El vestido que demuestra la lucha de las religiones

3 marzo, 2017    Eva Campos Navarro

Durante estos días ha habido por las redes una polémica sobre el color de un vestido ¿Blanco y dorado o negro y azul? Pero lo alucinante del caso no es el cambio de percepción de una persona a otra, sino la vehemencia con la que las personas han defendido su postura.

 

En realidad, quizás podamos estar ante el primer caso de experimento psicológico masivo de la historia, una historia que comenzó ya hace muchos años con otra suerte de experimentos en donde se demostraba lo que esta simple foto ha demostrado a una escala increíble; la percepción humana difiere entre individuos. Es decir, dos personas mirando el mismo objeto pueden ver cosas completamente diferentes. Si eres tan desapegada de las redes como yo, te contaré qué es lo que ha sucedido: Hace unos días alguien colgó la esta foto preguntando de qué color es el vestido:

 

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Y ahí comenzó la polémica: había quien lo veía blanco y dorado y quienes lo veían claramente azul y negro. Antes de continuar; el vestido es azul y negro. La explicación científica viene determinada por los receptores oculares, el brillo y el análisis de la imagen; hay personas que ven la imagen como un todo, incluyendo el fondo, por lo que para ellos la yuxtaposición del brillo haría que el vestido sea blanco y dorado y otras personas que sólo se enfocan en el objetivo de la escena, por lo que el vestido lo verían en su color original.

 

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Pero más allá de esta explicación a mí lo que en un principio me pareció absurdo (generar polémica e incluso grandes encontronazos en las redes) se me reveló como una muestra más de la estupidez humana; el apego contra viento y marea a nuestras propias creencias. En alguna ocasión ya os he hablado de experimentos clásicos de percepción en psicología. Quizás uno de los más famosos es el caso de la vieja o la corista. Mira esta imagen, ¿qué ves? ¿Una vieja o una joven corista?

 

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Los experimentos basados en esta imagen o en este tipo de imágenes (hay cientos de ellas) demuestran muchas cosas; la diferencia de percepción de dos personas ante el mismo estímulo, la capacidad de condicionamiento sobre la percepción (es decir, si te entregan una lámina anterior con la imagen clara de la joven, verás una joven en esta lámina) pero ante todo demostraron algo; cuando creemos que algo es verdad, lo defenderemos a capa y espada, cueste lo que cueste. Es decir, nuestra verdad es indiscutible, sin tener en consideración la capacidad de otras personas de ver las cosas de forma diferente. ¡Cuántas discusiones absurdas se generan y perpetúan por ello! De hecho en el experimento de la vieja y la corista se llegó a generar un gran número de discusiones -algunas incluso violentas- defendiendo algo tan absurdo como si la imagen es de una vieja o de una corista. El fin de las discusiones llegó de dos formas: una, cuando explicaban con tranquilidad los rasgos que definían una y otra imagen, por ejemplo dónde está la nariz y el ojo de la vieja Vs dónde está la oreja y la mandíbula de la joven, y/o cuando el experimentador contaba las bases del experimento. Exactamente igual que ahora, que la polémica se ha calmado en el momento en que se ha dado una explicación científica.

La diferencia es que, en el experimento, no existía ninguna verdad absoluta pero en el vestido sí; es de un color determinado y quien no lo vea así, está errado. Así que llega la segunda parte que nunca se dio en el experimento anterior; la actitud de los que “llevaban razón”. Personalmente no considero que nadie la llevara; defendía su razón, pero los “ganadores” se han pavoneado de tener una verdad indiscutible, incluso llegando a insultar a los “pardillos” que lo veían blanco y dorado lo que me hace pensar en cuánto necesita el ser humano llevar razón y cuánto necesita demostrar que la tiene. Parece como si el hecho de existir una explicación pudiera someter a aquéllos que no estaban de acuerdo con la “verdad explicada” y, por tanto, los que creían en esa verdad tuvieran derecho a increpar a los que lo veían de otra forma.

¿Qué pasa, entonces, cuando no existe explicación? Es el caso de las religiones, en donde en verdad nadie puede explicar, con hechos objetivos y científicos, sus creencias. La religión, sea cual sea, se basa en dogmas de fe, es decir, en una creencia sobre la cual no se admiten dudas. De hecho, la historia de las religiones está llena de personas buscando pruebas de sus creencias, como pueden ser los milagros o las apariciones marianas, las sanguijuelas del Corán (parece ser que refiriéndose a los embriones humanos) u otras manifestaciones espirituales. Es decir, en la religión se cree por que se cree y no hay más que decir, aunque se trabaje para encontrar diferentes pruebas científicas de las religiones o pruebas no científicas pero que apoyen su verdad, la base de la creencia es subjetiva, sin pruebas aunque constantemente se buscan diferentes formas de demostrar que “mi” verdad es la única e indiscutible, de que “mis” creencias son las correctas. ¿Para qué? Para tener el derecho de decir “¡ja! Yo llevaba razón”. Pero, además, la religión atañe a creencias básicas del ser humano; qué hay tras la vida, qué misión tenemos, qué está bien y qué está mal, etc. Un cóctel explosivo; algo que no podemos demostrar que incide en los pilares de nuestra vida pero en lo que se cree ciegamente, base más que potente para desatar las luchas más encarnizadas.

Por tanto, si por un absurdo vestido (que no atañe a nada vital de las personas) se ha montado la que se ha montado, ¿no es lógico pensar que el ser humano seguirá luchando por los siglos de los siglos amparándose en creencias que no tienen una explicación objetiva?  Y si encima esos dogmas de fe son manipulados por fanáticos que saben que la fe mueve montañas, no es de extrañar que las creencias supongan un arma arrojadiza constante. La única manera es generar una nueva creencia del tipo “cada persona tiene derecho a creer lo que desee” pero ¡cuánto perderían los manipuladores! En realidad, la manipulación se basa en una tendencia natural del ser humano; necesidad de llevar razón. Y ésta viene porque necesitamos saber cómo es el mundo, qué es verdad y qué es mentira, qué sí y qué no, qué podemos esperar y qué no, qué es correcto o incorrecto, etc. lo que nos permite sentirnos seguros en él.

En el fondo siento que nada ha cambiado. Tal vez hay más personas que no se rigen por dogmas de fe, ya sean religiosos o de vida, pero se ha demostrado su capacidad de hacerlo a capa y espada posicionándose en uno u otro bando con la absurda historia del vestido. Quizás necesitamos ver para creer, pero si lo que vemos no es objetivo -como ha demostrado esta historia-, ¿cómo estamos seguros de que no actuamos por la vida basándonos en una percepción errónea de ésta? Seguramente quien veía el vestido negro y azul diga “porque yo lo veía como era”. No, no es cierto. Sólo estaba viendo parte de la escena, obviando el fondo y los detalles que podrían darte otro tipo de información. Tengamos pruebas o no de algo, siempre tendremos (o buscaremos) argumentos para defender nuestra verdad, para llenar esa necesidad de tener razón, para poder señalar con el dedo a quien no la tenga.

Y si el vestido algo nos ha enseñado es que Campoamor llevaba razón cuando decía:

Busqué la ciencia, y me enseñó el vacío.
Logré el amor, y conquisté el hastío.
¡Quién de su pecho desterrar pudiera,
la duda, nuestra eterna compañera!.
¿Qué es preciso tener en la existencia?
Fuerza en el alma y paz en la conciencia.
No tengáis duda alguna:
felicidad suprema no hay ninguna.
Aunque tú por modestia no lo creas,
las flores en tu sien parecen feas.
Te pintaré en un cantar
la rueda de la existencia:
Pecar, hacer penitencia
y, luego, vuelta a empezar.
En este mundo traidor,
nada es verdad, ni mentira,
Todo es según el color
del cristal con que se mira.

Eva Campos Navarro – www.evacamposnavarro.es

 

Publicado en el Blog de Campos el 03-03-2017

 

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