Viaje al Ecce Homo

Hubiera jurado que lo había visto antes, varias veces, pero le asaltaban dudas razonables. Era esa sensación de estar seguro de haberlo vivido, pero no asimilado por la razón. No había sido capaz de procesar lo que sus ojos vieron.

El Castillo de Alcalá era una fortaleza musulmana del medievo, en estado ruinoso. Cuatro piedras viejas abandonadas por todos. Absolutismo, monarquía, república, franquismo, democracia, derechas, izquierdas, radicales, siempre palabras bien sonantes pero ninguna buena acción.

Defensa del camino fluvial del Henares, enclave estratégico en lo alto de una colina arcillosa de ochocientos treinta y seis metros de elevación conocida como Ecce Homo, a orilla del río Henares, que actuaba como frontera natural.

Se levantaba a las nueve de la mañana, se afeitaba, se lavaba los dientes, se duchaba, desayunaba un zumo de naranja, un café con leche y un montadito de cualquier cosa, lo mismo daba jamón que tocino, queso que manteca, chorizo frito que panceta, anchoas que  caballa en aceite, sentado, tranquilo, lo que no había podido hacer durante los muchos años que todos los días se había levantado a las seis y media de la mañana para ir a trabajar.

Desde su casa se veía el monte, casi nítidamente, pues era una de las que se encontraban más al norte de la ciudad. Lo contemplaba muy a menudo, a primera hora porque si se cubría de nubes algodón oscuro, habría lluvia segura en la ciudad; a media tarde, porque, con unos buenos prismáticos, los rayos del sol permitían observar la vegetación; y al anochecer porque, de cuando en cuando, se veían unas débiles luces sobre su cima. Todo ello por la parte sur, la que daba al río y dominaba la ciudad desde su atalaya.

Habían sido días de persistente niebla decembrina. Muy baja, densa, concentrada, de difícil circulación en medios rodados, de la que cala en los terrenos de setas y prepara una buena recolección al salir el sol en días posteriores.

Fue ese día cuando volvió a ver las luces, esta vez más intensas, como luz cegadora de las utilizadas por cualquier ejército para anular al enemigo, difuminadas por la espesa niebla, luna casi llena por encima del monte, aspecto fantasmagórico de película de miedo.

No podría asegurar cuántas luces eran, solo que eran impares. En triángulo o en pentágono, pues es posible que las delanteras coincidieran con las traseras en la perpendicular de sus ojos. Pero, esta vez sí, estaba seguro que las luces habían surgido del monte y se elevaban al infinito, al menos para él conocido.

Durmió mal durante los siguientes tres o cuatro días. Por fin se armó de valor y decidió salir en busca de lo desconocido. Acompañado de una bota de vino, un bocadillo y una garrota, pertrechado contra el frio y gorra cubriendo su escaso cabello, allá que fue.

Recorrió la parte sur del monte, la que se veía desde la ciudad. No encontró nada más allá de lo corriente. Junto a las ruinas del castillo, vestigios de tres silos y de un aljibe de planta rectangular. Rodeó la antigua fortaleza para llegar a la ladera norte. Caminó en bancada, paralelo a la cresta, descendiendo cinco o seis metros cada vez que concluía el camino en una dirección. Así una y otra vez hasta que, de repente, el suelo se abrió a sus pies y ya no supo lo que pasó. Perdió la noción, del cuerpo y de la mente, no sabía si estaba vivo o había muerto, sólo que flotaba en un remanso de paz y felicidad.

Se despertó, o recobró la consciencia, en un lugar único, con flora, fauna, lagos, ríos, el paraíso soñado de vacaciones caribeñas dentro de vegetación del Amazonas, atemperado por nubes algodonosas. Y personas con aspecto de ¿humanos?, pero figuras blanquecinas que, sin llegar a ser traslúcidas, presentaban una extrema palidez en todas las partes de su cuerpo que no cubría la ropa, cabeza en forma de melón, similar a las que había visto que representaban a los antiguos egipcios en los libros de Historia, orejas alargadas. Se movían en el espacio sin ningún problema, con unas alas similares a las de los pájaros, o a las de los ángeles, y unos zapatos que parecían ser la clave de su vuelo, pues se quitaban alas y zapatos cuando pisaban tierra.

No comprendía nada de lo que estaba pasando. Su cabeza sufría una tormenta de ideas deslavazadas, incongruentes, no era que hubiera estudiado en Harvard, pero tampoco era analfabeto, tenía suficientes conocimientos para saber que aquello no era normal, que algo raro estaba sucediendo.

Poco hubo de esperar; se le acercó una de esas ¿personas?, y en perfecto castellano de España, le dio la bienvenida, le dijo que no tenía de qué asustarse ni tener miedo, que había llegado a un mundo para él desconocido hasta ahora, y que lo único que querían, hablaba como primus inter pares, era que actuase de embajador de paz para dar a conocer de su existencia a todos los habitantes de la tierra. Tomó la bota de vino del alcalaíno y echó un buen trago, algo que a nuestro hombre le pareció un signo de confianza y amistad.

Se sentaron en unas cómodas sillas en torno a una mesa, se agregaron tres interlocutores más, todo igual a cualquier reunión de negocios. De forma amable pero contundente, empezó diciendo:

Como nos hacemos cargo de tu estado de ánimo e incredulidad, vamos a contarte quiénes somos, dónde estamos y qué queremos.

Nuestros ancestros están en un planeta similar a la Tierra, en una galaxia a mucha distancia de la estrella que nos iluminaba. Por eso tenemos este color de piel, porque la luz que nos llegaba era muy débil. Hace ya muchos siglos aterrizamos aquí, con una tecnología entonces muy superior a la vuestra actual. Nos hemos mezclado y procreado con terrícolas, pero seguimos siendo vulnerables al exceso del sol.

Hemos construido ciudades subterráneas como la que ves aquí por toda la Tierra. Dotadas de infraestructuras, junglas, árboles, vegetación, animales, fábricas, industrias, tecnologías y todo cuanto pensar puedas. El fuego del núcleo terrestre queda atemperado por estas ciudades-cuevas inmensas, y el cambio brusco de temperatura forma esas nubes que ves, que nos resguardan del calor.

Ésta alcanza desde el Ecce Homo musulmán al castillo de Santorcaz, los Templarios localizaban sitios sincréticos, algo sabían, pero no en su totalidad.

Hemos descubierto más de diez mil especies de organismos, micros y macros, que vosotros no conocéis. El regreso al tiempo pasado, que existe, la transmutación de los cuerpos y el viaje convertible, que transforma años luz en microsegundos estelares. Cuando vosotros desarrolléis la teoría cuántica de la gravedad y la teoría de cuerdas, veréis que posibilita la existencia de múltiples dimensiones y universos paralelos.

Aprendemos los idiomas de los países en los que estamos, nuestro método para ello es el de sensores mentales, mucho más agresivo y con mejor resultado que el que utilizan algunas escuelas e iglesias norteamericanas.

Desde hace años estamos dando muestras de nuestra presencia en muchas partes de vuestro territorio, en muchos países, en muchas situaciones, que o bien no habéis sabido interpretar o las grandes potencias mundiales no quieren publicar. Nos hemos entrevistado con algún presidente de algunos de los países más importantes, con el Papa Juan XXIII y últimamente con el Papa Francisco.

Nosotros también estamos superpoblándonos, aunque de forma más organizada que los terrícolas. En la Tierra solo tienen prole los pobres, lo que engendra más pobreza, a la que se quiere poner coto con dinero, cuando lo que hay que hacer es enseñarles lo que es el trabajo diario, darles los medios para ello, y educarlos para que sean capaces de mantener a su descendencia por sí mismos.

Vivimos más de cien años, con muy buena calidad de vida, y cuando morimos el cuerpo se consume transformándose en energía, se volatiliza cuando muere el cerebro, como cuando explota un cohete de fiesta o una pompa de jabón.

Te hemos elegido para que, no siendo nadie en el mundo, te sientas libre de dar a conocer nuestra existencia, que tu palabra sea la correa transmisora de nuestro pacifismo, de nuestra inteligencia, de nuestra llegada a vuestras vidas en son de paz y convivencia.

Sin pretenderlo, entró en un profundo sueño; hacía muchísimos años que no se emborrachaba; algo similar, o eso mismo, sintió cuando quedó dormido, nada sabía, nada le importaba, nada de nada en la vida, solo dormir.

Despertó cerca de la Ermita del Val. Estaba solo, sentado en un banco, junto a una cachava y una bota de vino vacía, hacía frio, mucho frio. Se fue, tiritando, para su casa.

 

Publicado en PUERTA DE MADRID de Alcalá de Henares

Publicado en el Blog de Campos el 30-01-2017

 

 

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