Futuro imperfecto

Se acaba el otoño y los rayos de sol que calientan a jóvenes escolares y jubilados que se reúnen como cado en la Plaza Mayor. Cada grupo tiene su sitio, sin imponer por nadie, por el uso y la costumbre, que históricamente eran fuente del derecho.

Los jóvenes se concentran alrededor de la estatua de Cervantes, de forma instintiva, a ver si se le pega algo del genio alcalaíno; y los jubilados, tras hacer su ejercicio físico diario de pasear dando vueltas por el perímetro rectangular de la plaza, que es aproximadamente de un kilómetro, en los bancos de piedra que la delimitan por todos lados.

Los jubilados están gozosos porque si su mente retrocede cincuenta años, ya estarían muertos por edad o por enfermedades que hoy se tratan fácilmente y que entonces les hubiera llevado a la tumba. No tengo datos, pero supongo que salvo por el cáncer y el infarto, la muerte se dilata muchos años.

Saben que su futuro es hoy, que su avance civil y social, ha concluido; la familia es el refugio definitivo, quedan pocos amigos verdaderos; que hay nuevas formas sociales de convivencia en la que solo se acuerdan de ellos para aprovecharse de su voto, de su ocio bien ganado y de sus dineros. Incluso que alguien puede poner en peligro su pensión, sangre, sudor y lágrimas de muchos años cotizando. Se encuentran en la estación azul de su vida, azul de cielo y azul de mar, inmensidad inabarcable. Pero son el futuro imperfecto del país.

Los jóvenes entre catorce y dieciocho años que son los que por allí acuden, están llenos de vida, alegres, camaradería entre ellos, alguna pareja temprana, todos bien vestidos y alimentados, protección paterna y gran paterna, se van a encontrar con una sociedad globalizada en la que van a tener más dificultades para triunfar en ella que las que tuvieron sus padres y sus abuelos, estando más preparados que ellos, competencia mundial con personas a las que se le exige más que a ellos y que están, y van a estar en el futuro, más formados culturalmente y como personas, porque asumen su formación como una obligatoriedad para consigo mismo y para con la sociedad, y no como un derecho perdurable en el tiempo.

Eso, para los que sean aplicados y alcancen nivel competitivo, porque el que no lo haga o no sea capaz de conseguirlo, pasará penurias en una sociedad en la que la mano de obra sin cualificar no encontrará lugar alguno para sobrevivir por sus propios medios. También tienen un futuro imperfecto.

Con la poda de los plátanos del espolón cervantino y la llegada del frío, la lluvia y la nieve, nos acercamos a uno de los tres grandes periodos de holganza sobre los que está concebida la vida en España: Semana Santa, vacaciones estivales y Navidad.

De ellas, parece ser la Navidad la más entrañable. Los intentos por desvirtuar el sentido cristiano de la Navidad no han podido, todavía, con ella. Al ataque de otras religiones, “decir Feliz Navidad es peor que la fornicación y el consumo de alcohol y asesinar a alguien”, se han unido determinadas fuerzas políticas que quieren ser protagonistas en todo, hasta el muerto en los entierros, “el Holocausto es un mero problema burocrático”.

Pero aquí está muy arraigada la celebración navideña. Nunca podré olvidar la forma en la que un Sargento de Complemento, era de los entonces considerados contrarios al régimen imperante y por eso no fue Oficial Alférez, se las ingenió para vender la guardia de principal que le tocaba el día de Nochebuena en el cuartel en el que yo hice el Servicio Militar; sí, se vendían las guardias por quinientas pesetas (tres euros actuales), que entonces era mucho dinero, para poder pasar esa noche en su casa con su familia.

Aquel anuncio de “Vuelve a casa por Navidad” sigue vigente. Y en muchísimos hogares se respeta la costumbre de reunirse toda la familia, que acude desde cualquier sitio en el que se encuentre cada uno de sus componentes, en torno al fuego del hogar paterno o del abuelo, respetados por ese día al menos como sabios que lo eran en culturas hoy desaparecidas.

 

 

Todo es mudable. Durante el mandato de Nerón y tras el incendio de Roma en el año 64, se produjo la primera devaluación documentada de la moneda: Se introdujo una aleación del 10% en el denario, de plata pura hasta entonces. Desde el año 90 a. C. se venía engendrando una generalizada crisis económica por toda Europa y Asia que, agravada por el descenso de la natalidad, alcanzó su cenit de pobreza en el siglo III. Se deprecio el valor de las tierras y se produjo la bancarrota del Estado y la quiebra de los negocios privados.

Diocleciano intento restablecer el valor de las monedas de plata y de oro, lo que propicio que la moneda fraccionaria fuera despreciada y muchos comerciantes se negaran a aceptarla como pago. La reacción fue un encarecimiento de los productos y un deterioro de las condiciones de vida de las clases inferiores puesto que, lógicamente, el folles de bronce era la moneda más accesible para los pobres. Probablemente fue el último intento de salvar la economía de la cultura romana, que sucumbió políticamente a la invasión de los barbaros y económicamente a la supremacía del besante, moneda de Oriente que fue aceptada universalmente.

Han transcurrido dieciocho siglos desde estos hechos y al igual que desaparecieron la cultura mesopotámica, griega o romana, no quiero pensar que pudiera ocurrir lo mismo con la europea.

Pero mientras tanto, mis mejores deseos en esta Navidad, de paz, salud, amor y felicidad para usted y todos los suyos, querido lector, con el que cuento en mi futuro como emborronador de cuartillas vírgenes en su concepción inicial.

navidad-2016

Publicado en PUERTA DE MADRID de Alcalá de Henares, núm. 2.451 del 24-12-2016

Publicado en el Blog de Campos el 24-12-2016

 

 

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