Nonagenaria

Era una mocita cuando las tropas nacionales tomaron la ciudad, de las últimas en caer en manos de los revolucionarios.

Hasta entonces, los comunistas campaban a sus anchas, fusilamiento al amanecer en las tapias del cementerio, paseíllos nocturnos a familias enteras en destartalados camiones rusos, por el solo hecho de pertenecer a lo que muchos años más tarde se llamó “la casta” por los neo-comunistas del siglo XXI, sacerdotes muertos, hambre, mucha hambre.

Los nuevos próceres venían acompañados de los moros, a caballo y a pie, espadas raras, fusiles relucientes, pantalones guarda pedos bombachos, y ojos que aterraban a los jóvenes de ambos sexos, pues sus deseos reprimidos eran evidentes desde la distancia, en todas direcciones.

Se cambiaron las tornas, ahora los desafueros eran a la inversa, y pronto fue evidente que el odio, el rencor, la envidia y el estar en posesión absoluta de la verdad, no eran ni de izquierdas ni de derechas, de comunistas ni de franquistas, era idiosincrasia genética española, y todos tenían naftalina en los armarios y muertos en las cunetas.

Pasó la guerra, estraperlo para sobrevivir, se empezaron a empedrar las calles, de tierra antes, velo y misa diaria, los varones a la escuela, la mujer en casa, recato máximo cercano al paroxismo mahometano en la materia.

Curas, militares, funcionarios públicos, jefes del partido único, y algunos profesionales muy reconocidos entonces, como notarios, médicos, abogados y pocos más, eran el origen de la siguiente generación que tuvo acceso a la universidad, en Madrid, indiscutida capital del Reino de España.

En la ciudad quedaban los obreros, con corbata y sin corbata. Entre estos últimos, oficios que se ganaban el pan de forma errante por toda la ciudad, voceando su mercancía: Lecheros, mieleros, meloneros, piconeros, carboneros, picapedreros, mostilleros, afiladores, bolleros y bolleras (que no tenía el mismo significado que hoy en día), paragüeros, hojalateros, caleros, ropavejeros, lañaores (quiéreme que soy artista / tengo un oficio decente / voy gritando por las calles / arreglo platos y fuentes), y tantos y tantos otros hoy desaparecidos.

Porque el ciclo económico era de usar y reparar; no había dinero para comprar útiles nuevos, todo se aprovechaba, todo se reciclaba en casa convirtiendo, por ejemplo, un bote de tomate en un vaso de hojalata para tomar la leche en polvo que los americanos daban a España para repartir en los colegios.

Nuestra mocita casó en primeras y únicas nupcias con su novio de toda la vida, tras muchos años de noviazgo y “pelar la pava” separados por la reja de una ventana.

Pasó de compartir las necesidades con sus progenitores, a las suyas propias con un marido de traje, corbata y sombrero, y cuenta ella que con un sueldo mensual de mil doscientas pesetas en el año 1958, algo así como siete euros y medio actuales.

Tuvieron tres hijos, todos varones. Con un año de diferencia entre cada uno, partos en su casa, comadrona, toalla y palanganas de agua caliente.

Cocinar, limpiar, fregar, cuidar de los hijos, lavar, planchar, remendar calcetines hasta bien entrada la noche, adaptar los pantalones del mayor al siguiente, y estirar el sueldo del marido para que no faltaran judías, arroz, garbanzos o lentejas cada día en la mesa a la hora de comer.

Ahorrativa y ahorradora, todos los meses retiraba veinticinco pesetas de su pobreza para ingresarlas en la cartilla de ahorros del banco, por lo que mañana pudiera pasar.

Los hijos iban creciendo entre bocadillos de pan, aceite y pimentón, porque no había nada más para completarlo, y los juegos en la calle y en la plazuela, futbol, pídola, escondite, pañuelo y otros, que hacían delgados y musculosos a los muchachos.

Si alguien sufría una herida, se curaba con mercurocromo, y a seguir jugando; si era una pedrada, se ponía una peseta, o un duro si lo había, cubriendo el chichón, fuertemente apretado con un pañuelo, y a seguir jugando. Y cuando empezaba a anochecer, todo el mundo a su casa y no se te ocurriera quejarte, porque el padre le daba un coscorrón acompañado de las palabras que más herían: Hay que ser más listo. Eso quería decir que había que empezar a ser hombre muy temprano y saber solucionar tus propios problemas.

Los años pasan, los chicos crecen, en una ciudad cuya máxima diversión era ir al cine los domingos, una peseta la función, y un real un cartucho de pipas e igual importe otro de torraos. Ni asociaciones, ni discotecas ni bailes, a lo más, guateques; de lo otro ni hablamos. Los más guapos y espabilados triunfaban con casadas cuarentonas de buen ver, cuyos maridos metían goles en campos profesionales ajenos y ninguno en campo propio.

Bachiller Superior, Paco Camino y puerta. Alguien dijo que “a la capitaleja llegan llorando, y se van llorando”. Pero los nativos de largo recorrido tenían que buscar otros objetivos más allá. Dos de los hijos buscaron formación y desarrollo profesional lejos de allí. El tercero, el menor, se hizo periodista y volvió para estar cerca de sus progenitores.

Pero todos cumplían con matemática exactitud aquello que les enseñaron sus padres desde la más tierna infancia: La familia, siempre unida. Los árboles crecen derechos si se les cuida, se riegan con amor y se le ponen testigos para que crezcan rectos, las alegrías y los problemas son de todos, y a la llamada de auxilio familiar, se subordinará cualquier objetivo personal para acudir urgente a prestar la ayuda que se necesite.

Hay que decir que los tres hermanos tuvieron la suerte de matrimoniar, en aquella época se llamaban amancebados a quienes vivían juntos sin casarse, con mujeres de similar niñez y juventud, que conocían la pobreza y las necesidades igual que ellos.

Crecieron, en años y situación económica, en democracia a la española, con todos los principales partidos políticos financiados con dinero opaco fiscal, algunos de procedencia internacional, desde el mismo día que murió Franco.

Transcurrieron años de convivencia pacífica, pero los españoles somos muy dados a la ley del péndulo, pasamos de un extremo a otro casi sin darnos cuenta. A muchos hijos de la democracia, y sobre manera a los nacidos en la última década del siglo pasado, para compensar las necesidades que tuvieron sus padre y abuelos, se les ha consentido todos sus deseos y caprichos, generación que piensa que solo tiene derechos y no obligaciones.

Aunque la pensión de viudedad pronto se le quedó corta, no quiso que sus hijos la ayudaran, ni ir a vivir con ellos; tuvieron que decirle que las dos señoras que la cuidaban día y noche en su casa, era un triunfo de la democracia pues las pagaba el Estado con los impuestos de todos los españoles.

Nonagenaria, cayó muy enferma y hubo que ingresarla en el hospital universitario de la ciudad, dinero bien invertido, en todos los aspectos. Qué grande hemos hecho este país, y qué monstruos hemos creado que quieren acabar con él.

 

 

Anuria persistente, de cuarenta y ocho horas. El médico especialista no sale de su asombro, la muerte es inminente, teóricamente debería haberse producido ya.

Uno de los hijos, el menor, era muy religioso, creyente católico convencido, leía un par de páginas de la Biblia cada día. Como no sabía cómo decirle a su madre que quería que le dieran la extremaunción porque se moría, le dijo:

  • Mamá, ¿quieres que recemos un rato, que eso tranquiliza mucho y nos pone en contacto con Dios?
  • Bueno, saca el “libro”.
  • El “libro” no lo tengo aquí, está en mi casa. ¿Llamo a D. Isidro, el párroco de Santiago, que es amigo mío?
  • ¿Cuánto cuesta?
  • No cuesta nada
  • Vale, entonces llámalo.

Llegó D. Isidro; y cuando vio tan de cerca la muerte, se puso buena. El médico no lo creía. En quince años que llevo aquí, es la primera persona con noventa y pico años que supera una crisis como esta. Le dieron el alta médica para marcharse a su casa. Cuando muera, porque tendrá que morir algún día, se cerrará el siglo XIX en España.

Esa ciudad que carecía de todo en los años cincuenta del siglo pasado, ha sido catalogada por el estudio Nuroa.es 2015 como la ciudad española con más calidad de vida.

Esta historia me la ha contado uno de esos pre-jubilados que pasean todos los días por la Plaza Mayor, pero para que nadie se dé por aludido diré que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, eso que siempre se pone cuando las cosas son verdad pero no se quieren herir susceptibilidades de nadie.

 

Publicado en PUERTA DE MADRID de Alcalá de Henares el 08-10-2016

Publicado en el Blog de Campos el 09-10-2016

 

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