amigos de esos que se pueden contar con los dedos de una mano, y sobran dedos, viajaban siempre juntos, ahora también, cuando desde hace unos años –a las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero / que tenemos que hablar de muchas cosas / amiga del alma, amiga, de mi amigo esposa- antes que se obnubile la razón y no sepamos coincidir en nuestros recuerdos.

Estaban viendo la procesión. Era su onomástica. Callada, inmersa en sí misma. De pronto gritó: La Virgen. Y salió corriendo tras ella que, engalanada y embarcada, surcaba las aguas del puerto.

Quiso andar sobre las aguas tras la Virgen. Dos, tres metros, duró su vuelo cuando se acababa la tierra. Se hundió rápidamente. Su marido, se habían casado cuando tenían veinte años, se tiró a por ella. Desapareció. Ambos desaparecieron. Ninguno de los dos sabía nadar.

Cuando la gente se dio cuenta de lo que pasaba, empezó a gritar y a pedir socorro. Media docena de valientes fueron a buscarlos. Se sumergían y volvían a salir, no veían nada, las aguas estaban sucias, como todas las de cualquier puerto con actividad pesquera. No los encontraron.

Noche de espera a que la resaca balanceara sus cadáveres, miradas lánguidas perdidas en un horizonte indeterminado, final asumido por la razón y negado por el corazón. Los devolvió la mar al día siguiente, más allá de la bocana del puerto.

¿Qué te casas mañana, Lucía? Mañana será otro día.

 

Publicado en PUERTA DE MADRID DE ALCALA DE HENARES nº 2.478 del 16-07-2017

Publicado en el Blog de Campos el 16-07-2017

 

 

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