Cataluña está quebrada

 

Hace tantos años que casi no me acuerdo. Yo estudiada en el único Instituto de Enseñanza Media que había en toda aquella provincia, evidentemente instalado en la capital. La mayoría éramos niños pobres, muchos estudiábamos gracias al Principio de Igualdad de Oportunidades (PIO), a los que se unían niños de clase media y media-alta de algunos pueblos de la provincia, cuyos padres podían permitirse enviar a sus hijos a la capital, con los gastos que ello acarreaba, para que tuvieran una cultura que en su pueblo no podían alcanzar.

Como en todos los aspectos de la vida, los había más listos y más tontos, más espabilados y más apocados, unos aprobaban y otros suspendían, pero casi todos eran hombres en potencia porque desde muy temprana edad sabían lo que eran el esfuerzo y el sacrificio para conseguir algo. Años más tarde me encontré con una situación similar cuando hice el Servicio Militar Obligatorio y pude constatar, una vez más, que al más tonto siempre le caía la tercera imaginaria.

El Instituto tenía un patio, que eran unos jardines municipales, en dónde los chavales pasábamos el recreo estudiantil y jugábamos al gua con las canicas, al escondite entre árboles y matojos, a la taba o a la pídola.  Y de cuando en cuando aparecía “el listo” que gritaba “gurullo”, se apoderaba de las bolas y salía corriendo, siempre, como mofa y escarnio de los más educados, menos beligerantes, más apocados o tímidos. O le daban “collejas” y le tiraban bolas de papel, pequeñas y duras, amasadas con saliva que, una tras otra, acababa con la paciencia del destinatario, pero sin respuesta por su parte.

Había un compañero llegado de un pueblo que no llegaba a los trescientos habitantes, físico y complexión normal para su edad. Había soportado estoicamente más de uno de estos episodios, sin quejarse y pensando que era nuevo en aquellos lares y que, de alguna forma, era uno de los novatos que debía pasar por aquello. Pero como los hechos se repetían frecuentemente, un buen día que estaba preparado con su canica en la mano para tratar de dar con ella a otra bola y luego meterla en el gua que en eso consistía el juego, llegó uno de los “listos”, cogió todas las bolas y salió corriendo. El “cateto”, como así le llamaba el citado “listo”, le tiró la bola que tenía en la mano e hizo blanco perfecto en la parte trasera de la cabeza del que corría; se paró en seco, dolorido, y volvió sobre sus pasos dispuesto a darle una paliza al osado “cateto” quien, tranquilamente, sacó a pasear una mano enorme, llena de callos por las faenas del campo, impactando un puñetazo en el carrillo izquierdo de efecto fulminante, desfigurando su cara con el torcimiento de la mandíbula hacia la derecha del rostro.

El profesor de guardia, siempre había uno para que no se produjeran trifulcas entre los alumnos, el mismo que no veía nada cuando los atacados eran los débiles, intervino inmediatamente; en realidad yo creo que se asustó, tanto por el aspecto que presentaba el listo como por ser hijo de un importante falangista de la ciudad.

Llamaron a consulta al padre del “cateto”, quien se presentó con un impoluto traje de pana negra y una boina haciendo juego, y cachava castellana. Dicen que trataron de amedrentarlo, que le amenazaron con expulsar a su hijo. Él calló, y les hizo un regalo como presente: Un paquetito similar a una caja de zapatos envuelto en una bolsa de papel de las que se utilizaban para despachar los garbanzos y las judías en las tiendas de ultramarinos. Y marchó a su pueblo. Y no volvieron a producirse ataques de ningún tipo a ningún alumno.

Los más enterados del caso decían que la cajita que regaló al profesorado era de corcho en bruto, y estaba llena de bellotas.

Ha pasado más de medio siglo. De una dictadura que de los años 1961 a 1975 construyó gratis trescientas mil viviendas para pobres, cada año, nos dimos una Constitución y una democracia con una serie de personas corruptas a futuro en todos los partidos, y nos hemos instalado en la “Caverna de Platón” en el tema del secesionismo catalán, a fuerza de oír tanta mentira repetida, casi nos hemos convencido que los culpables somos nosotros, que somos los españoles quienes robamos a esa otra parte de España que se llama Cataluña, que como son más ricos, teóricos, deberían tener más privilegios como, por ejemplo, podría reclamar Amancio Ortega, que como es más rico y paga más impuestos, cerraran para él solo toda una planta de un hospital en el que fuera ingresado por cualquier enfermedad, o realidad, como que al padre del tramoya (enredo dispuesto con ingenio, disimulo y maña) Pablo Iglesias le trasladaran a una habitación individual en el Hospital de Salamanca, hace solo unos días, por ser vos quien sois.

 

 

La situación con Cataluña es cada vez más preocupante. Carles Puigdemont ha declarado que el objetivo es proclamar la “república” aunque sea ilegal, unilateral y sin garantías.  Y el subvencionado digital Racó Català habla de “Sublevación”, “gente dispuesta a luchar”“paralizar Barcelona ciudad”“hombres combativos”, “poner pecho y cojones”, nos llamarán “terroristas”.

Si a un presunto delincuente terrorista se le detiene, y condena, antes de llevar a cabo su delito, ¿por qué no a quien o quienes proclaman que van a llevar a cabo un golpe de Estado? Al expresidente de la Comunidad de Madrid, lo han encarcelado en 72 horas. El expresidente de la Generalitat, con causa similar a su homólogo madrileño, después de cuatro años y medio, sin procesar, libre y con escolta.

Si todo el mundo pudiera transgredir la ley y no pasara nada, sobraría el Poder Legislativo y el Poder Judicial, y el mundo sería un caos. Cuando se agotan todos los medios pacíficos, y la España asimétrica no es una solución pacífica salvo para aquellos políticos que la proponen para vivir de la empresa pública toda su vida (ningún español es menos que otro), no es de descartar que surja “el cateto” de la historia del Instituto, o aquel otro más diplomático que opte por la situación concursal vigente en materia empresarial, que no distingue con la nitidez que lo hacía la anterior ley, la situación de quiebra o solvencia negativa, de la suspensión de pagos o falta de liquidez, el estrangulamiento financiero. En la banca, hasta hace poco, siempre había un dicho que era mandamiento en la profesión: “No pongas dinero bueno sobre dinero malo”. Si has perdido dinero en una empresa, olvídate, y a otro negocio. Si el objetivo final de Cataluña es separarse del resto de España, no le des más préstamos del FLA, no les hagas el Corredor Mediterráneo, no avales sus emisiones de deuda, noquéalos ahora antes que el boxeador se recupere y acabe haciéndote daño él a ti.

He escrito este último párrafo varias veces antes de darlo para su publicación. Me duele tener que escribirlo. He trabajado varios años en Cataluña y conozco bien al noble pueblo catalán, embaucado por el 3% que los dirigen, mental y monetariamente. Pero “para que llore yo mañana, mejor que llores tú hoy”, en sentencia ciceroniana del “Arte de la Prudencia” de Baltasar Gracián.

 

Publicado en PUERTA DE MADRID de Alcalá de Henares el 06-05-2017

Publicado en el Blog de Campos el 06-05-2017

 

 

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