Perico

No falta ningún día, haga frio o calor, llueva o refulja el sol canicular; si hace mal tiempo, su mesa junto al ventanal, en primera línea de visión; si hace buen tiempo, en la terraza, entre sol y sombra, pitillo de petaca en la comisura de los labios, sombrero de panamá, corbata y traje muy cumplido, de aquellos que las madres compraban al chico “para cuando crezca”, zapatos limpios también de aquella época, un poco de anilina con agua, o en su defecto, saliva y un cepillo basta para que reluzcan y el sol se refleje en ellos. Y un sempiterno vaso de gazpacho andaluz en su mesa.

 

Cuando se le pregunta de dónde es, sonríe, pero no contesta nunca; nativo o de adopción, es claramente alcalaíno. Trabajó en una fábrica de aparatos sanitarios, boom de los sesenta del siglo pasado, avalancha de abundante mano de obra a la ciudad complutense, viviendas sin financiación hipotecaria y venta mediante firma de letras persianas para no sé cuántos años, timbradas en el doble de su valor para aquellas que tenían vencimiento superior a seis meses.

 

Nació, eso sí lo dice, poco antes de la Gran Depresión del año 29; no muy alto de estatura, enjuto, se mantiene sano, siempre con barba de cinco/seis días, lo que quiere decir que se afeita así a propósito, pelo medio largo, canoso, que asoma por el cogote tras el sombrero, anda con cierta dificultad, aunque estoy mal de las piernas, voy y vengo a las tabernas, y come moviendo toda la mandíbula, con la boca cerrada y los ojos fijos en todos los que pasan delante de él, asimilando una tras otra cara en el ya viejo archivo de su memoria.

 

Creíamos que estaba solo en la vida, pues nunca había dado señales de tener compañía alguna. Pero un buen día apareció por allí un matrimonio joven, cuarenta añero, con una niña que le llamó abuelo. Sí, tengo una hija, que vive aquí, pero yo en mi casa y cada uno en la suya. Me levanto cuando quiero, como cuando me apetece y duermo cuando tengo sueño, y no tengo que dar explicaciones a nadie; con mi pensión me mantengo, ni doy ni nadie me da, soy verdaderamente libre.

 

Es libre. Dios, qué grandeza. Alguien que conoció la República, el Frente Popular, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial, la dictadura franquista y la Transición democrática, dice, en su vejez, que es libre, que en correspondencia a sus muchos años de esfuerzo y trabajo, el sistema le permite vivir suficientemente atendido en sus necesidades, amparado en sus enfermedades, en una vivienda que pagó puntualmente sin que entonces existieran las hipotecas, valiéndose por sí mismo y, además, es libre y feliz.

 

Su horario de asueto tabernario, toma de baños de sol y relaciones públicas, todo en conjunto, oscila entre las doce del mediodía y las dos de tarde; se lee el periódico, todo el mundo lo saluda, hola Perico, y se toma dos vasos, solo dos, de gazpacho andaluz bebido a sorbitos, con sus correspondientes dobles tapas de tortilla española y magras con tomate. En invierno y en verano.

 

 

La camarera, Odalisca, una preciosa dominicana café con leche, de las que han venido a España a trabajar y ganarse la vida honradamente, sabe que tiene que tener este producto durante todo el año. Es sencilla, divertida, ejemplar trabajadora, se tiene ganada la simpatía de todos los clientes, y sabe de memoria qué, cuándo y cuánto bebe o come cada uno.

 

Un día, me apeteció tomar un gazpacho, y le dije: Por favor, tráeme un gazpacho como el que le pones a Perico. Se echó a reír, reír y reír; y no paraba. Cuando se serenó me dijo: Te voy a contar uno de los grandes secretos de Alcalá; el gazpacho de Perico lleva dos dedos de ginebra, MG, seca, yo creo que es lo que le mantiene tan tieso.

 

No sé si es eso o sus ansias de vivir, el descanso del guerrero tras una vida de sacrificios, el hacer y dejar hacer a todo el mundo, el saberse libre, sin importarle quién o quienes dirán y qué dirán.

 

Hoy es veinticinco de junio del año dos mil dieciséis. Mañana irá a votar, libre y democráticamente. Solo piensa que sea cual sea el Gobierno que salga de las urnas, le permita tener la misma calidad de vida que disfruta en estos momentos, ni más ni menos, que no se trasvase el resultado de su esfuerzo a quienes no se esfuerzan, que nadie le coarte su libertad de expresión, de hacer, de no hacer, simplemente, de vivir, sin miedo, a nada ni a nadie, ni a la muerte.

 

Publicado en el Blog de Campos el 25-06-2016

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