Cuentacuentos

SEMBRAR PARA LOS DEMÁS

“Un anciano muy pobre se dedicaba a sembrar árboles de mango. Un día se encontró con un joven que le dijo: ¿Cómo es que a su edad se dedica a plantar mangos? ¡Tenga por seguro que no vivirá lo suficiente para consumir sus frutos! El anciano respondió apaciblemente: Toda mi vida he comido mangos de árboles plantados por otros. ¡Que los míos rindan frutos para quienes me sobrevivan! Continuando con su explicación el sembrador sentenció: Habitamos en un universo en el que todo y todos tienen algo que ofrecer: lo árboles dan, los ríos dan, la tierra, el sol, la luna y las estrellas dan. ¿De dónde, pues, esa ansiedad por tomar, recibir, amasar, juntar, acumular sin dar nada a cambio? Todos podemos dar algo, por pobres que seamos. Podemos ofrecer pensamientos agradables, dulces palabras, sonrisas radiantes, conmovedoras canciones, una mano firme y tantas otras cosas que alivien a un corazón herido. Yo he decidido dar mangos, para que otros, que vengan después que yo, los disfruten. Y tú jovencito, preguntó el anciano, ¿has pensado en lo que quieres dar?”

 

SOLTAR LAS AMARRAS Y CONFIAR

Una tarde dos turistas que habían acampado a la orilla de un lago decidieron atravesarlo en barca para irse a tomar unas copas al bar de la otra orilla. Allí se quedaron hasta bien entrada la noche. Salieron del bar un tanto afectados por lo que habían bebido, pero al fin lograron llegar a la barca para volver a su destino. Empezaron a remar con fuerza. Sudaban y resoplaban por el esfuerzo y el empeño que ponían. Habían pasado así más de dos horas cuando uno le dijo al otro:

– ¿No crees que en tanto tiempo deberíamos haber llegado ya a la otra orilla?

– Eso mismo digo yo – contestó el otro – Pero tal vez no hemos remado con la energía suficiente.

Multiplicaron entonces los esfuerzos y remaron decididamente durante una hora más. Sólo que, al salir el sol, contemplaron sorprendidos que seguían estando en el mismo lugar. Se habían olvidado de desatar la gruesa cuerda que sujetaba su barca al muelle de los barcos.

 

MEJOR DORMIR

Recuerdo que una vez cuando era niño, experimenté una fase de fervor religioso. Ayunaba, y solía levantarme por las noches para rezar. Otra vez, velé toda una noche, sentado con mi padre, sosteniéndole el Sagrado Corán en el regazo. A nuestro alrededor toda la casa roncaba mientras dormía.

– ¡Escúchalos! – advertí a mi padre – Ninguno de ellos piensa siquiera en recitar una plegaria. Están durmiendo como los muertos.

– Mi querido hijo – replicó mi padre – Harías mejor en estar dormido como ellos si todo lo que consigues con tu vigilia es criticar a los demás.

 

LAS DOS PLANTAS

Dos plantas nacieron de dos semillas iguales, a pocos metros de distancia una de la otra. Una brotó a la orilla del camino. A veces estaba llena de polvo; otras veces estaba cubierta de barro. En verano la quemaba el sol. En las noches de invierno estaba helada de frío, azotada por la lluvia, batida por el viento. Sin embargo, creció verde, lustrosa y llena de vida.

La otra planta creció al amparo de un techito que había al pie de una pared. Así que no tuvo que luchar contra el viento. La lluvia no la mojaba, ni la quemaba el sol. Apenas sentía un poco de frío en las largas noches del invierno. Esta planta creció delgada, endeble y descolorida

Y es que luchar y sufrir muchas veces, ayuda a conservar la vida.

 

De internet – Año 2015

Publicado en el Blog de Campos el 04-03-2017

 

 

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